Mi?rcoles, 25 de noviembre de 2009
EL CREDO MUSULMÁN

EN UNO DE LOS MÁS FAMOSOS HADITH se cuenta que un día se presentó ante Mahoma un hombre, vestido impecablemente y de negros cabellos, que, después de haberse sentado, le preguntó qué era realmente el Islam. Ante lo cual Mahoma no se arredró sino que, al contrario, contestó con claridad que no existía otro Dios que Alá, que Mahoma es Su Enviado, que se debe cumplir con la oración, no abstenerse del zakah y del ayuno en el mes de Ramadán y peregrinar a la Meca.

Al término de esta concisa pero pregnante explicación de aquellos que son comúnmente considerados los pilares del Islam (arkan al islam) el desconocido, alzándose al tiempo que adhería a las palabras del Profeta, le preguntó en qué consistía el credo del Islam. El Profeta afirmó que consistía en creer en Alá, en Sus Ángeles, en Sus Libros, en Sus Enviados, en el último Día y en el Decreto Divino, tanto en el bien como en el mal. Al término de la conversación Mahoma se dirigió a los presentes revelando que aquel misterioso hombre no era otro que Jibril (el arcángel Gabriel), venido para dar testimonio y dar a conocer su religión 1.


Creer en Alá

No hay ningún otro Dios además de Alá. Él es la Luz del cielo y la tierra 2. Él es aquel que da la vida y la muerte. A la luz de su absoluta sabiduría ninguna cosa resulta oscura. La mente del hombre es hasta tal punto incapaz de penetrar tales profundidades que le está prohibido hablar acerca de la esencia del Altísimo, ya que todo lo que llega a la mente humana no puede comprender plenamente la inmensidad de Dios. La fe en Alá presupone la fe en su existencia, la fe en sus atributos y en sus nombres, creer que Él es el único Creador, el Señor absoluto y Autor del universo entero, además de ser el único digno de adoración.

Sería un gravísimo pecado asociar a Dios con alguna criatura o a alguna otra divinidad, ya que el Omnipotente no tiene igual 3 y «no ha adoptado ningún hijo, ni junto a Él hay dios alguno. Si así fuera, cada dios se llevaría lo que hubiese criado y los unos doblegarían a los otros» 4.

A los hombres les ha sido dada por naturaleza una propensión a la fe que les permite dirigirse a la verdadera religión 5. La fitra, es decir, aquella naturaleza que predispone al “monoteísmo islámico”, encuentra una confirmación en la común aceptación de una autoridad divina omnipotente por todos reconocida, puesto que Él enseña Su Potencia con una miríada de señales 6. Todo lo que Él ha creado está al servicio del hombre 7, que no debe, sin embargo, ni desarrollar un falso orgullo ni alejarse de la rectitud. El Corán, en efecto, enseña que Dios dispersa la ansiedad de los corazones y es clemente con quién lo invoca 8. Pero «todo aquel que está sobre la tierra es mortal, mientras que la faz del Señor, majestuosa y noble, es eterna» 9.

Conocer al Altísimo quiere decir, sobre todo, conocer sus atributos y sus noventa y nueve nombres 10. El kalam subdivide los atributos en cuatro categorías. En los sifat al-dhat, (atributos de la esencia) están recogidos los testimonios de Su existencia. En los sifat dhattiyya (atributos esenciales) se explicitan claramente su perfección y unicidad. Él se caracteriza por su pre-eternidad y su post-eternidad. Ninguna criatura puede ser mínimamente similar a Él y de ninguna necesitará nada porque es autosuficiente. En los sifat ma´nawiyya (atributos conceptuales) están representadas las características de su esencia: potencia, voluntad, ciencia, vida, palabra, oído, vista, percepción hasta el infinito. En los sifat al-fi´l (atributos del acto divino) se hacen explícitas sus acciones poderosas, desde la creación al orden.

A partir de estas indicaciones las diversas escuelas teológicas han desarrollado, a lo largo de los siglos, una serie de teorías y definiciones, no pocas veces contradictorias.

En el contexto de la tradición filosófica no han faltado los esfuerzos racionales por demostrar, de modo definitivo, la existencia de Dios. En ella es evidente el influjo de la filosofía griega y, en particular, de Aristóteles.


Creer en los Ángeles

Los Ángeles están compuestos de materia sutil y «hechos de luz» 11. El término árabe mala´ika podría derivar o del verbo alaka, que significa “transmitir un mensaje”, o del verbo laaka, que tiene el significado de “enviar”. En ambos casos se pone de relieve la peculiaridad de los ángeles en cuanto ministros fidelísimos de Dios y custodios de su eterno mensaje.

Los Ángeles son anteriores al hombre porque asistieron a su creación por parte de Alá. Se lee en el Corán que poseen alas 12. No se parecen en absoluto al hombre, si bien pueden adoptar su apariencia. A diferencia del culto pagano de la Arabia pre-islámica, en el que los ángeles eran considerados criaturas femeninas, los ángeles de la revelación coránica no tienen sexo a causa de su naturaleza etérea. Ellos poseen el don de la impecabilidad –de modo análogo a como sucede con los profetas– y rehúyen, por ello, de todo pecado o maldad. Por este motivo adoptan una conducta muy dura respecto a los incrédulos. Sólo a Dios resulta posible conocer las filas de Sus ángeles, aunque según la sunna su número es altísimo. Se cuenta que durante el mi´raj el Profeta llegó con Jibril a Bayt al-Ma´mur donde «ruegan cada día setenta mil ángeles que ya no se detienen más» 13.

Conocemos el nombre de algunos ángeles que se caracterizan por cumplir funciones bien precisas: Israfil hará sonar la trompeta del Día del Juicio, Malik es el custodio del Infierno, Ridwan es el custodio del Paraíso, ´Azra´il es el ángel de la Muerte, Munkar y Nakir interrogan al difunto en la tumba. La sunna nos informa acerca de varios encuentros de Mahoma con el arcángel Gabriel (Jibril), sea en su aspecto celeste como bajo la apariencia humana. En un hadith, en el que Mahoma describe su experiencia mís, está escrito que «la grandiosidad de su creación cubría aquello que hay entre el cielo y la tierra» 14. Además de ser intermediario de Dios, Jibril es aquel que ha vigilado para que el Corán, así como su mensaje, fuese correctamente recibido.

La palabra al-mala´ika contiene en sí el significado de “seres de naturaleza superior”, refiriéndose, por lo tanto, no sólo a los ángeles sino también a los demonios, a los jinn (genios) y a otros espíritus. En la tradición antropológica de los pueblos del Islam, los demonios y los jinn han tenido, ya desde los orígenes, una importancia notable a pesar del silencio de la teología a este respecto. Se debe tener presente, además, el singular rechazo de Iblis. El ángel desobediente no quiso obedecer el mandato del Señor 15 de postrarse delante del primer hombre, volviéndose por ello el acérrimo enemigo. En algunas corrientes musulmanas, el pecado de desobediencia de Iblis es interpretado como señal de la extrema fidelidad de un ángel a la unicidad de Dios. No aceptar postrarse delante del hombre sería el extremo testimonio de su fidelidad al Creador.


Creer en los Libros del Altísimo

Dios, en distintas épocas, ha hecho descender sobre sus Profetas la Torah, los Salmos y el Evangelio. Por último, ha sido revelado el Corán, el único libro divino que no ha padecido manipulaciones y no ha sido alterado por alguna modificación posterior. La Torah incluye los cinco libros del Pentateuco (Génesis, Éxodo, Levítico, a fin de exponer claramente las reglas de la Ley, los deberes y las obligaciones en relación a Dios. En ella también se anuncia la venida de un profeta nacido de los hijos de Ismael (los Árabes), que llegarán a ser una gran nación 16. Pero la Torah de la que habla el Corán es aquella revelada directamente a Moisés y no un conjunto de tradiciones, documentos y hechos que van desde la época de Moisés (siglo XIII a. C.) al término de la cautividad babilónica (siglo V a.C.). Además, hay que tener presente que en la Torah «en ninguna parte se habla del Jardín, ni del fuego, ni del Día de la Resurrección, ni del de la Convocación y de la Retribución, pese a que estas verdades son las más importantes que se pueden encontrar en los Libros Divinos» 17. Los Salmos son un conjunto de «oraciones, invocaciones, exhortaciones y sentencias» 18. que, aun cuando se vinculen directamente con David, no falta quien, entre los estudiosos musulmanes, piensa que se trata de una colección de “normas de ley” en las que confluyen aportes de diversos autores y de distintas épocas.

El Evangelio fue revelado por Dios a Jesús el Mesías, hijo de María, para «explicar las verdades, llamar a las criaturas a profesar la Unicidad del Creador, abrogar algunas normas secundarias de la Torah, limitándolas a lo estrictamente necesario, a fin de anunciar la aparición del Sello de los Profetas» 19. Tal Evangelio es único. De ahí que los Evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, según la tradición musulmana, no reflejan la veracidad del mensaje original, contradiciéndose recíprocamente en numerosos aspectos. El último de los Libros revelados es el Corán, cuya misión es universalmente válida y perenne, dirigida no a un pueblo determinado, en un preciso momento histórico, sino a toda la humanidad.

De modo análogo a como la Ley cristiana ha abrogado la ley mosaica, así la ley coránica «abroga todos los libros anteriores» por la claridad de su mensaje y la verdad que contiene. Ella ha sido revelada en un árabe especialmente claro, «con una pureza de lenguaje y elocuencia que supera las capacidades humanas» 20. Se habla, en efecto, del milagro del Corán porque, «aunque se reuniesen los hombres y los genios para producir algo semejante a este Corán, no lograrían nada parecido, aunque se auxiliasen unos a otros» 21. A modo de confirmación del carácter sobrenatural de la revelación, la tradición afirma que el Profeta era completamente analfabeto. El Corán, por lo tanto, «es el más grande de los milagros por el solo hecho que es un signo racional, permanente en el curso de todos los tiempos y visible, en cada instante, al ojo del espíritu, mientras que los otros milagros han desaparecido con su época y de ellos no queda otra huella sino la oral» 22.


Creencia en los Enviados

«Creemos en Dios y en lo que se nos ha revelado y en lo que fue revelado a Abraham, a Ismael, a Isaac, a Jacob y a las Doce Tribus; en lo que fue dado a Moisés y a Jesús; en lo que fue dado a los Profetas por su Señor; no diferenciamos entre ellos y Le somos sumisos» 23. En estas palabras está presente la urgente invitación a creer en aquellos hombres elegidos y enviados por Dios, impecables y justos, que hablan en su nombre y muestran el camino que debemos seguir. Ellos son enviados (rasul) y profetas (anbiya). Recibieron la «Advertencia con pruebas claras y Escrituras» 24 a fin de anunciar la recompensa o el castigo e indicar el camino de la perfección. En el texto sagrado aparece el verbo awhaya (IV forma) 25, que significa literalmente inspirar, transmitir, sugerir una idea, aunque tal verbo asume un sentido aún más sutil, como si la inspiración tuviera que verificarse en secreto, en una relación íntima entre la divinidad y el enviado.

El Corán hace referencia a veintiséis profetas a cuya cabeza, en orden cronológico, se ubica Adán. Aparecen, también, tres enviados árabes que no son mencionados en los textos sagrados precedentes: Hud, Salih y Shu´ayb.

Cada profeta o enviado es y permanece un hombre mortal, al que le ha sido dada la tarea de anunciar la nueva buena del Paraíso. Ellos poseen el don de la veracidad en lo que se refiere a la transmisión fiel del mensaje de Dios, tal como se pone en evidencia en el hecho que tal mensaje es confirmado en el curso de los siglos por los profetas que se han sucedido. Es obligada, aquí, una sutil precisión para una mayor claridad. Mientras «el profeta (nabi) es un hombre al que le ha sido revelada una ley religiosa, quien, sin embargo, pudo no haber recibido la orden de transmitirla» 26, el enviado (rasul) ha recibido tal orden. Cada rasul, por lo tanto, es nabi, pero no cada nabi es rasul 27. Para demostrar la autenticidad y la verdad de su mensaje, a los profetas les ha sido dado el don de los milagros, que «interrumpen el normal curso de las cosas» 28 y de frente a los cuales los incrédulos resultan impotentes y débiles. Aparte de tales dotes, ellos poseen «la más penetrante inteligencia y comprensión de entre todas las criaturas» 29.

No va con ellos ni la mentira, ni la desobediencia, ni la ocultación ni el olvido. Sin embargo Adán, al comer del fruto del árbol prohibido, se manchó de la culpa del olvido de las enseñanzas recibidas 30. Pese a ser los mejores de entre los seres humanos, los profetas fueron golpeados por la enfermedad y padecimientos a modo de testimonio de la fugacidad de la experiencia terrenal, abundante en pruebas y sufrimientos. Los hombres han recibido de ellos un claro ejemplo al que dirigirse en los momentos de dolor y desesperación. Mahoma es el último de los profetas, ya que concluye y perfecciona todas las experiencias proféticas precedentes 31. Él es el buen modelo a seguir 32 y el «sello de los profetas», ya que su Ley «conviene a todo pueblo, tiempo, lugar y circunstancia» 33. Por este motivo aquellos que supieron, ya desde los orígenes de la revelación, seguir las enseñanzas del Profeta son considerados como la «más eminente de las comunidades» 34.


Creer en el Último Día

«¡Toda cosa es perecedera, menos Su faz!¡A Él pertenece el Juicio!¡A Él seréis devueltos» 35. El acontecimiento de la muerte es inevitable y Dios ha establecido un término para cada criatura 36 y para cada comunidad 37.

Los ángeles, mandados por el Altísimo, irán al encuentro del alma del difunto. Aquellos que han seguido en vida la recta vía del Islam, no sufrirán en el momento del tránsito, ya que recibirán la feliz noticia del Jardín que les ha sido prometido. En cambio, los incrédulos y los idólatras serán objeto de burla y se consumirán en la ansiedad y en el temor 38. Al momento de fallecer, un estado de confusión, como de ebriedad, se apoderará de cada hombre. Apenas superado el momento del tránsito, las almas afrontan el primer viaje hacia las puertas del cielo que serán abiertas a los piadosos y cerradas a los impíos. Al término de esta celeste peregrinación, donde las almas de los fieles gozan de la visión del Altísimo, regresarán a sus respectivas tumbas a la espera del Día del Juicio. La tumba es la primera morada del Akhira (vida después de la muerte) y puede ser un lugar de castigo y sufrimiento. Munkar y Nakir se ocuparán del interrogatorio sobre los dos shahada (unicidad de Dios y sobre Mahoma como profeta de la verdadera revelación) y sobre las acciones realizadas en vida 39. El difunto, ya desde este momento, tendrá una clara idea de qué será de él 40.

El conocimiento del Día del Juicio sólo le pertenece a Dios y tomará a todos los hombres por sorpresa 41. El Juicio iniciará con la Reunión de los Cuerpos, que serán creados de nuevo y reunidos en el Lugar de la Estación (al-Mawqif). Allí, el Altísimo llevará a cabo la Rendición de Cuentas por las acciones realizadas, de modo que «quien haya hecho el peso de un átomo de bien, lo verá; quien haya hecho el peso de un átomo de mal, lo verá» 42. Después de la confesión de todo aquello que se ha realizado en la vida, los actos serán pesados para asignarles el valor que les corresponde (la Balanza).

Aquellos en quienes el bien ha prevalecido sobre el mal, recibirán en la mano derecha el libro (Entrega del Libro). Lo contrario les pasará a aquellos que se hayan manchado con las mayores culpas, sufriendo las consecuencias de recibir el libro en la mano izquierda. Por lo tanto, se deberá superar el Puente (Sirat), más estrecho que la hoja bien afilada de una espada, que se yergue por encima del infierno. El cruce no será para todos igual, al punto que algunos resbalarán perdiéndose en el fuego de las profundidades. Una vez atravesado el Puente se entrará en el Jardín, bañado por las dulces aguas del Kawtar, para «gozar eternamente su deliciosa felicidad» 43. Estaba escrito, en efecto, que «quienes hayan creído y hayan hecho obras pías, ésos disfrutarán en un prado florido; quienes hayan sido infieles y hayan desmentido nuestras aleyas y la llegada del Mundo Futuro, ésos sufrirán el tormento» 44.

Quien haya pecado será castigado según la propia culpa, y permanecerá en el Fuego «por un tiempo proporcional a su pecado, para después salir y entrar en el Jardín y permanecer allí para siempre» 45.

El fin del mundo será anunciado por algunas señales apocalípticas46: en particular, la aparición del Mahdi, es decir la llegada del Dajjal (el Impostor por excelencia), el retorno de Jesús 47, la devastación del mundo por parte de Gog y Magog, la aparición de la bestia (dabba), el nacimiento del sol por occidente, un humo turbio y espeso envolverá la tierra por cuarenta días, la destrucción del Ka´ba por parte de los Etíopes, la desaparición del Corán y una general infidelidad y agnosticismo.


Creer en la Predestinación

Cada acción y cada gesto en la vida de un hombre forman parte integrante de un diseño inescrutable de Dios, a cuya voluntad todo está sometido.

Él está al tanto de cada cosa ya desde la pre-eternidad, al punto que «ninguna desgracia aflige a la tierra o a vosotros mismos sin que haya ya sido escrita en un Libro, antes, incluso, de que Nos la produzcamos» 48. Claro que, aun cuando Dios sea la causa y el origen de cada acontecimiento, el hombre no está ni obligado ni forzado en la orientación que le imprime a su existencia. Su «parcial voluntad» 49 le permite elegir entre el bien y el mal, así como su inteligencia está en condiciones de dirigir sus acciones en un sentido o en el otro. Esta posibilidad de elección en el contexto de la divina providencia va a entrar en colisión con la herencia del dahr (fatum, destino impersonal) que caracterizaba a los politeístas. El Corán mismo permite la elección, al advertir que «quien quiera crea, quien no quiera, rechace la Fe» 50. Este consciente sentido de responsabilidad, que asume un fuerte valor moral y que está en la base de la libertad misma, recibe una clara confirmación en el hecho que «el bien que te alcanza procede de Dios. El mal que te aflige procede de ti» 51. Por lo tanto, en síntesis, todos los actos humanos, «todas sus palabras, todos sus movimientos, buenos y malos, se realizan por voluntad, decreto y conocimiento por parte del Altísimo. Pero el bien se realiza con Su consentimiento; el mal, en cambio, sin Su consentimiento» 52.

En el camino trazado por la enseñanza coránica no raramente se dan interpretaciones radicalmente contrapuestas. Por una parte los Jabiritas afirman que el destino viene asignado por Dios en razón de «su universal e ilimitada potencia, al margen de las acciones u obras humanas» 53, en una interpretación que asigna a cada hombre una kisma (parte asignada, destino inmutable) con una absoluta falta de libertad; por otra, en cambio, los Kadaritas afirman la existencia del libre albedrío.

Fdo. Cristobal Aguilar.
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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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