LA ENCARNACIÓN DEL VERBO

Esta fiesta hunde sus raíces en los primeros siglos del
cristianismo. Los Padres de la Iglesia creían, demostraban y predicaban
que la Madre de Jesús era Madre de Dios. La
herejía de Nestorio divulgaba que María sólo era madre de
la naturaleza humana de Jesús. Contra este error herético los
escritores cristianos escribieron y predicaron la verdad con el objeto
de probar en sus escritos y en sus múltiples homilías
que en Cristo subsistía la humanidad con la divinidad. María
es Madre de Dios, y no sólo Madre de Jesús.
El Concilio de Éfeso definirá la verdad de María Madre
de Dios, Theotokos, aclamada por los fieles alborozados, que acompañaron
a los Padres Conciliares con antorchas en la noche, a
la salida del aula conciliar. La literatura aramea había desarrollado
el concepto de María como segunda Eva. La virginidad y
concepción virginal de María, además, era una verdad que constituía
un tema importante de la doctrina cristiana, como lo testimonian
Orígenes en “Contra Celsum”; Arístides en su “Apología” dirigida al
emperador Adriano en 117, subrayando que Jesús “de una virgen
judía tomó y se revistió de carne, y habitó en
la hija del hombre”. Y la cuestión era tan importante
hasta el punto de creer, según sostiene Ignacio de Antioquia
en su Carta a los Efesios 19, 1 que: “Al
príncipe de este mundo permaneció oculta la virginidad de María,
su parto y la muerte del Señor. Son estos los
tres misterios, que se cumplieron en el silencio de Dios"
En
el Símbolo de la Fe la Iglesia confiesa que “Jesucristo
descendió del cielo y se encarnó por obra del Espíritu
Santo en María Virgen” según el Concilio Niceno-Constantinopolitano en 381,
que se ha convertido en el carné de identidad y
de ortodoxia para todas las iglesias orientales y occidentales. Si
bien para llegar a esta formulación costó, pues cada iglesia
tenia un formulario o Símbolo donde se expresaba brevemente, las
principales verdades de la fe, pero todos hacían explícita fe
en la Encarnación y la mayoría nombraban a María en
su concepción virginal, algunos no nombraban al Espíritu Santo o
primero se nombraba a María y después al Espíritu Santo
hasta que cuajó en el actual Símbolo “por obra del
Espíritu Santo en María la Virgen”. Estos testimonios reflejan la
complejidad de las controversias dogmáticas de los primeros siglos.
JUAN
PABLO II «Una sola fuente y una sola raíz, una
sola forma resplandece en el triple esplendor. ¡Allí donde brilla
la profundidad del Padre, irrumpe la potencia del Hijo, sabiduría
artífice del universo entero, fruto generado por el corazón paterno!
Y allí relumbra la luz unificadora del Espíritu Santo». Así
cantaba en el siglo V Sinesio de Cirene, celebrando, en
la aurora de un nuevo día, la Trinidad divina, única
en la fuente y triple en su esplendor. Esta verdad
del único Dios en tres personas iguales y distintas no
está relegada en los cielos; no puede ser interpretada como
una especie de «teorema aritmético celeste» sin ninguna repercusión para
la vida del hombre, como suponía el filósofo Kant.
La
gloria de la Trinidad se hace presente en el tiempo
y en el espacio y encuentra su epifanía en Jesús,
en su encarnación y en su historia. Lucas escribe la
concepción de Cristo a la luz de la Trinidad, según
las palabras del ángel dirigidas a María en Nazaret de
Galilea. En el anuncio de Gabriel, se manifiesta la presencia
divina: Dios, a través de María, entrega al mundo a
su Hijo: «Vas a concebir en tu seno y vas
a dar a luz un hijo, a quien pondrás por
nombre Jesús. El será grande y será llamado Hijo del
Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de
David, su padre» (Luc 1,31).
EL LAZO CON LA TRINIDAD En
Cristo se unen el lazo filial con el Padre de
los Cielos y el lazo con la madre terrena. Pero,
en la Encarnación participa también el Espíritu Santo, cuya intervención
produce esa generación única: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti
y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra;
por eso el que ha de nacer será santo y
será llamado Hijo de Dios» (Lc 1,35). Estas palabras iluminan
la identidad de Cristo en relación con las Personas de
la Trinidad. Es la fe de la Iglesia, que Lucas
presenta ya en el tiempo de la plenitud salvífica: Cristo
es el Hijo del Dios Altísimo, el Grande, el Santo,
el Rey, el Eterno, cuya generación en la carne se
realizó por obra del Espíritu Santo. Por eso: «Todo el
que niega al Hijo tampoco posee al Padre. Quien confiesa
al Hijo posee también al Padre» (1 Jn 2,23).
La Encarnación
se encuentra en el centro de nuestra fe, en la
que se revela la gloria de la Trinidad y su
amor por los hombres: «La Palabra se hizo carne, y
habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria» (Jn 1,14).
«Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo
único» (Jn 3,16). «En esto se manifestó el amor que
Dios nos tiene; en que Dios envió al mundo a
su Hijo único para que vivamos por medio de él»
(1 Jn 4,9). A través de estas palabras comprendemos cómo
la revelación de la gloria trinitaria de la Encarnación no
es una simple iluminación que rompe la tiniebla por un
instante, sino una semilla de vida divina en el corazón
de los hombres: «Al llegar la plenitud de los tiempos,
envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo
la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo
la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva. La
prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado
a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama:
¡Abbá, Padre! De modo que ya no eres esclavo, sino
hijo; y si hijo, también heredero por voluntad de Dios»
(Gál 4,4; Rom 8,15). El Padre, el Hijo y el
Espíritu están presentes y actúan en la Encarnación para que
participemos en su misma vida. «Todos los hombres son llamados
a esta unión con Cristo, luz del mundo, de quien
procedemos, por quien vivimos y hacia quien caminamos» (LG). Y
dice san Cipriano, la comunidad de los hijos de Dios
es «un pueblo de la unidad del Padre, del Hijo
y del Espíritu Santo».
Y la Evangelium vitae, 37 dirá: “Conocer
a Dios y a su Hijo es acoger el misterio
de la comunión de amor del Padre, del Hijo y
del Espíritu Santo en la propia vida, que ya desde
ahora se abre a la vida eterna por la participación
en la vida divina. Por tanto, la vida eterna es
la vida misma de Dios y a la vez la
vida de los hijos de Dios. Un nuevo estupor y
una gratitud sin límites se apoderan necesariamente del creyente ante
esta inesperada e inefable verdad que nos viene de Dios
en Cristo”. “En este estupor y en esta acogida vital
tenemos que adorar el misterio de la Santísima Trinidad, que
es «el misterio central de la fe y de la
vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo.
Y por tanto el manantial de todos los demás misterios
de la fe; es la luz que los ilumina” (CIC,
234).
En la Encarnación contemplamos el amor trinitario que se manifiesta
en Jesús; un amor que no se queda cerrado en
un círculo perfecto de luz y de gloria, sino que
se irradia en la carne de los hombres, en su
historia; penetra en el hombre regenerándolo y haciéndole hijo en
el Hijo. San Ireneo decía, la gloria de Dios es
el hombre viviente: «Gloria enim Dei vivens homo, vita autem
hominis visio Dei»; no sólo para su vida física, sino
sobre todo porque «la vida del hombre consiste en la
visión de Dios» («Adv Haer» IV, 20,7). Y ver a
Dios es quedar transfigurados en él: «seremos semejantes a él,
porque le veremos tal cual es» (1 Jn 3,2). (Andrés
de Creta y Theofhanes de Creta. 1546. Monte Athos).
EL
CULTO DE LA ANUNCIACIÓN EN LA PATRISTICA “Hoy ha llegado
la alegría de todos, que absuelve de la primitiva condena.
Hoy ha llegado Aquel que está en todas partes, para
llenar de júbilo todas las cosas”. “Este es el día
de una buena nueva de alegría, es la fiesta de
la Virgen; el mundo de aquí abajo se toca con
el de ahí arriba; Adán se renueva y Eva se
libra de la primitiva aflicción; el tabernáculo de nuestra naturaleza
humana se convierte en templo de Dios gracias a la
divinización de nuestra condición por El asumida. ¡Oh misterio! El
modo del advenimiento de Dios nos es desconocido, el modo
de la concepción queda inexpresable. El Angel se hace ministro
del milagro; el seno de la Virgen recibe un Hijo;
el Espíritu Santo es enviado; desde lo alto el Padre
expresa su beneplácito, la unión se realiza por voluntad común;
en Él y por medio de Él, henos aquí salvos;
unimos nuestro canto al de Gabriel y cantamos a la
Virgen: Ave llena de gracia, a través de ti llega
la salvación, el Cristo nuestro Dios; la ha tomado nuestra
naturaleza y nos ha elevado hasta él. Ruégale por la
salvación de nuestras almas.” (Doxasticon)
“Hoy se inicia nuestra salvación y
la manifestación del eterno misterio: el Hijo de Dios se
hace Hijo de la Virgen y Gabriel anuncia la gracia.
Con él decimos a la Madre de Dios: Salve llena
de gracia, el Señor es contigo. A ti capitana que
por nosotros combates, nosotros, tus siervos, salvados de los peligros,
dedicamos el himno de victoria, como canto de agradecimiento, oh
Madre de Dios. Pero tú que posees una fuerza invencible,
líbranos de todos los peligros, para que podamos cantarte: Alégrate,
oh esposa inviolada” (Apolytikion y Kontakion). En la Anunciación es
donde “se ha realizado el misterio que sobrepasa todos los
limites de la razón humana, la Encarnación de Dios” (Monje
Gregorio). Esta fiesta es “el canto proemial de una alegría
indecible” (Andrés de Creta).
FIESTA LITÚRGICA Los primeros testimonios de
esta solemnidad litúrgica aparecen en la época del emperador Justiniano,
en el siglo VI. En la Iglesia antigua la fiesta
de la Anunciación iba asociada a la Navidad. Al aumentar
la importancia de la Natividad del Señor, se formó un
pequeño ciclo navideño y la Anunciación cobró más autonomía respecto
al núcleo primitivo hasta constituirse en fiesta mariana autónoma. El
papa Sergio I (687), introdujo esta fiesta en la Iglesia
Romana. Se celebraba una solemne procesión a Santa María la
Mayor, basílica con mosaicos referidos a la divina maternidad de
María, establecida por el Concilio de Éfeso (431). Desde el
principio la fiesta se estableció el 25 de marzo, porque
Jesús se había encarnado coincidiendo con el equinoccio de primavera,
tiempo en el que según los antiguos, fue creado el
mundo y el primer hombre, como lo comenta Anastasio Antioqueño
(599) en su Homilía sobre la Anunciación.
Ulteriores precisiones de naturaleza
teológica son hechas por Máximo el Confesor (662) en la
Vida de María, 19. En ambos resuena la concepción de
Cristo segundo Adán y la recreación del mundo por parte
de Dios en la Encarnación con vistas a la Resurrección,
plenitud de todo lo creado. Lo que más llama la
atención de esta fiesta es el sentido de alegría profunda
de los himnos, oraciones y homilías, en conflicto con la
austeridad de la Cuaresma. En la iglesia bizantina se celebra
esta solemnidad anticipada al 24 de marzo, con un oficio,
himnos y el Canon de Maitines de Teófanes Graptos (845),
defensor de los iconos en la época iconoclasta.
LA ICONOGRAFÍA
El icono de la Anunciación es colocado en el Iconostasio.
Leyendo a Ez. 44, 1-4, se comprende el sentido que
alude a la virginidad de María y la gloria del
Señor que es ella. Pedro de Argos (922) comenta en
una homilía: “Es ella, la Virgen, la puerta que mira
a Oriente que llevará en su seno a Aquel que
avanza en Oriente sobre el cielo de los cielos y
permanecerá inaccesible a nosotros”. El esquema es muy simple: el
ángel da su anuncio a una joven muchacha que está
hilando la púrpura de pie o sentada. En algún caso
tiene entre las manos un aguamanil y está junto a
una fuente, esta variante es muy antigua o lee con
actitud devota.
La Virgen en los iconos es representada joven
pues el monje Epifanio (S. IX), en su Discurso sobre
la vida de la Madre de Dios, le calcula años,
altura, rostro, color de ojos, piel etc. A menudo la
cabeza de la Virgen está inclinada ligeramente para dar cumplimiento
al salmo: “Escucha, hija, mira, presta tus oídos, olvida a
tu pueblo y la casa de tu padre: al Rey
le agrada tu belleza” (Sal. 46,11). Desde lo alto un
rayo viene a posarse sobre ella. Representa al Espíritu, en
forma de paloma, pero no es un rayo de luz
sino de sombra: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y
el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra”. En
este icono se combinan en el Angel y la Virgen
el color verde, azul, rojo, púrpura y oro, todos de
gran simbolismo. La Virgen lleva un manto (maforion) rojo -
marrón bordado en oro y túnica verde-azulada. El ángel lleva
la misma túnica pero manto púrpura, colores que se repiten
en las alas del ángel y los cojines donde esta
sentada María. El color rojo del manto virginal simboliza la
sangre, el principio de la vida, belleza, juventud, amor. Es
el color del Espíritu Santo, fuego. Es símbolo del sacrificio
y del amor. El color marrón del manto de la
Virgen indica la humildad, la tierra arada que se presta
a recibir la semilla. Así lo canta el Akathistos. El
manto del ángel es púrpura, de igual color es la
lana que María hila y representa a Cristo tejiéndose en
su seno. El color púrpura esta reservado a las más
altas dignidades y simboliza el mas alto poder. El oro
simboliza la divinidad, por ello lleva un brazalete oro en
el brazo. La vestidura púrpura es a la vez real
y sacerdotal. En el Angel, Dios mismo actúa en María.
En algunos iconos el color de las ropas del ángel
es blanco, que es el que precede a la luz
del alba, que anuncia el nacimiento, la vida. Tiene una
banda azul en la manga que se difumina en el
blanco y da vivacidad a sus alas. El azul es
el color de la inmaterialidad y de la pureza, de
algo que viene de un mundo superior, de un mundo
espiritual.
Las túnicas de la Virgen y del Angel son
verdes, color complementario del rojo, como lo es el agua
del fuego. Es el color del mundo vegetal, de la
primavera y por tanto de la renovación. Verde y vida
son dos palabras conexionadas. Situado entre el azul (frío) y
el rojo (caliente), el verde representa el equilibrio perfecto y
simboliza la regeneración espiritual. El azul simboliza el despego de
los valores de este mundo y el ascenso del alma
hacia lo divino, que se encuentra con el blanco virginal.
El oro símbolo de la divinidad y la perfección ilumina
toda la escena desde arriba, es la vida eterna que
con Cristo Luz se hace presente en esta vida caduca.
El oro espiritualiza las figuras, las libera de toda limitación
terrestre con lo que toda la composición se llena de
bella armonía.
Las tres estrellas en el manto en la frente
y en los hombros, corresponden al gesto trinitario de la
mano derecha del ángel y representan la señal de la
santificación de la Trinidad, como Madre de Dios. Ella era
virgen antes, en y después del parto, la única siempre
Virgen en el Espíritu, en el alma y en el
cuerpo. “El Señor era Aquel que de ella nació, por
tanto la naturaleza su curso mudó,” según el Akathistos, oda
7ª.
María está sentada sobre un trono y sus pies se
apoyan en un pedestal, porque ha sido colocada por encima
de la naturaleza angélica. Calza zapatos de color púrpura, el
mismo color del manto del ángel, del cojín y del
velo que está encima de los edificios. Este color rojo
púrpura subraya su carácter regio. Es la Madre del Emperador
y Señor del universo. “Salve Reina, Paraíso animado, en cuyo
centro brota el Árbol de la Vida: el Señor cuya
dulzura alienta a aquellos que tienen fe y que ya
estaban sujetos a la corrupción”. Akathistos, oda 5 ª. En
la antigüedad el oro y la púrpura estaban reservados al
emperador y familiares. Se quiere evidenciar la realeza divina que
rodea a la Virgen.
SIMBOLISMO DE LOS COLORES La simbología
de los colores quiere manifestar el misterio de la Encarnación.
La Virgen hila la púrpura. Teje místicamente la vestidura purpúrea
del cuerpo del Salvador en su interior, que es el
Rey Dios y Hombre. Efrem de Siria (373), en su
Primer discurso sobre la Madre de Dios pone en boca
del ángel estas bellísimas palabras: “La fuerza del Altísimo habitará
en ti y uno de los Tres morará en ti
conforme a cuanto te he dicho. Del hilo por la
trama de la tela que es tu corporeidad, El se
tejerá una prenda y la llevará”, refiriéndose al cuerpo de
Jesús formándose en María. Según Efrem, el Señor teje la
nueva prenda para quitar al hombre y a la mujer
las túnicas de piel con las que los había vestido
al expulsarlos del Paraíso (Gen 3, 21). “Hoy María se
ha hecho cielo y ha traído a Dios, porque en
ella ha descendido la excelsa divinidad y ha hecho morada.
La divinidad se hizo en ella pequeña para hacernos grandes,
dado que por su naturaleza no es pequeña. En ella,
la divinidad nos ha traído una prenda para alcanzar la
salvación”. Efrén de Siria, en su Segundo discurso sobre la
Madre de Dios, expresa: “El Señor ante el que tiemblan
los ángeles, seres de fuego y espíritu, está en el
pecho de la Virgen y lo ciñe acariciándolo como un
niño... ¿Quién vio nunca que el fango se hiciera vestimenta
del alfarero? ¿Quién ha visto al fuego envuelto a si
mismo en pañales?” De la literatura apócrifa vienen varias referencias
que se plasmarán en representaciones iconográficas como hilar la púrpura.
Lucas no habla de la púrpura, mencionada en la literatura
apócrifa cuando se le encarga a María hilar con púrpura
y carmesí un toldo para el Templo del Señor. Hilando
recibe el anuncio de su maternidad. La Virgen al ver
“al Luminoso, nada segura, agachó la cabeza y calló” (Romano
el Meloda).
El ángel empuña con la mano izquierda un
largo bastón, símbolo de autoridad y dignidad del individuo, del
mensajero, del peregrino. Pues el ángel responde a estas características.
La mano derecha se extiende cual si quisiera poner el
anuncio, señal visible de una palabra que pasa de un
individuo a otro. Acompaña a la mirada dirigida a María:
“Un día la serpiente fue para Eva fuente de luto,
y yo ahora te anuncio la gloria”. Himno Akathistos.
Sus
dedos se colocan a menudo, no en el típico gesto
alocutorio, sino en el gesto de la bendición bizantina y
cargada de simbología. Los tres dedos abiertos recuerdan a la
Trinidad y que Cristo es una de las tres personas
divinas. Los dos dedos replegados recuerdan que en Cristo subsisten
dos naturalezas, la humana y la divina, aunque en las
representaciones no están visibles, porque el misterio de la Encarnación
aun no había comenzado. La figura angélica emana sensación de
vitalidad, de movimiento, pero su rostro trasluce una expresión de
perplejidad. A veces hay dos ángeles en la escena. Una
que representa la reflexión del ángel que “llegado a Nazaret
ante la casa de José, se detiene perplejo pensando que
el Altísimo quisiera descender entre los humildes y piensa: “El
cielo entero no es suficiente para contener a mi Señor
¿y podrá ser acogido por esta pobre joven? ¿Se haría
visible en la tierra el Todopoderoso desde ahí arriba? Pero
ciertamente será como Él quiere. Luego, ¿por qué me paro
y no vuelo y le digo a la Virgen: Salve,
Virgen y Esposa?” (Romano el Meloda).
MARÍA NARRA LÍRICAMENTE A JOSÉ
EL MISTERIO El mismo Romano (S. VI) narra como
la Virgen refirió a José el encuentro con el ángel:
“Se presentó un ser alado y me entregó un regalo
de bodas, perlas para mis orejas; puso sus palabras como
pendientes (Prov 25,12)...Ese saludo, dicho a mis oídos, me hizo
resplandecer, me hizo madre, sin haber perdido mi virginidad...”. Para
los sabios antiguos, la vida entra en nosotros a través
de los oídos. Los escritores cristianos siguieron esta manera de
entender la concepción. Tertuliano en “La Carne de Cristo” habla
de la concepción de Eva a través del oído en
analogía con la de María: “Como la palabra del demonio,
creadora de muerte, había entrado en Eva aún virgen, de
modo análogo debía entrar en una virgen el Verbo de
Dios, edificador de vida, para que lo que cayó en
perdición fuese reconducido a la salvación; Eva había creído en
la serpiente; María creyó en Gabriel: el pecado que Eva
cometió creyendo, fue borrado por María creyendo... ”La palabra del
demonio se entiende como semilla de muerte. La palabra de
Dios, Jesús, semilla de vida se sembró en María por
las palabras del ángel.
Efrén el Sirio en 373, comenta
en el Diatessaron: “La muerte hizo su entrada por el
oído de Eva, por tanto la vida entró a través
del oído de María”. El oído como símbolo de obediencia
a la palabra y aceptación libre de la maternidad mesiánica.
Son muchos los escritores orientales y occidentales los que han
entendido la concepción virginal de esta forma: Teodoro de Ancira
(446) “... María la Profetisa, a través del oído concibió
al Dios viviente: pues el paso físico de las palabras
es el oído...” Homilía IV sobre la Madre de Dios
y Simeón; Pseudo Crisóstomo (446) este sigue con la idea
de Teodoro de Ancira en su Homilía sobre la Anunciación
de la Madre de Dios. Proclo de Constantinopla (446) “El
Emmanuel abrió las puertas de la naturaleza como hombre, pero
como Dios no rompió el sello virginal, de esta forma
salió del útero como por el oído había entrado; así
fue alumbrado, como concebido; sin pasión entró, sin corrupción salió.”
Dicen el Pseudo Atanasio y Atanasio Antioqueño (599) “El ángel
entonces se alejó, mientras ella concibió a través del oído”
(Homilía contra Arrio sobre la Virgen Madre de Dios” del
Pseudo Atanasio. Atanasio el Antioqueño sigue con este argumento en
su Homilía II sobre la Anunciación.
De igual manera Sofronio de
Jerusalén (638) en su Homilía sobre la Anunciación. Andrés de
Creta (740), expresa: “Ella acogió en vez del semen, la
voz de Gabriel y quedó en cinta” Homilía de la
Anunciación. Juan Damasceno (749) “La concepción tuvo lugar a través
del oído, mientras el nacimiento ocurrió por la salida usual.
No era en efecto imposible salir por la puerta regular
sin dañar los sellos de esta”, dice Zenón de Verona
(380) “El diablo, insinuándose en el oído con la seducción,
había herido y destruido a Eva, Cristo también, a través
del oído ha penetrado en María y naciendo de la
Virgen ha eliminado todos los vicios del corazón...”. “Dios hablaba
por boca del ángel y la Virgen se sentía impregnada
en los oídos” dice Fabio Fulgencio (S.V); el mismo concepto
en Bloso Emilio Draconcio (S. V). Ambos insisten en la
imagen “La concepción tiene lugar a través del casto oído...
mediante la palabra fecundante... Dios entra en el seno virginal”.
Y Enodio (521) “La Virgen viviendo sola, concibe al Hijo
a través de la escucha... lo que la lengua profirió,
se hace semen”. Y Alcuino (804) “El Arcángel infundió la
palabra en sus oídos y Dios unió íntimamente a sí
los miembros humanos; la fe acogió al que la castidad
engendró, mientras la antigua maldición fue destruida por la nueva
bendición”.
El misal de Estrasburgo: “Alégrate, Virgen Madre de Cristo,
que has concebido a través del oído”. El breviario maronita:
“El Verbo del Padre entró en el oído de la
Bienaventurada” La escena tiene lugar en el exterior de unos
edificios. El velo púrpura que a veces cubre a la
Virgen y que esta situado sobre los edificios, es una
alusión al velo del templo y símbolo del velo del
cuerpo del Salvador que estaba sobre ella antes de entrar
en ella. Así lo expresa Efrem el Sirio. Ninguna religión
antigua puede comprender ni abarcar el misterio de la Encarnación,
es algo nuevo. Dios es distinto a todas las concepciones
captadas por el hombre hasta ahora. Es Dios y Hombre,
el Todopoderoso se despoja de todo poder. El Incorruptible se
hace corrupción. Al que el universo entero no puede contener
ni abarcar se esconde en el seno de una Virgen.
La razón humana nada puede entender, hasta que este misterio
sea revelado por Cristo.
El pozo, que en iconos de la
Anunciación, situado delante de María y lugar donde esta recibe
el saludo del ángel, aparece detrás del estrado donde está
sentada la Virgen. El pozo es cuadrado, símbolo de la
tierra, de lo creado en general y por tanto puesto
en plano distinto respecto al ángel, señalando la superioridad de
la naturaleza angélica. El pozo subraya la disponibilidad de lo
creado a recibir el agua de la vida: Cristo en
María. El pozo en culturas antiguas y en la hebrea,
tiene atributos sagrados, pues sintetiza los tres ordenes cósmicos: cielo,
tierra, infierno y los tres elementos: agua, tierra, aire. Realiza
una escala de salvación que une entre sí los tres
planos de lo creado. En hebreo el pozo reviste también
el significado de mujer y esposa.
En algunas representaciones, junto a
los dos protagonistas, Angel y Virgen, aparece una joven. Puede
ser una transposición iconográfica del anuncio a Ana. A veces
aparece hilando la púrpura con la Virgen. A veces hay
un jarrón de flores, que puede ser el aguamanil que
llevaba la Virgen al hombro o un jarrón ornamental con
flores. O la imagen del elogio Akatistos “Flor de Incorruptibilidad”,
difundido en Occidente por Bernardo de Claraval como “Lirio de
castidad inviolada”. Los textos de esta fiesta están influenciados por
la tradición bíblica y patrística desde los apócrifos, en especial
del Protoevangelio de Santiago. También de tradición apócrifa es el
estado viudo y de edad de José, así como la
vara florecida de éste, como signo de elección para esposo
de María, con la variante de la paloma que sale
del bastón de José y se posa sobre su cabeza
como elegido. La iconografía parece haber sintetizado las aportaciones de
estas tradiciones que tienen una raíz común en el evangelio
de Lc 1, 26, en el que está contenida la
esencia del Credo de los primeros cristianos sobre la Encarnación:
Jesús ha sido concebido por obra del Espíritu Santo y
ha nacido de una Virgen.
Sobre el texto de Lucas
1, 26, Santos Padres y escritores espirituales, comentan: por qué
el anuncio fue dado a una virgen prometida y por
qué la virgen quedó turbada por el saludo del ángel.
Orígenes, Ignacio de Antioquia, Sofronio de Jerusalén, Agustín de Hipona
defienden que la Virgen había hecho voto de castidad. Beda
el Venerable sigue esta línea que es también de Orígenes
sobre la meditación que María hacía, representada con un libro
entre sus manos. La misma idea remarca Epifanio: “María se
dedicaba intensamente al estudio de la Sagrada Escritura, trabajaba la
lana, la seda...” María aparece con un libro entre las
manos o en el atril con el significado teológico de
que ha concebido al Verbo, la Palabra, el Libro de
nuestras almas,” afirma el Doxasticon.
Fdo. Cristobal Aguilar.