Mi?rcoles, 02 de diciembre de 2009
LA SANTIDAD Y LOS SANTOS

¿La santidad? A primera vista, se piensa en la canonización d personas “heroicas”. Las que han fundado órdenes religiosas: san Benito, santo Domingo,, san Francisco de Asís, san Ignacio de Loyola, santa Teresa de Avila, san Juan Bosco... O las que han hecho obras de caridad: san Vicente de Paúl, Madre Teresa de Calcuta...o educativas: San Jua Bautista de la Salle..

“Lo que hace la santidad, no es nuestra vocación, sino la tenacidad con la cual nos dejamos fascinar. Esta frase del libro “Calles de las ciudades, caminos de Dios” de Madeleine Delbrêl da la “receta” de la santidad: vivir la Bienaventuranzas.

La santidad no se reserva sólo a algunos. Es la vocación primera de todo bautizado. La santidad es don, una gracia y no un premio de excelencia. Ella viene de Dios. Es dejarse trabajar y moldear por la mirada de Dios en todas las acciones y pensamientos de cada día.

La santidad consiste en el “cumplimiento de la voluntad de Dios”.

Cristo quiere que las personas sean santas como su Padre lo es. Es una llamada exigente.

En el Antiguo Testamento, el hebreo “kadosch” (santo) significaba estar separado de lo secular o profano y dedicado al servicio de Dios. El pueblo de Israel se conocía como santo por ser el pueblo de Dios.

La santidad de Dios identificaba su separación de todo lo malo. Las criaturas son santas en cuanto estén en relación con El. La santidad de las criaturas es subjetiva, objetiva o ambas.

Es subjetiva en esencia por la posesión de la gracia divina y moralmente por la práctica de la virtud.

La santidad objetiva en las criaturas denota su consagración exclusiva al servicio de Dios: sacerdotes por su ordenación; religiosos y religiosas por sus votos; lugares sagrados, vasos y vestimentas por la bendición que reciben y por el sagrado propósito para el cual han sido reservados.

Por el Bautismo todos somos llamados a la santidad y en la Iglesia recibimos las gracias necesarias que proceden de los méritos de Jesucristo. Todos, sin embargo, sean sacerdotes, religiosos o laicos deben responder libremente a esas gracias para lograr la santidad.

Los santos y nosotros según el Concilio Vaticano II


En la vida de aquellos que siendo hombres como nosotros, se transformaron con mayor perfección en imagen de Cristo ( 2Corintios 3,18) Dios manifiesta al vivo entre los hombres su presencia y su rostro.

Veneramos la memoria de los Santos del cielo, con la unión de toda la Iglesia por su ejemplaridad; pero en el espíritu se vigorice por el ejercicio de la caridad fraterna (Efesios, 4,1-6).

Porque así como la comunión cristiana entre los viadores nos acerca más a Cristo, así el consorcio con los Santos nos une a Cristo de quién- como de fuente y cabeza-, dimana toda la gracia y la vida del pueblo de Dios.

Es, por tanto, sumamente conveniente que amemos, a estos amigos y coherederos de Cristo, hermanos también y eximios bienhechores nuestros; que rindamos a Dio las gracias que les brindemos por ellos, los invoquemos humildemente, y para impetrar de Dios beneficios por medio de su Hijo Jesucristo, nuestro Señor que es el único Redentor y Salvador nuestro, acudamos a sus oraciones, protección y socorro. “Todo genuino testimonio de amor que ofrezcamos a los bienaventurados se dirige, por su propia naturaleza, a Cristo y termina en El, que es la Corona de todos los Santos. Por El va a Dios que es admirable en sus Santos y en ellos es glorificado (Lumen Gentium. Nº 50)

Textos:

- Levítico (19,2): “Sed santos, pues yo, vuestro Señor, soy santo”.
- Mateo (5,48): Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”.

Fdo. Cristobal AGuilar.
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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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