CRISTIANOS Y MUSULMANES
1. Las grandes fiestas como Îd al-Fitr,
que celebráis al final del Ramadán, son un tiempo para
Dios y un tiempo para los hombres. Un tiempo para
Dios, para que recordemos, de un modo más fuerte y
de una manera comunitaria, su presencia y su acción en
la historia de la humanidad y en nuestra vida familiar
y personal. Estas fiestas son también un tiempo para los
seres humanos que somos nosotros: para descansar de los trabajos
ordinarios, para dar más espacio a la oración y a
la reflexión, para encontrarnos a nosotros mismos y, también, para
mejor encontrar a nuestros familiares, amigos y vecinos.
2. Dios
ama a todos los seres humanos y no excluye a
ninguno.Él es la fuente de todo el amor en la
familia, en la sociedad y en el mundo. Es de
Él que nosotros aprendemos a amarnos los unos a los
otros con un amor gratuito, que no espera recompensas aquí
abajo. Dios es misericordioso. Él está cerca de sus siervos.
Él entiende nuestras oraciones. También podemos decir que creer en
Dios nos pone en una actitud de benevolencia hacia nuestros
hermanos.
3. Las manifestaciones del amor, expresiones de nuestra fidelidad
hacia el Dios Misericordioso, son numerosas: la limosna -aquella del
Îd al-Fitr reviste para vosotros una importancia especial-, la solicitud
hacia los huérfanos, los ancianos, los enfermos, los extranjeros, al
igual que el compromiso por la promoción de la dignidad
y de los derechos del hombre, para el desarrollo y
para la lucha contra los muchos males de nuestra sociedad
como el analfabetismo, la droga, el abuso de los menores
y de las mujeres. El perdón, la reconciliación, iniciar de
nuevo los diálogos que se han interrumpido, la promoción de
la paz, la educación al respeto de los otros, son
también manifestaciones del amor. Existe, entre nuestras dos religiones, un
gran acuerdo sobre la misericordia efectiva hacia el prójimo. ¿No
hay allí un inmenso campo de colaboración para desarrollar entre
cristianos y musulmanes?
4. Las ofensas al amor del prójimo
son igualmente numerosas: la ignorancia de las necesidades de los
otros, el rechazo de los deberes de solidaridad, el odio,
la discriminación fundada sobre el sexo, la raza o la
religión, la injusticia bajo todas sus formas. Existe una grande
convergencia entre nuestras dos religiones al condenar estas faltas.
5.
El amor de Dios por la humanidad es un amor
universal, que va más allá de las fronteras políticas, de
las diversidades raciales, culturales, religiosas, de las opciones políticas o
ideológicas, de la situación social. Estamos, pues, invitados a amarnos
los unos a los otros en el nombre de nuestras
creencias. En efecto, el amor auténtico está al centro del
comportamiento del creyente.
6. Os escribo este mensaje consciente del
hecho que, cristianos y musulmanes, no siempre nos hemos amado
y respetado como Dios nos lo pide. Desafortunadamente, esta falta
de amor recíproco no existe solamente en la historia, sino
también en la realidad presente. Todavía es al mismo tiempo
importante subrayar, y hacer conocer, las numerosas situaciones en las
cuales la convivencia entre cristianos y musulmanes es pacífica y
fructífera. Estos ejemplos nos animan a poner por obra toda
nuestra buena voluntad, para que la convivencia pueda ser efectiva
entre los cristianos y los musulmanes que viven juntos. Estamos
invitados a examinar nuestras relaciones en el pasado y en
el presente y, sobre todo, a tomar una decisión para
convertirnos siempre más a lo que Dios nos llama a
ser: testigos de su bondad y de su misericordia, sobre
todo hacia los más débiles.
7. Al desearos abundantes bendiciones
divinas, os ruego que aceptéis, mis queridos amigos musulmanes, la
expresión de mi amistad y la de los católicos del
mundo entero.
Fdo. Cristobal AGuilar.