LA CATEQUESÍS DEL TERCER MILENIO
Dentro de nuestras sociedades es cada vez más difícil vivir
nuestra fe, el mundo ofrece placer, diversiones, “ley del menor
esfuerzo”, falsos ídolos que nos alejan del amor de Dios.
Fenómenos tales como la secularización, Nueva Era, diversas ideologías nos
plantean nuevos retos para permanecer en la presencia de Dios.
Jesucristo nos sigue recordando:
“Yo soy el camino, la verdad
y la vida. Nadie va al Padre sino por mí...”
(Jn 14,6).
Jesucristo es la respuesta, es el único medio
de salvación, es la verdad y el amor vivo. Un
mundo que se quiere negar a sí mismo alejándose de
Dios no saldrá adelante, va a la perdición. Unámonos a
Jesucristo, unámonos a Dios, amemos a la Iglesia y, amemos
y vivamos su Palabra.
A) Llamado a una nueva evangelizaciónMuchas comunidades
e individuos están llamados a vivir hoy en un mundo
pluralista y secularizado, en el que se dan formas de
incredulidad e indiferencia religiosa; en muchas personas se dan hoy
con fuerza la búsqueda de certezas y de valores, pero
a la vez existen varias formas falsas de religiosidad.
Ante
estas complejas situaciones, algunos cristianos pueden encontrarse confusos y desorientados,
sin saber hacer frente a tales situaciones, ni discernir los
mensajes que transmiten, y esto les lleva a abandonar una
práctica religiosa regular, terminando por vivir como si Dios no
existiera. Su fe, sometida a prueba y amenazada, corre el
riesgo de apagarse y morir, si no se la alimenta
y sostiene constantemente.
Se hace indispensable una catequesis evangelizadora, es decir,
“una catequesis llena de savia evangélica y con un lenguaje
adaptado a los tiempos y a las personas”. Ésta tiene
por objetivo educar a los cristianos en el sentido de
su identidad de bautizados, de creyentes y de miembros de
la Iglesia, abiertos y en diálogo con el mundo. Les
vuelve a proponer los elementos fundamentales de la fe, los
impulsa a una conversión auténtica, los ayuda a profundizar en
la verdad y el valor del mensaje cristiano ante las
objeciones teóricas y prácticas, los anima a discernir y a
vivir el Evangelio en lo cotidiano, los capacita para dar
razón de la esperanza que hay en ellos, los fortalece
en su vocación misionera con el testimonio, el diálogo y
el anuncio.
Hoy nos encontramos ante una situación religiosa bastante diversificada
y cambiante; los pueblos están en movimiento; realidades sociales y
religiosas, que tiempo atrás eran claras y definidas, hoy día
se transforman en situaciones complejas. Baste pensar en algunos fenómenos,
como el neoliberalismo, las migraciones masivas, la descristianización de países
de antigua cristiandad, el influjo pujante del Evangelio y de
sus valores en naciones con mayoría no cristiana, la aparición
de mesianismos y sectas religiosas.
Todas las formas de la actividad
misionera están marcadas por el objetivo de promover la libertad
del hombre, anunciándole a Jesucristo. La Iglesia es fiel a
Cristo, del cual es el cuerpo y continuadora de su
misión. Es necesario que ella camine “por el mismo sendero
que Cristo; es decir, por el sendero de la pobreza,
la obediencia, el servicio y la inmolación propia hasta la
muerte, de la que surgió victorioso por su resurrección. (Ad
gentes, 5; Lumen Gentium, 8).
La Iglesia pues, tiene el deber
de hacer todo lo posible para desarrollar su misión en
el mundo y llegar a todos los pueblos; tiene también
el derecho que le ha dado Dios para realizar su
plan. La libertad religiosa y la garantía de todas las
libertades que aseguran el bien común de las personas y
de los pueblos. Es de desear que la auténtica libertad
religiosa sea concedida a todos en todo lugar; ya con
este fin la Iglesia despliega su labor en los diferentes
países.
Por otra parte, la Iglesia se dirige al hombre en
el pleno respeto de su libertad. La misión no coarta
la libertad, sino más bien la favorece. La Iglesia propone,
no impone nada: respeta las personas y las culturas, y
se detiene ante el Sagrario de la conciencia. A quienes
se oponen con los pretextos más variados a la actividad
misionera de la Iglesia, ella va repitiendo: ¡Abran las puertas
a Cristo!.
B) Catequesis: enseñanza de los apóstolesLa tarea que realiza
el catequista participa de la propia misión de Jesús y
se remonta a la Iglesia apostólica. En realidad, “el mensaje
evangelizador de la Iglesia, hoy y siempre, es el mensaje
de la predicación de Jesús y de los Apóstoles”.
•El catequista
es, por tanto, testigo y eslabón de una tradición que
“deriva de los apóstoles” (Dei verbum, 8). Quien catequiza transmite
el Evangelio que, a su vez, ha recibido: “Les transmití
lo que a mi vez recibí” (1 Cor 15,3).
“La predicación
apostólica... se ha de conservar por transmisión continua hasta el
fin de los tiempos” (Dei Verbum, 8). Hay en ella
ciertas constantes, inalterables al paso del tiempo, que configuran toda
la misión de la Iglesia y, por tanto, la catequesis.
El catequista ha de conformar su acción educadora con apego
al depósito de la Fe si no quiere exponerse a
“correr en vano” (Gal 2,2).
Hacemos nuestra la sensibilidad de Juan
Pablo II al recordarnos el respeto con que hemos de
tratar el Evangelio recibido:
Todo catequista debería poder aplicar así mismo
la misteriosa frase de Jesús:
“Mi doctrina no es mía
sino del que me ha enviado”(Jn 7,16).
Qué contacto asiduo con
la Palabra de Dios, transmitida por el Magisterio de la
Iglesia, qué familiaridad profunda con Cristo y con el Padre,
qué espíritu de oración, qué despego de sí mismo ha
de tener el catequista para poder decir “mi doctrina no
es mía” (Catechesi Tradendae, 10).
•La acción catequizadora de los apóstoles
es uno de los pilares sobre los que crecen las
primeras comunidades cristianas: “Acudían asiduamente a la enseñanza de los
apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y
a las oraciones” (Hech 2,42).
“Se encuentra aquí, sin duda alguna,
la imagen permanente de una Iglesia que, gracias a las
enseñanzas de los Apóstoles, nace y se nutre continuamente de
la Palabra del Señor, la celebra en el sacrificio eucarístico
y da testimonio al mundo con el signo de la
caridad” (Catechesi Tradendae, 10).
•Pronto los apóstoles comparten con otros su
ministerio. Asocian a otros discípulos en su tarea de catequizar.
Incluso simples cristianos, dispersados por la persecución (Hech 8,4), van
por todas partes transmitiendo el Evangelio. Con ellos la cadena
ininterrumpida de los catequistas empieza a extenderse.
•La Iglesia continúa esta
misión de enseñar de los Apóstoles y de sus primeros
colaboradores. En los siglos III y IV, Obispos y Pastores,
los de mayor prestigio, consideran como parte esencial de su
ministerio episcopal enseñar de palabra o escribir tratados catequéticos. Vincula
directamente a su ministerio la acción catequizadora de sus Iglesias
para encauzar mejor, así, su crecimiento y consolidación.
•En esta sucesión
ininterrumpida de catequistas a lo largo de los siglos, la
catequesis saca siempre nuevas energías de los concilios, con los
que la figura del catequista se fortalece.
El Concilio de Trento
da un impulso trascendental a la catequesis, al requerir celosamente
la formación religiosa del pueblo y particularmente de los niños.
La función del catequista no queda reservada a los párrocos
y a los padres sino que se encomienda también a
maestros, religiosos y a todo seglar dispuesto a colaborar.
•El Concilio
Vaticano II está impulsando, igualmente, una verdadera renovación catequética en
nuestros días. Los grandes documentos conciliares sobre la divina Revelación
(Dei Verbum), sobre la Iglesia (Lumen Gentium), sobre la sagrada
Liturgia (Sacrosantum concilium) y sobre la Iglesia en el mundo
contemporáneo (Gaudium et Spes), establecen los fundamentos de esa renovación
y dibujan implícitamente la figura de un nuevo tipo de
catequista.
Además de saberse parte de una tradición viva, el catequista
ve configurada su identidad por su inserción en la comunidad
eclesial. No es un evangelizador aislado, que actúa por su
cuenta, es como un árbol arraigado en el terreno firme
de la comunidad cristiana. Sólo desde esa vinculación su acción
podrá producir fruto.
C) Integral: Al hombre y a la sociedad
actuales El catequista no es un ser aislado que transmite
una tradición muerta. Para transmitir el Evangelio, que es invitación
actual al hombre, necesita estar abierto a los problemas y
deseos de la persona y del entorno social en que
vive.
Esta apertura a lo humano es una exigencia del Espíritu
ya que es Él “quien hace discernir los signos de
los tiempos - signos de Dios - que la evangelización
descubre y valoriza en el interior de la historia” (Evangelii
Nuntiandi, 75).
Enraizado en su ambiente, el catequista comparte “los gozos
y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los
hombres de nuestro tiempo” (Gaudium et Spes, 1) y se
compromete con ellos. Precisamente es esta sensibilidad para lo humano
la que hace que su palabra catequizadora pueda echar raíces
en los intereses profundos del hombre e iluminar las situaciones
humanas más urgentes, promoviendo una respuesta viva al Evangelio. Su
propio testimonio de compromiso social, compatible con su dedicación a
la catequesis tiene un valor educativo muy importante.
•A veces, sin
embargo, el catequista puede verse tentado por la sospecha de
si su servicio catequizador es un verdadero compromiso con los
hombres y si su puesto, no estará en asumir exclusivamente
responsabilidades sociales directas, sin tener que dedicar su tiempo a
la tarea de educar la fe, que queda en el
ámbito de la Misión. Pudiera parecerle que otros agentes evangelizadores,
íntegramente comprometidos en la promoción de la justicia, sirven a
la causa del Evangelio mejor que él.
No debe caer en
esa tentación ya que la tarea catequética es profundamente humanizadora.
Da a conocer y vincula a Jesucristo, que es la
afirmación del hombre. Transmite el Evangelio, que es un mensaje
que encierra un sentido profundo para la vida y responde
a los deseos más hondos del corazón humano. Inicia en
el compromiso social. Abriendo al cristiano a “las consecuencias sociales
de las exigencias evangélicas” (Catechesi Tradendae, 29). Sin la catequesis
que él imparte los cristianos no podrían desarrollar en el
mundo una acción comprometida realmente evangélica.
Por otra parte, junto a
esta dimensión social, la catequesis colabora a una inserción más
humana del cristiano en la trama de lo cotidiano. Como
centro de todo está el Evangelio en el Amor, con
los innumerables aspectos de esta dimensión cristiana fundamental (1 Cor
13,1-13), la vida evangélica en la que inicia el catequista
proporciona una honda densidad humana en la vida diaria.
La acción
catequética es un servicio, y un servicio educativo a unos
hombres concretos. El catequista realiza su tarea atento no sólo
al mensaje del Evangelio sino al hombre a quien catequiza.
El
catequista participa de la evangelización que tiene como finalidad “anunciar
la Buena Nueva a toda la humanidad para que viva
de ella” (Catechesi Tradendae, 18). Se trata de la “Buena
Nueva del Reino que llega y que ya ha comenzado”
(Evangelii Nuntiandi, 13).
Este Reino de Dios se realiza en Jesucristo:
“La
evangelización debe contener siempre - como base, centro y a
la vez, culmen de su dinamismo - una clara proclamación
de que en Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre, muerto
y resucitado se nos ofrece la salvación a todos los
hombres, como don de la gracia y de la misericordia
de Dios” (Evangelii Nuntiandi, 27).
La Iglesia depositaria de la Revelación
plena en Jesucristo, se prepara para este Tercer Milenio, se
renueva espiritualmente y adecua sus métodos de trabajo evangelizador para
dar una mejor respuesta al hombre de hoy. Nuestra realidad
actual así lo exige. Sin embargo, hay grupos aislados que
intentan meter miedo a la gente en relación al fin
del mundo, acerca de mentiras propias de su organización, manipulando
la Biblia con Interpretaciones de tipo “fundamentalistas”, sin base doctrinal,
teológica o histórica. En este momento especial del término de
dos mil años de cristianismo, es necesario predicar la Buena
Nueva, predicar a Jesucristo, pero al Dios revelado por Él
y no un invento humano, ¡sé cuidadoso y prepárate mejor!.
Te
sugerimos profundizar en el siguiente material:
1. Bula de convocación “Incarnationis
Mysterium”
29 de Noviembre de 1998, S.S. Juan Pablo II
2. Exhortación
apostólica “Catechesi Tradendae”
Sobre la catequesis en nuestro tiempo
16 de octubre
de 1979, S.S. Juan Pablo II
3. Carta encíclica “Redemptoris Missio”
Sobre
la permanente validez del mandato misionero,
07 .12. 90, S.S. Juan
Pablo II
4. Encíclica “Evangelii Nuntiandi”
Sobre la evangelización del mundo contemporáneo
8
de diciembre de 1975, Papa Pablo VI
5. Carta apostólica “Tertio
Millennio Adveniente”
Sobre el Jubileo del año 2,000
10 de noviembre de
1994, S.S. Juan Pablo II
6. Directorio General para la catequesis
Librería
Editrice Vaticana
Ciudad del Vaticano, 1997
7. El catequista y su formación
Comisión
Episcopal de Enseñanza y Catequesis
Madrid, 1985
Transcrito por: Cristobal Aguilar.