SANTO SALVADOR DE HORTA
Martirologio Romano: En Cagliari, en Cerdeña, san Salvador de
Horta Grionesos, religioso de la Orden de los Hermanos Menores,
que para la salvación de cuerpos y almas se hizo
humilde instrumento de Cristo (1567). Etimológicamente: Salvador = Aquel que
salva, es de origen latino.
A
principios del siglo XVI vivían en la aldea de Bruñola,
de la diócesis de Gerona, dos esposos jóvenes, propietarios de
una masía llamada Masdevall, y regularmente ricos y buenos cristianos.
El porvenir se presentaba a sus ojos apacible y lleno
de esperanzas; pero por circunstancias que ignoramos, los dos esposos
se vieron completamente arruinados, y de allí a poco hubieron
de ser admitidos por caridad, enfermos y sin recursos, en
el hospicio de Santa Coloma de Farnés.
Sin embargo, como dice
el apóstol San Pablo, a los que aman a Dios
todo les viene a parar en bien; las pruebas cristianamente
sobrellevadas se convierten en un manantial de riquezas eternas para
el cielo, y hasta pueden, si así lo permite el
Señor, atraer bendiciones en esta tierra.
Habiendo recobrado la salud los
dos enfermos, pidieron a las autoridades de Santa Coloma que
les permitieran consagrarse al servicio del hospital. Concedióseles este favor
y se dedicaron a ayudar a los pobres y a
los enfermos con alegría y con ejemplar caridad cristiana. Por
entonces, es decir, hacia 1520, les concedió el Señor un
hijo de bendición, al que pusieron por nombre Salvador, el
cual, andando el tiempo, obraría incontables milagros. Diéronle cristianísima educación
y el niño se mostró desde su infancia modelo de
obediencia y de piedad.
Aprendiz de zapatero. Vocación religiosa
Llegado a la
edad de la adolescencia, Salvador fue enviado a Barcelona con
su hermana Blasa y fue colocado como aprendiz de zapatero,
pero ignoramos si llegó a aprender completamente el oficio. Sintiendo
en el fondo de su corazón la voz de Dios
que le inspiraba el deseo de dejar el mundo, fue
a suplicar a los franciscanos del convento de Santa María
que le recibiesen en la comunidad en calidad de hermano
converso.
Con gran alegría suya fue recibido y revestido del hábito
de San Francisco. Pusiéronle de ayudante del hermano cocinero, religioso
de mucha virtud, que se encargó de formar al recién
venido en los ejercicios de la obediencia. Su tarea era
fácil. Con una docilidad incansable, fray Salvador se entregaba a
los más humildes oficios, encendía el fuego, fregaba los platos,
limpiaba las ollas y hacía todo lo que le mandaba
el hermano cocinero. Amigos del silencio, no salían de sus
labios otras palabras que los dulces nombres de Jesús y
María, a quienes invocaba durante el trabajo.
Los padres franciscanos, al
ver la virtud de este joven hermano, novicio aún, decían
que había de ser sin duda más tarde, por su
santidad, una de las glorias de su Orden.
Un día, sin
embargo, cayó en falta, pero muy a pesar suyo. Ocurrió
esto con motivo de una de las fiestas patronales del
convento. El canciller del reino, excelente cristiano y muy devoto
de los franciscanos, les había anunciado que iría a comer
con ellos, acompañado de varios personajes notables, amigos suyos. Todo
el mundo sabe que los hijos de San Francisco viven
de limosnas; así es que el inteligente canciller había cuidado
de enviar de antemano abundantes provisiones, de forma que el
hermano cocinero tuviera con qué preparar un buen festín.
Desgraciadamente, durante
la noche, este buen hermano fue acometido de una recia
calentura y encargó a fray Salvador que avisase al padre
guardián; pero después de la comunión quedó absorto en una
larga acción de gracias, a modo de éxtasis que duró
varias horas.
Llegaba entretanto la hora de la comida y el
padre guardián fue a la cocina para ver si todo
estaba preparado con arreglo a sus órdenes. ¡Qué sorpresa! Ni
siquiera estaba abierta la puerta. Envió inmediatamente a buscar al
hermano cocinero, a quien encontraron enfermo en la cama; el
pobre hermano se excusó diciendo que desde el oficio de
media noche había encargado a fray Salvador que avisase al
padre guardián y le entregase las llaves.
El padre guardián,
indignado, corrió a la iglesia, hizo salir a Salvador, lo
abrumó con los más humillantes reproches y declaró que semejante
afrenta hecha a toda la comunidad y a sus nobles
huéspedes merecía que lo echasen del convento. Arrebatándole las llaves,
fue él mismo a abrir la cocina. Apenas hubo entrado,
se ofreció a sus ojos un maravilloso espectáculo. Todo lo
que habían mandado la víspera estaba muy bien preparado, sin
que hubiese nada que desear. Era seguro, sin embargo, que
nadie había podido entrar en la cocina. Dios había querido
revelar la santidad de su joven servidor y, guardándole para
sí mismo toda aquella mañana, había suplido su ausencia por
medio de los ángeles, o de otro modo milagroso.
Fray Salvador
no fue, pues, despedido del convento y aprovechó admirablemente el
caso para practicar más y más la obediencia y la
humildad. Cumplido el año de noviciado, fue admitido a pronunciar
los votos solemnes.
Portero y hermano limosnero en Tortosa
El padre provincial
lo envió a Tortosa, al convento de Santa María de
Jesús, cuyos religiosos tenían fama por su observancia y austeridad.
Fray Salvador continuó allí la vida de oración, penitencia y
humildad que había empezado en Barcelona. Todas las noches azotaba
cruelmente su cuerpo, quebrantado ya por el ayuno. Todas las
mañanas se confesaba y comulgaba. Portero y limosnero sucesivamente, brillaron
sus virtudes a los ojos de los habitantes de Tortosa,
que pronto le conocieron y le veneraron como a un
santo y se encomendaban a sus oraciones.
Por su cargo de
portero había de recibir a los pobres que se presentaban
y darles limosna. Su caridad era tan generosa que la
comunidad llegó a asustarse y el padre guardián reprendió al
Hermano. «Padre -respondió fray Salvador-, ¿por ventura no hay que
dar limosna a los desventurados que nada tienen? Repare su
reverencia que, con haber dado tanto, a nosotros no nos
ha faltado nunca lo necesario».
Uno de los principales habitantes de
la ciudad tenía un hijo gravemente enfermo. Viendo pasar a
fray Salvador, que iba a pedir limosna, fue a echarse
a sus pies, suplicándole que pidiese a Dios la curación
de su hijo. Conmovido hasta derramar lágrimas, el buen Hermano
entró en la casa, bendijo al niño, rezó por él
un Avemaría y se retiró. Antes de que acabase el
día observaron los padres que el niño estaba curado.
En la
aldea de Galera -cerca de Tortosa- curó a una niña
que padecía cuartanas, tocándola con su rosario y rezando un
Avemaría.
La fama de santidad de fray Salvador y las gracias
que se obtenían por sus oraciones, llevó muy pronto a
la puerta del convento de los franciscanos tan gran número
de personas que querían verle y encomendarse a él, que
los Padres vieron en esta afluencia continua un peligro para
la paz del claustro y para el mismo Hermano. En
consecuencia, suplicaron al padre provincial que enviase a fray Salvador
a otro convento.
El santo fraile de Horta
A unas seis millas
al norte de Tortosa, perdida entre los montes, se hallaba
una aldea pobre y solitaria llamada Horta. En otro tiempo
los Templarios, dueños del lugar, habían erigido allí una capilla
en honor de la Santísima Virgen. Esta capilla había sido
dada más tarde a los Hermanos Menores, y algunos vivían
allí en un pequeño convento casi a modo de ermitaños.
Aquel lugar parecía un retiro muy seguro para conservar a
fray Salvador en la oscuridad y la soledad. Por orden
del padre provincial, el Hermano dejó la ciudad de Tortosa
y fue a ocultarse en Horta. Esto ocurría en 1559.
Pero
Dios, que quiere servirse de instrumentos humildes para hacer resplandecer
su gloria, no permitió que menguase ni en un punto
el brillo de la santidad de su siervo ni aun
a los ojos de los hombres; y esta aldea de
Horta, oculta y desconocida hasta entonces, fue pronto célebre en
toda España.
Un día las autoridades de la aldea tuvieron el
pensamiento de pedir al humilde Hermano que rogase por ellos
y por sus convecinos. Salvador, movido por una inspiración divina
les respondió:
-- Preparad una gran hospedería con muchos alojamientos y
víveres en abundancia, porque Dios quiere glorificar a su Madre
que se venera aquí y obrar maravillas por su intercesión.
La afluencia de gente será muy grande.
Retiráronse las autoridades harto
pensativas e indecisas sobre lo que habían de hacer; unos
daban crédito a la profecía y otros no, de modo
que no prepararon nada. Algún tiempo después, se vio llegar
a una multitud de unas dos mil personas, entre las
que había muchos cojos, sordos, jorobados, paralíticos y gran número
de enfermos que allí llevaban a pesar de las dificultades
del camino. «¿Dónde está -preguntaron- aquel hombre santo que hacía
tantos milagros en Tortosa?».
Los habitantes les enseñaron el convento de
Santa María, y los peregrinos fueron a llamar a la
puerta, pidiendo a gritos por fray Salvador. Hubiera sido peligroso
no acceder a su petición; fray Salvador se presentó, pues,
ante la multitud y dijo a los peregrinos que se
confesasen, que comulgasen y que invocasen a la Santísima Virgen
María.
Cuando hubieron cumplido este mandato, el Hermano apareció de nuevo,
bendijo a la multitud en el nombre del Padre, y
del Hijo y del Espíritu Santo, y todos los enfermos
quedaron curados, excepto un paralítico.
-- No olvidéis -añadió Salvador, al
despedir a la multitud-, no olvidéis de mostraros agradecidos a
Dios por los favores que acaba de concederos por intercesión
de su Santísima Madre.
-- Y yo -preguntó el paralítico-, ¿por
qué no he sido curado como los demás?
-- Porque no
te has confesado ni tenías confianza como ellos -respondió Salvador.
--
Quiero confesarme ahora -dijo el enfermo con humildad-, y pido
perdón a Dios de todos mis pecados.
-- Si así es,
levántate -repuso el hermano franciscano-, levantáte y ve a confesarte.
El
enfermo obedeció, se levantó y fue por su pie a
confesarse: estaba curado.
Los peregrinos se volvieron publicando por todas partes
las maravillas de que habían sido testigos. A partir de
aquel momento, y durante varios años, no pasó día en
que no se viesen llegar a Horta centenares y aun
millares de personas. El número de éstas aumentaba en la
Semana Santa y en las festividades de la Santísima Virgen;
un año, en la fiesta de la Asunción, llegaron a
seis mil los peregrinos. Como la aldea no podía bastar
para albergar a tantos forasteros, muchos acampaban bajo los árboles
o en tiendas de campaña. Gracias a una providencia visible,
nunca faltaron víveres a estas muchedumbres; los habitantes de la
comarca llevaban de todas partes provisiones en tiempo útil y
las vendían a los peregrinos.
Todos los días el santo religioso
obtenía de la Santísima Virgen la curación de gran número
de enfermos de toda especie. Las almas ganaban aún más,
puesto que el Santo empezaba por pedir a los peregrinos
que se confesasen y comulgasen.
El Inquisidor de Aragón y Fray
Salvador
Hallándose en Alcañiz un dignatario de los principales de la
Inquisición Real, había visto multitud de enfermos que partían para
Horta, y quedó asombrado de verlos volver curados. En su
calidad de Inquisidor resolvió abrir informe. Reuniendo a los que
habían sido curados, les hizo prestar juramento de decir la
verdad, y les ordenó que declarasen cómo habían obtenido la
curación. Todos respondieron:
-- El santo Fraile de Horta nos mandó
que purificásemos nuestra alma de todo pecado por medio de
la confesión y recibiésemos el cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo.
Después nos bendijo y quedamos sanos.
En virtud de esta declaración,
el Inquisidor se decidió a ir a Horta para ver
lo que allí pasaba. Salió secretamente, vestido de pobre cura
de aldea. A su llegada vio una multitud de peregrinos
que le pareció no bajaría de dos mil. Púsose entre
la multitud, observando todo con ojo atento; de esta suerte
penetró en la iglesia del convento, se escondió en un
rincón detrás de la gente y aguardó la entrada del
«milagrero».
Al fin apareció el Santo e inmediatamente el pueblo se
arrodilló para recibir su bendición. Pero Salvador, en lugar de
bendecir a los peregrinos como de costumbre, les dijo:
-- Levantaos
y dejadme pasar.
Apartáronse y él fue derecho al rincón de
la iglesia en donde se ocultaba el Inquisidor. Le saludó,
le besó la mano doblando la rodilla y le dijo:
--
¿Viene aquí su Señoría a ver los milagros que obra
Dios por mediación de la Santísima Virgen?
-- Equivocado está, Hermano,
que no soy Señoría ni merezco tal honor -respondió el
forastero-, ¿no ve que no soy más que un pobre
cura de pueblo?
-- No me equivoco -repuso fray Salvador-. Su
Señoría es el Inquisidor de Aragón, venido aquí para ver
lo que pasa y examinar los milagros que obra la
Santísima Virgen. Su Señoría tiene derecho a un puesto más
respetable.
Dicho esto le llevó al presbiterio muy cerca del altar
mayor. Volviéndose en seguida al pueblo, dijo como de ordinario:
--
Hermanos míos, arrepentíos de vuestros pecados y pedid perdón a
Dios.
Después bendijo a los asistentes, y todos los que estaban
enfermos fueron curados. El Inquisidor quedó lleno de admiración y
permaneció varios días en el convento de los franciscanos.
El siervo
de María. Humillación
Un día los peregrinos, en número de unos
dos mil, reclamaban en vano al santo lego; éste había
huido a una empinada sierra de los alrededores, para hacer
oración con más sosiego, lejos de la multitud.
-- ¡Santísima Virgen
María, soberana y patrona nuestra, haced que encontremos a vuestro
siervo!
De pronto se vio bajar del monte una nube muy
densa, pero de extraordinaria blancura. Llegada a Horta, disipóse la
nube y dejó ver a fray Salvador. Éste dio su
bendición, y los enfermos quedaron sanos.
A veces era difícil al
buen Hermano librarse del entusiasmo indiscreto de la multitud; arrancábanle
jirones de su hábito, como reliquias, y en cierta ocasión,
si los Padres no hubiesen acudido a tiempo, lo hubieran
dejado medio desnudo.
Libró a muchos posesos, en particular a una
joven que le llevaron atada y encadenada. No pudiendo lograr
los que la llevaban que entrase en la iglesia, fueron
a suplicar al Santo que hiciese el favor de salir
a donde se hallaba la endemoniada; ésta, llena de furia,
rompió inmediatamente las cadenas y se escapó de las manos
de sus guardianes, que no supieron dar con ella. Fray
Salvador les dijo: «Id a tal sitio y la hallaréis
bajo una pila de leña». Halláronla, en efecto, donde les
dijo el Santo, y no podían explicarse cómo no había
muerto bajo un peso semejante.
--Espíritus inmundos -dijo entonces Salvador-,
en el nombre de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y
Espíritu Santo, os mando que salgáis de esa criatura.
--No saldremos
-respondieron los demonios.
El fraile repitió la orden, y Dios obligó
a los demonios a obedecerle y a dejar libre a
la joven.
-- Ya estás curada, hija mía -le dijo
Salvador-; mira cómo sirves a Dios en adelante, y evita
cuidadosamente el pecado, si no quieres que los enemigos recobren
su imperio sobre ti.
Al cabo de algunos años, los Padres
del convento de Horta, como los de Tortosa, acabaron por
cansarse de la incesante afluencia de gente. El padre provincial,
estando de visita, fue del mismo parecer, aparte de que
quería estar seguro de si la santidad de fray Salvador
era de buena ley, probándola en una piedra de toque
que nunca falla: la de la obediencia y la humildad.
Habiendo,
pues, reunido a la comunidad en capítulo, el padre provincial
habló en los siguientes términos:
-- Esperaba encontrar en este convento
regularidad, silencio y paz, y ¿qué es lo que encuentro?
Un mal religioso que trae aquí a las gentes del
mundo y todo lo trastorna y desordena. A vos me
refiero, fray Salvador. ¿De dónde os ha venido esa idea
de hacer cosas tan extrañas y tan poco conformes con
la humildad de un hermano lego? Y ¿cómo, sabiendo que
sois tan mal religioso, podéis tolerar que la gente os
llame el Santo de Horta? Es preciso que en adelante
no se oiga siquiera vuestro nombre: desde este momento lo
cambio por el de fray Ambrosio; como penitencia recibiréis la
disciplina y muy de madrugada partiréis con el mayor sigilo
para el convento de Reus.
El buen fraile se sometió a
todo sin replicar: a las censuras, a la disciplina y
a la partida. El convento de Reus distaba bastante de
allí, pues se hallaba a tres leguas de Tarragona.
Un milagro
a gran distancia. Su muerte
En los días que siguieron a
la salida de San Salvador fue grande el dolor de
los peregrinos. Un pobre paralítico, que se hacía llevar con
gran trabajo desde Castilla, supo al llegar a Fuentes, villa
de Aragón, que era inútil continuar el viaje, porque el
santo religioso había salido de Horta. Desconsolado, mandó que lo
llevasen a la iglesia del pueblo e hizo la siguiente
oración:
-- ¡Oh santo hombre, Fray Salvador!, dondequiera que os halléis
en este momento, tened piedad de mí y rogad a
la Santísima Virgen que me cure.
Después se durmió y al
despertar se encontró curado.
En Reus se renovaron las maravillas de
Horta y empezaron a afluir peregrinos de todas las partes
de España, contentos con haber descubierto la nueva residencia del
santo lego. Salvador tuvo que ir a Barcelona para comparecer
ante el Tribunal de la Inquisición. Su viaje fue una
serie no interrumpida de milagros, y la sencillez del buen
lego acabó por conquistar el ánimo de los jueces, que
se encomendaron a sus oraciones.
Por último, el Comisario general de
los Franciscanos en España resolvió alejar a fray Salvador de
este reino y se lo llevó a Cagliari, en la
isla de Cerdeña. Los dos años que San Salvador vivió
allí fueron de felicidad para aquella ciudad, y murió en
ella el día 18 de marzo del año 1567.
Los milagros
continuaron en su sepulcro, y, cuando treinta y tres años
después fue abierto con motivo del proceso de beatificación, se
halló el cuerpo incorrupto. Fue beatificado por el papa Clemente
XI el 29 de enero de 1711, y Benedicto XIII,
el 15 de julio del año 1724, concedió que se
celebrase su oficio con rito de doble en el día
18 de marzo, no sólo en toda la Orden franciscana,
sino también en Cagliari, en Santa Coloma de Farnés y
en Horta. La solemne ceremonia de su canonización tuvo lugar
en Roma el 17 de abril de 1938, durante el
pontificado de Pío XI.
Fdo. Cristobal Aguilar.