JUAN PABLO II - UNA MIRADA HACIA ATRAS
Juan Pablo II ha
batido récords y ha roto esquemas en prácticamente todas las
tareas que emprendió. Un sinnúmero de documentos, viajes, concentraciones multitudinarias
y encuentros personales con la gente más variada en los
cinco continentes dan testimonio de ello.
Un Papa cercanoCuando Karol Wojtyla
se convirtió en el Pastor Supremo para todos los cristianos,
no renunció por ello a su espontaneidad, ni a sus
amigos, ni a pensar por sí mismo, ni a las
vacaciones en las montañas; no disimuló su amor a la
belleza, a la música o al deporte. Tampoco se veía
obligado a evitar las muestras de afecto hacia niños y
ancianos, sanos y enfermos, pobres y ricos, policías y delincuentes,
hombres y mujeres. En una palabra, rechazó la tentación de
transformarse en un dignatario solemne y seco. Dejó claro, desde
el primer momento, que no quería tener alrededor suyo ningún
“aire de importancia”. Se mostró al mundo tal como era,
con gran sencillez, e hizo palidecer, cientos de veces, no
sólo a los maestros de ceremonia, sino también a su
equipo de seguridad.
Cuando, después de su elección, Juan Pablo salió
por primera vez a una de las ventanas del Vaticano,
lloró de emoción ante una multitud fascinada; más tarde, los
periodistas le llamaron con asombro “un Papa para tocar”, título
que ha merecido hasta el último día de su vida.
El cargo más alto que una persona puede tener en
este mundo, no suplantó la personalidad del sucesor de Pedro;
no engendró en él ningún gesto presuntuoso, petulante o distante.
Este hecho de que una persona investida de gran autoridad
se muestre “normal”, como uno más entre los vecinos, puede
considerarse un milagro de la gracia, según opina santa Teresa
de Ávila.
El secreto de Juan Pablo II¿Cuál ha sido el
secreto de este Papa? ¿Por qué ha podido mover el
mundo como si fuera una tabla de ajedrez? Una pequeña
anécdota puede arrojar luz sobre ese interrogante. En una ocasión,
no hace mucho tiempo, un periodista entrevistó a un cardenal
del Vaticano: “¿Qué piensa usted de Juan Pablo II?”, una
pregunta un tanto general. “Es un hombre sumamente peligroso,” respondió
el cardenal con claridad. “Por qué es peligroso?”, volvió a
preguntar el periodista. “Confía completamente en Dios,” afirmó el cardenal
señalando, probablemente, una de las actitudes más características y profundas
del Pontífice.
Juan Pablo II era un hombre muy de la
tierra y muy de Dios. Parece que no sólo quería
“seguir” a Jesucristo, sino que quería dejarle entrar –a través
de la oración y los sacramentos– hondamente en su corazón;
permitió a Cristo vivir en él y actuar desde su
interior. Así se explica la gran atracción de este Papa,
que ha sido como un imán, no sólo para millones
de jóvenes que acudieron puntualmente a sus citas, sino para
gente de todas las edades y condiciones: se podía experimentar
la bondad de Cristo en su presencia.
Volver a las raíces
evangélicasEl Papa Wojtyla ha renovado las raíces evangélicas del papado.
En efecto, algunas escenas evocan vivamente el paso del Hijo
de Dios por los caminos de Galilea. ¡Cuánto tiempo ha
dedicado Jesucristo a estar cerca de los marginados, de los
enfermos, los pobres y de los llamados “pecadores públicos”! Juan
Pablo II fue para muchos de ellos también un testigo
de esperanza. Baste recordar que –en uno de sus viajes
a Francia– invitó a los llamados “heridos por la vida”
a un gran encuentro en la catedral de Tours donde
les hizo palpar la misericordia de Dios, no sólo a
través de sus palabras, sino sobre todo por el sincero
cariño que les mostró, abrazando, escuchando y besando a cuantos
estaban a su alcance; acudió un creciente cúmulo de gente
que sobrepasó toda previsión –como a menudo ocurría– ya que
todos querían estar a su lado.
Y es que el hombre
de nuestro tiempo no se convierte cuando tan sólo lee
doctos tratados sobre Dios o escucha conferencias eruditas sobre Él;
quiere poner sus manos que buscan, como las manos de
un ciego que quiere ver, en el corazón abierto de
la Iglesia, tal como lo hizo Tomás, el apóstol incrédulo.
Signo
de contradicciónComo fiel discípulo de su Señor, el Papa Wojtyla
no se preocupó del beneplácito de los “ricos y poderosos”.
Comunicó la verdad sin vacilar, a pesar de granizadas y
tormentas. Fue Petrus, la roca firme, que protege y defiende
a los pequeños y da seguridad a los pusilánimes, abriendo,
asimismo, horizontes siempre nuevos a los espíritus aventureros. No hay,
realmente, nada más revolucionario que una persona que se deja
llevar por el Espíritu Santo.
Juan Pablo II no rehusó ser
un escándalo para este mundo, y aceptó alegremente que los
sempiternos críticos le tomasen por loco, anticuado o ultramoderno, según
la perspectiva de cada uno. Aquel que se anticipa a
su tiempo y sobresale entre sus coetáneos, ¿no es con
frecuencia blanco del odio y la envidia de los demás?
Conviene destacar que el doloroso cisma que tuvo lugar durante
el último pontificado, fue provocado por los “tradicionalistas” (Lefebvre), no
por los “progresistas”. Pero el hecho de que tanto unos
como otros le solían flagelar en los medios de comunicación,
indica que Juan Pablo II mostró el camino recto a
través de los montes escarpados a la derecha y a
la izquierda.
Icono del dolorSólo un hombre muy unido a Cristo
puede soportar la injusticia sin llenarse de amargura. Fue el
caso del Papa Wojtyla que perdonó a sus opresores; incluso
visitó en la cárcel al turco que intentó matarle y
le causó un daño físico grave e irreparable.
En la última
década, la oposición más atroz iba cediendo, poco a poco,
al respeto velado ante la mirada de un Papa cada
vez más anciano, enfermo y frágil. Juan Pablo II se
convirtió ante los ojos del mundo en un icono del
dolor. No ocultó nunca sus limitaciones. Permitió que le filmaran
en su habitación del hospital Gemelli y autorizó, en una
ocasión, la publicación de una radiografía de sus huesos. ¿Cabe
más sencillez, más transparencia, más rebeldía sana contra la superficialidad
de nuestra “cultura de la imagen” que esclaviza y deprime
a tantas personas?
Testigo de esperanzaEl Papa continuó siendo atrayente durante
su larga vejez. Aunque estaba señalado por los sufrimientos más
repugnantes, no se cuidó, no se ahorró, no se “conservó”.
Y tuvo hasta el final más capacidad de convocatoria que
cualquier artista de cine bien maquillado. ¿Cómo se explica este
fenómeno? Juan Pablo II, ciertamente, no conseguía sus “éxitos” a
pesar de la cruz, sino justamente al revés: los consiguió
por la gran cruz que llevaba. Parece que se apoyaba
cada vez más en la fuerza del mismo Dios cuyo
amor transmitió imperturbablemente a los hombres.
Este Papa nos enseñó a
vivir con libertad y alegría, desde una honda aceptación de
nosotros mismos. Nos mostró que ser cristianos es ser “más”
hombres, y no hombres renuentes, asustados o enlutados. Y nos
recordó que también nosotros estamos llamados a luchar con valor
contra todo lo que empequeñece al ser humano, lo que
le masifica o cosifica, lo que desprecia su dignidad o
anula sus derechos. Unidos a Cristo, la victoria es segura,
aunque no sea visible en este mundo. ¿Quién puede vencer
a aquél, cuyo triunfo presupone el fracaso?
Juan Pablo II fue
testigo de la Pasión y de la Resurrección de su
Señor. Recordando su figura amable, sonriente, sentada en una silla
de ruedas, vienen a la cabeza unas palabras del Nuevo
Testamento que describen los amigos de Dios: “Por la fe
ejercieron la justicia, alcanzaron las promesas, cerraron la boca de
los leones, apagaron la violencia del fuego, escaparon al filo
de la espada, convalecieron de sus enfermedades y fueron valientes
en la guerra.” Realmente, no fue el Papa Wojtyla actuando
con sus fuerzas propias. Hubo en él un misterio que
le sobrepasó.
Fdo. Cristobal Aguilar.