LA AFIRMACIÓN DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN
El que la Iglesia proclame dogmas ha de comprenderse como
un don de Cristo a la Iglesia. Si ha habido
hombres antes y después de Cristo que posean el don
de profecía, Cristo sería injusto con su esposa, la Iglesia,
si ella no gozara de este don, mientras que sus
hijos sí lo tienen. Pero en la Iglesia se trata
de un don que se limita a lo que concierne
a la fe y costumbres.
El fundamento bíblico de la
inmaculada concepción es el texto de Lucas 1,28. Antes de
llegar a Lucas 1,28, conviene aclarar que en efecto María
fue salvada como el resto de los hombres. Judas 24
enseña que "Dios todopoderoso es capaz de guardarnos sin caída
y de presentaros sin mancha en presencia de su gloria".
Si aplicamos el pasaje a la Inmaculada concepción deducimos que
al igual que nosotros, María fue salvada del pecado, mas
en su caso no significó una salvación después de caer
en pecado, sino previamente, como quien es advertido de un
peligro antes de que caiga en él y no después...
El contexto de Romanos 3,23, es muy diverso del de
Lc 1,26-38. Dejando de lado la diferencia de los géneros
literarios de ambos escritos (uno es narrativo y otro doctrinal),
no ha de descuidarse que el pecado de que se
habla en Romanos es el personal. Por eso es que
en el "todos" de Pablo no está incluido Cristo. Pero
¿está incluida María?
De lo que dice Romanos 3,23 no puede
deducirse, pues, que Cristo ha tenido pecado, por mucho que
1Jn 1,8 enseñe que quien diga que no tiene pecado
es un mentiroso. De lo contrario, el autor de Hebreos
4,15 sería un mentiroso ("porque no tenemos un sumo sacerdote
que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino uno que
ha sido tentado en todo como nosotros, pero sin pecado").
Por lo tanto, el error fondo del pensamiento protestante evangélico
es que no se ha comprendido que en Romanos 3,23
y en 1Jn 1,8 se trata del pecado personal y
no del original. Romanos 5,12 sí abordará el tema del
pecado original.
En 1Jn 1,9 se dice que si confesamos
nuestros pecados, Dios es fiel para perdonárnoslos: no confesamos nunca
el pecado original, sino el personal.
El pecado original, nos
enseña el Nuevo Catecismo de la Iglesia, no lo cometemos,
sino que lo heredamos y se transmite por propagación, por
ello es que se trata de un pecado en sentido
análogo (NCIC 405).
Hay muchas personas que son excepciones al
pecado personal, como son los subnormales o ciertos minusválidos y
los niños que aún no llegan al estado de conciencia.
Ahora pasamos a Lc 1,28. ¿Qué es lo que ocurre
aquí? Primero, sorprende que en vez de que el ángel
llame a la Virgen por su nombre, le diga "llena
de Gracia". Este hecho nos recuerda algo llamativo en el
Antiguo Testamento (y que se repetirá, por ejemplo, en el
Nuevo en el caso de Mt 16,16-19), y es el
nuevo nombre que recibe una persona (Gn 3,20; 17,5.15; 32,28).
Génesis 3,20 dice así: "Y el hombre le puso por
nombre Eva (en hebreo "Hawa") a su mujer, porque ella
era la madre de todos los vivientes". En hebreo el
verbo "hayah" significa "vivir". Las letras "y" y "w" en
hebreo se suelen intercambiar con facilidad: por ello es que
la mujer de Adán recibe el nombre de Eva, nombre
cuya raíz hebraica designa "vivir".
Algo similar ocurre con María
y el ángel: para nombrarla, el ángel emplea precisamente lo
que en Eva equivalía a su misión -"Madre de los
vivientes"- en María se trata de "colmada de gracia" por
el hecho de que será Madre de Dios, que es
lo que el ángel le viene a anunciar.
Como el
nombre de María en griego consiste en un tiempo en
perfecto (kejaritomene), ello pone de relieve que es una acción
que ha tenido lugar en el pasado: lo que decíamos
antes, fue preservada del pecado por parte de Dios; y
ella se ha mantenido en dicho estado; de lo contrario,
el ángel no la podría llamar así. Ello muestra que
su estado de gracia es pleno y perfecto.
En la
Biblia, además, encontramos varios pasajes que confirman que María es
inmaculada. Génesis 3,15 habla de la enemistad entre la serpiente
y la mujer, entre su simiente y la de Ella...
Se habla de la descendencia de la mujer con el
término "simiente" y Ella no está incluida en la de
la serpiente: la enemistad es absoluta, y dicha oposición no
tendría ningún sentido si María también tuviera pecado.
En el
Evangelio de Juan Jesús se dirige a su Madre siempre
con el apelativo de "mujer" (Jn 2,5; 19,26; en el
Apocalipsis se habla de Ella como "mujer" unas ocho veces:
cf Ap 12,1.4.6.13.14.15.16.17).
1Cor 15,45 habla del primer Adán y
del nuevo Adán. Al llamar Jesús a su Madre "mujer"
pone de relieve que es la "nueva Eva": la nueva
Eva, María, trae la salvación con su "hágase" en el
momento del anuncio del ángel, aceptando así el ser Madre
de Dios.
Además de nueva Eva, María es el "Arca de
la alianza". El Antiguo Testamento enseña que el Arca de
la Alianza debía ser santa e inmaculada, intocable de hombre
pecador ninguno: "Cuando Aarón y sus hijos hayan terminado de
cubrir los objetos sagrados y todos los utensilios del santuario,
cuando el campamento esté para trasladarse, vendrán después los hijos
de Coat para transportarlos, pero que no toquen los objetos
sagrados pues morirían. Éstas son las cosas que transportarán los
hijos de Coat en la tienda de reunión" (Num 4,15;
cf Ex 25,10; 2Sam 6,1-9).
Dentro de los objetos sagrados
se encuentra el Arca como el principal. Si el Arca
tenía que ser pura, con ¡cuánta mayor razón María, Madre
del Hijo de Dios encarnado!
En Ap 11,19 se abre el
templo de Dios y se muestra el arca de la
alianza en un contexto típico de "revelación" como son los
relámpagos, las voces, los truenos.
En el siguiente versículo se
muestra a María: es la mujer vestida de sol... En
el Antiguo Testamento el arca contenía tres cosas que en
el Nuevo serán atributos de Cristo: el maná, el cayado
de Aarón y los diez mandamientos ["Y detrás del segundo
velo había un tabernáculo llamado el Lugar Santísimo, el cual
tenía el altar de oro del incienso y el arca
del pacto cubierta toda de oro, en la cual había
una urna de oro que contenía el maná y la
vara de Aarón que retoñó y las tablas de la
alianza", Heb 9,3-4]: Jesús es el verdadero maná (Jn 6,32),
el sumo sacerdote de Dios verdadero (Hb 3,1) y la
palabra que se ha hecho carne (Jn 1,14).
En el
Antiguo Testamento el Espíritu de Dios se cernía cobre el
Arca en forma de nube (Ex 40,32-33), así como el
Espíritu Santo cubrió a María con su sobra (Lc 1,35).
David exclama ante el arca: ¿Cómo podrá venir a mí
el arca del Señor? (2Sam 6,9). Así como David salta
de gozo ante el arca (2Sam 6,14-16) Juan Bautista salta
en el seno de su madre al llegar María a
casa de Isabel (Lc 1,43). El arca del Señor permanece
seis meses en casa de Obededón (2Sam 6,11) y María
permanece unos tres meses en casa de su prima (Lc
1,56).
El cumplimiento del Antiguo Testamento por parte del Nuevo, implica
no sólo que se le lleva a plenitud, sino que
lo supera con mucho. Por ejemplo, Cristo en la cruz
lleva a cumplimiento varios pasajes veterotestamentarios sobre el cordero pascual,
entre otros, pero los supera en cuanto que además de
cordero es el Hijo de Dios altísimo que muere en
una cruz para redimirnos del pecado.
Las citas de la
Escritura "no quebrantarán ninguno de sus huesos" (Jn 19,35; cf
Éxodo 12,46) y la alusión a la rama de hisopo"
(Jn 19,29; cf Éxodo 12,22) ponen de relieve que ambos
pasajes hallan su cumplimiento en Él.
Mas su muerte no
se limita al solo cordero, ya que lleva a cumplimiento
otra profecía: "Mirarán al que traspasaron" (Jn 19), que se
refiere a la muerte del rey Josías, rey piadoso que
en el Antiguo Testamento había llevado a cabo la reforma
religiosa del pueblo (Zc 12,10-11; cf 2Re 23,29): además, de
morir como cordero, muere también como rey. La cruz es
su propio trono (Jn 19,19).
En el caso de María,
si hubiera nacido en pecado, sería entonces inferior a Eva
que fue creada en perfección y sin pecado, lo que
implicaría que también Adán es superior a Cristo.
Volviendo a
la muerte de Cristo en la cruz, todo parece verificarse,
ya que Jesús la llama "mujer" . La designación carecería
de sentido si Ella no fuera la nueva Eva y
Él el nuevo Adán.
Más aún así como del fruto
del árbol comieron el hombre y la mujer, de modo
que pecaron, del mismo modo, el fruto del madero de
la cruz son la sangre y el agua de Cristo.
Por el fruto del primer árbol los hombres pecaron, por
el fruto del madero son regenerados (el agua) y reciben
un alimento de vida: la Eucaristía.
Ahora volvemos al pasaje de
Rm 5,12: Allí el punto de la comparación es entre
Cristo y Adán. Si la comparación fuera entre María y
Eva, tampoco María estaría incluida en ese "todos" de Rm
5,12, ya que de otro modo la comparación carecería de
sentido (en el Génesis aparecen tanto Adán como Eva y
ambos caen en el pecado de comer del fruto del
árbol).
Es aquí donde entra el texto del Génesis, y
en el que aparece la figura de la mujer. Esto
lo vio muy claro ya san Justino en el siglo
II en el Diálogo 100 (PG 6,172); posteriormente otros padres
de la Iglesia profundizaron y siguieron meditando en esta realidad,
como Ireneo (Adversus Haereses 3,22,4), San Efrén Sirio (Carmina Nisibena
27,8).
San Jerónimo profundiza la relación de Cristo con María
a la luz del Sl 67,6 ["La tierra ha dado
su fruto; nos bendice el Señor nuestro Dios"]: el fruto
es Cristo, el Virgen, y la tierra, la Virgen, su
Madre: el Señor que nace de la esclava; el Dios
de la criatura humana; el Hijo de la Madre, el
fruto de la tierra.
Así como Dios formó a Adán
del barro de la tierra a la que no había
afectado el pecado original, Dios formó a Cristo, de la
tierra nueva que también tenía que estar inmune de dicho
pecado.
La creación tuvo inicio sin pecado; la nueva creación
también. Pero a diferencia de la nueva creación, la nueva
creación es la naturaleza humana del Hijo de Dios en
el seno purísimo de María santísima: así ha tenido lugar
la nueva creación.
De todos modos, a pesar de que el
fundamento bíblico sea Lc 1,28, no puede tratarse de una
verdad explícita. De otro modo, no haría falta el pronunciamiento
dogmático.
Si una verdad está clara en la Biblia, no
es necesario el dogma: el no matar no necesita que
se proclame como dogma. Es evidente que la Biblia lo
rechaza y condena. Para la explicitación de verdades dogmáticas implícitas
en la Biblia contamos con la guía segura del Santo
Padre, que no es arbitraria sino que se basa en
Mt 16,16-20.
El dogma de la Inmaculada, pues, no puede consistir
en ninguna invención, sino de una tradición antiquísima, que parte
del siglo II con san Justino (al que siguen los
padres elencados antes, entre otros); dicha tradición se refuerza en
el S. IV con la figura de Máximo de Turín,
Teocteno de Livia y Andrés de Creta.
En el S.
VII nace la fiesta de la Inmaculada en oriente y
luego se va extendiendo a Irlanda, Inglaterra, Francia, Bélgica, España
y Alemania.
A ello siguió un período de controversias entre
los SS XII-XIV, de modo que la piedad se consolidó
en el XV. Sixto IV dio un nuevo renovó la
Misa de la Inmaculada, Alejandro VII precisa el objeto de
la fiesta en términos ya muy cercanos a la definición
dogmática de Pío IX.
Una experiencia que me ha ayudado mucho
a comprender y asimilar mejor dogmas como este es si
de veras conozco a fondo los diversos datos no sólo
escriturísticos, sino también de la tradición, y las motivaciones de
los mismos (descuidar que la Biblia es fruto también de
la tradición es descuidar el elemento humano que ha influido
en su composición por inspiración divina).
Una vez me pregunté
ante una postura que el Santo Padre había tomado y
que me costaba asimilar: "¿Sé yo más que el Papa
y los diversos santos y personajes que le han precedido?
Obviamente, no".
Fue entonces cuando me percaté de la importancia
de la humildad para dar el asentimiento de la fe
y de lo limitada que es mi pobre razón. "Si
comprehendis non est Deus" decía san Agustín.
Ahora pasemos al dogma
de la Asunción. El núcleo de esta enseñanza se refiere
a los siguientes contenidos: "Si María tuvo parte en la
obra del Mesías y fue preservada del pecado por los
méritos del Hijo, su participación quedaría parcial e incompleta sin
una glorificación corporal".
Uno de los textos en que se meditó
para este dogma es el pasaje de Ap 12,1 y
SS, un texto donde la Madre del Mesías aparece radiante
y trascendente, pero sin descuidar la situación terrena (de ahí
los dolores del parto, la huida al desierto, etc.); pero
no es el único: el dogma cita explícitamente los siguientes
textos (no cita al Apocalipsis): Gn 3,15; en cuanto a
la derrota sobre el pecado y la muerte por parte
de Cristo, el dogma cita también Rm cc 5-6; 1Cor
15,21-26.54-57; 1Tim 1,17.
Un estudio atento de los padres de
la Iglesia muestra que la Iglesia siempre ha visto en
la figura de la Virgen a la Iglesia sin poderlas
separar y ello a partir de los diversos escritos de
Juan.
Por otro lado, no se trata de la opinión
del pueblo, sino de la fe que la Iglesia ha
tenido siempre, en todas partes y que toda la Iglesia
ha profesado.
Esto ya lo había expresado un famoso escritor
de mediados de los SS. IV y V: Vicente de
Lerins. Del tema de la asunción se comenzó a hablar
en una fecha muy cercana a la redacción de los
Evangelios.
En el siglo II d.C. comenzó con san Justino, con
Gregorio de Tours (recuérdese que el manuscrito más cercano al
cuarto Evangelio se remonta al año 120 y que Juan
murió hacia el 100 de nuestra era), a lo que
se sumó la liturgia de la dormición de la Virgen
que se celebraba en Jerusalén a partir del S. VI
y que se acogió en Roma en el siglo sucesivo.
Es pues una tradición antiquísima. Los datos hablan por sí
solos.
l
Calendario Litúrgico Pastoral, citando la
Marialis cultus, explica brevemente el sentido de la Solemnidad de
la Inmaculada, que se conmemora el 8 de Diciembre: "Se
celebran conjuntamente la Inmaculada Concepción de María, la preparación esperanzada
a la venida del Salvador y el feliz comienzo de
la Iglesia, hermosa, sin mancha ni arruga (
Marialis cultus,
3)".
La Inmaculada Virgen aparece, de este modo, vinculada a la
venida del Salvador y al comienzo de la Iglesia. Al
inicio del año litúrgico, en este tiempo de Adviento, María,
concebida sin pecado, se nos presenta como modelo de esperanza
y como tipo de la Iglesia.
Juan Pablo II, en la
encíclica
Redemptoris Mater, destacaba el carácter mariano del Adviento, al
señalar que, en la liturgia de este tiempo, se refleja
cada año el "preceder" de Santa María a la venida
de Cristo:
“[Ella] en la ´noche´ de la espera de adviento,
comenzó a resplandecer como una verdadera ´estrella de la mañana´
(
Stella matutina). En efecto, igual que esta estrella junto con
la ´aurora´ precede la salida del sol, así María desde
su concepción inmaculada ha precedido la venida del salvador, la
salida del ´sol de justicia´ en la historia del género
humano" (
Redemptoris Mater, 3).
Ella ha precedido la salida del Sol
de Justicia. De Ella debemos aprender, por consiguiente, a prepararnos
para la Navidad y para la segunda venida del Señor,
al fin de los tiempos.
Ya el Papa Pablo VI, en
la citada encíclica
Marialis cultus, enseñaba que los fieles, al
vivir con la liturgia el espíritu de Adviento, y al
considerar el "inefable amor" con que la Virgen esperó al
Hijo (cf. Prefacio II de Adviento), "se sentirán animados a
tomarla como modelo y a prepararse, ´vigilantes en la oración
y... jubilosos en la alabanza´ (Prefacio II de Adviento) para
salir al encuentro del Salvador que viene" (MC, 4).
El Adviento
- sigue diciendo Pablo VI - "uniendo la espera mesiánica
y la espera del glorioso retorno de Cristo al admirable
recuerdo de la Madre" presenta un feliz equilibrio, al no
separar el culto a la Virgen de su necesario punto
de referencia, que es Cristo. De este modo, el Adviento
"debe ser considerado como un tiempo particularmente apto para el
culto a la Madre del Señor..." (MC, 4).
2. La Inmaculada
Concepción de María El misterio de la Inmaculada está asociado a
la "plenitud de los tiempos". En el plan providencial de
la Santísima Trinidad, María ocupa una posición de singular relieve.
Ella aparece en la aurora de la salvación, "mientras se
acercaba definitivamente la «plenitud de los tiempos»" (RM, 3), como
una creación de la Trinidad. La Virgen María, "en su ser
y en su función histórica, es toda ella
un producto
de la iniciativa salvífica del Padre" . Para ofrecer a
su Hijo "una digna morada" , el Padre la ha
"bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos,
en Cristo" (Ef 1,3) y la ha elegido "antes de
la creación del mundo para ser santa e inmaculada en
su presencia, en el amor" (Ef 1,4; cf CEC, 292).
El Espíritu Santo, Señor y Dador de Vida, la plasmó
como una criatura nueva (cf LG 56), preparándola con su
gracia para ser Madre de Aquel en quien "reside corporalmente
toda la Plenitud de la divinidad" (Col 2,9).
En atención a
los méritos de Cristo, "fue preservada inmune de toda mancha
de pecado original en el primer instante de su concepción"
(DS 2803), para que en Ella, como
verdadera madre del
Hijo de Dios, se realizase la unión de la divinidad
con la humanidad en la única persona del Salvador y
para que, asociada a Jesucristo,
cooperase "en forma enteramente impar"
(LG 61)
a su obra salvadora (CEC, 964).
La Inmaculada es
el vértice de la obra redentora y santificadora de las
misiones del Hijo y del Espíritu Santo:
"María, la Santísima
Madre de Dios, la siempre Virgen, es la obra maestra
[il capolavoro] de la misión del Hijo y del Espíritu
Santo en la plenitud de los tiempos" (CEC, 721).
Según
esta relevante aserción del
Catecismo, María es el icono más
perfecto y más acabado de la obra salvífica y santificadora
de Cristo y del Espíritu.
En la Inmaculada se realiza de
la manera más perfecta el fin último de toda la
economía divina: la entrada de las criaturas en la unidad
de la Bienaventurada Trinidad (CEC, 260). Y, por consiguiente, en
ella se cumple plenamente la finalidad de la creación: la
manifestación y la comunicación de la bondad de Dios (cf
CEC, 294) .
El resultado del "admirable intercambio" que celebra
con gozo la Liturgia de Navidad se anticipa, en la
aurora de la plenitud de los tiempos, en la Virgen
Inmaculada. Ella, desde el primer instante de su concepción, "compartió
la vida divina de aquel que [hoy, en su Nacimiento]
se dignó compartir con el hombre la condición humana" (Colecta
del día de Navidad).
Esta profunda verdad de fe se expresa
plásticamente en el arte; por ejemplo, en los frescos de
la Capilla Sixtina. La Capilla está dedicada a la Virgen
- a la Asunción - aunque toda la temática de
las pinturas de la Sixtina está relacionada con la disputa
teológica sostenida entre los franciscanos - Sixto IV, que manda
decorar la capilla, era franciscano - y los dominicos -
los "Magistri Sacri Palatii" - sobre la Inmaculada.
El concepto de
"Inmaculada" viene del
Cantar de los Cantares, que habla de
la Esposa Inmaculada: "Toda hermosa eres, amada mía, no hay
tacha en ti" (Ct 4, 7). Sólo una figura femenina
puede ser imagen para una colectividad: la comunidad es la
Esposa y Yahvé el Esposo. María reasume como figura singular
todo el Pueblo de Dios: Ella es la Inmaculada Concepción.
Es concebida en la mente de Dios que prevé una
Esposa pura. Desde el momento de la concepción, María está
limpia de pecado para poder ser Madre de Dios. Duns
Escoto aplicó, en este sentido,
Proverbios 8, 22 a la
Inmaculada: "Yahvé me creó, primicia de su camino, antes que
sus obras más antiguas".
Francesco della Rovere quiso introducir la
fiesta de la Inmaculada Concepción, pero no pudo hacerlo por
la oposición de los dominicos. Introdujo, no obstante, la fiesta
de la Concepción el 8 de Diciembre. Francesco della Rovere
– Papa Sixto IV -, que escribió en 1458 un
sermón sobre la Inmaculada, pensaba que María debía ser inmaculada,
porque si no Eva tendría una ventaja sobre ella, pues
fue creada sin pecado. Y, de hecho, la escena de
la creación de Eva está en el centro de la
bóveda de la Sixtina.
La Inmaculada Concepción se refiere a la
concepción de María en el seno de Ana. Originariamente ha
significado la concepción de María como modelo de la Iglesia,
la Esposa pura en la mente de Dios del
Cantar
de los Cantares. La Inmaculada Concepción significa que lo que
es la creatura no es cambiado por la misma creatura;
que no se opone a lo que es de Dios,
a lo que viene de Dios (esta oposición a lo
que viene de Dios es el aspecto negativo de la
contracepción).
En la Inmaculada el proyecto de Dios no es
obstaculizado. Esta concepción tiene un nivel biológico y espiritual. Para
los dominicos nadie estaba exento del pecado original que, según
una escuela, se transmitía por generación. Duns Escoto piensa más
en el individuo que en la esencia genérica. Hay un
individuo que es, desde la concepción, lo que Dios quiere,
sin poner ningún obstáculo a su proyecto: éste ser individual
es la Inmaculada Concepción.
3. La preparación esperanzada a la venida
del Salvador En María, la Virgen Inmaculada, se realiza el Misterio
de la Navidad, de la Encarnación del Verbo. Por eso,
mientras nos disponemos celebrar su venida, debemos aprender de ella
a prepararla con esperanza.
La liturgia del Adviento subraya una serie
de rasgos de esta "preparación esperanzada". Fijándonos en las oraciones
propias de cada día, podríamos destacar - entre otros -
los siguientes: el deseo, la alerta o la vigilancia, el
ánimo, la alegría, la fe, la humildad de corazón y
la actitud de súplica.
a) La primera actitud que caracteriza la
preparación esperanzada para la venida del Salvador es el deseo:
"Dios todopoderoso, aviva en tus fieles, al comenzar el Adviento,
el deseo de salir al encuentro de Cristo, que viene",
reza la oración del primer domingo de Adviento.
El deseo es
un "movimiento enérgico de la voluntad hacia el conocimiento, posesión
o disfrute de una cosa" (según el Diccionario de la
Real Academia Española). Avivar el deseo de salir al encuentro
de Cristo supone
anhelar vivamente (viernes III) la venida del
Señor; aspirar con vehemencia a conocerlo, y a encontrarnos con
Él: "colma en tus siervos
los deseos de llegar a
conocer en plenitud el misterio admirable de la encarnación de
tu Hijo".
San Agustín, en un texto que recoge el Oficio
de Lecturas del viernes de la III semana de Adviento,
relaciona el deseo y la oración. El deseo, nos dice,
es una oración interior y continua:
"Tu deseo es tu oración:
si el deseo es continuo, continua es también tu oración."
Es una oración interior y continua... "Si no quieres dejar
de orar, no interrumpas el deseo". "La frialdad en el
amor es el silencio del corazón; el fervor del amor
es el clamor del corazón".
b) Junto al deseo, la Liturgia
de este tiempo nos exhorta a mantener una actitud de
alerta, de vela, de vigilante espera: concédenos, Señor, "permanecer alerta
a la venida de tu Hijo, para que cuando llegue
y llame a la puerta nos encuentre velando en oración
y cantando su alabanza" (Lunes I). El Adviento es tiempo
de preparación para la venida del Señor "en la humildad
de nuestra carne", pero, igualmente, es tiempo de vigilancia para
aguardar su segunda venida "en la majestad de su gloria"
(cf Prefacio I de Adviento).
c) El ánimo debe caracterizar la
salida al encuentro de Cristo: "cuando salimos animosos al encuentro
de tu Hijo" (domingo II). El
ánimo es el valor,
el esfuerzo y la energía, que se contrapone al acobardamiento.
El que tiene ánimo no desfallece en la espera: "no
permitas que desfallezcamos en nuestra debilidad los que esperamos..." (miércoles
II).
d)
La alegría es, igualmente, característica del Adviento. Hemos de
"esperar con alegría" (martes II), siguiendo el consejo-mandato de San
Pablo a los Filipenses: "Alegraos siempre en el Señor; os
lo repito, alegraos. Que vuestra comprensión sea patente a todos
los hombres. El Señor está cerca" (Flp, 4, 4-5).
El motivo de la alegría es la venida del Salvador
("Haznos encontrar la alegría en la venida" - cf Jueves
III - ). Así como nos alegramos con el nacimiento
de Jesús, pedimos a Dios que podamos alegrarnos con su
segunda venida (21 Diciembre).
e) Esta alegría brota de la
fe, porque se apoya en la fidelidad de Dios a
su palabra. El Pueblo de Dios "espera con fe" el
Nacimiento del Mesías (domingo III) y se prepara a "proclamar
con fe íntegra" y a celebrar "con piedad sincera" el
misterio de la Navidad ("proclamemos con fe íntegra y celebremos
con piedad sincera", 19 Diciembre).
f) La actitud de fe exige
como condición la
humildad de corazón, a ejemplo de María
(20 dic).
g)
La súplica. El tiempo de Adviento es
tiempo de súplica, de petición. Al sabernos pobres y necesitados,
imploramos a Dios que "acoja favorablemente nuestras súplicas..." (martes I).
Suplicamos para que Dios Padre "prepare nuestros corazones con la
fuerza de su Espíritu" (miércoles I); para que los despierte
y los mueva "a preparar los caminos de su Hijo"
(jueves II); para que nos "socorra con su fuerza" (jueves
I) de modo "que su brazo liberador nos salve de
los peligros" (viernes I).
Es preciso rogar a Dios que
nos conceda la libertad verdadera (sábado I); la renovación de
nuestra alma, para que la venida de Cristo "ahuyente las
tinieblas del pecado y nos manifieste como hijos de la
luz" (sábado II). Sólo Dios puede "iluminar las tinieblas de
nuestro espíritu" (lunes III) y "limpiarnos de las huellas de
nuestra antigua vida de pecado" (martes III), y así "reconfortarnos
en esta vida y obtenernos la recompensa eterna" (miércoles III).
Pedimos
a Dios que el "admirable intercambio" de la Navidad sea
una realidad en nosotros: "que lleguemos a la gloria de
la resurrección" (domingo IV); "que se digne hacernos partícipe de
su condición divina" (17 D); que nos conceda "ser liberados"
(18 D) y "participar de los bienes de la redención"
(22 D); que "nos haga partícipes de la abundancia de
su misericordia"( 23 D); que "consuele y fortalezca a los
que esperan todo de su amor" (24 D).
4. El
feliz comienzo de la Iglesia La Virgen Inmaculada, modelo
de la espera del Salvador, es el "feliz exordio de
la Iglesia". Ella es, verdaderamente, la Esposa Santa e Inmaculada,
la imagen y primicia de la Iglesia - Esposa del
Cordero - que responde con el don del amor al
don del esposo (Mulieris Dignitatem, 27).
María es el comienzo de
la Iglesia, porque en Ella se realiza el "misterio" de
la Iglesia: la unión de los hombres con Dios. La
Virgen Inmaculada "nos precede a todos en la santidad que
es el Misterio de la Iglesia como la «Esposa sin
tacha ni arruga» (Ef 5, 27)".
Por eso, "la dimensión
mariana de la Iglesia - afirma el
Catecismo de la
Iglesia Católica en la estela Juan Pablo II y, últimamente,
de von Balthasar - precede a su dimensión petrina" (Cf
CEC, 773). Es decir, el ministerio apostólico - de Pedro
y de los otros apóstoles - , la estructura de
la Iglesia, se orienta y se finaliza en la formación
de la Iglesia "en aquel ideal de santidad, que ya
está presente y prefigurado en María" (cf MD, 27). En
Ella, en María, la Iglesia es ya la toda santa
(cf CEC, 829).
La Iglesia mira a María para
contemplar en Ella lo que la Iglesia es en su
Misterio, en su peregrinación de la fe, y lo que
será en la patria definitiva al término de su camino,
donde la aguarda, en la gloria de la Santísima e
indivisible Trinidad, en la comunión de todos los santos, aquella
a quien la Iglesia venera como Madre de su Señor
y como su propia Madre (cf CEC, 972).
A Ella,
a la Santa Madre del Redentor, a la Virgen Inmaculada,
dirigimos, con toda la Iglesia, nuestros ojos en esta espera
gozosa del Adviento:
"Alma, Redemptóris Mater, quae pérvia caeli
porta manes, et
stella maris, succúrre cadénti,
súrgere qui curat, pópulo: tu quae genuísti,
natúra
miránte, tuum sanctum Genitórem,
Virgo prius ac postérius, Gabriélis ab ore
sumens
illud Ave, peccatórum miserére."
Fdo. Cristobal Aguilar.