Lunes, 23 de noviembre de 2009
EVANGELIO APÓCRIFO ARMENIO DE LA INFANCIA 2 PARTE (FIN)

Ultima parte de este interesante Evangelio Apócrifo, espero que os guste, pues es arduo localidad y en algunas ocasiones traducir por distintos colaboradores del Blog, parte de los mismos. Agradecería de vez en cuando que firmeis en el Blog y dejeis vuestras impresiones. EL AUTOR DEL BLOG.

5ª Parte

 

 

De cómo la Sagrada Familia fue a la villa de Tiberíades y aplicó a Jesús al oficio de la tintorería.

Milagros que allí pasaron

XXI 1. Y José, levantándose al despuntar el día, tomó a Jesús y a su madre, y se dirigió a la villa de Tiberíades. Allí estableció provisionalmente su equipo a la puerta de un hombre llamado Israel, tintorero de profesión, y que había monopolizado en su taller todo lo que había que teñir en la villa. Y, viendo a su puerta a José, al niño Jesús y a su madre, se regocijó en grado sumo, y preguntó al primero: ¿De dónde vienes, anciano, y adónde vas? Y José respondió: Soy de una comarca lejana, y ando errante por doquiera, extranjero y desterrado.

2. Israel dijo: Si quieres vivir aquí, establécete en esta villa, y yo te acogeré en mi casa, donde harás lo que bien te parezca. José repuso: Cúmplase tu voluntad, y dispón a tu grado de mi persona. Israel lo interrogó: ¿Cómo subsistes de tu oficio? José contestó: Fácilmente, porque soy muy experto en el arte de construir aradas y yugos de bueyes, y todo lo hago conforme a la conveniencia de cada cliente. Israel dijo: Quédate en mi casa, y no tendrás que sufrir de nadie importunidad alguna. Yo te respetaré como a un padre. Y, si quieres confiarme a tu pequeño, para que aprenda mi oficio, lo trataré con honra, como si fuese mi hijo legítimo. José dijo: Bien has hablado. Toma al niño, procede con él a tu albedrío, y oblígalo a acatar tus mandatos, porque hace tiempo que estoy vivamente contrariado al respecto suyo.

3. E Israel preguntóle: ¿Acaso no obedece con sumisión tus órdenes? Respondió José: No va la cosa por ahí. Es que ha comenzado el aprendizaje de varios oficios, y, por falta de perseverancia, no ha terminado ninguno. Israel dijo: ¿Qué edad tiene? José dijo: Nueve años y dos meses. Israel repuso: Está bien. Y, tomando al niño Jesús, entró con él en casa. Y, mostrándole por orden todo el detalle del taller, le advirtió: Mira bien todo esto, hijo mío, compréndelo, y lo que yo te indique, reténlo en la memoria. Y Jesús se prestaba a sus voluntades, y escuchaba con atención sus avisos.

4. Un día, Israel fue a hacer por la villa su recorrido profesional. Y recogió numerosas piezas de tejido, y aportándolo todo, con una lista, lo depositó en su taller. Y, llamando a Jesús, le manifestó: De todo lo que aquí ves, debemos, hijo mío, dar cuenta a sus respectivos propietarios. Vela con cuidado por todos los efectos que están en nuestra casa, no sea que nos sobrevenga algún accidente súbito, porque seríamos deudores del daño al tesoro real, al cual tendríamos que abonar cinco mil dineros, en concepto de multa. Jesús preguntó: ¿Dónde vas ahora? E Israel dijo: He aquí que yo he recogido todo lo que había para teñir en la villa. Te lo confío, pues voy a darme una vuelta por los pueblos y por las aldeas de los contornos, a fin de devolver cada cosa a su respectivo destinatario, y toda obra que se me dé a hacer, la haré. Jesús dijo: ¿Qué obra? E Israel repuso: La de teñir y colorear, a veces con dibujos de flores, en escarlata, verde, azul púrpura, amarillo, leonado, negro y otros matices variados, que no puedo detallarte en este momento.

 

5. Al oír esto, Jesús admiró el poder del espíritu humano, e interrogó a Israel: Maestro, ¿conoces por su nombre cada uno de esos colores? Respondióle Israel: Si, puedo retenerlos, con la ayuda de una lista escrita. Y Jesús añadió: Te ruego, maestro, que me enseñes a hacer todo eso. Israel dijo: Sí, te lo enseñaré, si obedeces con sumisión mis órdenes. Y Jesús, inclinándose, se prosternó ante él, y le dijo: Maestro, me prestaré a tus voluntades, pero antes, muéstrame esa obra, para que la vea. Israel dijo: Bien hablado, pero no hagas por ti mismo nada que no conozcas, y aguarda a que yo esté de regreso. No abras la puerta de la casa, que dejé cerrada y sellada con mi anillo. Permanece firme en tu puesto y no sufras inquietud. Preguntó Jesús: ¿Para qué día esperaré tu retorno? Israel repuso: ¿Qué necesidad tienes de interrogarme sobre ello, puesto que mi trabajo seguirá su curso cotidano, conforme a la voluntad del Seños? Jesús dijo: Ve en paz. Entonces Israel se alejó de la villa.

6. Y Jesús, levantándose, fue a abrir la puerta de la casa. Y tomó todo el tejido para teñir de la villa, y llenó con él una tina de tintura azul. Y calentó la tina, abrió otra vez la puerta de la casa y, según su costumbre, marchó al lugar en que jugaban los niños.

7. Y, poniéndose a luchar con ellos, les descoyuntaba el sitio del encaje del muslo, y el nervio del tendón se contraía, y los niños caían de bruces a tierra, y cojeaban de sus ancas. Después, les imponía las manos, y les restituía su posición erecta y la soltura de sus piernas. Otras veces, soplaba sobre el rostro de los niños, y los cegaba. Luego, les imponía las manos, y devolvía la luz a sus ojos. O bien, tomaba un trozo de madera, y lo echaba en medio de los niños. Y el trozo se trocaba en serpiente, y los ponía en fuga a todos. Y, a los que habían sido mordidos por el reptil, Jesús les imponía las manos, y los curaba. E introducía su dedo en las orejas de los niños, y los tornaba sordos. A poco, soplaba sobre ellos, y restablecía su oído. Y tomaba una piedra, le echaba el aliento por encima, y la tornaba ardiente como fuego. Y la arrojaba ante los niños, y la piedra abrasaba el polvo, dejándolo como un zarzal desecado. En seguida se apoderaba otra vez de la piedra, y ésta, transformándose, volvía a su primer estado.

8. Y llevaba a los niños a orillas del mar, y allí, cogía una pelota y una cayada, avanzaba, marchando erguido con sus juguetes, sobre las olas, como sobre la superficie de un agua congelada. Y, ante este espectáculo, todos los niños lanzaban gritos, y exclamaban: ¡Ved lo que hace el pequeño Jesús sobre las olas del mar! Y, al oír esto, el pueblo de la ciudad iba a la playa, y miraba aquel prodigio con estupefacción.

9. Empero José, que tal supo, sobrevino y reprendió a Jesús, diciendo: Hijo mío, ¿qué es lo que haces? He aquí que tu maestro ha reunido en su casa toda clase de objetos, cuya guarda te ha confiado, y tú no tienes cuidado de ellos, y vienes a este lugar para divertirte. Te ruego que vuelvas a casa de tu maestro sin demora. Y Jesús repuso: Bien hablas, sin duda. Pero es el caso que yo he realizado y concluido mi tarea. Lo que mi maestro me prescribió hacer, lo hice, y, por el momento, sólo espero su retorno, contando con que vendrá a ver el producto de mi arte, que le enseñaré. Pero a ti, ¿en qué te conciernen estas cosas? Y, al oír estas palabras, José no comprendió lo que decía su hijo.

 

10. Y cuando Jesús llegó cerca de su madre, María le preguntó: Hijo mío, ¿has terminado lo que te mandó hacer tu maestro? Y Jesús respondió: Lo acabé, y nada falta. ¿Qué quieres de mí? María contestó: Noto que hace tres días que no has pasado por la casa, para cuidar del taller. ¿Por qué nos expones a un riesgo mortal? Jesús replicó: Deja de hablar así. He estudiado todos los preceptos que me dio el maestro, y sé lo que me compete y lo que me cumple en toda ocasión. Y María dijo: Está bien. Tú eres dueño y juez de tus actos.

11. Y, mientras así hablaban, Jesús, habiendo mirado hacia fuera, vio a su amo, que llegaba. Y, levantándose, fue a su encuentro, y se inclinó y se prosternó ante él, que le preguntó: ¿Cómo estás, hijo mío? Respondió Jesús: Estoy bien. Después, interrogó a su vez al maestro, diciéndole: ¿Cómo te ha ido en tu viaje? Israel contestó: Como el Señor lo ha querido. Jesús añadió: Celebro que hayas vuelto en la prosperidad y en la paz. Dios recompensa tus trabajos en la medida de lo que has hecho por mí. Porque yo he aprendido a fondo tu arte, y he estudiado, y poseo todos los preceptos que me has dado. Por ende, todo el trabajo que pensabas hacer lo he comprendido, y lo he acabado. Israel murmuró: ¿Qué trabajo? Y Jesús repuso: El que me has enseñado, y yo he cumplido.

12. Pero Israel no comprendió el sentido de las palabras de Jesús. Y cuando fue hacia la puerta advirtió que la cerradura y el sello estaban abiertos. Y, muy agitado, penetró en el interior, inspeccionó los rincones del taller, y no vio nada. Y, lanzando un grito, preguntó: ¿Dónde está el tejido para teñir que había reunido aquí yo? Respondió Jesús: ¿No te dije, cuando fui a tu encuentro, que había acabado todo el trabajo que pensabas hacer? Israel exclamó: ¡Bonito trabajo el que acabaste, acumulando, en una cubeta llena de azul, todo el tejido para teñir de la ciudad! Jesús repuso: ¿Y qué mal te he causado, para que así te pongas furioso contra mí, que te he librado de una multitud de cuidados y de labores? E Israel dijo: ¿Y el reposo que me procuras es ocasionarme este grave daño, esta pérdida y multas que pagar? ¡Razón tenía el viejo al advertirme que no conseguiría reducirte a la obediencia! ¿Qué haré de ti, puesto que me has irrogado un perjuicio tal, que no es mío solo, sino de la ciudad entera? ¡Ay, qué desgracia tan grande ha caído sobre mí!

13. Y lloraba, y se golpeaba el pecho. Después, preguntó a Jesús: ¿Por qué has atraído sobre mi casa tamaño desastre? Y Jesús dijo: A mi vez te pregunto por qué estás tan furioso. ¿Qué pérdida he producido en tu casa, supuesto que he escuchado con inteligencia tus explicaciones, comprendido la lección recibida, aprendido todo lo que me has enseñado, y yo soy capaz de hacer? E Israel objetó: ¿No te advertí que no hicieses por ti mismo nada de lo que no supieses hacer? Jesús dijo: ¡Maestro, mira y ve! ¿Qué desdicha notable he traído sobre tu hacienda e industria? Respondió Israel: ¡Bueno está eso! ¿Es que podré justificar el color y la tintura que mis clientes me exigen? Mas Jesús insistió: Cuando volviste en paz de tu excursión, y entraste en tu taller, ¿has encontrado que faltase algo? Israel repuso: Y eso ¿qué tiene que ver con lo que digo? Yo lo que te pregunto es qué haré, si cada parroquiano me reclama la obra particular que me encomendó. Dijo Jesús: Trae a mi presencia a los propietarios de estos objetos, y les daré el color especial que cada cual desee. E Israel objetó: ¿Cómo podrás reconocer todos los efectos de cada uno? Y Jesús replicó: Maestro, ¿qué colores variados quieres que haga aparecer en esta cubeta única?

 

14. Israel, que tal oyó, se amohinó en extremo ante las palabras de Jesús, y creyó que éste se mofaba de él. Mas Jesús dijo: ¡Mira y ve! Y se puso a retirar de la cubeta el tejido para teñir, brillante e iluminado de hermosos colores de matices diversos. Mas Israel, al ver lo que hacía Jesús, no comprendió el prodigio que había operado. Y llamó a María y a José, a quienes dijo: ¿Ignoráis que vuestro hijo ha producido en mi taller una avería irreparable? ¿Qué os hice yo, para que el niño Jesús me pague así? Trataros como un padre, con honra y con grande afecto. Y he aquí ahora que soy deudor al tesoro real de una multa de cinco mil denarios. Y lloraba, y se golpeaba el pecho. Y María dijo a Jesús: ¿Qué has hecho, para ocasionar en esta villa semejante destrozo? ¡Reducirte a ti mismo a esclavitud, y ponernos a nosotros en peligro de muerte! Jesús dijo: ¿Qué mal os he causado, para que os coneitéis todos contra mí, y me condenéis injustamente? Venid y ved el trabajo que llevé a cabo. Y María y José fueron a ver las obras que había hecho, y, oyéndolo hablar, abrían los ojos con asombro.

15. Mas Israel no comprendió el prodigio. Y rechinaba los dientes con rabia, y, gruñendo como una bestia feroz, quiso pegar a Jesús, que le dijo: ¿Por qué estás lleno de tamaña furia? ¿Qué encuentras que sea digno de tachar en mí? Empero Israel, tomando un celemín, se precipitó contra Jesús. Viendo lo cual, éste huyó, e Israel lanzó sobre él el celemín, que no pudo alcanzarlo, y que se estrelló en el suelo. Y, en el mismo instante, el celemín echó raíces en tierra, se convirtió en un árbol (que existe todavía hoy), floreció, y dio fruto. Y Jesús, habiendo escapado, franqueó la puerta de la villa, y, en su carrera, llegó al mar. Y marchó sobre sus aguas, como sobre terreno firme.

16. E Israel, gritando por toda la villa, clamaba a gran voz: Consideradme y compadecedme, porque el niño Jesús ha huido, llevando consigo cuanto había en mi taller. Perseguidlo y capturadlo. Y él mismo siguió a la multitud. Y, apostándose en los desfiladeros de los caminos, buscaron al niño Jesús, mas no lo encontraron. Y algunas personas dieron a Israel la siguiente información: Cuando atravesó la puerta de la villa, lo vimos avanzar hacia el mar. Pero no sabemos lo que ha sido de él. Entonces aquel tropel de gente se dirigió a la ribera. Y, no hallando a nadie, volvieron sobre sus pasos. Y, cuando regresaban, Jesús había salido del mar, y estaba sentado sobre una peña, bajo la figura de un niño pequeñito. Y las gentes lo interrogaron, diciendo: Muchacho, ¿sabes por dónde anda el hijo del viejo? Jesús repuso: No lo sé. Tomó en seguida la forma de un joven, y se le preguntó: ¿Has tropezado por ahí con el hijo del anciano extranjero? Jesús respondió: No. Después adquirió el aspecto de un viejo, y le dijeron: ¿Has visto al hijo de José? Y Jesús contestó: No lo he visto.

17. No dando con Jesús, regresaron a la villa, y, apoderándose de José, lo condujeron al tribunal, y le dijeron: ¿Dónde está tu hijo, que nos ha engañado, y que se ha escondido de nosotros, llevando consigo nuestros efectos, que retenía el hombre que lo había tomado de aprendiz? Mas José permaneció silencioso, y no murmuró palabra alguna.

 

18. E Israel tomó tristemente a su taller. Y quiso recoger el celemín en el sitio a que lo había lanzado. Y, cuando vio que había tomado raíz, llenándose de fruto, se maravilló en sumo grado, y se dijo entre sí: ¡Verdaderamente, éste es el Hijo de Dios, o algo semejante! Y penetró en su casa, y encontró todos los efectos preparados para teñir reunidos en la cubeta, que estaba llena de color azul. Y, al sacarlos, notó, estupefacto, que nada faltaba en cuenta, y, sobre cada uno de aquellos efectos, halló el nombre marcado, en signos y en letras, y todos tenían respectivamente el tinte y el brillo con que sus propietarios le habían mandado que los tiñese. Y, a la vista de prodigio tamaño, alabó y glorificó a Dios. En seguida, levantándose aquella misma noche, fue a sentarse a orillas del mar, frente a las rocas, y lloró con amargura, durante la noche entera. Y, entre golpes de pecho, suspiros y lamentaciones, exclamaba: Niño Jesús, hijo del gran rey tu Padre, ten piedad de mí, miserable que soy, y no me abandones. Porque, si pequé contra ti, ha sido por efecto de mi ignorancia, y por no haber comprendido de antemano que eras el Dios salvador de nuestras almas. Ahora, Señor, manifiéstate a mí, porque mi alma desea oír las palabras de tu boca.

19. Y, en el mismo instante, Jesús le apareció, y le dijo: Maestro, ¿por qué no has dejado de quejarte y de gemir, durante la noche entera? E Israel repuso: Señor, compadécete de tu ignorante siervo, escucha mis plegarias, perdóname todos los pecados que he cometido contra ti por torpeza, y bendíceme. Y Jesús exclamó: Bendito seas, tú y todo lo que hay en tu casa. Tu fe te ha hecho salvo, y tus pecados te son perdonados. Ve en paz, y que el Señor permanezca contigo. Dicho esto, Jesús desapareció.

20. E Israel se prosternó en el suelo, y tomando de él polvo, lo esparció por su cabeza. Y se golpeaba el pecho con una piedra, y no sabía qué partido tomar. Y volvió a su casa, y, al día siguiente por la mañana, salió de ella, se dirigió a la plaza pública, y dijo a las gentes allí reunidas: Oíd todos la sorpresa que se ha apoderado de mí, y los milagros que Jesús ha hecho en mi casa. Y todos clamaron a una: Cuéntanos eso. E Israel expuso: Un día, estando en mi casa, hallé a un viejo canoso sentado a mi puerta, y acompañado de un niño y de su madre. Y los interrogué, y él me descubrió su pensamiento, diciéndome que quería fijar su residencia aquí. Y lo recibí, y lo traté con honra, en mi hogar, y tomé a su hijo por aprendiz en mi taller. Y había acopiado en éste el tejido para teñir de toda la villa. Y, cerrando la puerta, la sellé, y encomendé al niño la comisión de quedar como guardián de todo hasta mi regreso, porque, según mi costumbre, iba a buscar por los alrededores tejido para teñir. Y, al volver, encontré la puerta de mi morada abierta, y el tejido colocado en una tina de tintura azul. A cuya vistá, monté violentamente en cólera, y, tomando un celemín, lo arrojé, furioso, contra Jesús, para castigar su fechoría. Pero el celemín no alcanzó al niño, sino que cayó a tierra, e inmediatamente, tomó raíz y se llenó de fruto. Y, ante tal espectáculo, salí con premura, fui en busca del niño, y no lo encontré. Y retorne a mi casa, y vi, en la tina de tintura azul, tejidos de diferentes colores. Venid a ser testigos de esta maravilla.

 

21. Y el juez de la villa y todos los notables, en gran número, fueron a presenciar prodigio tamaño. Y hallaron todo el tejido para teñir reunido en la tina. Y, mientras Isarel los iba sacando, ellos leían la lista de los nombres y comprobaban el color correspondiente a cada uno. Y él entonces tomaba el color pedido, y lo mostraba a todos en su específica brillantez. Y se decían los unos a los otros: ¿Quién ha visto jamás salir de una misma tina esta variedad de resplandecientes tinturas? Y de esta suerte, tomando cada cual sus efectos, volvieron a sus casas, y dijeron: En verdad, esto es un milagro de Jesús y una obra divina, no una obra humana. Y muchos creyeron en su nombre.

22. Luego Israel les mostró el celemín convertido en árbol arraigado y fructificado. Y, a su vista, algunos confesaron: No hay duda sino que ese niño es el hijo de Dios. Y el juez ordenó que sacasen a José de la prisión, y que se lo trajesen. Y, cuando llegó, le interrogó diciendo: Anciano, ¿dónde está ese niño, por quien se cumplen estos prodigios y estos beneficios? José repuso: ¡Por la vida del Señor! Dios me ha dado este hijo, no según la carne, sino según el espíritu. Y la multitud exclamo: ¡Bienaventurados sus padres, que han obtenido este fruto de bendición! Y José regresó en silencio a su casa, y refirió a María los milagros de Jesús, de que había oído hablar, y que había visto. Y María dijo: ¿Qué va a ser de nuestro Jesús, por cuya causa tenemos que soportar tantas cuitas? Mas José respondió: No te aflijas, que Dios proveerá, conforme a su voluntad suprema. Y, cuando pronunciaba estas palabras, sobrevino Israel, y, puesto de hinojos ante José y María, les pidió el perdón de sus faltas. Y José le dijo: Ve en paz, y que el Señor te guíe hacia el bien. Empero José y María, desconfiando del juez y de todos los demás, cerraron la puerta de su casa, y permanecieron en observación hasta la mañana siguiente.

6ª Parte

 

De cómo la Sagrada Familia fue a Arimatea, donde Jesús hizo milagros y resucitó muertos

XXII 1. Y José se levantó, tomó a María y saliendo de la villa, ambos marcharon camino adelante. Y buscaban con la mirada a Jesús. Y éste se les apareció de súbito, y los siguió hasta el país de Galilea, a una villa llamada Arimatea, donde tomaron albergue en una casa. Y Jesús tenía diez años entonces, y circulaba por la villa, para ir al sitio en que los niños se congregaban. Y, cuando divisaron a Jesús, lo interrogaron, diciendo: ¿De dónde has venido? Y Jesús contestó: De un país desconocido. Los niños inquirieron: ¿Dónde está situada la casa de tu padre? Y Jesús repuso: No podrías comprenderlo. Los niños agregaron: Dinos algo, para que lo sepamos de ti. Y Jesús replicó: ¿Para qué me lo preguntáis, si lo que yo os dijera, no lo entenderíais? Los niños insistieron: Háblanos, porque nosotros somos ignorantes, y tú pareces instruido en todas las cosas. Jesús dijo: Todas las cosas conozco, en efecto, pero soy extranjero, y no aceptaríais ninguna de mis palabras. Y los niños dijeron: Te acogemos con amistad, como a un hermano, y nos someteremos a tus órdenes, conforme a tu albedrío.

2. Y Jesús dijo: Levantaos, vamos. Y los niños obedecieron, y llegaron todos juntos a cierto sitio, en el que había una roca muy alta. Y, colocándose enfrente, ordenó a la roca que inclinase su cima y se sentó en ella, y la roca recobró su posición. Y los niños lanzaron gritos de sorpresa y, formando círculo alrededor de la roca, miraban a Jesús. Y, después de haber ordenado a la roca que inclinase otra vez su cima, Jesús descendió de ella.

3. Y los niños fueron a la villa, para contar el prodigio hecho por Jesús, el cual huyó. Y uno de los niños, que lo divisó, le detuvo por sorpresa y se apoderó de él. Y Jesús, volviéndose, le sopló en el rostro y, en el mismo instante, el niño perdió la vista. Y clamó a gran voz: Jesús, ten piedad de mí. Y Jesús le puso la mano sobre los ojos, y éstos se abrieron de nuevo a la luz.

4. Y, un día, los niños se habían congregado cerca de un pozo, y Jesús fue a reunírseles. Y ellos, al verlo, se regocijaron. Y Jesús les preguntó: ¿Qué hacéis al borde de este pozo? Y los niños respondieron: Ven a juntarte con nosotros. Y Jesús dijo: Heme aquí. ¿Qué deseáis? Y, en el mismo momento en que hablaba así, dos niños jugaban al borde del pozo. Y sucedió que, disputando, uno de ellos pegó al otro, y lo lanzó al pozo. Y los demás huyeron de allí, y Jesús, levantándose, marchó a su casa.

 

5. Y, como algunas personas llegasen pasa sacar agua, al meter sus cántaros, vieron en medio del pozo a un niño muerto, y fueron a anunciarlo a la villa. Y los padres llegaron, y vieron a su hijo ahogado encima del agua. Y lloraban amargamente, y se golpeaban el pecho. Y era un niño muy hermoso, y de cinco años de edad. Y los padres, deshechos en llanto, preguntaban: ¿Quién ha causado esta desgracia terrible? Mas, no encontrando al matador, se dirigieron al juez, para darle cuenta del suceso nefasto.

6. Y el juez ordenó que le trajesen a los niños, a quienes preguntó: Hijos míos, ¿quién de vosotros mató a ese niño, arrojándolo al agua? Los niños respondieron: Lo ignoramos. Y el juez dijo: Si lo sabéis, no contéis engañarme con pretextos y con subterfugios. No hagáis tal, porque moriréis, y pagaréis inocentes por culpables. Los príncipes y los grandes les dijeron: No mintáis, y hablad sinceramente. Y los niños clamaron a una: Si creéis en nuestras palabras, tened entendido que no nos cabe parte alguna en su muerte. Cayó al agua por accidente, y no pudimos sacarlo del pozo. Y el juez opuso: Cuando cayó al agua, ¿por qué no gritasteis inmediatamente, elevando la voz, para que los habitantes de la villa fuesen a salvar al niño, que respiraba aún? Los niños dijeron: Porque ninguno de nosotros había quedado allí. Todos lo habían abandonado, y habían huido. Y el juez acrecentó: Si cayó inadvertidamente y por descuido, habríais gritado y avisado a todos. Pero, siendo los autores del hecho, habéis huido de allí por temor, y pensáis escapar a la muerte por vanas excusas. Los niños dijeron: Si quieres condenarnos injustamente, hágase tu voluntad. Porque cada cual se halla convencido de su propia inocencia y el que merece la muerte, es el que la realidad del hecho conoce. Y el juez repuso: Si conociese al culpable, no condenaría al inocente.

7. Los niños dijeron: A nosotros no nos toca culpa alguna. Nos hallábamos distraídos en el juego, y de nada nos enteramos hasta que algunos niños huyeron, dando gritos. Nada más sabemos. Y el juez repuso: Si queréis, yo os diré la verdad. Miraos bien, poned atención, y compadeceos de vosotros mismos. Y los niños replicaron: Lo hemos revelado todo, y no nos has oído. Y el juez exclamó: ¡Desconfío del artificio de vuestras palabras! Los niños repitieron: Si nos condenas injustamente, eso será a cargo tuyo. Y el juez contestó, furioso: Si no me decís la verdad, os conduciré al pozo, y os haré perecer ahogados en el agua. Y el niño que era el matador, repuso: Por mucho que nos atormentes, no podremos confesar una falsedad.

8. Entonces el juez marchó con ellos al borde del pozo. Y ordenó que desnudasen a los niños, y que los encadenasen en presencia suya. Y el matador dijo: ¡Oh juez, presenta un testigo, y, entonces solamente, condénanos. ¿Por qué se nos condenaría a muerte, sin estar convencido por un testigo? Y el juez dijo: ¿Qué testigo voy a presentar, si todos los testigos estáis aquí? No saldréis de mis manos, ni a fuerza de lamentaciones, ni a fuerza de presentes. Y los padres de los niños viéndolos desnudos ante el juez, en medio de aquel lugar, se quejaban con amargura. Y el juez dijo: No me conmueven vuestras lágrimas. Y mandó que arrojasen a los niños al pozo. Mas el que era el matador, se expresó en estos términos: No me arrojes al pozo, y te indicará quién es el culpable. ¿Dónde está Jesús, el hijo del viejo? Él es el autor del hecho. Y el juez exclamó: Siendo así, ¿por qué os dejabais matar, a pesar de vuestra inocencia? Y los niños replicaron: A ti te toca saberlo, puesto que lo has querido.

 

9. Entonces el juez hizo citar a Jesús ante él. Pero, como los que mandó en busca del niño no lo encontraran, apoderaronse de José, y llevaron a presencia del magistrado, el cual lo interrogó, diciéndole: Viejo, ¿de dónde has venido a esta villa? Y José contestó: Soy de un país lejano. El juez inquirió: ¿Dónde está tu hijo, que ha cometido este delito de homicidio? José repuso: Lo ignoro. El juez dijo: ¿Y no sabes que ha cometido ese crimen? José dijo: ¡Por la vida del Señor, no lo sé! El juez aseveró: Si, lo sabes. ¿Y crees que vas a escapar a la muerte? José exclamó: ¡Oh juez, no condenes injustamente a una inocente criatura! El juez rearguyó: Si es inocente, ¿por qué ha huido? José replicó: No puedo explicártelo. Y el juez dijo: No saldrán de la prisión, si no te apresuras a procurar que comparezca aquí tu hijo.

10. Y, cuando el juez acabó de pronunciar estas palabras, Jesus se presentó al tribunal de improviso, y preguntó: ¿A quién buscáis? Respondieron: A Jesús, el hijo de José. Jesús dijo: Yo soy. Interrogó el juez: ¿Cuándo llegaste a esta villa? Jesús contestó: Hace largos años que resido en ella. El juez ordenó: Manifiéstame, pues, cuál ha sido la causa de la muerte violenta de ese niño. Y Jesus afirmó: No lo sé. Mas los padres del niño clamaron: ¿Pretendes no saberlo, habiendo ahogado a nuestro hijo en el pozo? Y Jesús repuso: Si es a otro a quien hay que pedir cuenta de su vida, ¿por qué me calumniáis tan pérfidamente? El juez replicó: No digas falsedad, porque reo eres de muerte. Mas Jesús aseguró: El testimonio de ellos es falso y verdadero el mío. Y el juez le dijo: Júralo por la ley del Señor. Jesús repuso: ¿Por qué mientes ante Dios, y no lo temes? Mas el juez, respondiendo, dijo: ¿Y qué mal hay en prestar juramento, cuando se es inocente, y no queda otro recurso para escapar a la muerte? Jesús le contestó: ¿De modo que crees legítimo pronunciar un juicio injusto? El juez le respondió: Dime lo que debo hacer. Y Jesús repuso: Demasiado lo sabes, puesto que en juez estás constituido. Mas el juez repitió: ¿Qué debo hacer? Respóndeme. Y Jesús le advirtió: Si obrases de buena fe, observarías la justicia. Pero no hay que esperar de ti eso. Y el juez insistió: Obro conforme a lo que se alcanza. Jesús dijo: En esto, hablas verdad, mas no aceptas el testimonio que doy de mí mismo. El juez dijo: Yo no te condeno injustamente. Y Jesús remachó: Si escuchases la voz de tu conciencia, no condenarías con ligereza a nadie.

11. Empero los niños interrumpieron, clamando a coro: ¡Oh juez, tú no sabes qué contestarle! Préstanos oído, y te informaremos de lo que le concierne. ¿O es que no podemos nosotros responderle una palabra? Jesús les respondió: ¿Qué es lo que vosotros tenéis que decir de mí? Los niños replicaron: Desde que llegaste a esta ciudad, nos has causado muchas contrariedades y muchas vejaciones, que hemos perdonado, porque eres pobre y extranjero. Pero ahora que has ocasionado tal catástrofe, y que nos has expuesto a la muerte, es justo que te hagamos perecer. Entonces el juez preguntó: ¿Es éste el niño de quien afirmáis que engaña a los ojos por prestigios? Los niños respondieron a una: Sí. Mas Jesús observó: Sé que os habéis ligado todos contra mí, y que queréis condenarme a muerte injustamente. Y el juez dijo: ¿Cómo puedes pretender que no tienes testigos contrarios, y que te estimas inocente? Jesús dijo: Si me doy a mí mismo un testimonio verdadero, ¿me creerás? El juez dijo: Sí, te creeré. Y Jesús añadió: Espera un instante, que voy a darte la prueba.

 

12. Y, esto dicho, Jesús, profundamente indignado, se aproximé al muerto, y clamé a voz: Jonathan, hijo de Beria, yérguete sobre tus pies, abre los ojos, y descubre a quien te precipitó al pozo. Y, en el mismo instante, el muerto se levantó, abrió los ojos, miró a todos los allí presentes, y los reconoció, llamándolos por sus nombres. Sus padres lanzaron un grito y, muy gozosos, lo estrecharon entre sus brazos, y lo cubrieron de besos. Y lo interrogaron, diciéndole: Hijo mío, ¿qué te devolvió a la vida? Y él mostró con el dedo a Jesús, el cual le preguntó: ¿Quién fue el causante de tu pérdida? Y Jonathan repuso: No fuiste tú, señor, sino mi primo Saraka. El fue quien, después de golpearme, me hizo caer al pozo. Entonces Jesús dijo: Oíd todos vosotros cómo el muerto acaba de dar testimonio de mí. Cuando tal vieron, los asistentes al prodigio exclamaron, acometidos de espanto: En verdad este niño es Dios e hijo del Padre, venido a la tierra. Y Jesús dijo: Juez inicuo, ¿crees ahora en mi testimonio y en mi inocencia? ¿Has visto cómo mis actos engañan las miradas, y cuál ha sido mi conducta junto al pozo? Mas el juez, en su confusión, no le respondió palabra.

13. Y el niño continué con vida hasta el atardecer, tiempo bastante para que multitud de personas fuesen a comprobar el milagro hecho por Jesús, a cuyos pies se arrojaban todos, confesando sus pecados. Luego Jesús dijo al muchachito: Ea, duerme ya, y descansa, en espera de que el juez de todos los hombres venga a pautar las recompensas, y a imponer sus justos decretos. Y, cuando Jesús hubo pronunciado estas palabras, el niño recliné su cabeza sobre el leché, y quedó dormido. Ante cuyo espectáculo, todos fueron poseídos de pánico, y temieron a Jesús. Y, cuando éste quiso salir, se pusieron de hinojos ante él, y le suplicaron: ¡Devuelve la vida al muerto! Mas Jesús no consintió en ello, y les dijo: Injustamente, y a pesar de mi inocencia, quisisteis condenarme, mas mi justicia me ha librado de la muerte. Y, después de responderles así, desapareció de sus ojos. Y José, sacado de la prisión, volvió en silencio a su casa, y contó a María los prodigios realiza. dos por su hijo. Y los padres del niño muerto fueron, deshechos en lágrimas, a buscar a Jesús, y, no encontrándolo, rogaron a José: ¿Dónde está tu hijo, para que venga a resucitar a nuestro difunto? Mas José dijo: Lo ignoro.

7ª Parte

De cómo la Sagrada Familia fue al país de Galilea y vio que hizo Jesús con los niños de los hebreos.

Un milagro

XXIII 1. Y José se levantó al despuntar el día, tomó al niño y a su madre, y, saliendo de la villa, caminaron en silencio. Y María preguntó a Jesús: Hijo mío, ¿por qué te has escondido así de esas gentes? Respondió Jesús: Madre mía, guarda silencio, y prosigue tu camino en paz. Yo haré siempre lo que convenga. Y permanecieron allí seis meses. Y Jesús circulaba por el territorio de la villa. E iba a sentarse cerca de los niños, en el lugar en que se reunían los niños, con los cuales mantenía largas conversaciones. Pero ellos no podían comprender lo que les decía.

2. Después, Jesús conducía a los niños al borde de un pozo, adonde toda la villa iba a buscar agua. Y, tomando de manos de los niños sus cántaros, los entrechocaba, o los rompía contra la piedra, y los echaba al pozo. Y los niños no se atrevían a volver a su casa, por temor al castigo de sus padres. Y Jesús, al verlos llorar, los llamaba a sí, y les decía: No lloréis, porque os devolverá vuestros cántaros. E, inclinándose sobre el pozo, daba órdenes al agua, y ésta sacaba los cántaros intactos a su superficie. Y cada uno de los niños recogía el suyo, y retornaban a sus hogares, y contaban a todos los milagros de Jesús.

3. Un día, Jesús llevó consigo a los niños, y los detuvo cerca de un gran árbol. Y Jesús mandó al árbol que bajase su ramaje, al cual subió, y sobre el cual se senté. Y mandó al árbol levantarse, y el árbol se elevó, dominando todo aquel paraje, y Jesús permaneció en él una hora. Y, como los niños le gritasen, diciéndole que mandase al árbol bajarse, para subir ellos asimismo, Jesús ordenó al árbol que inclinase sus ramas, y dijo a sus compañeros: Venid junto a mí. Y los niños subieron alegremente, y se colocaron en torno a Jesús. Y éste, después de haber esperado un poco, mandó al árbol bajarse otra vez. Y los niños descendieron con Jesús, y el árbol recobré su posición.

4. Y sucedió también que otro día que los niños se encontraban reunidos en cierto lugar, y Jesús estaba con ellos. Y había allá un muchacho de doce años, atacado, en toda su persona, de dolencias penosísimas. Leproso, epiléptico, mutilado en las extremidades de sus manos y de sus pies, había perdido la forma humana, no podía andar, y yacía a un lado del camino. Cuando Jesús lo vio, se apiadó de él, y le dijo: Niño, muéstrate a mí. Y el muchacho, despojándose de sus vestidos, quedó desnudo. Y Jesús ordenó a los niños que lo extendiesen por tierra, amasé polvo del suelo, lo esparció sobre el paciente, y dijo: Alarga tu mano, porque curado eres de todas tus enfermedades. Y, en el mismo instante, toda su piel dañada se separó de su cuerpo, sus tendones y las articulaciones de sus huesos se afirmaron, y su carne se volvió como la carne de un recién nacido, y fue limpio. Y se levantó, llorando, se precipité a los pies de Jesús, y se prosterné ante él. Y Jesús le dijo: Ve en paz. Y marchó alegremente en dirección a su morada, Y, todos los que se hallaban con él, testigos del milagro que Jesús había hecho, quisieron verlo, mas no lo encontraron.

De cómo la Sagrada Familia fue a la villa de Emmaús y cómo Jesús curó a los enfermos.

Milagros operados por él

 

XXIV 1. En vista de lo ocurrido, María y José tomaron a Jesús durante la noche, marcharon a una aldea llamada Emmaús, donde decidieron residir. Y Jesús tenía diez años, y circulaba por la comarca. Y, un día, saliendo de su albergue, fue a otra aldea llamada Epathaíea o Ephaía. Y, en su ruta, encontró a un muchacho de quince años, cuya persona entera era una pura llaga. No podía servirse de sus pies, sino que marchaba arrastrándose, y, cuando alguien discurría por allí, imploraba su misericordia. Jesús lo vio de lejos, y pasó por frente a él. Y el leproso le dijo: ¡Niño, te ruego que me escuches! Por la salud de tus padres, dame una limosna, y Dios te recompensará tu beneficio. Jesús repuso: Soy pobre e indigente, como tú, y, además, hijo de un extranjero. ¿Cómo podría darte una limosna? El leproso replicó: No alegues falsos pretextos. Si te queda en reserva una monedita, un óbolo o un pedazo de pan, préstame algún pequeño socorro, que demuestre tu generosidad, pues bien veo a qué clase perteneces, aunque, por la edad, no seas más que un niño. Yo estimo, en efecto, que eres de elevado linaje, e hijo de un general de los ejércitos reales, probablemente. Porque tus rasgos te denuncian. No te ocultes de mí, que noto una presencia distinguida y una belleza extremada.

2. Preguntó Jesús: ¿A qué raza perteneces? El leproso respondió: A la raza de Israel y a la rama de Judá. Jesús añadió: ¿Tienes padre y madre? ¿Cuidan de ti? El leproso explicó: Mi padre ha muerto y mi madre es la que me sirve conforme al capricho suyo. Y Jesús dijo, extrañado: ¿Cómo así? Y el leproso repuso: Ya ves que estoy enfermo. Al oscurecer, mi madre viene, y me vuelve a la casa. Al día siguiente, me trae otra vez aquí. Los viandantes me hacen graciosamente limosnas, y, gracias a ellas, subsisto. Preguntó Jesús: ¿Por qué no te has presentado a los médicos, para que te curen? El respondió: Estoy imposibilitado por mi enfermedad, no podría hacerlo y mi madre apenas cuida de mí. Porque, desde que me dio a luz, he crecido entre muchos gemidos y dolores. Y, por la violencia y la atrocidad de mis males, los miembros de mi cuerpo se han relajado y desunido, los tendones de mis huesos se han consumido en la putrefacción, toda mi persona se ha cubierto de úlceras, como bien ves.

3. Y Jesús dijo: Conozco médicos que saben componer un remedio, que da la muerte y la vida. Si quieres aplicártelo, este remedio será tu curación. El leproso replicó: Desde mi infancia hasta hoy día, jamás he consultado con ningún médico, y jamás he oído decir que mi mal haya sido curado por un hombre. Mas Jesús insistió: ¿No te advertí que hay médicos hábiles, que traen de la muerte a la vida? Y el leproso dijo: ¿Y por cuál remedio puede un hombre curar semejante estrago? Jesús repuso: Por una simple palabra, y no por un remedio. Al oír esto, el joven quedó vivamente sorprendido, y exclamó: ¡He aquí cosas asombrosas! ¿Cómo un mal puede ser curado sin el auxilio de remedio alguno? Jesús dijo: Existen médicos que, de una ojeada tan sólo, distinguen las enfermedades mortales de las curables. El leproso insinuó: Y tú, que cuentas menos edad que yo, ¿de dónde has sacado tanta ciencia? Jesús repuso: De lecciones oídas y de mi saber propio. Y el leproso objetó: ¿Por ventura has visto con tus propios ojos que un hombre haya sido curado de tamaño mal?

 

4. Y Jesús replicó: Entiendo algo en este asunto, por ser hijo de médico. El leproso dijo: ¿Afirmas seriamente que entiendes en este asunto? Jesús dijo: Puedo curar todos los males por una simple palabra, cuyos efectos he visto, y que he aprendido de mi padre. El leproso interrogó: ¿De qué país es tu padre, y quién puede ponerme en comunicación con él? Contestó Jesús: Aquel a quien entregues los honorarios de tu curación, te presentará a mi padre, y éste te devolverá la salud. El leproso preguntó: ¿Cuáles son los honorarios que reclamas de mí? Respondió Jesús: Poca cosa: un sextario de monedas, en oro y en plata, piedras preciosas de bella agua y perlas finas de alto valor. El leproso, que tal oyó, se echó a reír con amargura, y dijo: ¡Por la vida del Señor, que ni he oído siquiera el nombre de esas cosas! Pero escucha. Tu edad es la de un niño, y todo te resulta cómodo, por ser hijo de padre noble y vástago de una casa principal. Yo, pobre como soy, no te parezco más que un objeto de irrisión y de burla. ¿De dónde me vendría esa opulencia de que me hablas? Y Jesús lo reprendió, diciendo: ¿Por qué te enojas así? Todo lo que te dije, fue por pura benevolencia.

5. Y el leproso declaró: Varias veces se me ha puesto a prueba. Y tú también ves perfectamente que no poseo nada excepto el vestido que me cubre, y el alimento diario, que Dios nos dispensa a mi madre y a mí. Jesús preguntó: Entonces, ¿cómo quieres curarte, teniendo las manos vacías? Respondió el leproso: Dios vendrá en mi ayuda. Jesús dijo: Bien sé que Dios puede hacer todo lo que le piden los que lo invocan con fe. Mas, con todo eso, ¿cómo curarte, puesto que eres pobre? El leproso dijo: Mucho me admira que gastes tantas palabras para abrumarme. Jesús indicó: Conozco un tanto las cosas de la ley. Y el leproso dijo: Si has leído a menudo los mandamientos de Dios, sabrás cómo debe tratarse a los pobres y los indigentes. Jesús completó: Hay que usar con ellos de amor y de misericordia. Y el leproso refrendé, con llanto en sus mejillas: Has hablado con verdad y con bondad. Compadécete, pues, de mí, y el que es dispensador de todos los bienes, te lo devolverá.

6. Cuando Jesús lo vio bañado en lágrimas, se enterneció, y le dijo: Sí, me compadezco de ti. Y, en el mismo instante, extendió su mano, y tomó la del leproso, diciendo: Levántate, yérguete sobre tus pies, y ve en paz a tu casa. Y, tan pronto pronunció estas palabras Jesús, el leproso se levantó, e inclinándose, se prosterné ante él, y le dijo: Dios te trate amorosa y misericordiosamente, como tú me has tratado. Y Jesús repuso: Ve en paz, y no digas a nadie nada de lo que te hice. Y el leproso lo consultó, diciendo: Si alguien me pregunta quién me curé, ¿qué he de contestar? Jesús repuso: Que un niño, hijo de un médico, que pasaba por el camino, te vio, se compadeció de ti, y te devolvió la salud. Y el muchacho curado se prosternó de nuevo a los pies de Jesús, y volvió, gozoso, al lado de su madre.

7. Y, cuando su madre lo vio, lanzó un grito de júbilo, y le dijo: ¿Quién te ha curado? Y él dijo: Me ha curado, por una simple palabra, el hijo de un noble médico, que se encontró conmigo. Al oír estas palabras, la madre y todos los que estaban allí, se congregaron alrededor del muchacho, y le preguntaron: ¿ Dónde está ese médico? Y él contestó: No lo sé, y, además, me ordenó que no descubriese a nadie la caridad que usó con mi persona. Y los que oían desde lejos el prodigio que había pasado, se admiraban, y decían: ¿Quién es ese niño, que posee tal don de ciencia, y que opera milagros tan insignes? Y muchos creyeron en su nombre. Y deseaban verlo, mas no podían, porque Jesús se había ocultado a sus ojos.

 

De cómo el ángel advirtió a José que Iuese al pueblo de Nazareth

XXV 1. Y un miércoles, día cuarto de la semana, el ángel del Señor apareció a José, en una visión nocturna, y le dijo: Levántate, toma al niño y a su madre, y ve al pueblo de Nazareth, donde fijarás tu residencia, y de donde no te alejarás. Construirás allí una casa, y habitarás en ella durante largo tiempo, hasta que Dios, en su bondad, te dé otro aviso. Y, habiendo dicho esto, el ángel lo abandonó. Y, al día siguiente, José se levantó temprano, tomó al niño y a su madre, y fue al pueblo de Nazareth, a la casa en que moraban antes, y en la que permanecieron dieciocho años. Y Jesús tenía doce, cuando llegó a Nazareth, lo que da la suma de treinta años.

2. Y el día segundo de la semana, Jesús salió de Nazareth, y fue a sentarse en un paraje del camino. Y divisó a dos muchachos que avanzaban, y que disputaban entre sí violentamente. Y vinieron a las manos, y se pegaron el uno al otro. Mas, cuando vieron a Jesús, cesaron de pelear, y, aproximándose, se prosternaron ante él. Jesús les ordenó que se sentasen, y lo hicieron así. Y Jesús les preguntó: Niños, ¿de qué proviene tamaña cólera? ¿Qué desacuerdo os divide, para que cambiéis golpes con tal violencia? Uno de los dos, que era el más joven, repuso: Es que no hay aquí juez que nos juzgue en derecho. Jesús dijo: ¿Cómo os llamáis? El más joven respondió: Mi nombre es Malaquías, y el de éste Miqueas. Somos dos hermanos, unidos por sentimientos de familia. Y Jesús objetó: ¿Por qué, pues, os tratáis tan animosa e injuriosamente?

3. Malaquías expuso a Jesús: Ruégote, niño, que escuches lo que decirte quiero. Mi hermano es mayor que yo, que soy su segundón. Y se esfuerza en tratarme inicuamente, lo que no le permito en modo alguno. Pronuncia, por tanto, entre nosotros, un juicio equitativo. Jesús replicó: Explícame en qué consiste el motivo de vuestro disgusto. Miqueas observó: Parece que eres hijo de juez y descendiente de grandes monarcas. Jesús refrendé: Tú lo has dicho. Y Miqueas exclamó: ¡Dios te recompense, a ti y a tus padres, si hoy traes, a mi hermano y a mí, la justicia con la paz!

4. Mas Jesús dijo: ¿Quién me puso por juez o partidor sobre vosotros? Bien comprendo que no queréis someteros a mis mandatos. Los dos hermanos replicaron: No digas eso, ni nos hagas tamaña afrenta. Nos tomas por niños ignorantes. Tenemos, sin embargo, letras, y conocemos la ley divina. Jesús indicó: Ante todo, contraed el compromiso de no engañaros mutuamente, y de hacer lo que yo exija. Y los muchachos clamaron a una: Tomamos por testigo a la ley divina, y juramos sobre sus mandamientos obedecer tus órdenes, como órdenes emanadas de la Puerta Real. Y Jesús repuso: Reveladme la verdad, para que la oiga de vosotros.

 

5. Y Malaquías dijo: Somos dos hermanos, que quedamos huérfanos de padre y madre. Nuestros progenitores nos dejaron una herencia, y personas extrañas a la familia retienen por usurpación nuestro patrimonio. Y disputamos entre nosotros, porque mi hermano trata de desposeerme injustamente, y yo no me presto a ello. Y Jesús preguntó: Cuando murieron vuestros padres, ¿a quién os confiaron en calidad de tutor o encargado, hasta que alcanzaseis la edad de la razón? Los niños dijeron: Ninguno de los dos se acuerda de nuestros padres. Jesús los interrogó: ¿Por qué, pues, os querelláis el uno con el otro? Y Malaquías contestó: Mi hermano procura perjudicarme, alegando que es el mayor. Mas Jesús repuso: No obréis así. Si queréis escucharme, haced paces, y repartid amistosamente vuestros bienes. Y Miqueas dijo a Jesús: Niño, reconozco que procedes con cordura, al hablarnos de conciliación. Empero cuanto al juicio que pronuncias, es muy distinto, y óyeme lo que decirte quiero. Cuando murieron nuestros padres, yo tenía más edad que mi hermano, que la tenía muy corta aún, y me empleé, con muchos esfuerzos, en reconstituir nuestro patrimonio, que estaba devastado y en el abandono más completo. Yo solo realicé ese trabajo penoso, y mi hermano no sabe nada de ello.

6. Jesús lo hizo observar: Pero es tu hermano, y es un niño. Hasta hoy, lo has sustentado y nutrido por caridad. No le hagas daño ahora. Id, y repartid vuestros bienes con equidad. Guardaos mutuo afecto, y la paz de Dios será con vosotros. Y ellos, obedientes a los deseos de Jesús, se prosternaron ante él. Y, cayendo el uno en los brazos del otro, se besaron, y dijeron a Jesús: Hijo de rey, por cuya mediación se ha restablecido la armonía entre ambos, Dios glorifique tu persona y tu santo nombre por toda la tierra. Te rogamos que nos bendigas. Y Jesús repuso: Id en paz. y que el amor de Dios permanezca en vosotros.

7. Y, luego que Jesús hubo hablado de esta suerte, se prosternaron de nuevo ante él, y se fueron a su casa. Y Jesús regresó a la suya de Nazareth, junto a María. Y su madre, al verlo, le preguntó: ¿Dónde has estado el día entero, sin comprender que ignoro lo que pueda ocurrirte, y que me alarmo por ti, al pensar que andas solo por sitios apartados? Y Jesús respondió: ¿Qué me quieres? ¿No sabes que debo, de aquí en adelante, recorrer la región, y cumplir lo que de mí está escrito? Porque para esto es para lo que he sido enviado. María opuso: Hijo mío, como no eres todavía más que un niño, y no un hombre hecho, temo de continuo que te suceda alguna desgracia. Mas Jesús advirtió: Madre mía, tus pensamientos no son razonables, porque yo sé todas las cosas que han de venir sobre mí. Y María replicó: No te aflijas por lo que te dije, pues muchos fantasmas me obsesionan, e ignoro lo que he de hacer. Y Jesús preguntó: ¿Qué piensas hacer conmigo? Respondió su madre: Eso es lo que me causa pena, porque tu padre y yo hemos cuidado de que aprendieses todas las profesiones en tu primera infancia, y tú no has hecho nada, ni te has prestado a nada. Y ahora, que eres ya mayorcito, ¿qué quieres hacer, y cómo quieres vivir sobre la tierra?

 

8. Al oír esto, Jesús se conmovi&oac

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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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