El bueno de San Francisco de Asís
vivía la Navidad maravillosamente. Cantaba, danzaba, contagiando su felicidad. Si
el día 25 caía en viernes, lo celebraba en grande.
En fecha tan entrañable no se podía ayunar. -Si
las paredes pudieran comer carne, hermano León, se la ofrecería
para que también ellas pudieran celebrar el nacimiento del Niño
Dios– les decía con ternura.
En una fría noche de
invierno, se le ocurrió la genial idea de avivar
el recuerdo de momento tan augusto. Y representó con
figuras humanas, de carne y hueso, la escena de el Nacimiento. Lleno de emoción cantaba con sus frailes:
-Si el rey fuera mi amigo, le pediría sembrar de
trigo todas las calles durante la Navidad, para que hicieran
también fiesta los hermanos pájaros... Porque Cristo ha nacido. Y
así, entre cantos y danza, entre algazara e ilusión, el
buen fraile ponía en escena junto a la Familia Sagrada a Adán y a Eva, al diablo, al
ángel del Paraíso con su espada flamante y al árbol
del fruto prohibido: ¿un manzano?
Es verdad que la Biblia no
indica la especie. Lo cierto es que la tradición se
ha continuado por los siglos. Y hoy adornan nuestras casas
abetos y pinos. ¿Cuál es la legendaria historia de nuestro
árbol de Navidad? ¿Por qué le colgamos tantas luces y
dulces y adornos?
Los antiguos germanos creían que el mundo y
todos los astros estaban sostenidos pendiendo de las ramas de
un árbol gigantesco llamado el "divino Idrasil" o el "dios
Odín". A este dios se le rendía culto cada año,
durante el solsticio de invierno, cuando para ellos, se renovaba
la vida. La celebración de ese día consistía en adornar
un árbol de encino con antorchas que representaban a las
estrellas, la luna y el sol. En torno a este
árbol bailaban y cantaban adorando a su divinidad.
Cuentan que
San Bonifacio, evangelizador de Alemania, derribó el
árbol que representaba al dios Odín y en el mismo
lugar plantó un pino o abeto, símbolo del amor perenne
de Dios. Lo adornó con manzanas y velas, dándole
un simbolismo cristiano. Era curioso ver abetos "cargados" de manzanas.
De esta manera tan pintoresca, los cristianos de la Edad
Media pintaban de sentido cristiano sus celebraciones familiares.
Las manzanas
representaban las tentaciones, el pecado original y los pecados de
los hombres; las velas representaban a Cristo, la luz del
mundo y la gracia que reciben los hombres que aceptan
a Jesús como Salvador.
Desde el siglo XVII, junto
a las manzanas cada familia cuelga una oblea. ¿Por
qué? A la manzana, que ha sumergido al hombre en
este valle de lágrimas, se contrapone la oblea, que representa
el pan de vida. Y poco a poco, con el
correr de los siglos y de la imaginación, se le
han añadido dulces y golosinas, luces y colores, esferas y
figuras.
El antiguo y legendario árbol del primer pecado reconquista un
nuevo verdor. El árbol de Navidad vuelve a ser el
árbol de la vida. Los mismos cantos recuerdan ecos
lejanos: "Hoy nos vuelve a abrir la puerta del Paraíso.
El querubín ya no la defiende. Al Dios Omnipotente alabanza,
honor y gloria".
Esta costumbre alemana se difundió por toda
Europa en la Edad Media. Por medio de la Conquista
española y las migraciones, la tradición llegó a América. Poco
a poco fue evolucionando: se cambiaron las manzanas por esferas
y las velas, por focos que representan la alegría y
la luz que Jesucristo trajo al mundo.
Las esferas, han cambiado
su simbolismo del pecado y ahora se les atribuye ser
el símbolo de las oraciones que hacemos durante el periodo de Adviento, teniendo sus colores también un
significado simbólico:
