En el año 1959, siendo Sumo Pontífice de la
Iglesia católica Juan XXIII y al finalizar el
Octavario por la unidad de los cristianos el día de
la conversión del apóstol san Pablo, el Papa comunicaba a
los allí presentes la convocatoria de un concilio ecuménico para
toda la Iglesia católica para restaurar algunas formas antiguas de
afirmación doctrinal y de prudente ordenamiento de la disciplina eclesiástica
que en otro tiempo dieron frutos de extraordinaria eficacia.