Domingo, 29 de noviembre de 2009
BERNARDETTE DE SOUBIROUS

Louis Veuillot es redactor jefe en un importante periódico de París, L´Univers. Ha oído hablar de los extraños acontecimientos que ocurren en Lourdes, un pueblo cerca de los Pirineos. Quiere hacer una entrevista a Bernadette Soubirous, una adolescente de 14 años protagonista de los hechos.

La adolescente vive en el sótano de un calabozo abandonado, un lugar miserable y húmedo. Bernadette mide 1,40 metros de altura. Habla en dialecto, no sabe casi nada de francés, ni puede leer ni escribir. Su asistencia a la escuela ha sido muy irregular. Tiene, además, serios problemas de asma.

Louis Veuillot llega a Lourdes en julio de 1858. La última aparición de la Virgen había ocurrido ese mismo mes, el 16 de julio. En un lugar público, el periodista entrevista a la muchacha. Cuando Bernadette se retira, Veuillot exclama: “Es una ignorante, pero vale mucho más que yo”.

Leer los acontecimientos que iniciaron en Lourdes en la gruta de Massabielle el 11 de febrero de 1858 es como penetrar en un acontecimiento maravilloso, sencillo, profundo. Todo ocurre según una pedagogía que sorprende a los científicos, a los letrados, a los “cultos”, a los ricos.

La gruta es un lugar misterioso y abandonado. La persona escogida es una niña que experimenta enormes dificultades en darse cuenta de lo que ocurre. La situación en la que se desarrollan los hechos es compleja: Francia vive una etapa de paz en la que conviven y se enfrentan racionalistas convencidos y creyentes apasionados.

En esa situación la Virgen se hace presente. En las dos primeras apariciones no habla; se limita a sonreír y a mostrar su afecto hacia una pobre inculta. En la tercera aparición, pregunta en dialecto a Bernadette, a la que trata de “usted”: “¿Me concedería usted la gracia de venir aquí durante quince días?”

La Virgen añade, además, unas palabras que valen para todos los seguidores de Cristo: “No le prometo hacerla feliz en este mundo, sino en el otro”. La sombra de la cruz asoma en seguida en Lourdes, y Bernadette sufrirá lo indecible en su corazón y en su cuerpo.

El mensaje de las apariciones se perfila poco a poco. La Señora (Bernadette no sabe aún quién sea, sólo lo sabrá más tarde) muestra su tristeza por los pecados que cometen los hombres. Pide a Bernadette sacrificios: caminar de rodillas, besar el suelo, beber del agua de un charco turbio, comer unas hierbas que hay en la gruta.

Entre quienes presencian los gestos de la niña algunos quedan escandalizados. ¿Por qué esas extrañezas? Además, nadie ve a la Señora, ni escucha los diálogos entre Bernadette y la Virgen. ¿Será todo un fraude? ¿Se tratará de alguna enfermedad mental?

La policía y las autoridades buscan mil maneras para que la niña “confiese” sus embustes. Los médicos la analizan sin encontrar señales de una enfermedad mental. Mientras, la gente se divide entre los creyentes y los escépticos.

El párroco de Lourdes, el padre Peyramale, se muestra prudente hasta el extremo. Trata con dureza a Bernadette cuando ésta le deja dos recados de la Señora: que se haga una peregrinación, y que se construya una iglesia en Massabielle. Piensa una estrategia para salir de sus dudas. Bernadette debe preguntar a la Señora cuál es su nombre y pedirle que haga florecer (estamos en los meses de invierno) un rosal silvestre que cuelga de la gruta.

La Virgen sonríe cuando la niña le pregunta su nombre una y otra vez. El rosal, además, no florece. ¿Por qué no se repitió el milagro que había ocurrido en el Tepeyac y que desveló la presencia de la Virgen que hoy llaman en México con el nombre de Guadalupe? ¿Por qué la Señora no quiso manifestarse en Francia de un modo fácilmente visible para todos?

El 25 de marzo de 1858, día de la Anunciación, Bernadette vuelve con sus preguntas. La Señora, por fin, declara: “Yo soy la Inmaculada Concepción”.

La niña no entiende, pero corre para comunicarle al párroco este mensaje. El padre Peyramale se da cuenta de que ella no entiende el significado de esas palabras. ¿Cómo podría alguien sin cultura haberse inventado algo semejante, y en dialecto? Pero precisamente la sencillez y el misterio de esas palabras le convencen de que Bernadette no miente. Empieza así, sencillamente, a creer.

Mientras, aquella adolescente se ha convertido en el centro de la atención de muchos, y de las críticas de otros. Para ella, algo grande ha ocurrido, y no sabe ni entiende por qué Dios la escogió, precisamente siendo tan inculta, tan incapaz, tan frágil.

A pesar de la grandeza de la gracia recibida, y con el recuerdo de las 18 ocasiones en las que pudo ver a la Virgen, se mantiene siempre en el camino de la sencillez y de la alegría. Puede ir con más regularidad a la escuela, juega, ríe, ayuda en casa. Pero rechaza sistemáticamente cualquier “donativo”: el dinero casi le quema en las manos cuando alguien se lo ofrece.

Después de un tiempo de discernimiento que dura varios años, ve que Dios la llama a la vida religiosa. Entra en el noviciado de una congregación religiosa que tiene su casa general en Nevers, y allí sigue un camino de máxima sencillez y de servicio.

Cuando llega el momento de recibir una “misión”, algún encargo como religiosa, sus superiores saben que es mejor que permanezca allí, por su salud. En una ceremonia en la que todas sus compañeras reciben un destino, el obispo pregunta por la hermana Bernadette. La superiora general responde: “Monseñor, no sirve para nada”. Es entonces cuando el obispo le da su “misión”: no ir a ninguna parte. Se quedará en la enfermería, y cuidará con mucho cariño a las enfermas.

En medio de las crisis por el asma, sabe identificar si ha llegado o no la hora de la muerte. Con sencillez, cuando recibe la unción de los enfermos, declara: todavía me toca vivir por más tiempo...

Mientras, Francia pasa por momentos difíciles, pues en 1870 Napoleón III es derrotado y los prusianos invaden Francia. Cuando llegan soldados invasores cerca de Nevers, le preguntan a la hermana Bernadette si tiene miedo. Responde con sencillez: “Yo temo únicamente a los malos católicos”.

Vive el servicio a Dios con sencillez y sin presumir nunca del privilegio recibido de haber visto a la Virgen. Cuando la buscan para entrevistarla, para verla, siente pena. Incluso a veces se escabulle, ingeniosamente, para eludir a un visitante que pregunta por ella. Se sabe inculta, pobre, miserable. Lo poco que puede hacer, lo hace para servir a Dios, para corresponder, de algún modo, a las bendiciones que ha recibido.

Su enfermedad llega a ser muy dolorosa. Junto al asma, tiene una especie de tumor en la rodilla que la va inmovilizando y le provoca grandes sufrimientos. Las últimas semanas, por estar en la cama, su piel se va llagando poco a poco. Tiene accesos de tos en los que devuelve sangre, y siente que se ahoga.

Sufre y pide oraciones. Necesita, como todo enfermo, un poco de ayuda, de cariño, de comprensión. Quien lee en alguna biografía sus últimos días de sufrimiento, puede sentir una inquietud en su corazón: ¿por qué Bernadette, que tuvo la gracia de ver a la Virgen, pasó por un cáliz tan lleno de dolores?

Sólo Dios sabe el porqué de esa vida llena de sufrimientos de una mujer pobre y elegida para ver a la Virgen. El 16 de abril de 1879, 21 años después de las apariciones en Massabielle, llegó la hora suprema. En un momento de dolor, grita: “¡Dios mío!” Reza con quienes la acompaña las letanías. “Santa María, Madre de Dios, rogad por mí pobre pecadora”. Pide también ayuda a la enfermera, y un poco de agua. Tras beber el tónico que le ofrecen, expira con una gran paz.

El nombre de Bernadette ha quedado unido al nombre de Lourdes. También hoy nos habla de la Virgen. También hoy nos lleva, a través de María, a Cristo.

Lo decía con palabras paternas el Papa Benedicto XVI durante su visita al Santuario de Lourdes (13 de septiembre de 2008):

“Las apariciones estuvieron rodeadas por la luz y Dios ha querido encender en la mirada de Bernadette una llama que ha convertido innumerables corazones. ¿Cuántos vienen aquí para ver, esperando quizás secretamente recibir alguna gracia? Después, en el camino de regreso, habiendo hecho una experiencia espiritual de vida auténticamente eclesial, vuelven su mirada a Dios, a los otros y a sí mismos. Les llena una pequeña llama con el nombre de esperanza, compasión, ternura. El encuentro discreto con Bernadette y la Virgen María puede cambiar una vida, pues están presentes en este lugar de Massabielle para llevarnos a Cristo que es nuestra vida, nuestra fuerza y nuestra luz”.

Han pasado 150 años. Lourdes sigue siendo una meta para millones de peregrinos. Frente a la gruta de Massabielle, buscan hacer esa experiencia de los pobres de espíritu que se abren a Dios y que consiguen, así, que el cielo vuelva a penetrar e iluminar con su luz un mundo hambriento de esperanzas.

Fdo. Cristobal Aguilar.
Publicado por cristobalaguilar @ 20:09  | Vidas de Santos
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