TEOLOGÍA DE LAS RELIGIONES
1.1. Objeto, método y finalidad4. La teología de las religiones
no presenta todavía un estatuto epistemológico bien definido. En ello
reside una de las razones determinantes de la actual discusión.
En la teología católica anterior al Vaticano II se constatan
dos líneas de pensamiento en relación con el problema del
valor salvífico de las religiones. Una, representada por Jean Daniélou,
Henri de Lubac y otros, piensa que las religiones se
fundan en la alianza con Noé, alianza cósmica que comporta
la revelación de Dios en la naturaleza y en la
conciencia, y que es diversa de la alianza con Abraham.
En cuanto mantienen los contenidos de esta alianza cósmica las
religiones contienen valores positivos, pero, como tales, no tienen valor
salvífico. Son «jalones de espera» (pierres d´attente), pero también «de
tropiezo» (pierres d´achoppement), debido al pecado. De suyo van del
hombre a Dios. Sólo en Cristo y en su Iglesia
alcanzan su cumplimiento último y definitivo. La otra línea, representada
por Karl Rahner, afirma que la oferta de la gracia,
en el orden actual, alcanza a todos los hombres, y
que éstos tienen cierta conciencia, no necesariamente refleja, de su
acción y de su luz. Dada la característica de socialidad
propia del ser humano, las religiones, en cuanto expresiones sociales
de la relación del hombre con Dios, ayudan a sus
adeptos para la acogida de la gracia de Cristo («fides
implicita»

necesaria para la salvación, y para que se abran
así al amor del prójimo que Jesús identificó con el
amor de Dios. En este sentido pueden tener valor salvífico,
aunque contengan elementos de ignorancia, de pecado y de perversión.
5.
Actualmente gana fuerza la exigencia de un mayor conocimiento de
cada religión antes de poder elaborar una teología de la
misma. Ya que en cada tradición religiosa se encuentran elementos
de origen y alcance bien diversos, la reflexión teológica debe
limitarse a considerar fenómenos concretos y bien definidos, para evitar
juicios globales y apriorísticos. De este modo, algunos propugnan una
teología de la historia de las religiones; otros toman en
consideración la evolución histórica de las religiones, sus especificidades respectivas,
a veces incompatibles entre sí; otros reconocen la importancia del
material fenomenológico e histórico, sin invalidar con todo el método
deductivo; otros se niegan a dar un reconocimiento positivo global
de las religiones.
6. En una época en que se aprecia
el diálogo, la comprensión mutua y la tolerancia, es natural
que aparezcan tentativas de elaborar una teología de las religiones
a partir de criterios que sean aceptados por todos, es
decir, que no sean exclusivos de una determinada tradición religiosa.
Por ello no siempre se distinguen claramente las condiciones para
el diálogo interreligioso y los presupuestos básicos de una teología
cristiana de las religiones. Para huir del dogmatismo se buscan
patrones exteriores, que permitan evaluar la verdad de una religión.
Los esfuerzos realizados en esta dirección no llegan a convencer.
Si la teología es «fides quaerens intellectum» no se ve
cómo se puede abandonar el «principio dogmático» o reflexionar teológicamente
prescindiendo de las propias fuentes.
7. Frente a esta situación una
teología cristiana de las religiones tiene ante sí diversas tareas.
En primer lugar el cristianismo deberá procurar comprenderse y evaluarse
a sí mismo en el contexto de una pluralidad de
religiones; deberá reflexionar en concreto sobre la verdad y la
universalidad reivindicadas por él. En segundo lugar deberá buscar el
sentido, la función y el valor propio de las religiones
en la totalidad de la historia de la salvación. Finalmente
la teología cristiana deberá estudiar y examinar las religiones concretas,
con sus contenidos bien definidos, que deberán ser confrontados con
los contenidos de la fe cristiana. Para ello es necesario
establecer criterios que permitan una discusión crítica de este material
y una hermenéutica que lo interprete.
1.2. La discusión sobre el
valor salvífico de las religiones8. La cuestión de fondo es
la siguiente: ¿son las religiones mediaciones de salvación para sus
miembros? Hay quienes dan a esta pregunta una respuesta negativa,
más aún algunos ni siquiera ven sentido a su planteamiento.
Otros dan una respuesta afirmativa, que a su vez da
lugar a otras preguntas: ¿son mediaciones salvíficas autónomas o es
la salvación de Jesucristo la que en ellas se realiza?
Se trata por tanto de definir el estatuto del cristianismo
y de las religiones como realidades socio-culturales en relación con
la salvación del hombre. No se debe confundir esta cuestión
con la de la salvación de los individuos, cristianos o
no. No siempre se ha tenido debidamente en cuenta esta
distinción.
9. Se ha intentado clasificar de muchas maneras las diferentes
posiciones teológicas ante este problema. Veamos algunas de estas clasificaciones:
Cristo contra las religiones, en las religiones, por encima de
las religiones, junto a las religiones. Universo eclesiocéntrico o cristología
exclusiva; universo cristocéntrico o cristología inclusiva; universo teocéntrico con una
cristología normativa; universo teocéntrico con una cristología no normativa. Algunos
teólogos adoptan la división tripartita exclusivismo, inclusivismo, pluralismo, que se
presenta como paralela a otra: eclesiocentrismo, cristocentrismo, teocentrismo. Dado que
tenemos que escoger una de estas clasificaciones para seguir nuestra
reflexión, nos quedaremos con esta última, aunque la completaremos con
las otras si fuera necesario.
10. El eclesiocentrismo exclusivista, fruto de
un determinado sistema teológico, o de una comprensión errada de
la frase «extra Ecclesiam nulla salus», no es defendido ya
por los teólogos católicos, después de las claras afirmaciones de
Pío XII y del Concilio Vaticano II sobre la posibilidad
de salvación para quienes no pertenecen visiblemente a la Iglesia(723).
11.
El cristocentrismo acepta que la salvación pueda acontecer en las
religiones, pero les niega una autonomía salvífica debido a la
unicidad y universalidad de la salvación de Jesucristo. Esta postura
es sin duda la más común entre los teólogos católicos,
aunque haya diferencias entre ellos. Procura conciliar la voluntad salvífica
universal de Dios con el hecho de que todo hombre
se realiza como tal dentro de una tradición cultural, que
tiene en la religión respectiva su expresión más elevada y
su fundamentación última.
12. El teocentrismo pretende ser una superación del
cristocentrismo, un cambio de paradigma, una revolución copernicana. Esta posición
brota, entre otras razones, de cierta mala conciencia debida a
la unión de la acción misionera del pasado a la
política colonial, aunque olvidando a veces el heroísmo que acompañó
a la acción evangelizadora. Trata de reconocer las riquezas de
las religiones y el testimonio moral de sus miembros, y,
en última instancia, pretende facilitar la unión de todas las
religiones para un trabajo conjunto por la paz y por
la justicia en el mundo. Podemos distinguir un teocentrismo en
el cual Jesucristo, sin ser constitutivo, se considera normativo de
la salvación, y otro en el cual ni siquiera se
reconoce a Jesucristo este valor normativo. En el primer caso,
sin negar que otros puedan también mediar la salvación, se
reconoce en Jesucristo el mediador que mejor la expresa; el
amor de Dios se revela más claramente en su persona
y en su obra, y así es el paradigma para
los otros mediadores. Pero sin él no nos quedaríamos sin
salvación, sólo sin su manifestación más perfecta. En el segundo
caso, Jesucristo no es considerado ni como constitutivo ni como
normativo para la salvación del hombre. Dios es trascendente e
incomprensible, de modo que no lo podemos juzgar sus designios
con nuestros patrones humanos. Así tampoco podemos evaluar o comparar
los diversos sistemas religiosos. El «soteriocentrismo» radicaliza todavía más la
posición teocéntrica, pues tiene menos interés en la cuestión sobre
Jesucristo (ortodoxia) y más en el compromiso efectivo de cada
religión con la humanidad que sufre (ortopraxis). De este modo
el valor de las religiones está en promover el Reino,
la salvación, el bienestar de la humanidad. Esta posición puede
así caracterizarse como pragmática e inmanentista.
1.3. La cuestión de la
verdad13. Subyace a toda esta discusión el problema de la
verdad de las religiones. Se nota hoy una tendencia a
relegarlo a un segundo plano, desligándolo de la reflexión sobre
el valor salvífico. La cuestión de la verdad acarrea serios
problemas de orden teórico y práctico, ya que en el
pasado tuvo consecuencias negativas en el encuentro entre las religiones.
De ahí la tendencia a disminuir o a privatizar este
problema, con la afirmación de que los criterios de verdad
sólo valen para la respectiva religión. Algunos introducen una noción
más existencial de la verdad, considerando sólo la conducta moral
correcta de la persona, sin que tenga importancia el que
sus creencias puedan ser condenadas. Se produce una cierta confusión
entre «estar en la salvación» y «estar en la verdad».
Debería pensarse más en la perspectiva cristiana de la salvación
como verdad y del estar en la verdad como salvación.
La omisión del discurso sobre la verdad lleva consigo la
equiparación superficial de todas las religiones, vaciándolas en el fondo
de su potencial salvífico. Afirmar que todas son verdaderas equivale
a declarar que todas son falsas. Sacrificar la cuestión de
la verdad es incompatible con la visión cristiana.
14. La concepción
epistemológica subyacente a la posición pluralista utiliza la distinción de
Kant entre noumenon y phaenomenon. Siendo Dios, o la Realidad
última, trascendente e inaccesible al hombre, sólo podrá ser experimentado
como fenómeno, expresado por imágenes y nociones condicionadas culturalmente; esto
explica que representaciones diversas de la misma realidad no necesiten
excluirse recíprocamente a priori. La cuestión de la verdad todavía
se relativiza más con la introducción del concepto de verdad
mitológica, que no implica adecuación con una realidad, sino que
simplemente despierta en el sujeto una disposición adecuada a lo
enunciado. Sin embargo hay que observar que expresiones tan contrastantes
del noumenon acaban de hecho por disolverlo, vaciando el sentido
de la verdad mitológica. Subyace también una concepción que separa
radicalmente el Trascendente, el Misterio, el Absoluto, de sus representaciones;
siendo todas ellas relativas, porque son imperfectas e inadecuadas, no
pueden reivindicar exclusividad en la cuestión de la verdad.
15. La
búsqueda de un criterio para la verdad de una religión
que, para ser aceptado por las otras religiones, debe situarse
fuera de la misma, es tarea seria para la reflexión
teológica. Ciertos teólogos evitan términos cristianos para hablar de Dios
(Eternal One, Ultimate Reality, Real) o para designar la conducta
correcta (Reality-centredness, y no Self-centredness). Pero se nota que tales
expresiones o manifiestan una dependencia de una determinada tradición (cristiana)
o se hacen tan abstractas que dejan de ser útiles.
El recurso al humanum no convence por tratarse de un
criterio meramente fenomenológico, que haría la teología de las religiones
dependiente de la antropología dominante en la época. También se
señala que hay que considerar como la religión verdadera la
que consiga mejor, sea conciliar la finitud, la provisionalidad y
la mutabilidad de su autocomprensión con la infinitud hacia la
que apunta, sea reducir a la unidad (fuerza integrativa) la
pluralidad de experiencias de la realidad y de las concepciones
religiosas.
1.4. La cuestión de Dios16. La posición pluralista pretende eliminar
del cristianismo cualquier pretensión de exclusividad o superioridad con relación
a las otras religiones. Para ello debe afirmar que la
realidad última de las diversas religiones es idéntica, y, a
la vez, relativizar la concepción cristiana de Dios en lo
que tiene de dogmático y vinculante. De este modo distingue
a Dios en sí mismo, inaccesible al hombre, y a
Dios manifestado en la experiencia humana. Las imágenes de Dios
son constituidas por la experiencia de la trascendencia y por
el contexto socio-cultural respectivo. No son Dios, pero apuntan correctamente
hacia él; esto puede decirse también de las representaciones no
personales de la divinidad. Como consecuencia de ello, ninguna de
ellas puede considerarse exclusiva. De ahí se sigue que todas
las religiones son relativas, no en cuanto apuntan hacia el
Absoluto, sino en sus expresiones y en sus silencios. Puesto
que hay un único Dios y un mismo plan salvífico
para la humanidad, las expresiones religiosas están ordenadas las unas
a las otras y son complementarias entre sí. Siendo el
Misterio universalmente activo y presente, ninguna de sus manifestaciones puede
pretender ser la última y definitiva. De este modo la
cuestión de Dios se halla en íntima conexión con la
de la revelación.
17. También relacionado con la misma cuestión está
el fenómeno de la oración, que se encuentra en las
diversas religiones. ¿Es en definitiva el mismo destinatario el que
es invocado en la oraciones de los fieles bajo nombres
diversos? Divinidades y poderes religiosos, fuerzas personificadas de la naturaleza,
de la vida y de la sociedad, proyecciones psíquicas o
míticas, ¿representan todas ellas la misma realidad? ¿No se da
aquí un paso indebido de una actitud subjetiva a un
juicio objetivo? Puede haber una oración politeísta que se dirija
al verdadero Dios, ya que un acto salvífico puede darse
a través de una mediación errónea. Pero esto no significa
el reconocimiento objetivo de esta mediación religiosa como mediación salvífica,
aunque sí que esta oración auténtica fue suscitada por el
Espíritu Santo(724).
1.5. El debate cristológico18. Detrás de la problemática teo-lógica,
que acabamos de ver, ha estado siempre presente la cuestión
cristo-lógica, que ahora abordamos. Ambas están íntimamente conexas. Las tratamos
separadamente debido a la complejidad del problema. La dificultad mayor
del cristianismo se ha focalizado siempre en la «encarnación de
Dios», que confiere a la persona y a la acción
de Jesucristo las características de unicidad y universalidad en orden
a la salvación de la humanidad. ¿Cómo puede un acontecimiento
particular e histórico tener una pretensión universal? ¿Cómo entrar en
un diálogo interreligioso, respetando todas las religiones y sin considerarlas
de antemano como imperfectas e inferiores, si reconocemos en Jesucristo
y sólo en él el Salvador único y universal de
la humanidad? ¿No se podría concebir la persona y la
acción salvífica de Dios a partir de otros mediadores además
de Jesucristo?
19. El problema cristológico está esencialmente vinculado con el
del valor salvífico de las religiones al que ya nos
hemos referido. Nos centramos aquí un poco más en el
estudio de las consecuencias cristológicas de las posiciones teocéntricas. Una
consecuencia de ellas es el llamado «teocentrismo salvífico», que acepta
un pluralismo de mediaciones salvíficas legítimas y verdaderas. Dentro de
esta posición, como ya observábamos, un grupo de teólogos atribuye
a Jesucristo un valor normativo, ya que su persona y
su vida revela, del modo más claro y decisivo, el
amor de Dios a los hombres. La dificultad mayor de
esta concepción está en que no ofrece, ni hacia dentro
ni hacia fuera del cristianismo, una fundamentación de esta normatividad
que se atribuye a Jesús.
20. Otro grupo de teólogos defiende
un teo-centrismo salvífico con una cristología no normativa. Desvincular a
Cristo de Dios priva al cristianismo de cualquier pretensión universalista
de la salvación (y así se posibilitaría el diálogo auténtico
con las religiones), pero implica tener que enfrentarse con la
fe de la Iglesia y en concreto con el dogma
de Calcedonia. Estos teólogos consideran que este último es una
expresión históricamente condicionada por la filosofía griega, que debe ser
actualizada porque impide el diálogo interreligioso. La encarnación sería una
expresión no objetiva, sino metafórica, poética, mitológica. Pretende sólo significar
el amor de Dios que se encarna en hombres y
mujeres cuyas vidas reflejan la acción de Dios. Las afirmaciones
de la exclusividad salvífica de Jesucristo pueden explicarse por el
contexto histórico-cultural: cultura clásica (sólo una verdad cierta e inmutable),
mentalidad escatológico-apocalíptica (profeta final, revelación definitiva), y actitud de una
minoría (lenguaje de supervivencia, un único salvador).
21. La consecuencia más
importante de esta concepción es que Jesucristo no puede ser
considerado el único y exclusivo mediador. Sólo para los cristianos
es la forma humana de Dios, que posibilita adecuadamente el
encuentro del hombre con Dios, aunque sin exclusividad. Es totus
Deus, porque es el amor activo de Dios en esta
tierra, pero no totum Dei, pues no agota en sí
el amor de Dios. Podríamos decir también: totum Verbum, sed
non totum Verbi. Siendo el Logos mayor que Jesús, puede
encarnarse también en los fundadores de otras religiones.
22. Esta misma
problemática vuelve cuando se afirma que Jesús es Cristo, pero
Cristo es más que Jesús. Esto facilita sobremanera la universalización
de la acción del Logos en las religiones. Pero los
textos neotestamentarios no conciben al Logos de Dios prescindiendo de
Jesús. Otro modo de argumentar en esta misma línea consiste
en atribuir al Espíritu Santo la acción salvífica universal de
Dios, que no llevaría necesariamente a la fe en Jesucristo.
1.6.
Misión y diálogo interreligioso23. Las diferentes posiciones ante las religiones
provocan comprensiones diversificadas con relación a la actividad misionera de
la Iglesia y con relación al diálogo interreligioso. Si las
religiones son sin más caminos para la salvación (posición pluralista),
entonces la conversión deja de ser el objetivo primero de
la misión, ya que lo importante es que cada uno,
animado por el testimonio de los otros, viva profundamente su
propia fe.
24. La posición inclusivista ya no considera la misión
como tarea para impedir la condenación de los no evangelizados
(posición exclusivista). Incluso reconociendo la acción universal del Espíritu Santo,
observa que ésta, en la economía salvífica querida por Dios,
posee una dinámica encarnatoria que la lleva a expresarse y
objetivarse. De esta manera la proclamación de la palabra conduce
esta misma dinámica a su plenitud. No significa sólo una
tematización de la trascendencia, sino la mayor realización de la
misma, al colocar al hombre ante una decisión radical. El
anuncio y la aceptación explícita de la fe hace crecer
las posibilidades de salvación y también la responsabilidad personal. Además,
la misión se considera hoy como tarea dirigida no sólo
a los individuos, sino sobre todo a los pueblos y
a las culturas.
25. El diálogo interreligioso se fundamenta teológicamente sea
en el origen común de todos los seres humanos creados
a imagen de Dios, sea en el destino común que
es la plenitud de la vida en Dios, sea en
el único plan salvífico divino a través de Jesucristo, sea
en la presencia activa del Espíritu divino entre los adeptos
de otras tradiciones religiosas(725). La presencia del Espíritu no se
da del mismo modo en la tradición bíblica y en
las otras religiones, porque Jesucristo es la plenitud de la
revelación. Pero experiencias y percepciones, expresiones y comprensiones diversas, provenientes
tal vez del mismo «acontecimiento trascendental», valoran sobremanera el diálogo
interreligioso. Exactamente a través de él puede desarrollarse el propio
proceso de interpretación y de comprensión de la acción salvífica
de Dios.
26. «Una fe que no se ha hecho cultura
es una fe que no ha sido plenamente recibida, no
ha sido enteramente pensada, no ha sido fielmente vivida»(726). Estas
palabras de Juan Pablo II en una carta al Cardenal
Secretario de Estado (20 de mayo de 1982) dejan clara
la importancia de la inculturación de la fe. Se constata
que la religión es el corazón de toda cultura, como
instancia de sentido último y fuerza estructurante fundamental. De este
modo la inculturación de la fe no puede prescindir del
encuentro con las religiones, que se debería dar sobre todo
a través del diálogo interreligioso.
Fdo. Cristobal Aguilar.