¿QUE ES EL ECUMENÍSMO Y QUE BUSCA?
Se entiende
por "movimiento ecuménico", "las actividades e iniciativas que, según las
variadas necesidades de la Iglesia y las características de la
época, se suscitan y se ordenan a favorecer la unidad
de los cristianos" (UR 4/b). No se trata de un
movimiento indefinido, sino que posee un objetivo -la plena unidad
visible-, y unas maneras de actuación. El movimiento ecuménico se
da entre las Iglesias y Comunidades cristianas como tales. Se
participa en él desde la identidad confesional respectiva, aunque sea
a título personal.
Con la palabra Ecumenismo se designa también una
dimensión de la tarea salvífica de la Iglesia, en cuanto
distinta de la dimensión "pastoral" entre los fieles católicos (misión
ad intra) y de la "misionera" con los no cristianos
(misión ad extra). La dimensión ecuménica de la Iglesia se
refiere a la responsabilidad que la Iglesia tiene respecto de
las comunidades cristianas separadas con vistas a alcanzar la unidad.
Entre los cristianos propiamente no se "misiona" como entre los
no cristianos para que se "conviertan": en cambio, se ofrece
la fe plena y la perfecta incorporación visible; a los
no cristianos, se les propone la fe que lleva a
la conversión. El "diálogo ecuménico", de otra parte, se distingue
por su naturaleza y finalidad del "diálogo interreligioso".
El Decr. exhorta
a la participación de los católicos en el movimiento ecuménico
(cfr. UR 4/a). Juan Pablo II ha afirmado el compromiso
ecuménico irreversible de la Iglesia Católica, y afirma que es
"un imperativo de la conciencia cristiana iluminada por la fe
y guiada por la caridad" (US 8). Afecta a todos
los cristianos. No se trata de una tarea para especialistas.
Todos pueden y deben participar, ante todo por la oración,
pidiendo al Señor por la unidad de los cristianos. Pero
también desterrando modos de actuar que dañan la causa de
la unidad, incluso aunque parezcan quedar limitados a la vida
interna de la comunidad cristiana propia.
II. Los principios católicos del
EcumenismoExiste un único movimiento ecuménico en el que cada Iglesia
y Comunidad cristiana participa desde su propia identidad. No existe
un "ecumenismo católico", sino unos principios católicos sobre el ecumenismo
que versan sobre: 1) la unidad y unicidad de la
Iglesia, 2) la valoración teológica de los demás comunidades cristianas,
y 3) la comprensión del Ecumenismo a la luz de
esos presupuestos.
1. La unidad y unicidad de la IglesiaEl Decr.
conciliar parte del designio divino de unidad. La unidad es
la finalidad de la encarnación, el objeto de la oración
de Jesús y del mandato de la caridad; la unidad
es el efecto de la Eucaristía, así como de la
venida del Espíritu Santo, "por medio del cual (Jesús) llamó
y congregó al pueblo de la Nueva Alianza, que es
la Iglesia, en la unidad de la fe, de la
esperanza y de la caridad" (UR 2).
Dios mismo ha dado
a la Iglesia -continúa el Decreto- principios invisibles de unidad
(el Espíritu Santo que habita en los creyentes, uniéndolos a
Cristo y, por El, al Padre); y también principios visibles
(la confesión de la misma fe, la celebración de los
"sacramentos de la fe", y el ministerio apostólico). El Colegio
de los Doce es el depositario de la misión apostólica;
de entre los Apóstoles, destacó a Pedro, al que Jesús
confía un ministerio particular (cfr. UR 2). El Decreto considera
a continuación el momento sucesorio enraizado en la voluntad de
Jesús: "Jesucristo quiere que por medio de los Apóstoles y
de sus sucesores, esto es, los Obispos con su Cabeza,
el sucesor de Pedro, por la fiel predicación del Evangelio
y por la administración de los sacramentos, así como por
el gobierno en el amor, operando el Espíritu Santo, crezca
su pueblo; y perfecciona así la comunión de éste en
la unidad" (UR 2). Termina aludiendo a la raíz trinitaria,
fuente y modelo de la unidad.
Estas afirmaciones se mueven en
el marco de la "eclesiología de comunión", es decir, consideran
la Iglesia como un todo orgánico de lazos espirituales (fe,
esperanza, caridad), y de vínculos visibles (profesión de fe, economía
sacramental, ministerio pastoral), cuya realización culmina en el Misterio eucarístico,
signo y causa de la unidad de la Iglesia.
a) La
unidad y sus rupturas
Por fuertes que sean estos principios de
unidad, la flaqueza humana ha contrariado el designio divino, "a
veces no sin culpa de ambas partes" (UR 3). Sin
embargo, la Iglesia una no se ha disgregado en fragmentos
varios. "La Iglesia católica afirma que, durante los dos mil
años de su historia, ha permanecido en la unidad con
todos los bienes de los que Dios quiere dotar a
su Iglesia, y esto a pesar de las crisis con
frecuencia graves que la han sacudido, las faltas de fidelidad
de algunos de sus ministros y los errores que cotidianamente
cometen sus miembros" (Juan Pablo II, Enc. Ut unum sint,
1; =US).
Es éste un principio decisivo: la Iglesia de Jesucristo
"establecida y organizada en este mundo como una sociedad, subsiste
en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro
y por los Obispos en comunión con él, si bien
fuera de su estructura se encuentren muchos elementos de santidad
y verdad que, como bienes propios de la Iglesia de
Cristo, impelen hacia la unidad católica" (Const. dogm. Lumen gentium,
8).
b) La Iglesia de Jesucristo subsiste en la Iglesia Católica.
Grados en la comunión
Con la expresión "subsistit in" el Concilio
ha querido honrar la realidad cristiana que existe en los
demás Iglesias y comunidades, a la vez que afirma ser
ella la presencia plena de la Iglesia de Jesucristo en
la tierra. Esos "elementos de santidad y verdad" (elementa seu
bona Ecclesiae) se hallan presentes "fuera del recinto visible de
la Iglesia Católica" (UR 3), y permiten hablar de verdadera
comunión entre los cristianos, aunque imperfecta. "La Iglesia se reconoce
unida por muchas razones con quienes, estando bautizados, se honran
con el nombre de cristianos, pero no profesan la fe
en su totalidad o no guardan la unidad de comunión
bajo el sucesor de Pedro". "En efecto -dirá Juan Pablo
II- los elementos de santificación y de verdad presentes en
las demás Comunidades cristianas, en grado diverso unas y otras,
constituyen la base objetiva de la comunión existente, aunque imperfecta,
entre ellas y la Iglesia católica. En la medida en
que estos elementos se encuentran en las demás Comunidades cristianas,
la única Iglesia de Cristo tiene una presencia operante en
ellas" (US 11).
c) Los elementos o "bona Ecclesiae"
El Decreto enumera
algunos de estos bienes de santidad y de verdad: "hay
muchos [cristianos] que honran la Sagrada Escritura como norma de
fe y de vida, muestran un sincero celo religioso, creen
con amor en Dios Padre todopoderoso y en Cristo, Hijo
de Dios Salvador; están sellados con el bautismo, por el
que se unen a Cristo, y además aceptan o reciben
otros sacramentos en sus propias Iglesias o comunidades eclesiásticas. Muchos
de entre ellos poseen el episcopado, celebran la sagrada Eucaristía
y fomentan la piedad hacia la Virgen, Madre de Dios".
Los
bienes de santidad y verdad en ellos existentes son ya
verdaderos elementos de comunión: "la Palabra de Dios escrita -sigue
diciendo el Decreto-, la vida de la gracia, la fe,
la esperanza y la caridad, y otros dones interiores del
Espíritu Santo y los elementos visibles: todas estas realidades, que
provienen de Cristo y a El conducen, pertenecen por derecho
a la única Iglesia de Cristo". "Provienen de Cristo y
a El conducen": cuando son genuinamente vividos despliegan el dinamismo
hacia la unidad plena.
Lumen gentium n. 15 añade todavía "la
comunión de oraciones y otros beneficios espirituales, e incluso cierta
verdadera unión en el Espíritu Santo, ya que El ejerce
en ellos su virtud santificadora con los dones y gracias
y algunos de entre ellos los fortaleció hasta la efusión
de la sangre". Esta alusión a los mártires, como patrimonio
común de todos los cristianos, viene desarrollada en la Encíclica
Ut unum sint: "la comunión no plena de nuestras comunidades
está en verdad cimentada sólidamente, si bien de modo invisible,
en la comunión plena de los santos, es decir, de
aquellos que al final de una existencia fiel a la
gracia están en comunión con Cristo glorioso. Estos santos proceden
de todas las Iglesias y Comunidades eclesiales, que les abrieron
la entrada en la comunión de la salvación" (US 84).
Juan
Pablo II (en US 12) subraya la afirmación de UR
15 sobre celebración de la Eucaristía en las Iglesias ortodoxas,
y recogida en la Carta Communionis notio: "Esta comunión existe
especialmente con las Iglesias orientales ortodoxas, las cuales, aunque separadas
de la Sede de Pedro, permanecen unidas a la Iglesia
Católica mediante estrechísimos vínculos, como son la sucesión apostólica y
la Eucaristía válida, y merecen por eso el título de
Iglesias particulares (cfr. UR 14 y 15). En efecto, "con
la celebración de la Eucaristía del Señor en cada una
de estas Iglesias, la Iglesia de Dios es edificada y
crece" (UR 15), ya que en toda válida celebración de
la Eucaristía se hace verdaderamente presente la Iglesia una, santa,
católica y apostólica" (n. 17).
2. La situación de los demás
cristianosEl Decreto (n. 3), partiendo de esos principios, se fija,
primero, en los cristianos que ahora nacen en esas Iglesias
y comunidades. Estos: 1. no tienen culpa de la separación
pasada; 2. la fe y el bautismo les incorpora a
Cristo y, por tanto, a la Iglesia, aunque esta comunión
no sea plena por razones diversas; 3. son auténticos cristianos,
amados por la Iglesia y reconocidos como hermanos. Pero el
Concilio también considera la función de las Iglesias y comunidades
cristianas en cuanto tales en el misterio de la salvación.
a)
Las Iglesias y comunidades cristianas...
En efecto, los bienes de salvación
alcanzan a los cristianos precisamente en cuanto miembros de sus
respectivos grupos. Son esas Iglesias y comunidades cristianas como tales
las que, aun padeciendo deficiencias según el sentir católico, "de
ninguna manera están desprovistas de sentido y valor en el
misterio de la salvación. Porque el Espíritu de Cristo no
rehúsa servirse de ellas como medios de salvación, cuya virtud
deriva de la misma plenitud de gracia y de verdad
que fue confiada a la Iglesia católica" (n. 3). El
fundamento de este valor salvífico no se halla en estas
comunidades en cuanto separadas, sino en cuanto son partícipes de
la única economía salvífica. La razón estriba -como decía la
Relatio conciliar a estas palabras del Decreto- en "que los
elementos de la única Iglesia de Jesucristo conservados en ellas
pertenecen a la economía de la salvación". "La única Iglesia
de Jesucristo, está presente y actúa en ellas, si bien
de manera imperfecta..., sirviéndose de los elementos eclesiales en ellos
conservados".
Refiriéndose a estos principios, dice Juan Pablo II: "Se trata
de textos ecuménicos de máxima importancia. Fuera de la comunidad
católica no existe el vacío eclesial. Muchos elementos de gran
valor (eximia), que en la Iglesia católica son parte de
la plenitud de los medios de salvación y de los
dones de gracia que constituyen la Iglesia, se encuentran también
en las otras Comunidades cristianas" (US 13).
b) ...separadas
Esa valoración no
ignora lo que todavía separa: "Sin embargo, los hermanos separados
de nosotros, ya individualmente, ya sus Comunidades e Iglesias, no
disfrutan de aquella unidad que Jesucristo quiso dar a todos
aquellos que regeneró y convivificó para un solo cuerpo y
una vida nueva, que la Sagrada Escritura y la venerable
Tradición de la Iglesia confiesan. Porque únicamente por medio de
la Iglesia católica de Cristo, que es el auxilio general
de la salvación, puede alcanzarse la total plenitud de los
medios de salvación. Creemos que el Señor encomendó todos los
bienes de la Nueva Alianza a un único Colegio apostólico,
al que Pedro preside, para constituir el único Cuerpo de
Cristo en la tierra, al cual es necesario que se
incorporen plenamente todos los que de algún modo pertenecen ya
al Pueblo de Dios" (UR 3).
Juan Pablo II recoge esta
convicción en sus palabras: "De acuerdo con la gran Tradición
atestiguada por los Padres de Oriente y Occidente, la Iglesia
católica cree que en el evento de Pentecostés Dios manifestó
ya la Iglesia en su realidad escatológica, que El había
preparado ´desde el tiempo de Abel el Justo´. Está ya
dada. Por este motivo nosotros estamos ya en los últimos
tiempos. Los elementos de esta Iglesia ya dada, existen, juntos
en su plenitud, en la Iglesia católica y, sin esta
plenitud, en las otras Comunidades" (US 14).
La Carta Communionis notio
señala -en relación con la falta de comunión con el
sucesor de Pedro-, "como la comunión con la Iglesia universal,
representada por el Sucesor de Pedro, no es un complemento
externo de la Iglesia particular, sino uno de sus constitutivos
internos, la situación de aquellas venerables comunidades cristianas implica también
una herida en su ser Iglesia particular. La herida es
todavía más profunda en las comunidades eclesiales que no han
conservado la sucesión apostólica y la Eucaristía válida" (n. 17).
Tenemos
así los siguientes principios fundamentales para la comprensión católica del
Ecumenismo:
1º La Iglesia de Cristo subsiste en la Iglesia católica
romana (LG 8);
2º "Fuera de su recinto visible" (UR 3),
hay verdaderos bienes de santidad y verdad ("elementa seu bona
Ecclesiae");
3º Por estos bienes, las Iglesias y Comunidades son verdaderas
mediaciones de salvación (es la única Iglesia de Cristo la
que actúa por medio de esos "bienes" salvíficos);
4º No obstante,
les falta la plenitud de los medios de salvación, y
no han alcanzado la unidad visible querida por Cristo, por
lo que se hallan en comunión imperfecta o no plena
con la Iglesia Católica Romana.
5º Considerando los cristianos individualmente, el
Decr. da contenido positivo al sustantivo "cristiano": la fe y
el bautismo comunes son ya elementos de comunión cristiana real
aunque imperfecta.
3. El Ecumenismo a la luz de estos principios
a.
Conocimiento entre los cristianos
El Decr. señala algunas implicaciones de sus
afirmaciones dogmáticas cuando se refiere, por ejemplo, a "los esfuerzos
para eliminar palabras, juicios y acciones que no respondan, según
la justicia y la verdad, a la condición de los
hermanos separados, y que, por lo mismo, hacen más difíciles
las relaciones mutuas con ellos" (UR 4/b). Juan Pablo II
señala aquí que los cristianos no deben minusvalorar "el peso
de las incomprensiones ancestrales que han heredado del pasado, de
los malentendidos y prejuicios de los unos contra los otros.
No pocas veces, además, la inercia, la indiferencia y un
insuficiente conocimiento recíproco agravan estas situaciones" (US 2). Juan Pablo
II ha querido contribuir p. ej., al conocimiento por parte
de "los hijos de la Iglesia Católica de tradición latina"
de la tradición oriental, con la Carta Orientale lumen (1995)
sobre la riqueza litúrgica y espiritual del Oriente cristiano, y
con la Enc. Slavorum apostoli (1985) y otros gestos importantes.
b.
Diálogo especializado
El Concilio alude a las "reuniones de los cristianos
de diversas Iglesias o Comunidades organizadas con espíritu religioso, el
diálogo entablado entre peritos bien preparados, en el que cada
uno explica con mayor profundidad la doctrina de su Comunión
y presenta con claridad sus características" (UR 4/b). La finalidad
de este diálogo viene descrito así: "Por medio de este
diálogo, todos adquieren un conocimiento más auténtico y un aprecio
más justo de la doctrina y de la vida de
cada Comunión; (...) Finalmente todos examinan su fidelidad a la
voluntad de Cristo sobre la Iglesia y, como es debido,
emprenden animosamente la tarea de la renovación y de la
reforma" (ibid.).
Las consecuencias de este diálogo son: la búsqueda del
entendimiento, superando posibles equívocos fraguados en la historia; la percepción
exacta de las divergencias, y de si realmente afectan a
la fe o a la legítima diversidad en su explicación;
la confrontación fiel con la voluntad de Cristo para su
Iglesia, etc. "El diálogo ecuménico, -dice Juan Pablo II- que
anima a las partes implicadas a interrogarse, comprenderse y explicarse
recíprocamente, permite descubrimientos inesperados. Las polémicas y controversias intolerantes han
transformado en afirmaciones incompatibles lo que de hecho era el
resultado de dos intentos de escrutar la misma realidad, aunque
desde dos perspectivas diversas. Es necesario hoy encontrar la fórmula
que, expresando la realidad en su integridad, permita superar lecturas
parciales y eliminar falsas interpretaciones" (US 38). El Papa abunda
en este sentido positivo del diálogo: "Dialogando con franqueza, las
Comunidades se ayudan a mirarse mutuamente unas a otras a
la luz de la Tradición apostólica. Esto las lleva a
preguntarse si verdaderamente expresan de manera adecuada todo lo que
el Espíritu ha transmitido por medio de los Apóstoles" (US
16).
c. Integridad en la exposición de la fe católica
El Decreto
considera la exposición íntegra de la fe católica como una
condición para el diálogo respetuoso y sincero: "Es de todo
punto necesario que se exponga claramente la doctrina. Nada es
tan ajeno al ecumenismo como ese falso irenismo, que daña
a la pureza de la doctrina católica y oscurece su
genuino y definido sentido" (UR 11).
Pero, a la vez, el
modo de exponer la doctrina ("que debe distinguirse con sumo
cuidado del depósito mismo de la fe", UR 6) no
debe provocar dificultades innecesarias: "La manera y el sistema de
exponer la fe católica no debe convertirse, en modo alguno,
en obstáculo para el diálogo con los hermanos" y, en
sentido positivo: "la fe católica hay que exponerla con mayor
profundidad y con mayor exactitud, con una forma y un
lenguaje que la haga realmente comprensible a los hermanos separados"
(UR 11).
d. La "jerarquía de verdades"
El Decr. habla en ese
contexto de la "jerarquía de verdades" en la articulación de
la fe cristiana: "en el diálogo ecuménico, los teólogos católicos,
afianzados en la doctrina de la Iglesia, al investigar con
los hermanos separados sobre los divinos misterios, deben proceder con
amor a la verdad, con caridad y con humildad. Al
comparar las doctrinas, recuerden que existe un orden o ´jerarquía"
en las verdades de la doctrina católica, ya que es
diverso el enlace (nexus) de tales verdades con el fundamento
de la fe cristiana" (UR 11; US 37).
No se trata
de que unas verdades sean "más verdaderas" que otras, o
que existan verdades fundamentales de la fe, y otras "secundarias",
sino que en la exposición de la fe ha de
tenerse en cuenta que los aspectos particulares están orgánicamente vinculados
("nexus mysteriorum": cfr. Conc. Vaticano I) con los núcleos de
la fe: por ej., las afirmaciones sobre santa María se
comprenden desde su condición de Madre de Jesucristo, Dios y
hombre verdadero; el misterio de la Iglesia se entiende desde
las misiones del Hijo y del Espíritu Santo; etc. La
exposición de la fe aspira a mostrar, además, la armonía
y proporciones debidas de cada aspecto dentro del conjunto del
Misterio. Así, por seguir con el ejemplo, sería una visión
deformada de la fe una exposición sobre la Iglesia centrada
casi exclusivamente en la jerarquía, etc.
e. La Iglesia Católica y
las escisiones
El Concilio dice que las rupturas de la unidad
también afectan -de otra manera: no a su esse constitutivo-
a la Iglesia Católica: "las divisiones de los cristianos impiden
que la Iglesia realice la plenitud de catolicidad que le
es propia en aquellos hijos que, incorporados a ella ciertamente
por el bautismo, están, sin embargo, separados de su plena
comunión. Incluso le resulta bastante más difícil a la misma
Iglesia expresar la plenitud de la catolicidad bajo todos los
aspectos en la realidad de la vida" (UR 4). La
ruptura de la unidad -abunda la Carta Communionis notio-, "comporta
también para la Iglesia Católica, (&
, una herida en cuanto
obstáculo para la realización plena de su universalidad en la
historia" (n. 17).
Si "catolicidad" es la capacidad de la fe
y de la Iglesia de asumir la legítima diversidad humana,
y encarnarse en la variedad de naciones y culturas, entonces
las rupturas impiden la "expresión histórica" de esa capacidad. Juan
Pablo II gusta de repetir, por ej., que la Iglesia
tiene que respirar "con los dos pulmones", en referencia al
Oriente y Occidente cristianos. En otro sentido, el cristiano no
católico, debería encontrar y vivir en la Iglesia Católica lo
verdaderamente evangélico que haya en su comunidad; la Iglesia ha
de acoger todo aquello que, en consonancia con el Evangelio
y la disposición del Señor, pertenece a su "catolicidad".
f. La
reconciliación en la plena comunión católica
El "trabajo de preparación y
reconciliación de todos aquellos que desean la plena comunión católica"
se distingue de la actividad ecuménica. En efecto, "se diferencia
por su naturaleza de la labor ecuménica; no hay, sin
embargo, oposición alguna, puesto que ambas proceden del admirable designio
de Dios" (UR 4). Se mueven en órdenes diversos. El
Ecumenismo se dirige a las Comunidades como tales, y busca
la perfecta unión institucional: su fin es "el restablecimiento de
la plena unidad visible de todos los bautizados" (US 77).
La tarea de "preparación y reconciliación en la plena comunión
católica" afecta a la conciencia individual y a la libertad
religiosa. Tal proceso responde también al designio divino, y es
obra del Espíritu Santo. Es una grave deformación del ecumenismo
despreciar o evitar las conversiones individuales, por estimarlas contrarias a
la obra ecuménica; y, a la vez, el ecumenismo no
es una táctica para conseguir conversiones con mayor facilidad. Ambas
tareas son distintas.
Para la recepción en la Iglesia Católica de
un bautizado válidamente existe una fórmula específica en el Ritual
de la Iniciación cristiana de Adultos.
III. Condiciones para el ecumenismoTras
exponer los principios dogmáticos, UR 4 enumera algunas condiciones espirituales
y pastorales del ecumenismo.
1. La renovación institucional. "(los fieles católicos)
deben examinar con sinceridad lo que hay que renovar y
hacer en la misma Familia Católica para que su vida
dé un testimonio más fiel y patente de la doctrina
e instituciones recibidas de Cristo a través de los Apóstoles".
2.
La santidad personal. "Aunque la Iglesia Católica posea toda la
verdad revelada por Dios y todos los medios de gracia,
sus fieles no viven de estos bienes con el fervor
que corresponde, de modo que el rostro de la Iglesia
tiene menos esplendor a los ojos de los hermanos separados...
Por esta razón, todos los católicos deben tender hacia la
perfección cristiana, y cada uno, según su condición, contribuir con
su esfuerzo a que la Iglesia... se purifique y renueve
cada día".
3. La unidad y diversidad. "En la Iglesia, si
se guarda la unidad en lo necesario, todos conservarán la
debida libertad, correspondiente al cometido confiado a cada uno, tanto
en las diversas formas de la vida espiritual y de
la disciplina como en la diversidad de los ritos litúrgicos
e, incluso, en la elaboración teológica de la verdad revelada;
y guardarán en todo la caridad. Obrando de este modo,
manifestarán cada día con mayor plenitud la verdadera catolicidad y
apostolicidad de la Iglesia".
4. La admiración. "Es necesario que los
católicos reconozcan y aprecien con alegría los bienes auténticamente cristianos,
procedentes del patrimonio común, que se encuentren en poder de
los hermanos separados...: debemos admirar a Dios en sus obras.
Y no puede pasarse por alto que todo cuanto realiza
la gracia del Espíritu Santo en los hermanos separados puede
contribuir a nuestra edificación".
IV. La práctica del ecumenismo1. Renovación de
la Iglesia y ecumenismo espiritual.- Según el Decreto (nn. 7
y 8) es necesaria la renovación en la Iglesia que
"consiste esencialmente en un aumento de la fidelidad de la
Iglesia a su propia vocación" (n. 6). Además, "no se
da verdadero ecumenismo sin conversión interior. Los anhelos de unidad
nacen y maduran a partir de la renovación espiritual, de
la abnegación de sí mismo y de la efusión generosa
de la caridad. Recuerden todos los fieles católicos que contribuirán
-más aún, realizarán- tanto más la unión de los cristianos
cuanto más se esfuercen en llevar una vida más pura
con arreglo al Evangelio" (n. 7). En el 8 se
trata de la oración común de los católicos con los
demás cristianos: "La conversión interior y la santidad de vida
junto con la oración privada y pública por la unión
de los cristianos deben considerarse como el alma de todo
el movimiento ecuménico".
2. Formación ecuménica, mutuo conocimiento y colaboración entre
cristianos.- El n. 10 del Decreto afirma que la Teología
y la Catequesis han de estar orientadas por auténtico espíritu
ecuménico. Sobre este aspecto el Cons. Pont. para la Unidad
de los Cristianos ha publicado un importante documento para la
formación teológica: "La dimensión ecuménica en la formación de quienes
trabajan en el ministerio pastoral" (1995).
En la tarea del mutuo
conocimiento el Concilio señala dos formas: el estudio "de la
doctrina y de la historia, de la vida espiritual y
cultural, de la psicología religiosa y de la cultura propia
de los hermanos separados" (n. 9); y el diálogo entre
teólogos "a condición de que quienes participan en él bajo
la vigilancia de los obispos sean realmente peritos" (n. 9).
La
colaboración con los demás cristianos es la acción conjunta en
el campo del testimonio ante el mundo de los vínculos
que ya unen a pesar de las separaciones. Además, "con
esta colaboración, todos los que creen en Cristo pueden aprender
fácilmente a conocerse mejor y a apreciarse más unos a
otros y a preparar el camino que conduce a la
unidad de los cristianos" (n. 12).
3. La communicatio in sacris.-
Se trata de un tema que no puede exponerse aquí
con detalle. Recordemos sólo los principios que establece el Decreto
n. 8: "En ciertas circunstancias especiales, como sucede cuando se
ordenan oraciones ´por la unidad´, y en las asambleas ecumenistas
es lícito, más aún, es de desear que los católicos
se unan en la oración con los hermanos separados". Asunto
distinto es la comunicatio in sacris sacramental: "no es lícito
considerar la comunicación en las funciones sagradas como medio que
pueda usarse indiscriminadamente para restablecer la unidad de los cristianos.
Esta comunicación depende, sobre todo, de dos principios: de la
significación de la unidad de la Iglesia y de la
participación en los medios de la gracia. La significación de
la unidad prohíbe de ordinario la comunicación. La consecución de
la gracia algunas veces la recomienda".
Estos dos principios están concretados
en lo relativo a los sacramentos de la Penitencia, Eucaristía
y Unción de los enfermos en el Código de Derecho
Canónico, c. 844, y en el "Directorio para la aplicación
de principios y normas sobre el Ecumenismo" (1993). También se
trata en este documento de las normas relativas a la
celebración de los matrimonios mixtos.
V. Declaraciones conjuntas de la Iglesia
católica y otras Iglesias y confesiones cristianasTras la clausura del
Conc. Vaticano II se constituyeron Comisiones oficiales de diálogo teológico
entre la Iglesia Católica y otras Iglesias (Iglesias Ortodoxas, Comunión
Anglicana, Federación Luterana Mundial, Alianza Reformada Mundial, etc.). Los documentos
redactados por las Comisiones están publicados en las lenguas más
importantes(1). Estas Comisiones suelen establecer una agenda de temas doctrinales,
sobre los que tratan posteriormente, y así llegan a unos
acuerdos que remiten a las respectivas autoridades para su eventual
aprobación, con la que alcanzan autoridad eclesial.
Esa aprobación ha sucedido
hasta el momento -en el caso de los diálogos de
la Iglesia Católica- sólo con un documento. Se trata de
la "Declaración común sobre la doctrina de la justificación por
la fe", firmada el 31 de octubre de 1999 por
la Federación Luterana Mundial y la Iglesia Católica en la
ciudad de Augsburg. Declara que esa doctrina contenida en esa
Declaración común no cae bajo las condenas doctrinales de las
Confesiones de fe luteranas ni del Concilio de Trento, que
se mantienen vigentes para el tenor de las doctrinas condenadas(2).
Otros
documentos firmados por las autoridades eclesiales son algunas Declaraciones cristológicas
con las Antiguas Iglesias Orientales (las llamadas "precalcedonianas"). Como se
sabe, estas Iglesias se separaron con motivo de la doctrina
cristológica de los Concilios de Efeso (Iglesia asiria del Oriente)
y de Calcedonia (coptos, antioquenos, armenios, etíopes). Con la Iglesia
copta-ortodoxa existe la "Declaración común" de Pablo VI y Shenuda
III (1973), y la "Fórmula Cristológica común" (1988). Con la
Iglesia siria ortodoxa, la "Declaración común" de Pablo VI y
Mar Ignacio Jacobo III (1971), y la "Declaración cristológica común"
de Juan Pablo II y Mar Ignatius Zakka I Iwas
(1984). Con la Iglesia armenia apostólica., la "Declaración común" de
Juan Pablo II y Karekine I (1996). En fin, con
la Iglesia asiria de oriente, la "Declaración cristológica común" de
Juan Pablo II y Mar Dinkha IV (1994)(3).
Fdo. Cristobal Aguilar.