BERNARDETTE DE SOUBIROUS
Louis Veuillot es redactor jefe en un importante periódico de
París, L´Univers. Ha oído hablar de los extraños acontecimientos que
ocurren en Lourdes, un pueblo cerca de los Pirineos. Quiere
hacer una entrevista a Bernadette Soubirous, una adolescente de 14
años protagonista de los hechos.
La adolescente vive en el sótano
de un calabozo abandonado, un lugar miserable y húmedo. Bernadette
mide 1,40 metros de altura. Habla en dialecto, no sabe
casi nada de francés, ni puede leer ni escribir. Su
asistencia a la escuela ha sido muy irregular. Tiene, además,
serios problemas de asma.
Louis Veuillot llega a Lourdes en julio
de 1858. La última aparición de la Virgen había ocurrido
ese mismo mes, el 16 de julio. En un lugar
público, el periodista entrevista a la muchacha. Cuando Bernadette se
retira, Veuillot exclama: “Es una ignorante, pero vale mucho más
que yo”.
Leer los acontecimientos que iniciaron en Lourdes en la
gruta de Massabielle el 11 de febrero de 1858 es
como penetrar en un acontecimiento maravilloso, sencillo, profundo. Todo ocurre
según una pedagogía que sorprende a los científicos, a los
letrados, a los “cultos”, a los ricos.
La gruta es un
lugar misterioso y abandonado. La persona escogida es una niña
que experimenta enormes dificultades en darse cuenta de lo que
ocurre. La situación en la que se desarrollan los hechos
es compleja: Francia vive una etapa de paz en la
que conviven y se enfrentan racionalistas convencidos y creyentes apasionados.
En
esa situación la Virgen se hace presente. En las dos
primeras apariciones no habla; se limita a sonreír y a
mostrar su afecto hacia una pobre inculta. En la tercera
aparición, pregunta en dialecto a Bernadette, a la que trata
de “usted”: “¿Me concedería usted la gracia de venir aquí
durante quince días?”
La Virgen añade, además, unas palabras que valen
para todos los seguidores de Cristo: “No le prometo hacerla
feliz en este mundo, sino en el otro”. La sombra
de la cruz asoma en seguida en Lourdes, y Bernadette
sufrirá lo indecible en su corazón y en su cuerpo.
El
mensaje de las apariciones se perfila poco a poco. La
Señora (Bernadette no sabe aún quién sea, sólo lo sabrá
más tarde) muestra su tristeza por los pecados que cometen
los hombres. Pide a Bernadette sacrificios: caminar de rodillas, besar
el suelo, beber del agua de un charco turbio, comer
unas hierbas que hay en la gruta.
Entre quienes presencian los
gestos de la niña algunos quedan escandalizados. ¿Por qué esas
extrañezas? Además, nadie ve a la Señora, ni escucha los
diálogos entre Bernadette y la Virgen. ¿Será todo un fraude?
¿Se tratará de alguna enfermedad mental?
La policía y las autoridades
buscan mil maneras para que la niña “confiese” sus embustes.
Los médicos la analizan sin encontrar señales de una enfermedad
mental. Mientras, la gente se divide entre los creyentes y
los escépticos.
El párroco de Lourdes, el padre Peyramale, se muestra
prudente hasta el extremo. Trata con dureza a Bernadette cuando
ésta le deja dos recados de la Señora: que se
haga una peregrinación, y que se construya una iglesia en
Massabielle. Piensa una estrategia para salir de sus dudas. Bernadette
debe preguntar a la Señora cuál es su nombre y
pedirle que haga florecer (estamos en los meses de invierno)
un rosal silvestre que cuelga de la gruta.
La Virgen sonríe
cuando la niña le pregunta su nombre una y otra
vez. El rosal, además, no florece. ¿Por qué no se
repitió el milagro que había ocurrido en el Tepeyac y
que desveló la presencia de la Virgen que hoy llaman
en México con el nombre de Guadalupe? ¿Por qué la
Señora no quiso manifestarse en Francia de un modo fácilmente
visible para todos?
El 25 de marzo de 1858, día de
la Anunciación, Bernadette vuelve con sus preguntas. La Señora, por
fin, declara: “Yo soy la Inmaculada Concepción”.
La niña no entiende,
pero corre para comunicarle al párroco este mensaje. El padre
Peyramale se da cuenta de que ella no entiende el
significado de esas palabras. ¿Cómo podría alguien sin cultura haberse
inventado algo semejante, y en dialecto? Pero precisamente la sencillez
y el misterio de esas palabras le convencen de que
Bernadette no miente. Empieza así, sencillamente, a creer.
Mientras, aquella adolescente
se ha convertido en el centro de la atención de
muchos, y de las críticas de otros. Para ella, algo
grande ha ocurrido, y no sabe ni entiende por qué
Dios la escogió, precisamente siendo tan inculta, tan incapaz, tan
frágil.
A pesar de la grandeza de la gracia recibida, y
con el recuerdo de las 18 ocasiones en las que
pudo ver a la Virgen, se mantiene siempre en el
camino de la sencillez y de la alegría. Puede ir
con más regularidad a la escuela, juega, ríe, ayuda en
casa. Pero rechaza sistemáticamente cualquier “donativo”: el dinero casi le
quema en las manos cuando alguien se lo ofrece.
Después de
un tiempo de discernimiento que dura varios años, ve que
Dios la llama a la vida religiosa. Entra en el
noviciado de una congregación religiosa que tiene su casa general
en Nevers, y allí sigue un camino de máxima sencillez
y de servicio.
Cuando llega el momento de recibir una “misión”,
algún encargo como religiosa, sus superiores saben que es mejor
que permanezca allí, por su salud. En una ceremonia en
la que todas sus compañeras reciben un destino, el obispo
pregunta por la hermana Bernadette. La superiora general responde: “Monseñor,
no sirve para nada”. Es entonces cuando el obispo le
da su “misión”: no ir a ninguna parte. Se quedará
en la enfermería, y cuidará con mucho cariño a las
enfermas.
En medio de las crisis por el asma, sabe identificar
si ha llegado o no la hora de la muerte.
Con sencillez, cuando recibe la unción de los enfermos, declara:
todavía me toca vivir por más tiempo...
Mientras, Francia pasa por
momentos difíciles, pues en 1870 Napoleón III es derrotado y
los prusianos invaden Francia. Cuando llegan soldados invasores cerca de
Nevers, le preguntan a la hermana Bernadette si tiene miedo.
Responde con sencillez: “Yo temo únicamente a los malos católicos”.
Vive
el servicio a Dios con sencillez y sin presumir nunca
del privilegio recibido de haber visto a la Virgen. Cuando
la buscan para entrevistarla, para verla, siente pena. Incluso a
veces se escabulle, ingeniosamente, para eludir a un visitante que
pregunta por ella. Se sabe inculta, pobre, miserable. Lo poco
que puede hacer, lo hace para servir a Dios, para
corresponder, de algún modo, a las bendiciones que ha recibido.
Su
enfermedad llega a ser muy dolorosa. Junto al asma, tiene
una especie de tumor en la rodilla que la va
inmovilizando y le provoca grandes sufrimientos. Las últimas semanas, por
estar en la cama, su piel se va llagando poco
a poco. Tiene accesos de tos en los que devuelve
sangre, y siente que se ahoga.
Sufre y pide oraciones. Necesita,
como todo enfermo, un poco de ayuda, de cariño, de
comprensión. Quien lee en alguna biografía sus últimos días de
sufrimiento, puede sentir una inquietud en su corazón: ¿por qué
Bernadette, que tuvo la gracia de ver a la Virgen,
pasó por un cáliz tan lleno de dolores?
Sólo Dios sabe
el porqué de esa vida llena de sufrimientos de una
mujer pobre y elegida para ver a la Virgen. El
16 de abril de 1879, 21 años después de las
apariciones en Massabielle, llegó la hora suprema. En un momento
de dolor, grita: “¡Dios mío!” Reza con quienes la acompaña
las letanías. “Santa María, Madre de Dios, rogad por mí
pobre pecadora”. Pide también ayuda a la enfermera, y un
poco de agua. Tras beber el tónico que le ofrecen,
expira con una gran paz.
El nombre de Bernadette ha quedado
unido al nombre de Lourdes. También hoy nos habla de
la Virgen. También hoy nos lleva, a través de María,
a Cristo.
Lo decía con palabras paternas el Papa Benedicto XVI
durante su visita al Santuario de Lourdes (13 de septiembre
de 2008):
“Las apariciones estuvieron rodeadas por la luz y Dios
ha querido encender en la mirada de Bernadette una llama
que ha convertido innumerables corazones. ¿Cuántos vienen aquí para ver,
esperando quizás secretamente recibir alguna gracia? Después, en el camino
de regreso, habiendo hecho una experiencia espiritual de vida auténticamente
eclesial, vuelven su mirada a Dios, a los otros y
a sí mismos. Les llena una pequeña llama con el
nombre de esperanza, compasión, ternura. El encuentro discreto con Bernadette
y la Virgen María puede cambiar una vida, pues están
presentes en este lugar de Massabielle para llevarnos a Cristo
que es nuestra vida, nuestra fuerza y nuestra luz”.
Han pasado
150 años. Lourdes sigue siendo una meta para millones de
peregrinos. Frente a la gruta de Massabielle, buscan hacer esa
experiencia de los pobres de espíritu que se abren a
Dios y que consiguen, así, que el cielo vuelva a
penetrar e iluminar con su luz un mundo hambriento de
esperanzas.
Fdo. Cristobal Aguilar.