TEOLOGÍA DE LA LITURGIA (II)
Teología de la CelebraciónLas acciones litúrgicas no son acciones privadas,
sino celebraciones de la Iglesia (SC 26)
GeneralidadesEl hombre por naturaleza
es un ser celebrante y es ésta una de sus
manifestaciones que lo aproximan a su plena realización: el hombre
no puede dejar de celebrar, si lo hace mutilaría algo
de sí, dejaría de ser él mismo. Pero ¿qué tiene
que ver la celebración con el hombre? Tiene que ver
mucho, pues ella se basa en la dimensión expresiva y
festiva del hombre, dimensión innata y esencial en él.
El hombre
es un “animal religioso”, está religado al Absoluto (vive una
constante relación con Dios), que lo llama a religarse también
con “los otros”. Los hombres construyen de esta manera un
sistema solidario de creencias (religión) para religarse con “el totalmente
Otro”. Esta religación la ejecutan desde la celebración, pues el
hombre quiere celebrar siempre el encuentro de gozo con el
Absoluto, fin y verdad de su existencia.
Desde la fe podemos
reafirmar lo anterior, ya que el hombre celebra el encuentro
gozoso con aquel que lo ha salvado y creado. Este
acto celebrativo de la fe se da desde la Liturgia,
haciéndose acto significativo, ritual y festivo dentro de un lugar
y de un tiempo concretos.
El Concilio Vaticano II recordó que
las acciones litúrgicas pertenecen a la Iglesia y tienen como
sujeto a todo el Pueblo de Dios (cf. SC 26).
El Catecismo de la Iglesia Católica utiliza también esta categoría
en el título de la segunda parte, y dedica a
este concepto un capítulo (cf. CEC 1135-1209).
Entonces, para que la
Liturgia sea una Celebración, es necesario que asuma y transforme
la vida, y para ello tener una comunidad viva, porque
participa de la vida, es decir, es solidaria con “los
gozos y esperanzas, tristezas y angustias” de nuestro pueblo. Sólo
una comunidad solidaria con la historia, que vive inserta en
el proceso del país podrá rezar válidamente sin alienación.
La celebración
tiene como núcleo central el Misterio Pascual del Señor. Este
Misterio Pascual del Señor debemos descubrirlo y celebrarlo en nuestra
historia, pues Él nos salvó en la historia y nos
sigue salvando en ella.
Aproximación al Concepto de CelebraciónDesde la etimología
“celebrar” y “celebración” proceden del latín (celebrare-celebratio), lo mismo que
el adjetivo “célebre” (céleber). Desde el punto de vista etimológico
significan lo mismo que frecuentare, es decir, el acto de
reunirse varias personas en un mismo lugar. Celebrar implica siempre
una referencia a un acontecimiento que provoca un recuerdo o
un sentimiento común. Célebre es no sólo el lugar frecuentado
para la reunión, sino también el momento de la reunión,
y naturalmente el hecho que la motiva.
En el lenguaje común
latino estas palabras tenían como objeto las fiestas paganas, los
juegos del circo y los espectáculos en general, con un
evidente matiz popular, comunitario e, incluso, religioso. La palabra celebrar
y sus derivadas se cargaron de acepciones honoríficas, para con
los dioses y para con los hombres que eran venerados
–por ejemplo, los héroes de la guerra o los atletas-,
aludiendo también a las manifestaciones externas del honor y la
veneración (boato, solemnidad, etc.).
1. Desde la antropología
La Celebración es
un acontecimiento social y comunitario.
Es un medio de relación
y encuentro.
La Celebración crea apertura y provoca un acercamiento
sobre la base de unos ideales o de unos intereses
comunes.
Es un factor de unificación de un grupo en
orden a compartir una misma experiencia estética, religiosa o política,
o para adoptar un determinado compromiso.. Por lo tanto es
un factor educativo y catalizador moral de un grupo.
La
celebración quiere ser algo vivo, no aprisionado por una lógica
fría y desencarnada (el texto y la ceremonia son un
medio al servicio de los fines de la celebración).
Celebrar
es sinónimo de «hacer fiesta», o sea, jugar en el
sentido más positivo de este término. Por eso celebrar es
una actividad libre, gratuita, desinteresada, inútil, es decir, no utilizable
con fines extrínsecos, aunque llena de sentido y orientada a
poner en movimiento las energías del espíritu y la capacidad
de trascender lo inmediato y ordinario para abrirse a la
belleza, a la libertad y al bien. Celebrar es presentimiento
y anticipo de la eternidad.
2. Desde La Teología de Liturgia
Los
valores humanos de la celebración se suman a los específicos
de la liturgia cristiana.
1. La celebración tiene una dimensión actualizadora
de la salvación. La celebración no es un mero recordar,
sino presencia “eficaz” de Dios. Es una epifanía del amor
de Dios sobre los hombres.
2. La celebración tiene una dimensión
escatológica. “En la liturgia terrena pregustamos y participamos de la
liturgia celestial” (SC 8). Es el “ya, pero todavía no”.
3.
La celebración tiene una dimensión comunitaria y eclesial. La celebración
es una acción de Cristo y su Pueblo, jerárquicamente ordenado,
es decir, de Cristo Cabeza y de los miembros de
su Cuerpo. La celebración es causa y manifestación de la
Iglesia. De esta manera la celebración litúrgica incide en la
misión y en la pastoral de la Iglesia; en la
vida social y política.
El fin primario de la celebración es
la actualización en Palabras y Gestos, de la salvación que
Dios realiza en su Hijo Jesucristo por el poder del
Espíritu Santo. En la celebración se evoca para que se
haga presente la salvación (vida, pasión, muerte y resurrección de
Cristo) en sus acontecimientos. El verbo celebrar traduce la expresión
bíblica hacer memoria
Definición y aspectos de la celebración
Sumando los factores
antropológicos y teológicos que configuran la celebración, se puede llegar
a una definición de este fenómeno social tan complejo.
1. Debemos
rescatar el carácter de “acción total”, tanto a nivel personal
y social que posee la celebración. Por lo tanto, la
celebración tiene una dimensión ritual: celebrar es actuar ritualmente, de
manera significativa, movidos por un acontecimiento. En este sentido la
celebración es la liturgia de la acción. Desde este punto
de vista la celebración posee cuatro componentes: el acontecimiento que
motiva la celebración, la comunidad que se hace asamblea celebrante,
la acción ritual y el clima festivo que lo llena
todo.
2. La celebración es “manifestación de una presencia salvadora que
comunica la salvación”. La celebración de esta manera posee una
dimensión mistérica. Ella responde a la “liturgia como misterio” (presencia
y actuación de Dios en la historia).
3. La celebración “afecta
a toda la existencia” orientándola y convirtiéndola en ofrenda grata
a Dios. La celebración, por lo tanto, posee una dimensión
existencial. La celebración responde a la “liturgia como vida”. En
la celebración se hace símbolo y gesto la realidad cotidiana
de una existencia convertida en culto al Padre en el
Espíritu y la Verdad, santificada precisamente en la celebración. Por
eso podemos decir que la liturgia es “fuente y cima”
de la vida cristiana (cf. LG11; SC 10).
En consecuencia podemos
llegar a una definición de la celebración y diremos que
es el momento expresivo simbólico, ritual y sacramental en el
que la liturgia se hace acto que evoca y hace
presente, mediante “palabras y gestos”, la salvación realizada por Dios
en Jesucristo con el poder del Espíritu Santo.
Fdo. Cristobal Aguilar.