LA DIRECCIÓN ESPÍRITUAL - PAN DE VIDA TOMADO DEL ESPÍRITU SANTO
En el trabajo educativo propio de una dirección espiritual hay
que evitar dos extremos viciosos: el moralismo y la falta
de realismo.
El primero consistiría en reducir la vida espiritual a
un conjunto de normas y prácticas de piedad a
seguir, como si estas actividades tuvieran en sí mismas la
eficiencia suficiente para obtener la perfección. Por el otro extremo
hay también el peligro de dejar indeterminado el plan de
trabajo y crecimiento espiritual, confiando en la buena voluntad del
dirigido, dejándole que actúe sencillamente como mejor le vaya, esto
sería una falta total de sentido realista.
Hay que dar a
la vida cristiana su sentido sustancial fundado en el amor,
en la caridad, pero al mismo tiempo hacerlo realidad en
lo concreto.
En esta sesión trataremos de uno de
los contenidos esenciales de la dirección espiritual que es El
amor a Cristo y la forma concreta de vivirlo.
A.
El contenido
principal de la dirección espiritual es el amor a Cristo.La
vida espiritual se desarrolla en el seguimiento personal a Cristo.
Este
debe ser el contenido principal de la dirección espiritual:
La
dirección espiritual trata de obtener la perfección en la caridad;
trata de desarrollar y llevar a plenitud el amor,
que con la gracia, se ha infundido en nuestros corazones
por el Espíritu Santo que se nos ha dado (Rom
5,5).La vida en Cristo, la vida cristiana, es fruto de
la Gracia divina en aquellos hombres que se prestan
con generosidad y colaboran activamente con ella.
Y la forma
concreta de vivir en esta perfección es el cultivo asiduo
de la vida de gracia, entendida fundamentalmente como la relación
de amistad con Dios nuestro Señor, o mejor aún,
como
la relación personal de amor con Jesucristo.
Es esta relación de
amor con Jesucristo la base y sostén de la vida
espiritual en el creyente. Así se desprende de la
llamada alegoría de la vid, que nos ha llegado a
través del evangelio de San Juan “Lo mismo que el
sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no
permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis
en mí” (Jn 15, 4), y “el que permanece en
mi y yo en él, ése da mucho fruto, porque
sin mí, no podéis hacer nada” (Jn 15, 5).
Existe en
la mentalidad de muchos la idea de que la vida
de gracia se identifica sin más con lo que se
llama “estado de gracia”; y el estado de gracia, para
efectos prácticos, no vendría a ser otra cosa más que
la simple ausencia de pecado. De este modo, el esfuerzo
de muchos cristianos se reduce a un propósito, más o
menos sincero, de no cometer pecado y acudir a
la confesión de cuando en cuando, para estar en paz
con Dios y con la conciencia.
Pero la vida de gracia
va mucho más lejos ya que entraña una verdadera relación
personal de amor con Jesucristo.La vida de gracia, presentada así
por el director espiritual al dirigido, lleva al cristiano
a un esfuerzo continuo por agradar a Jesucristo, por medio
del cumplimento de su voluntad y por el ejercicio asiduo
de las virtudes evangélicas. Cristo por su parte ofrece dones
como la participación en su vida divina y la asistencia
segura del Espíritu Santo, que es el verdadero artífice de
toda la vida sobrenatural del creyente y por lo tanto,
el autor de la santidad.
¿Cómo cultivar la vida de gracia
en medio de las actividades de todos los días? ¿Cómo
cultivar la relación de amistad con Jesucristo? Hay sobre todo
dos medios que el director espiritual debe proponer a todo
el que quiera de verdad emprender el camino de
crecimiento continuo en la vivencia de su fe y seguimiento
a Cristo: la oración y la recepción de los sacramentos.
1.
Enseñara
a orarUno de los puntos importantes al dirigir espiritualmente a
un alma es enseñarle a orar.
¿Qué es la oración?
Es el encuentro íntimo del hombre con Dios en la
interioridad del alma. Un encuentro en el que el espíritu
humano contempla la belleza, la armonía, la grandeza de
su Creador y redentor, descubre en esta contemplación, la senda
de la voluntad de Dios y recibe la luz y
la fortaleza para recorrer ese sendero, traduciendo en actitudes y
en acciones aquello que ha contemplado.
Si el dirigido no aprende
a orar, a dialogar con Dios, a consultarle antes de
la toma de las decisiones más difíciles, terminará viviendo como
todos los demás preocupado en satisfacer sus propios intereses, sin
consideración de aplicaciones morales, sociales, religiosas. Es necesario acudir
a la oración y allí y pedir al Señor
pedir luz y gracia para discernir cristianamente y obrar
en consecuencia.
2.
Expresiones de oraciónHay una oración sencilla, asequible y benéfica:
la recitación de plegarias hechas. Cuando se vive con la
mente dispersa en mil preocupaciones, es útil acudir a estas
oraciones y hacerlas lugar de encuentro con Dios. Hay plegarias
verdaderamente sublimes, que la Iglesia ha realizado a lo largo
de los siglos como por ejemplo: el padre Nuestro enseñado
por el mismo Jesucristo, el Avemaría, inspirado en el evangelio
y la tradición y los santos ofrecen un sin número
de oraciones para ofrecer el día, en la mañana
y para agradecer la jornada de la noche. Son oraciones
que si “se rezan” hay que saber darles su importancia
y su lugar.
Hay también otro tipo de oración, quizá más
difícil, pero deja sin duda un fruto más hondo y
duradero en el alma. Es la llamada
Meditación. En ella
el hombre recoge su mente, su voluntad, su corazón, su
memoria, su imaginación, para dialogar con Dios, como cuando conversa
con un amigo, acerca de un pasaje del evangelio, algún
tema de la vida cristiana, o de alguna situación personal.
Para
quien busca crecer en la santidad, debería poder encontrar cada
día un espacio de 10 a 15 minutos para entregarse
a este diálogo con Dios y sacar de allí luz,
determinación y ayuda para recorrer la jornada según la voluntad
de Dios. Puede ser un cuarto de hora al levantarse,
antes de salir hacia el lugar de trabajo, o por
la noche antes de retirarse a descansar, o hacer alguna
pausa durante el día.
Ciertamente no es fácil el ejercicio diario
de la meditación, sobre todo cuando la mente se halla
solicitada por un sinfín de asuntos, ideas, distracciones, proyectos, problemas
que tiene que resolver. Sin embargo el anhelo sincero y
profundo de buscar a Dios, y el esfuerzo repetido día
con día, irán proporcionando una facilidad creciente y un gusto
cada vez más mayor hacia esta actividad tan necesaria para
la vida espiritual.
¿Cómo hacer la meditación? Buscar un sitio idóneo,
de preferencia aislado, donde uno no esté perturbado por ruido
o personas, actuar la conciencia de que Dios está presente
allí, un acto de fe en Dios para ponerse delante
de él con sencillez y naturalidad con las palabras que
broten espontáneamente, pedir su ayuda para sacar el fruto que
se busca en ese rato de oración.”Señor, tú que me
escuchas y quieres el bien de tus hijos, te pido
que me ayudes en este día a ser como el
buen samaritano: ayúdame a descubrir las necesidades de mi prójimo,
y dame la generosidad para prestarme a remediarlas con alegría
y prontitud”.
Se sugiere tomar un texto del evangelio, hacer una
lectura pausada tratando de imaginar la escena, viendo que hacen
los personajes, escuchando que dicen, leyendo sus sentimientos íntimos, etc.
Después de esta primera lectura hay que tomar el texto
nuevamente desde el inicio, para reflexionar con más profundidad su
sentido y sobre todo para tratar de descubrir las lecciones
prácticas que tiene para la vida concreta. Por ejemplo si
se medita en buen samaritano: - aquel hombre asaltado, era
uno cualquiera, un desconocido, podía haber sido el vendedor de
la esquina, el chofer del taxi, o el compañero de
asiento en el avión. Lo dejaron medio muerto. En ese
momento no podía valerse por sí mismo. Si nadie lo
hubiese auxiliado, ahí abría muerto lejos de los suyos. Ahí
quedó el pobre hombre y ninguno lo sabía. ¡Cuánto sufrimiento,
cuánta necesidad, material o moral, sufre tal vez esta persona
con quien hoy me cruzo, y nadie a su alrededor
lo sospecha!- .
Lo más importante, al ir haciendo estas reflexiones
es ir dialogando con Nuestro Señor preguntarle con sinceridad y
disponibilidad, qué es lo que uno tiene que cambiar en
su interior, pedir la gracia para ser generoso y modificar
las actitudes contrarias.
La verdadera oración no es la que
sabe de sutilezas y elucubraciones, sino la que transforma la
voluntad y el corazón.Para que ese rato de oración no
sea estéril y el fruto no quede sólo en buenas
intenciones, es conveniente enseñar al dirigido a terminar con una
resolución concreta, un propósito práctico a realizar en
ese día: - como una expresión de mi amor al
prójimo, esta tarde al salir del trabajo, voy a
visitar a ese empleado de la oficina, que está internado
en el hospital-
Resulta de mucho provecho ayudar a fijar una
serie de temas para la meditación, de manera que cada
día al llegar el momento reservado para el encuentro con
Dios, ya se sepa que se va a meditar; de
otra forma es muy fácil exponerse a improvisar en cada
ocasión, con peligro de divagar y perder minutos preciosos mientras
se busca y se decide algo.
Hemos mencionado
dos tipos de
oración: el rezo de las plegarias y la meditación. Hay
todavía otra, en cierto sentido más sencilla, aunque requiere mayor
finura en el alma.
Es la oración que se prolonga
a lo largo de la jornada, haciendo una especie
de trasfondo, de todas y cada una de las actividades
del día. Es una oración eminentemente espontánea: un diálogo permanente
en el interior del alma, en el que uno va
comentando y compartiendo con Jesucristo las cosas que piensa y
hace, los proyectos y las realizaciones, los deseos y las
intenciones; le ofrece los buenos éxitos de sus iniciativas,
y pide luz y ayuda para resolver las cuestiones difíciles,
le agradece las incontables bendiciones con que Él se hace
presente continuamente: el nuevo día, el sol, la sonrisa de
la esposa, el abrazo del hijo, el negocio bien logrado,
la lectura provechosa, la velada amena con los amigos, etc.,
etc. La sucesión interrumpida del acontecer diario es el tema
de esta conversación interior, con la que uno busca incrementar
la amistad con Jesucristo y trata de parecerse cada
vez más a Él. Este tipo de oración supone, y
a la vez alimenta, el amor a Dios nuestro Señor.
Así como dos personas que se aman entrañablemente, pasan la
mayor parte del tiempo pensando en la persona amada y
se desviven por complacerse una a otra, así el alma
que ama a Jesucristo, no solo piensa en Él, sino
dialoga continuamente con Él, buscando agradarle en medio y precisamente
a través de las actividades cotidianas.
La oración es un instrumento
precioso para fomentar la vida de gracia, esto es, para
incrementar la amistad con Jesucristo. Hay también otros medios como
los sacramentos que de ellos no hablaremos en esta sesión.
Nota:
para el desarrollo de los puntos B y C presentamos
en resumen las ideas principales sobre este tema del libro
“Dirección espiritual. Teoría y práctica” del padre José María Mendizábal.
S.J. B. ¿Cómo iniciar al dirigido en la vida de
oración?Todo el problema que se nos presenta se puede reducir
a esto: ayudar a esta persona concreta para que ore
más y con más verdad, mejor y con más profundidad,
con más autenticidad. Y, junto a esto, conjeturar el paso
inmediato al que la gracia le mueve, prestarle ayuda; de
tal manera, que se vaya elevando poco a poco según
las exigencias que vayan apareciendo. Este es el problema.
Para ayudar
a una persona iniciándola en la oración, el director, ante
todo, tiene
que tener idea de las experiencias de oración
de esa persona en el tiempo precedente. Toda persona que
se acerca a la dirección, ya ha tenido experiencias de
oración, aunque sean muy rudimentarias. No le imponga, por tanto,
un esquema premeditado, sino vea primero qué oración ha hecho,
quizá desde su infancia. Será oración de súplica, u oración
de adoración al Santísimo, u oración por sus necesidades personales
o por las de los demás. Conocerla para insistir más
en aquella línea donde esta misma persona ha encontrado mejor
acogida espiritual, y,
partiendo de ahí, llevarle a que ore
más profunda y verdaderamente.Si resulta que el dirigido ha practicado
antes ya la meditación, si está ya introducido en ella,
hay que respetar su oración. Únicamente
habría que intervenir para
corregir defectos que se hubiesen introducido o para completar elementos
importantes que falten. El director tiene que tener sumo respeto
al modo de oración propio de la persona que se
pone en sus manos; de tal manera, que no se
empeñe en llevarle por una forma determinada; ni siquiera por
aquella que el director ha experimentado como buena para sí;
sino que debe respetar muchísimo el camino que la persona
concreta va siguiendo, siempre que no haya contraindicaciones ni se
tengan motivos suficientes para pensar que ha errado en su
camino. En este último caso, se corrigen los errores que
existan.
En general, se advierte que el proceso pedagógico de la
oración suele seguir la línea del padrenuestro, invertida. Hay que
respetarla. Es como si Jesucristo nos hubiera enseñado el padrenuestro
bajando él de la altura de su oración hasta la
bajeza de la nuestra, y el proceso nuestro
suele ir
subiendo desde un comienzo más terrestre de oración hasta la
elevación de Cristo. Por eso, de ordinario, lo que pide
el fiel sencillo es «líbranos del mal», de lo que
ve como mal: de la enfermedad, de la muerte, de
las desgracias, de la pobreza; y ésa es su oración
normal. Después ve como mal el pecado; y de ahí
empieza a pedir: «no nos dejes caer en la tentación»,
líbranos del pecado, que ya supone una cierta elevación mayor
al considerar el pecado como mal del que Dios tiene
que librarle. Siguiendo más adelante, pide la purificación de los
pecados: «perdónanos nuestras deudas, como nosotros perdonamos»; de ahí llega
a la providencia actual, contentándose con «el pan de cada
día»; y de ahí, a la voluntad del Señor: «hágase
tu voluntad»; al, «venga tu reino» y «santificado sea tu
nombre». Es decir, que es una elevación de niveles, del
estado interior que uno advierte como indigencia, y para cuyo
remedio invoca la asistencia de Dios.
El trabajo de elevación
ha de ser lento y oportuno. Quizá la petición que
hace el fiel en la oración, aparentemente, no ha tenido
el efecto deseado en alguna ocasión. Es posible que esto
desencadene una crisis de oración y piense que la oración
es inútil. Es el momento de elevar más la visión
de oración; que no se pretende simplemente que se cumpla
nuestra voluntad. Aprovechando esa crisis que ha brotado en este
camino normal, se trata de elevarla, de dar una visión
más alta, de enseñarle a pedir abandonándose a la voluntad
de Dios; no imponiéndole la suya, sino reconociéndose criatura de
Dios, sometido a su voluntad, ignorante de los planes del
Señor en muchas cosas. Habrá afinado su oración. En otra
ocasión puede llevársele a que comprenda la importancia de la
pureza de corazón para la misma eficacia de la petición.
Como contenidos para la oración que se puede sugerir al
principiante son los ejercicios espirituales, porque contienen una serie de
principios que se pueden dar en común y una guía
personal de cada uno, controlando cómo actúa, qué disposiciones va
alcanzando, si se va volviendo rígido o blando a la
acción de la gracia. Esta es la verdadera introducción a
la oración. Se descubre prácticamente, vitalmente, lo que significa sequedad,
fidelidad, consuelo de Dios, tentación, etc. Se le enseña a
discernir y se le ayuda a seguir el camino que
Dios va mostrándole. Se corrigen también inmediatamente los defectos que
van manifestándose: inconstancias, falsas valoraciones, adhesión excesiva a ciertas experiencias
y gustos, etc.
Ni permita el director que el alumno descuide
l
as materias fundamentales de los novísimos: pecado, muerte, juicio, infierno,
cielo. Unidas a la pasión del Señor. Ayudan mucho a
las personas que sinceramente desean avanzar en el camino de
la vida espiritual. La actitud ante Dios debe asentarse sobre
el convencimiento de lo poco que es el hombre ante
él y de lo mucho que le debe.
También puede ofrecer
buena materia la introducción a una
lectura del Evangelio inteligente
y espiritual.
La lectura de obras espirituales es también excelente
camino. Pero ha de ser un libro de verdadera lectura
espiritual, no de estudio. Una lectura espiritual que no se
reduzca a ocupar amenamente el tiempo, sino lentamente rumiada, interrumpida
meditativamente, mientras se mantienen las actitudes fundamentales oracionales.
Mientras en la
dirección se introduce a estas formas de oración meditativa,
no
hay que descuidar nunca la oración vocal. Estimarla en mucho
y comunicar esa estima; la oración vocal, sencilla: la de
la mañana y de la tarde, las jaculatorias, el rosario,
las oraciones aprendidas de niño, el padrenuestro, oraciones de la
liturgia, hechas con suave recogimiento, lentamente recitadas; dichas con amor,
con actitudes interiores correspondientes. La oración es vida, y, por
tanto, suele resultar vitalmente una mezcla espontánea de todas las
formas, según el movimiento de la gracia interior.
De esta manera,
poco a poco se le introduce al dirigido en las
formas diversas y posibilidades varias de tratar con Dios, para
que se detenga en aquella en que Dios le sale
al encuentro. En todo el ejercicio espiritual y a lo
largo de la vida hay que ir siempre tanteando para
dar con el camino que entonces Dios señala. Y donde
el Señor se comunica con sus dones interiores, allí debe
insistir humildemente el cristiano.
Una cosa es importantísima en la iniciación:
no tener ninguna prisa por pasar adelante. En la vía
de la oración hay que proceder lenta y pacientemente.
Sólo
hay que subir al grado superior cuando uno se mueve
ya fácilmente en el grado precedente. Suele ser un paso
espontáneo y maduro.
La meditación, la oración mental es el camino
para asimilar el mundo de la fe viviéndolo a la
luz de Dios. Es rumiar la Palabra de Dios para
que el corazón se empape de ella... Más allá de
una emotividad superficial, tiene que ir alcanzando y formando el
centro personal del hombre. Las mismas consolaciones que el Señor
envía tienen como objetivo grabar más profundamente las verdades fundamentales.
La fe no es sólo aceptar teóricamente unas afirmaciones, sino
además vivir según esas afirmaciones. Y vivir no sólo en
fuerza de unas secas determinaciones de la voluntad, sino vivir
porque el hombre reacciona cordialmente según esa realidad. Esto es
lo que se va actuando en la oración mental. Por
eso hace falta calma, paz, insistencia serena, aun sin particulares
emociones
C. Principios que hay que inculcar al dirigido
El director
tiene que tener muy claro que la oración es obra
del Espíritu Santo. Recogemos aquí algunos principios que hay que
ir infundiendo en este trabajo introductorio. Se refiere a los
elementos estructurales constitutivos de la oración que el dirigido tiene
que penetrar y asimilar lentamente.
Conforme se habla con el
dirigido que va entrando en la oración, se van repitiendo
estos principios, dejándolos caer en la conversación oportunamente.1. En la
vida cristiana, desde el principio aparece una doble oración: una
solemne de alabanza, adoración, petición, que generalmente se dirige al
Padre en la liturgia. Tal es el prefacio, el canon
de la misa, las oraciones solemnes litúrgicas. Así también San
Pablo se expresa escribiendo a los efesios: «Por eso doblo
mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo». En
la estructura de la vida cristiana,
junto a esa forma
de oración solemne aparece otra de familiaridad con Jesucristo. Así
San Pablo habla con Jesucristo, como lo refiere él mismo
escribiendo a los corintios: «Por tres veces rogué al Señor
que me quitara el estímulo de mi carne» (2 Cor
12,8). En el texto griego 66 original, el término rogué
significa la sugerencia amigable que se hace en el trato
entre amigos: «Le pedí por favor».
En la ayuda de dirección
hay que procurar mucho que el dirigido recurra familiarmente durante
el día a Jesucristo como amigo, suplicando su auxilio y
asistencia constante. Que se mantenga vivo el recuerdo permanente de
la propia miseria de criatura y de la divina omnipotencia,
llena de misericordia.
2. La importancia de la fidelidad al tiempo
prefijado habitual de oración mental no debe reducirse a su
valor de gimnasia metódica de la voluntad y su constancia.
Pero junto a la fidelidad hay que desarrollar las actitudes
interiores de la oración. Solo la fidelidad no es oración.
Hay
que llevar al gusto de la oración y a sus
riquezas interiores.
3. El director no debe maravillarse ni extrañarse de
que
pronto se presenten luces interiores, consuelos, sentimientos; pero no crea
por eso que el dirigido ha llegado a la oración
infusa.(En
el ámbito oracional hay que distinguir entre la oración como
postura humana y los contactos de comunicación divina que pueden
darse en el tiempo de la oración. La oración como
actitud humana abarca la atención activa, la consideración, la contemplación
diligente, el esfuerzo sensato. El contacto de comunicación divina se
recibe pasivamente como iluminación, paz, afecto, gozo del Señor. Es
normal que estas comunicaciones en grado diverso se den en
la oración y humildemente se pretendan en ella. Este fruto
se recibe pasivamente, de manera infusa. Pero ello no hace
que la oración sea infusa. La oración se dice infusa
cuando la actitud oracional humana es comunicada pasivamente. Cuando se
da esta oración infusa, el hombre no tiene que hacer
esfuerzo para atender a Dios; se le da hecho el
estar en atención amorosa a Dios; le recogen los sentidos
desde dentro, sin esfuerzo, como el silbido del pastor, que
recoge automáticamente las ovejas).
4. El mero hecho de no haber
obtenido un fruto tangible concreto o de no haber sacado
un propósito determinado, no significa que la oración ha sido
inútil. Dios no siempre manifiesta su voluntad precisamente en el
tiempo de la oración.
Lo normal es que en la
oración se vaya creando la disposición dócil para que cuando
el Señor, a lo largo del día y en las
circunstancias más diversas, manifieste su voluntad, la pueda reconocer y
aceptar.
5. El recogimiento propio de la meditación consiste en
una sencilla y sincera apertura del corazón a la acción
de Dios, retrayendo la mente de lo creado y elevándola
a Dios. Para efectuar una conversación telefónica, hay primero que
establecer comunicación. Sin tenerla sería absurdo comenzar a hablar. Y
es evidente que establecer comunicación no es lo mismo que
concentrarse en pensar reflejamente que hay una persona al otro
lado del hilo telefónico. De manera análoga, el ponerse ante
Dios no va por una línea de puro pensar o
concentrarse, sino por una apertura del corazón a la luz
de Dios, a la manera que se abre una ventana
para que entre el sol. Debe ser una actitud personal
abierta; el Señor está presente, y el hombre ante él
con la actitud de su ser entero, que le adora
de verdad.
6. Al controlar la marcha de su oración
hay que instruir al dirigido a que debe prestar
mucha atención
a la pureza de corazón. La preparación a la oración
hay que obtenerla, sobre todo, por la pureza del corazón,
mantenida en el trato familiar y fiel con el Señor
durante el día, deseo de oración y contacto con él.7.
La oración buena no se identifica con pasar el tiempo
de ella sin distracciones. En el principiante suele ser fuerte
la preocupación de no distraerse: Incluso no es raro que
conciba la oración como «estar una hora sin distraerse», cosa
que no le sucede en ninguna otra actividad humana profesional.
Esto puede desenfocar el esfuerzo de la oración.
Hay que
formar al dirigido a que esté pendiente de Dios y
no de las posibles distracciones.8. En el progreso de la
oración se presentan muchas veces períodos de aridez y depresión,
desgana y falta de fe. Es
momento peligroso para el principiante,
cuya virtud más difícil es la constancia, sobre todo cuando
falta el auxilio de los consuelos espirituales. Por eso
hay
que sostener su perseverancia fiel en la oración prefijada, por
más que le parezca aburrida e inútil en medio de
su aridez. No entrará nunca de verdad en los caminos
de la oración quien no esté decidido a aburrirse largamente
en ella. En cambio, pretender hacer oración sólo cuando sienta
ganas o devoción sensible, significa dejarse llevar de la flojedad
humana y resignarse de antemano a tener cada vez menos
ganas de oración.
Hay que decidirse y mantenerse con perseverancia.
9.
Tiene que aceptar la ausencia de Dios. La ausencia de
Dios sentida es una forma de presencia de Dios y
de oración. No se puede sentir la ausencia de algo
que no está de algún modo en el corazón.
Lo
que se recibe conscientemente en la oración es sólo una
sombra de lo que se recibe en ella sin que
el interesado caiga en la cuenta. Recibe aun cuando no
tenga conciencia de estarlo recibiendo, sin que sepa la mano
izquierda lo que hace la derecha (cf. Mí 6,3). En
muchas ocasiones sería un verdadero remedio de la aridez el
llegar a comprender, como Santa Teresa, que ese mismo no
entender es un tesoro precioso.
10. A veces hay personas que
en la oración se encuentran
bien con el Señor en una
quietud serena. Pero surge la preocupación de que necesitan penetración
sólida en las verdades
de la fe. En consecuencia, se les
quita de la oración serena y
cordial con el Señor y
se les hace meditar en las verdades de
la fe para
asimilarlas sólidamente. Es un procedimiento demasiado expeditivo.
Tenga presente el director
que la oración mental no es el único camino para
penetrar en esas verdades. Por lo tanto, no siempre hay
que quitar a esa persona de una oración que puede
ser auténtica. Hay otros medios de formar en la fe,
como la lectura apropiada o el estudio sabroso. No habría
nada que objetar a esa oración más afectiva, con tal
de que se provea de otra manera a la formación
sólida del entendimiento, que es necesaria.
11. La oración debe estar
fundada en espíritu y verdad. No es conveniente recurrir al
sistema de ocupar el tiempo de
manera entretenida, presentando en forma
de petición al Señor cuanto uno ha experimentado durante el
día. No porque
esto sea malo, sino porque no debe ser
un método de entretenimiento habitual para hacer soportable el tiempo
de oración. Conviene promover en el dirigido, más bien,
la
verdad de estar sinceramente con el Señor. Y progresivamente habituarle
a dejar todas las preocupaciones terrestres, aunque buenas, para sumergirse
en Dios. Muchas veces sucede que el hombre está estrechado
con preocupaciones profesionales, apostólicas, económicas; llega a la oración, y,
en lugar de esponjar el corazón desde su estado de
angustia y estrechez mantenido, sigue dando vueltas a sus mismas
preocupaciones con la misma estrechez de corazón. Por ese camino
no llegará nunca a dilatarse según las dimensiones de Dios.
Al llegar a la oración conviene que lo deje todo
para entrar en la nube con Dios (cf. Ex 24,16),
a fin de que luego se acerque a la realidad
del mundo y del hombre con un corazón como el
de Dios.
12. En la oración se plantea pronto el problema
de la autenticidad de los dones de Dios. Es buen
criterio el no establecer nunca una separación entre el juicio
sobre la oración y el cuadro general de la vida
del dirigido.
Si una oración es auténtica y va elevándose,
el cuadro general de la vida debe elevarse igualmente. Por
lo tanto, en orden a un juicio de autenticidad, más
que el contenido experiencial de una oración concreta,
interesa examinar
el cuadro de la vida: el nivel de bondad de
corazón, de salida de sí, de servicialidad para con los
demás, de mansedumbre y paciencia.Con todo, sería equivocado concluir que
no pueden darse auténticas gracias de oración sin que antes
se haya elevado el nivel de vida. Pueden aparecer gracias
de oración en comunicaciones elevadas incluso pronto, cuando no está
aún muy elevado el nivel de vida. Es perfectamente compatible
que esté lleno de defectos y fallos espirituales, y que,
con todo, el Señor le conceda grandes gracias; sólo que
entonces estas gracias pondrán en su espíritu un impulso de
purificación y santidad. Hay que ayudar a esa persona a
que eleve su vida al nivel de las gracias que
recibe.
Un buen signo de que las comunicaciones son de Dios
suele ser la prontitud y facilidad que comportan para dejarse
juzgar y conducir por la Iglesia en sus ministros. Las
gracias auténticas llevan dentro una necesidad de ser confirmadas por
quien tiene autoridad para ello en la Iglesia. Es decir
llevan el sello de la obediencia.
Fdo. Cristobal Aguilar.