¿ES POSIBLE LA SANTIDAD ACTUALMENTE?
LA SANTIDADEn esta primera parte, vamos a tratar de la
santidad y de cómo todos nosotros podemos y debemos ser
santos. Porque la santidad no es un privilegio de unos
pocos, sino un deber de todos. Y, si Dios quiere
que seas santo, ¿por qué tú no lo vas a
querer? ¿Crees que es muy difícil? Para ti solo es
imposible, pero no olvides lo que dice Jesús: “Sin Mí
no podéis hacer nada” (Jn 15,5), pero “todo es posible
al que cree” (Mc 9,23). Por eso, San Pablo afirma:
“Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Fil 4,13).
DIOS
TE QUIERE SANTODios, tu Padre, que te ha creado, quiere
lo mejor para ti Y, por eso, quiere que seas
santo. La voluntad de Dios es tu santificación (1 Tes
4,3). Dios te eligió desde antes de la formación del
mundo para que seas santo e inmaculado ante Él por
el amor (Ef 1,4). Por eso, en la Biblia, que
es una carta de amor de Dios, se insiste mucho:
“Sed santos, porque yo vuestro Dios soy santo” (Lev 19,2;
20,26). Y Jesús nos dice: “Sed santos como vuestro Padre
celestial es santo” (Mt 5,48). Así que tú y yo,
y todos "los santificados en Cristo Jesús, estamos llamados a
ser santos" (l Co 1,2).
El mismo Catecismo de la Iglesia
Cató1ica nos habla en este sentido: "Todos los fieles son
llamados a la plenitud de la vida cristiana" (Cat 2028).
"Todos los cristianos, de cualquier estado o condición están llamados
cada uno por su propio camino, a la perfección de
la santidad" (Cat 825).
En el concilio Vaticano II, en la
Constitución "Lumen gentium", todo el capítulo V está dedicado a
la vocación universal a la santidad. Y dice en concreto:
“Quedan invitados, y aun obligados, todos los fieles cristianos a
buscar insistentemente la santidad y la perfección dentro del propio
estado” (Lumen gentium n° 42).
Así que está claro que puedes
ser santo. Dios lo quiere ¿y tú? No digas que
no tienes las cualidades necesarias. No digas que Dios no
te ha llamado. No has venido al mundo por casualidad.
No eres un cualquiera para Dios, no eres uno más
entre los millones de hombres que han existido, existen o
existirán. Él te ama con un amor personal. Él te
conoce por tu nombre y apellidos. Él quiere siempre lo
mejor para ti y sigue soñando maravillas en tu vida.
¿Lo vas a defraudar en sus planes divinos? ¿Crees que
no vales nada? ¿Crees que todos los demás valen más
que tú? Tú tienes que cumplir tu misión y ser
santo, cumpliendo tu misión con las cualidades que Dios te
ha dado. No envidies a nadie. No sueñes con otras
misiones, no te sientas triste por no tener lo que
tú quisieras “humanamente hablando”. Dios te ama así como eres.
No te compares con los demás para devaluarte o para
creerte superior. Levántate de tus cenizas y de tus pecados.
Levanta la cabeza y mira hacia el cielo. Allí te
espera tu Padre Dios y cuenta contigo para salvar al
mundo.
Sé humilde y servicial con todos. Sé amable, procura hacer
felices a cuantos te rodean. Sé instrumento del amor de
Dios para los demás. Que el amor sea la norma
suprema de tu vida y que, por amor, des tu
vida entera a1 servicio de los demás. Y tu Padre
Dios se sentirá orgulloso de ti y te sonreirá en
tu corazón y sentirás su paz y felicidad dentro de
ti. No temas. Jesús te espera en la Eucaristía para
ayudarte y nunca te abandonará. María es tu Madre y
vela por ti. Los santos son tus hermanos. Y un
ángel bueno te acompaña.
DESEO DE SANTIDAD El primer paso para
ser santo es querer ser santo. Si no quieres serlo,
porque crees que es imposible para ti o simplemente no
quieres, porque crees que hay que sufrir demasiado y prefieres
tu vida tranquila y sin complicaciones... Entonces, estás perdido y
nunca llegarás a la santidad.
Santa Teresa de Jesús nos habla
de que hay que tener una "determinada determinación", una decisión
seria de querer ser santos. Evidentemente, las personas que tienen
una voluntad muy débil y que se quedan en bonitos
deseos, pero no ponen de su parte y no se
esfuerzan, nunca podrán llegar a ser santos, mientras no adquieran
esa fuerza de voluntad que es necesaria para hacer grandes
cosas.
Recuerdo que un día estaba paseando con otro sacerdote y
se nos acercó un buen hombre que le dijo a
mi compañero: “Padre, Ud. es un santo”. Y él le
dijo: “No soy santo, pero quiero ser santo". Una buena
respuesta, reconocer que somos pecadores y nos falta mucho, pero
decir claramente y sin vergüenza: “Quiero ser santo”. Personalmente, cuando
me dicen algo así, les digo: “Solamente soy un aspirante
a la santidad”, ¿y tú?
Si quieres ser santo de verdad,
debes comenzar por ser un buen cristiano. Eso significa que
nunca debes mentir, ni robar, ni decir malas palabras ni
ser irresponsable. Eso supone una decisión firme de evitar todo
lo que ofenda a Dios y a los demás y
querer ser siempre sincero, honesto, honrado, responsable...
Una vez que estás
bien encaminado y deseas amar a Dios sobre todas las
cosas, no debes angustiarte por no ver avances importantes, pues
la santidad es un regalo de Dios que debes pedir
también humildemente todos los días. ¿Lo pides de verdad y
con sinceridad? Pero no pidas un determinado tipo de santidad,
sea con dones místicos o sin ellos, con buena salud
para trabajar o con enfermedad, con puestos importantes o sin
ellos. Déjale a Dios que escoja el tipo de santidad
que quiere para ti. Él te conoce y te ama,
déjate llevar sin condiciones, e invoca a tu santo patrono.
¡Qué importante es tener un nombre cristiano y tener un
santo protector a quien invocar con devoción!
SER SANTO SEGÚN TU
VOCACIÓNToda vocación, incluida la del matrimonio, es un compromiso de
fidelidad, lo cual implica un riesgo, pero vale la pena
arriesgarse como se arriesga el sembrador al echar 1a semilla
o quien se va de viaje o quien comienza una
empresa. El que no quiere correr riesgos y no se
arriesga, nunca hará nada que valga la pena. Por eso,
cada vez hay más hombres que no quieren casarse, y
prefieren divertirse como solteros o, a lo sumo, convivir para
poder después romper fácilmente el compromiso matrimonial. Pareciera que hoy
la mayor parte de la gente no quiere compromisos definitivos.
Pero la vocación es una elección libre, responsable y definitiva,
para toda la vida. Compromete toda la vida hasta sus
últimas consecuencias. Es una entrega total. Por eso, hay que
cultivar todos los días la fidelidad a la propia vocación,
siendo fiel en los más pequeños detalles. Hay que evitar
los permisivismos, que ofuscan la mente y el corazón, pues
nos hacen huir del sacrificio y del esfuerzo, buscando el
mínimo esfuerzo y haciendo siempre lo mínimo indispensable.
Lamentablemente, hay muchos
hogares, conventos y seminarios en los que se ofrecen toda
clase de comodidades y se exige muy poco, y por
este camino nunca se conseguirán verdaderas vocaciones. La auténtica vocación
muere en un ambiente de mediocridad. Los medios términos y
las medias tintas la dejan fuera de combate. La vocación
debe cultivarse cada día en la renuncia a muchas cosas
buenas, pero inconvenientes.
La santidad no se improvisa, no se consigue
de un día para otro. La santidad es un camino
de subida hacia la altura y supone esfuerzo y trabajo
personal. Es sólo para esforzados que tienen fuerza de voluntad
y saben perseverar sin volver atrás. Quizás necesites toda la
vida para prepararte y madurar lo suficiente, o quizás Dios
te regale la santidad en el último momento como un
don, en consideración a tantos años de oración, pidiéndole esta
gracia. Dios tiene caminos distintos para cada uno.
Como dice el
poeta León Felipe:
Nadie fue ayer,
ni va hoy
ni irá mañana
hacia Dios
por
este camino
que yo voy.
Para cada hombre guarda
un rayo nuevo de
luz el sol...
y un camino virgen
Dios.
Lo importante es no desanimarte
nunca en este camino, que, a veces, está lleno de
piedras y espinas. Tu camino es único y distinto al
de todos los otros santos. Dios tiene para ti un
plan único. Tú no eres una fotocopia de otros santos,
sino una flor única en el jardín de Dios. Por
eso, no dejes nunca tu oración personal por muy cansado
que estés y, dado que la santidad es una conquista
personal y un regalo de Dios, debes pedirla todos los
días. Dile todos los días: “Señor, hazme santo”. Y pide
a todos los que puedas que te ayuden con sus
oraciones por “una intención especial”. Así podrás obtener muchas bendiciones,
porque otros muchos te encomiendan en sus oraciones.
Sin embargo, no
necesitas entrar a un convento o hacer grandes penitencias o
grandes obras para ser santo. Basta que cumplas fielmente tus
obligaciones de cada día con amor.
Éste fue precisamente el gran
mensaje que dejó al mundo el fundador del Opus Dei,
el santo Josemaría Escribá de Balaguer. Él decía: “La santidad
grande que Dios nos reclama se encierra aquí y ahora
en las pequeñas cosas de cada jornada” (Amigos de Dios
312). “La santificación del trabajo ordinario constituye como el quicio
de la verdadera espiritualidad para los que, inmersos en las
rea1idades tempora1es, estamos decididos a tratar a Dios" (ib. 61).
“Dios nos espera cada día en un laboratorio, en el
quirófano de un hospital, en el cuartel, en la cátedra
universitaria, en la fábrica, en el taller, en el campo,
en el hogar de familia y en todo el inmenso
panorama del trabajo. Sabedlo bien, hay un algo santo, divino,
escondido en las situaciones más comunes que toca a cada
uno de vosotros descubrir"(Conversaciones 114).
“Hay que santificar el trabajo, santificarse
en el trabajo, santificar a los demás con el trabajo”
(ib. 55). Por eso, “vive tu vida ordinaria, trabaja donde
estás, procurando cumplir los deberes de estado. Sé leal, comprensivo
con los demás y exigente contigo mismo. Sé mortificado y
alegre. Ése será tu apostolado” (Amigos de Dios 273).
Pregúntate a
cada instante como aquella abuelita: “Esto que voy a hacer
¿le gustará a Jesús? ¿Qué haría Jesús en mi lugar?”
Si te hicieras estas preguntas frecuentemente, podrías ver las cosas
de distinta manera y no desde un punto de vista
demasiado humano y egoísta.
El Papa Juan Pablo II, en la
carta apostólica “Novo Millennio ineunte”, dice: “El ideal de perfección
no ha de ser malentendido como si implicase una especie
de vida extraordinaria, practicable sólo por algunos “genios” de la
santidad. Los caminos de la santidad son múltiples y adecuados
a la vocación de cada uno. Doy gracias al Señor
que me ha concedido beatificar y canonizar durante estos años
a tantos cristianos, y entre ellos a muchos laicos, que
se han santificado en las circunstancias más ordinarias de la
vida. Ahora es el momento de proponer de nuevo a
todos con convicción este “alto grado” de la vida cristiana
ordinaria”.
Así que ya lo sabes, tú también puedes ser santo,
tienes madera de santo y estás ya inscrito en la
lista de los futuros santos. ¿Te vas a retirar de
la carrera por cobardía o por comodidad? ¿Qué te dirá
tu Padre Dios, que desea siempre lo mejor para ti?
Él cuenta contigo, no lo olvides.
SANTOS DIFERENTESSi analizas la historia
de la Iglesia, verás cómo ha habido santos de todos
los colores, de todas las razas y en todos los
tiempos y lugares. Ninguna profesión tiene la exclusiva de la
santidad y ninguna esta excluida de ella. Hay santos para
todos los gustos, desde niños pequeños a abuelitos, desde débiles
doncellas a robustos soldados, desde reyes o Papas a agricultores
analfabetos. Veamos algunos ejemplos:
REYES: San Luis Rey de Francia y
San Fernando, rey de Castilla. Santa Isabel de Hungría o
Santa Isabel de Portugal.
SOLDADOS: San Sebastián, el capitán romano
que murió mártir, atravesado por varias flechas. Y tantos otros
mártires de las legiones romanas en los primeros siglos de
cristianismo.
PROFESORES: San Juan Bosco, Marcelino Champagnat y tantos santos y
santas dedicados a la educación de la niñez y de
la juventud.
POLÍTICOS: Santo Tomas Moro, nombrado el 3-10-2000, por el
Papa Juan Pablo II como el patrono de los políticos.
Él ocupó el cargo de canciller de Inglaterra y, por
oponerse a la anulación del matrimonio del Rey Enrique VIII,
fue decapitado en 1535.
MADRES DE FAMILIA: Santa Mónica, la madre
de San Agustín. Santa Francisca Romana, que tuvo 3 hijos
y ayudaba admirablemente a todos los necesitados. Santa Catalina de
Génova, la santa del purgatorio, que consiguió convertir a su
esposo con su vida sacrificada y santa; al igual que
la Beata Ana María Taigi y miles y miles de
madres santas, reconocidas por la Iglesia.
NIÑOS: San Pelayo y San
Tarsicio, que fueron cruelmente asesinados por amor a Jesús. Y
los beatos Jacinta y Francisco, videntes de Fátima.
SABIOS: San Jerónimo,
San Agustín, Santo Tomás de Aquino y tantos otros doctores
de la Iglesia.
ESCLAVOS: Santa Baquita, la joven africana, cinco veces
vendida y cinco veces comprada como esclava. Se hizo religiosa
y llegó a ser un ejemplo de santidad en el
convento.
INDÍGENAS: San Juan Diego, el vidente de la Virgen de
Guadalupe, y Katerina Tekakwitha (1659-1682), apache de USA, beatificada el
22 de junio de 1980.
MÉDICOS: San Cosme y San Damián,
que por su caridad desinteresada, al final, terminaron siendo mártires
de nuestra fe.
ZAPATEROS: San Crispín y San Crispiniano, dos mártires
del siglo III
EMPLEADAS DE HOGAR: Santa Zita, que desde los
12 años sirvió como empleada en una familia distinguida hasta
su muerte, o Angela Salawa, beatificada por el Papa Juan
Pablo II el 13 de agosto de 1991.
PAPAS: Los beatos
Pío IX y Juan XXIII, de feliz memoria, y
otros muchos como San Pedro, San Lino, San Cleto... De
los 264 Papas, que ha habido hasta ahora, la tercera
parte han sido santos. Ninguna profesión tiene un récord tan
alto. Y no olvidemos a los cientos de sacerdotes y
religiosas, que sería demasiado largo enumerar.
ESPOSOS: San Isidro labrador y
su esposa; Luigi y María Beltrame Quattochi (siglo XX) que,
según dijo el Papa Juan Pablo II, vivieron una vida
ordinaria de modo extraordinario y fueron beatificados el 21 de
octubre del 2001. Tuvieron cuatro hijos, dos de ellos sacerdotes.
Incluso,
hay familias enteras de santos como la familia de San
Basilio y su esposa Emelia con todos sus hijos: Pedro
de Sebaste, Gregorio Niseno, Macrina y el grande San Basilio
Magno. (siglo IV)
Y también la familia del venerable Tescelín, su
esposa la beata Alicia y sus hijos los beatos Guy,
Gerardo, Humbelina, Andrés Bartolomé, Nivardo y el gran San
Bernardo de Claraval. (siglo XII)
Todos han sido santos por el
amor.
LA SANTIDAD ES AMORPiensa en amar y en hacerlo todo
con amor y por amor, es decir, en convertir todas
tus obras en amor. Trabaja con amor y ofrécelo todo
con amor.
La santidad es amor. Por eso, si vas a
una casa o a una Comunidad religiosa y quieres saber
quién es el más santo, observa quién es el que
más ama. No es el que mejor habla de Dios
o de las cosas espirituales. No es el que trabaja
más por el Señor ni desempeña los cargos más importantes.
Ni siquiera el que más horas está retirado de los
otros en supuesta oración. Observa al que hace las cosas
que más cuestan, al que está más pronto para hacer
cualquier sacrificio para servir a los demás, al que hace
las cosas que los otros no quieren, al que está
más con los enfermos o aguanta mejor a los de
carácter violento.
Si en estos casos, no lo ves murmurar y
lo ves alegre y contento. Si hace el bien calladamente
y sufre en paz y con paciencia, tratando siempre de
sonreír y hacer felices a los demás. Si sufre con
amor sus propios sufrimientos o debilidades... ahí está el santo.
Santo
es el que ama a Dios y se abandona a
sus planes y le puede decir en cada momento: “Señor,
soy tuyo, aquí estoy para hacer tu voluntad”.
Hacer la voluntad
de Dios en cada instante, sonreír y hacer felices a
los demás, son algunas de las pistas que te llevarán
a reconocer al que es verdaderamente santo, porque la santidad
se mide por el amor. Cuanto más amas de verdad,
más santo serás. Así que no olvides que el amor
es santidad y la santidad es amor. Ahora bien, para
amar hay que orar y comunicarse con la fuente del
amor, que es Dios.
NECESIDAD DE LA ORACIÓNCuando yo era un
joven sacerdote, durante dos años estuve en crisis y no
rezaba el rosario ni el Oficio divino ni hacía oración.
Creía que era perder el tiempo, porque no sentía nada
y tenía mucho que hacer en la parroquia. Pero, cuando
ya empecé a sentir deseos de dejar el sacerdocio, porque
creía que podía hacer mucho más por los demás, viviendo
mi propia vida en el mundo... Entonces, antes de dar
el paso definitivo, tuve una brillante idea, creo que inspirada
por mi ángel, de pedir oraciones a cuatro conventos de
clausura. Y me olvidé... Pero Dios no olvida, toma en
serio nuestra oración; y, sin darme cuenta, poco a poco,
fui recuperando la fe y el deseo de orar, asistiendo
a grupos carismáticos.
Ahora, con la perspectiva de los años,
me doy cuenta de que la gran lección que aprendí
es que nunca debo dejar la oración, porque me pierdo.
Cualquier santo, por más santo que sea, si quiere dejar
de serlo en el más breve tiempo posible, no tiene
más que dejar la oración. En cambio, un pecador que
quiera ser santo, lo primero por donde debe empezar es
por la oración sincera de todos los días.
En este momento,
me vienen a la mente tantos miles de sacerdotes y
religiosas que, a lo largo de los años, han
abandonado su vocación. Quisiera poder preguntarles a a cada uno:
“¿Dónde dejaron su oración?” Porque se puede ser cumplidor “material”
de los tiempos de oración, asistiendo a la capilla, a
disgusto, sin poner de nuestra parte, leyendo libros que no
le llegan al alma o preparando homilías, charlas etc., pero
eso no es oración. La oración es amor y, si
no hay comunicación personal con Dios, aunque hayamos estado “en
oración”, hemos estado “sin oración” y sin amor, con el
alma vacía. Eso es lo mismo que ir al comedor
y no comer. Si no comemos, si no oramos, porque
no tenemos tiempo o por lo que sea, ¿qué podemos
esperar? Es la historia, ya muy repetida, de “una muerte
anunciada”.
Por mi parte, procuro ser siempre fiel a mi tiempo
de oración, consciente de mi propia debilidad humana y procuro
pedir oración por mí a todos los que puedo. Ojalá
que tú hagas de tu vida una continua oración y
no sólo en los tiempos establecidos, porque toda la vida
debe ser un acto continuo de amor a Dios. A
veces, es fácil decir pequeñas jaculatorias: “Jesús, yo te amo,
yo confío en Ti” u otras parecidas, diciendo con frecuencia:
“Señor, por tu amor”.
Busca el silencio y evita el ruido.
Parece
que en muchos hogares y conventos, ha hecho entrada triunfal
el ruido. Se evita a toda costa el silencio y
se llenan los tiempos libres con el televisor o el
transistor o la conversación. Muchos huyen del silencio como de
un demonio. Y así nunca tienen tiempo para leer, para
pensar o para orar.
Recuerdo que Lewis en uno de sus
libros habla de un experimentado diablo del infierno que dice:
"Queremos hacer del Universo un continuo ruido. Hemos hecho grandes
progresos en este sentido. El ruido nos defiende de los
estúpidos remordimientos y de los deseos de grandes cosas, que
así parecen inalcanzables”. Esto lo escribió en 1947, pero todavía
parece tener actualidad. Por eso, tú evita las conversaciones inútiles
o ruidosas, evita la música estridente, evita perder el tiempo
y busca el silencio para pensar y orar. Busca a
Dios en el silencio. Dios es amigo del silencio.
Nunca dejes
la oración. Se cuenta que el diablo en una oportunidad
no podía entrar en un convento, porque todos sus frailes
eran observantes y no aceptaban sus insinuaciones para pecar, y
lo expulsaban y le cerraban las puertas. Pero un día
cambió de táctica y, en vez de insinuarles que hicieran
cosas malas, les fue inspirando hacer muchas cosas buenas, como
trabajar en la huerta, predicar, dar charlas y retiros, tener
reuniones y misas por todas partes, etc., de modo que
no tenían tiempo para orar y, cuando iban a la
oración, estaban tan cansados, que se dormían. Y, de esta
manera, se fue apagando poco a poco el fervor de
aquel convento y así pudo entrar y crear divisiones y
desanimarlos en su vocación.
Trabajar y trabajar por el Señor sin
oración, es la herejía de la acción. Muchos sacerdotes y
religiosas han abandonado su vocación, porque decían: “Todo lo que
hago es oración, todo el día estoy hablando de Dios,
todo lo que hago es para Dios”. Pero una cosa
muy distinta es hablar de Dios y otra es hablar
con Dios. De la misma manera, un casado que trabajara
doce horas diarias, incluidos los domingos, y no tuviera tiempo
para hablar con su esposa, estaría perdiendo a su esposa.
No basta trabajar para la esposa, hay que hablar con
ella y demostrarle amor. No tener tiempo para orar, es
no tener tiempo para amar; y sin amor y sin
oración, la vida está vacía. Hasta los casados necesitan tener
tiempo para orar, pues de otro modo, sus corazones se
sentirán vacíos, al faltarles el amor de Dios, y entonces...
todo puede suceder.
Una cosa, que siempre me ha llamado la
atención, es que todos los santos sin excepción han sido
muy devotos de María. Así que, si quieres ser santo,
tampoco desprecies la ayuda que Dios te quiere dar por
medio de María. Invócala como a una Madre cariñosa, conságrate
a Ella, ofrécele cada día el santo rosario, y así
sentirás palpablemente su protección y su amor de Madre. Yo
siempre le tuve mucha devoción, ¿no pudo ser Ella quien
salvó mi sacerdocio? Yo así lo creo. Te recomiendo consagrarte
a María y por María conságrate a Jesús, para hacer
de Jesús el centro de tu vida. Jesús te espera
siempre como un amigo en la Eucaristía. Ten con Él
los mismos sentimientos y actitudes que tendrías con una persona,
a quien amas mucho. ¿Cuántos besos le has dado
a Jesús en esta semana o en este día en
alguna imagen? ¿Has comulgado? ¿Le ofreces todas tus cosas como
flores de amor?
Dile que lo amas con todo tu corazón,
con toda tu alma y con todo tu ser. Entrégate
a Él en cuerpo y alma. Ríndete a sus pies,
porque Él es tu Dios. Y dile ahora:
"Jesús de
mi vida y de mi corazón, en este momento de
mi vida, quiero darte mi corazón entero. Mi corazón es
para Ti y solamente para Ti. Por medio de María
me consagro a Ti y quiero que Tú seas el
Señor y el Rey de mi vida. Te amo, Jesús,
y quiero amarte sin cesar todos los días de mi
vida. Todo mi amor para Ti. Amén”.
TODO POR AMOREstamos diciendo
que toda nuestra vida debe ser un acto de amor
a Dios. Todo debemos hacerlo por Él y para Él.
Desde que nos despertamos por la mañana, podemos decirle: "Buenos
días, Señor". Y lo mismo al acostarnos. Y así podemos
ofrecerle cada cosa importante que hacemos durante el día, sea
estudiar, cocinar, caminar, trabajar, comer... Lo dice San Pablo: "Ya
comáis, ya bebáis, ya hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo
para gloria de Dios" (1 Co 10,31). ¡Es tan fácil
decir a cada momento: "Por Ti, Señor, por tu amor"!
Dios
no necesita tus obras, sólo quiere tu amor. Por eso,
ofrécele cada día, al despertar, el nuevo amanecer; ofrécele la
noche, al ir a descansar. Que todo, aunque sea pequeño,
sea hecho con amor. No pienses que tu vida es
inútil, porque tú no puedes hacer grandes cosas. No creas
que Dios no te quiere, porque no eres una persona
importante. Procura hacer las cosas más ordinarias de la manera
más extraordinaria, es decir, amando extraordinariamente; entonces, verás la diferencia
y tus caminos estarán llenos de flores de amor, que
los ángeles ofrecerán con alegría a tu padre Dios. Como
decía el poeta:
¿Qué tendrá lo que es pequeño,
que a Dios
siempre tanto agrada?
¿Qué tendrá una sonrisita,
una atención prodigada,
un saludo,
una palabra?
Levantarse en el momento,
en que toca la campana,
saludar y
sonreír a Dios
al abrir nuestra ventana,
guardar silencio…
Decir un sí que
nos cuesta,
vencer una repugnancia,
sorber, tal vez, una lágrima.
¿Qué tendrá lo
pequeñito,
que a Dios siempre tanto agrada?
¿Qué tendrán esos granitos
de
trigo de la hostia santa,
que han formado tantos
héroes,
tantos santos, tantas santas?
Hazlo pues, todo con amor
y por amor, para darle un valor sobrenatural.
Un santo decía
que las obras sin intención sobrenatural son como un cuerpo
sin alma y, por eso, hay mucha gente, que hace
muchas cosas buenas cada día, pero no le sirven para
su crecimiento espiritual, pues las hacen por obligación o porque
no hay más remedio, pero no las hacen por amor
a Dios y a los demás. Veamos ahora la diferencia
de las obras que hacemos según su intención.
Un periodista, se
fue un día a visitar unas canteras de piedra, de
donde sacaban sillares para construir una catedral. Y le preguntó
a un obrero:
- ¿Qué hace Ud.?
- Estoy sudando la gota
gorda, aburrido y cansado, esperando que llegue la hora para
irme a mi casa a descansar.
Otro respondió: Estoy ganándome el
pan para mi familia.
Pero el tercero respondió: Estoy construyendo una
catedral.
Como vemos, uno trabajaba sin ganas, lo menos posible, por
obligación. Otro lo hacía por ganar un sueldo y alimentar
a su familia. Pero el tercero, tenía un ideal superior;
porque, además de ganar el pan para su familia, trabajaba
por amor a Dios, porque estaba colaborando en la construcción
de una catedral para gloria de Dios.
Otro ejemplo. Un periodista
va a un restaurante y pregunta a un comensal:
- ¿Qué
está haciendo?
- Estoy comiendo, porque me gusta comer bien.
Otro responde:
Estoy comiendo, porque tengo hambre y quiero seguir viviendo.
Pero otro
le dice: Estoy comiendo para vivir y por amor a
Dios, a quien le agradezco y le ofrezco cada día
mi comida.
¿Alguna vez te acuerdas de rezar antes de las
comidas y ofrecerle lo que te da y de darle
gracias?
Otro ejemplo. Una niña ve un día a unos turistas,
que están admirando la catedral de la ciudad y se
deshacen en elogios ante la belleza tan majestuosa de aquella
moderna catedral. Y la niñita les dice:
- Yo he construido
esta catedral.
- ¿Tú? ¿Cómo?
- Porque, cuando la estaban construyendo, yo
le traía todos los días la comida a mi papá.
Quizás
otros niños también le llevaban la comida a sus papás
y lo hacían por obligación, a regañadientes, y de mala
gana. Otros quizás lo hacían por amor a su papá,
simplemente. Pero esta niña lo hacía, no sólo porque amaba
a su papá, sino también, porque amaba a Dios y
se sentía colaboradora en la construcción de aquella catedral, que
sería para gloria de Dios.
De la misma manera, podríamos preguntarle
a cada ser humano: Tú ¿por qué vives? ¿Por qué
comes? ¿Por qué duermes? ¿Por qué trabajas o estudias? ¿Solamente,
porque te gusta? ¿Por obligación? ¿O por amor a Dios
y para gloria de Dios? Asimismo se podría preguntar a
algunos religiosos: Tú ¿Por qué oras o vas a misa?
¿Por obligación? ¿O porque te gusta? ¿O por amor a
Dios?
Ofrezcamos a nuestro Padre Dios todo lo que hacemos y
todo lo que somos y tenemos, y digámosle muchas veces
para hacer de nuestra vida una continua oración o un
acto continuo de amor, lo que Jesús le pedía a
la Venerable Consolata Betrone: "Jesús, María, os amo, salvad almas"
o simplemente: "Jesús, yo te amo, yo confío en Ti".
Vive
el presente con amor y dile a Jesús con cada
respiración y cada latido de tu corazón: "Jesús, yo te
amo".
LA COMUNIÓN DE LOS SANTOSCreo que una de las características
más importantes de la vida de los santos es esta
común unión con los ángeles, los santos del cielo y
las almas del purgatorio. Es la unión entre la Iglesia
peregrina de la tierra, la Iglesia purgante del purgatorio y
la Iglesia triunfante del cielo. Todos estamos unidos en Cristo.
Por eso, la comunión eucarística con Cristo debe llevarnos a
vivir esta comunión con la Iglesia total.
Dice el Catecismo de
la Iglesia Católica "Como todos los creyentes forman un solo
cuerpo, el bien de los unos se comunica a los
otros" (Cat 947). Esto quiere decir que "el menor de
nuestros actos hecho con caridad, repercute en beneficio de todos
los hombres, vivos o muertos. Y todo pecado daña esta
comunión" (Cat 953). Por eso, pedir ayuda a tanta gente
buena de la tierra y a los ángeles y santos
del cielo, incluso a las almas del purgatorio, nos puede
ayudar enormemente en nuestro progreso espiritual.
Ciertamente, vivir esta comunión de
los santos, esta común unión con los demás, es una
experiencia gozosa y maravillosa. Imaginemos a un niño que debe
recorrer un largo camino entre selvas y montañas, llenas de
peligros y animales salvajes. ¿Será inteligente de su parte rechazar
toda ayuda que pueden brindarle sus hermanos mayores, que lo
pueden llevar en brazos, cuando se canse, y que se
preocuparán de su salud, de su comida, de sus necesidades
y lo defenderán de los peligros? Pues bien, nosotros tenemos
que recorrer un largo camino en esta vida para llegar
al cielo. Si vamos solos, rechazando toda ayuda, probablemente vamos
a sucumbir ante tantos peligros y tentaciones, pero si nos
dejamos ayudar por nuestros hermanos mayores, los santos, ángeles y
almas del purgatorio, podemos estar seguros de que llegaremos a
la meta.
a) Los ángeles
¡Qué importante es, para nosotros, la ayuda
de los ángeles! Los ángeles son nuestros defensores, consejeros, consoladores
y amigos inseparables. Muchas veces, le he pedido a Jesús
que me una a todos los ángeles para que mi
nombre esté en su "corazón" y puedan amar y adorar
a Jesús en unión conmigo. Muy especialmente amo a mi
ángel custodio, que es mi gran amigo. Por la mañana
le pido que me guíe y me dirija en todas
las acciones de la jornada y que se acuerde de
encomendar a todos aquellos que me piden oraciones o por
quienes debo orar en especial. Sobre él escribí un pequeño
libro titulado "Tu amigo, el ángel". Con frecuencia, lo envío
a que bendiga a personas cercanas o lejanas y les
dé muchas bendiciones y flores de amor. Tengo experiencia de
que cumple su misión. Con él converso, muchas veces, como
si lo viera, y es para mí un amigo inseparable,
que reza por mí y me ayuda en todas las
cosas. Él me inspira muchas ideas buenas y me protege
del mal y del maligno. Cuando converso con una persona,
pienso en su ángel. Cuando paso por la calle, pienso
en los ángeles de los que pasan a mi lado.
Me he consagrado a mi ángel y a todos los
ángeles para sean mis hermanos y amigos queridos, especialmente a
los ángeles de los sagrarios, a quienes pido que adoren
a Jesús en mi nombre también. Cuando celebro la misa,
mi ángel me acompaña y se hace especialmente presente. En
la misa pienso en los ángeles de todos los presentes
y en los de mis hermanos espirituales y familiares y
les pido que me acompañen. Amemos a los ángeles y
pidámosles ayuda. Se sentirán felices de ayudarnos, porque para ello
han sido puestos por Dios a nuestro lado. Veamos algunos
ejemplos:
Una religiosa me escribía lo siguiente: "En nuestra Comunidad se
profesa una gran devoción a los ángeles, en especial al
arcángel San Miguel, al cual se atribuye la asistencia milagrosa
durante la invasión francesa de 1648. Todos los templos y
conventos y casas particulares de la ciudad fueron saqueados y
robados, menos nuestro convento. Varias veces lo intentaron; pero al
quererlo ejecutar, aparecía un hombre de aspecto hermoso, alto de
estatura, que con una espada en la mano defendía
la puerta de entrada.
Las religiosas creyeron que se trataba de
algún oficial francés, pero cuando quisieron buscarlo para agradecérselo, no
se halló ninguno que diese noticia de tal capitán ni
que hubiera hombre con tales señas. Por eso, se creyó
que había sido el arcángel San Miguel, patrono de la
Comunidad, de quien hemos recibido muchos insignes beneficios. Hoy tenemos
su imagen en lugares destacados de la casa. También tenemos
devoción a nuestros ángeles custodios y al santo ángel de
la ciudad".
Otra religiosa contemplativa me escribía: “En mi convento hay
una celda que se llama "la celda de los ángeles”.
Según se lee en la historia del convento y las
monjas lo han transmitido unas a otras, había cerca de
nosotras otro convento de frailes carmelitas y, cierta noche, vio
un fraile que en la ventana de la citada celda,
entraban y salían muchos ángeles. Al día siguiente, se lo
comunicó a las religiosas y resultó que esa misma noche,
en esa misma celda, había muerto una santa religiosa. Desde
entonces se llama a esa celda, la celda de los
ángeles”.
Otra religiosa me escribía: “Tenía yo entre siete u ocho
años. Estaba sola en mi habitación y era noche cerrada.
A través de los cristales de la ventana se veía
el exterior todo negro. Y noté detrás de mí una
sombra blanca, volví la cabeza y vi un angelito en
medio de la ventana, vestido con una túnica blanca, ceñida
con un cinturón de florecitas; sus manos estaban juntas en
actitud de oración. Tendí la mano para tocarlo, pero desapareció.
Salí corriendo a llamar a una tía y le conté
todo, señalándole el sitio donde lo había visto de pie
y que era de mi tamaño, pero no me creyeron.
Mis ojos puros de entonces lo vieron y lo recuerdo
tan nítidamente como si hubiera sucedido ahora mismo”.
Veamos otro
testimonio de una señora italiana que me escribía:
“Cuando tenía quince
años era una chica dulce y tímida. Yo estudiaba pintura
en la Academia de Bellas Artes de Milán. Muchas veces,
a lo largo del primer año de estudio se me
presentaba un joven por el camino a la Academia y
después a mi regreso a casa. No sabía quién era,
no le hacía preguntas. Él hablaba constantemente y me decía
muchas cosas bellas. Ibamos a la iglesia de San Marcos
a rezar antes de ir a clase y él se
inclinaba profundamente con mucha devoción. Yo lo imitaba. Sentía que
se trataba de una criatura extraordinaria, que sólo yo veía,
pero no sabía quién era. La luz de sus
ojos era insostenible. Mis padres lo sabían y, sobre todo,
mi papá, hombre de gran plegaria, estaba contento. Una de
las últimas veces que me acompañó, me dijo que me
casaría con un hombre llamado Luis. Pero después, ya no
lo vi más. Esperé por meses poder verlo, recé, lo
busqué, pero nunca más lo volví a ver.
Una noche, después
de varios años y estando ya casada, soñé con un
bellísimo ángel que me era conocido. Se trataba de mi
querido y misterioso amigo de mis años juveniles. Él me
dijo, sonriendo: ¿No te dije que te casarías con un
hombre llamado Luis? Yo soy tu ángel custodio y te
ayudé, de modo especial, en tu primer año de estudios
en Milán, porque tenías mucho temor de andar por la
ciudad y temías perderte. Te he ayudado en los peligros
y te he guiado para acrecentar tu fe. Me dijo
también que siempre estaba a mi lado y que debía
continuar haciendo siempre el bien, aunque estuviera desposada”
Recuerda que estás
rodeado de ángeles, que te aman y quieren ayudarte.
b) Los
santos
Los santos del cielo son nuestros hermanos mayores, que ya
viven en la felicidad plena de Dios. ¡Qué importante es
pedir su ayuda e intercesión, empezando por Nuestra Madre la
Virgen María! Ellos no están descansando ni tomando vacaciones en
el cielo, olvidados de nosotros. Ellos siguen amándonos y preocupándose
de nosotros. Por eso, decía Santo Domingo de Guzmán a
sus frailes: “No lloréis por mí, os seré más útil
después de mi muerte y os ayudaré más eficazmente que
durante mi vida”. Santa Teresita del niño Jesús decía: "Pasaré
mi cielo haciendo bien en la tierra. Derramaré sobre el
mundo una lluvia de rosas”. Y a su hermano espiritual
el P. Roulland le escribía: “Hermano mío, presiento que os
seré mucho más útil en el cielo que en la
tierra... Cuento con no estar inactiva en el cielo. Mi
deseo es seguir trabajando por la Iglesia y por las
almas... Lo que más me atrae a la patria celestial
es la esperanza de amar a Dios como lo he
deseado siempre y el pensamiento de que podré hacerlo amar
de una multitud de almas que le alabarán eternamente” (Carta
225).
Los santos son nuestros amigos. Por eso, es muy importante
tener un santo patrono. Es triste que muchos padres pongan
a sus hijos nombres modernos, que no son de santos,
como Platón, Aristóteles, Sandokan, etc. Y, de esa manera, los
están privando de un patrono a quien invocar. Hay que
poner nombres cristianos a los niños. Personalmente, invoco cada día
al santo del día y leo el relato de su
vida para poder conocerlo y quererlo más. Lo invoco, en
el momento de la misa, y le pido que me
acompañe y me ayude, especialmente, en su día. También tengo
algunos santos que son de mi especial devoción, amigos especiales,
a quienes invoco con más frecuencia como Santa Teresita, San
Agustín, P. Pío... De los santos recibimos abundantes bendiciones. Santa
Teresita cuenta en su Autobiografía cómo experimentó una inmensa alegría
de la visita que recibió en sueños de la Venerable
Sor Ana de Jesús, fundadora del Carmelo en Francia. Dice:
"Después de acariciarme con más amor del que jamás puso
al acariciar a su hijo la más tierna de las
madres, la vi alejarse... Mi corazón estaba henchido de gozo...
y yo creía y estaba segura de que existía el
cielo y de que este cielo estaba poblado de almas
que me quieren y que me miran como a una
hija suya. Mi corazón se deshizo de amor y gratitud
no sólo hacia la santa que me había visitado, sino
también hacia todos los bienaventurados del cielo” (MB 2).
La Venerable
Ana Catalina Emmerick decía: “Veo a los santos derramar siempre
beneficios sobre los lugares donde reposan sus huesos. Los cuales
brillan con la misma luz y los mismos colores que
ellos y siempre parecen como una parte de ellos, pero
más especialmente donde son invocados”. Pidamos a Jesús que nos
una a todos los santos del cielo para que lleven
nuestro nombre en su corazón y amen y adoren a
Dios también en nuestro nombre.
c) Las almas del purgatorio
Nuestra unión
espiritual llega también al purgatorio. Estas almas pueden ayudarnos, y
nosotros podemos y debemos ayudarlas con nuestras oraciones y sufrimientos,
y, en especial, con misas. Pensemos que hay una común
unión extraordinaria entre los familiares vivos y los difuntos.
¡Cuánto bien
hacen a sus familiares los difuntos buenos, ya desde el
purgatorio! Se dan casos de la conversión y acercamiento a
Dios de familias enteras a la muerte de la madre.
Una buena madre es una bendición de Dios para todos
sus descendientes hasta el final de los siglos. Recuerdo que
un obispo contaba que tenía mucha devoción a su madre
difunta y siempre la invocaba en sus problemas y sentía
su protección especial. Santa Teresita, hablando de la muerte de
su padre, dice: “Después de seis años de ausencia, lo
siento en torno a mí, mirándome y protegiéndome” (Carta a
Leonia, 24-8-1894).
Veamos un ejemplo, que he leído en un libro
fidedigno. Este caso ocurrió el 3 de noviembre de 1888.
En horas de la noche, una señora llamó a un
sacerdote para que fuera a cierta dirección a asistir a
un enfermo grave, que necesitaba urgentemente confesarse. El sacerdote acudió
a la dirección indicada y se encontró con que el
joven, que se suponía debía estar gravemente enfermo, estaba perfectamente
bien. Como hacía mucho tiempo que había abandonado toda práctica
religiosa, se pusieron a conversar y, al final, el joven
le pidió al sacerdote que lo confesara. Le prometió ir
al día siguiente a la Iglesia parroquial para comulgar, pero
como no fue, el sacerdote volvió a su casa. Allí
se encontró con la noticia de que el joven había
fallecido. En la casa vio, entonces, una fotografía y preguntó
quién era aquella señora. Le dijeron que era su madre,
que hacía tiempo había fallecido. Y era precisamente la misma
señora que le había avisado para ir a su casa
a confesarlo, la madre difunta del joven.
El Padre Berlioux, que
escribió un hermoso libro sobre el purgatorio, cuenta la historia
de una persona muy devota de las almas del purgatorio.
A la hora de su muerte, fue atacada fuertemente por
el demonio; pero, en un momento dado, se vio rodeada
de una multitud de personas desconocidas de radiante belleza y
de una luz maravillosa que, rodeándola, le dieron paz y
tranquilidad en aquellos últimos momentos de su vida. Ella preguntó:
¿Quiénes son Uds.? Respondieron: “Somos habitantes del cielo, a quienes
tu ayuda nos condujo a él y en gratitud hemos
venido a acompañarte en tu paso a la eternidad”.
Ante estas
palabras, una sonrisa iluminó su rostro y se durmió en
la paz del Señor, rodeada de tantos protectores, a quienes
había ayudado durante su vida. Recordemos que en el cielo
no existe la ingratitud y que nos quedarán eternamente agradecidos.
d)
Los hombres de la tierra
Nuestra común unión también se da
estrechamente entre los hombres que vivimos en la tierra. Por
eso, es muy importante pedir ayuda espiritual a otras personas
y rezar por ellos. La oración, decía San Agustín, es
la fuerza del hombre y la debilidad de Dios. ¡Cuántas
gracias habremos obtenido de otros que han orado por nosotros,
incluso en siglos pasados o que rezarán en siglos venideros,
y Dios nos ha dado las bendiciones de sus oraciones!
Decía Santa Teresita: “Cuántas veces he pensado que, muchas de
las gracias extraordinarias con las que Dios me ha colmado,
se las debo a algún alma humilde a la que
sólo conoceré en el cielo”.
Santa Faustina Kowalska dice en su
Diario: “Siento muchas veces, cuando otras personas rezan por mí.
Lo siento de repente en mi alma. Pero no siempre
sé quién es la persona que intercede por mí” (15-3-1937).
Tú
también habrás recibido muchas gracias a través de tus antepasados
o de personas desconocidas, sin mérito alguno de tu parte.
¿Qué sabemos de los misterios inescrutables de Dios? Los padres
de Santa Teresita pedían a Dios un hijo misionero y
Dios les di una hija patrona de las misiones. ¡Cuántos
milagros se pueden conseguir con la oración por los demás!
Por eso, procura aprovechar el tiempo. Si eres anciano, enfermo,
desempleado, aprovecha tu tiempo en cosas útiles y en hacer
más oración por los demás. Cada oración, cada acto de
amor, cada obra buena o sacrificio, tiene un gran valor
para la eternidad. No los desperdicies, ora mucho y acepta
tus sufrimientos en unión con los sufrimientos de Cristo por
la salvación de los demás.
A veces, he pensado: Muchas almas
se habrán condenado eternamente por su propia culpa, por supuesto;
pero también, porque aquellos que debían ayudarlas no lo hicieron,
comenzando por sus familiares. Si nosotros fuéramos más generosos y
oráramos más, muchos otros podrían obtener gracias extraordinarias con las
cuales podrían salvarse. María Simma, la gran mística austríaca,
cuenta que un día un alma del purgatorio le dijo:
“Hoy morirán en Voralberg dos personas que están en gran
peligro de condenación. No se salvarán, si no se reza
mucho por ellas”. María, ayudada por otras personas, rezó todo
el día. A la noche siguiente, otra alma le dijo
que los dos se habían salvado, gracias a sus oraciones,
a pesar de que una de ellas no había recibido
los últimos sacramentos.
Personalmente, todos los días en la misa encomiendo
a todos los hombres, especialmente a mis familiares, a mis
hermanas espirituales y a todos los que Dios ha puesto
en mi camino y que forman parte de la gran
familia espiritual, que Dios me ha encomendado. También en la
misa diaria encomiendo a todos mis antepasados, a todos los
que han hecho posible que yo exista físicamente y también
a quienes me transmitieron la fe. ¡Cuántas gracias habrán recibido
en siglos pasados, porque Dios los bendijo, sabiendo que un
sacerdote iba rezar por ellos, después de cientos de años!
También encomiendo a mis familiares de los siglos futuros, porque
la oración no tiene fronteras, abarca a todos los tiempos
y lugares, ya que para Dios todo es presente.
CONFIANZA TOTAL La
confianza total en Dios es condición indispensable para ser santos
y crecer en el amor de Dios. Confiar en Él,
sin condiciones, es la mayor alegría que podemos dar a
nuestro Padre Dios. Por eso, le decía Jesús a una
santa religiosa: “Si me amas, confía en Mí; si quieres
amarme más, confía más en Mí; si quieres amarme inmensamente,
confía inmensamente en Mí”.
La Madre Teresa de Calcuta decía; “Señor,
acepto lo que me des y te entrego lo
que quieras tomar de mí. Señor, soy tuya y, si
me haces pedacitos, cada pedacito será para Ti”. Eso es
confianza, confiar hasta el límite de decirle que ponga y
quite de nosotros lo que quiera, sea salud o enfermedad,
pobreza o riqueza, prestigio o cargos importantes... Ella decía que
la verdadera santidad consiste en hacer siempre la voluntad de
Dios con una sonrisa. ¿Por qué? Porque, si amas a
Dios y crees en su amor, debes confiar hasta el
punto de creer firmemente que su voluntad es lo mejor
para ti y debes seguirla sin condiciones.
Santo Tomás de
Aquino decía que “La santidad es una firme resolución de
abandonarse en Dios”. El jesuita Jean Pierre de Caussade (1673-1751)
en su famoso libro Abandono en la Providencia divina, dice:
“Toda la santidad puede reducirse a una cosa, la fidelidad
a la misión de Dios. Esta fidelidad consiste en la
amorosa aceptación de lo que Dios nos envía a cada
instante. Pues, para el que confía en Dios, todo lo
que sucede se convierte para él en gracia y providencia
de Dios”. Esto significa que debemos estar dispuestos a aceptar
en cada momento la voluntad de Dios, manifestada a través
de las circunstancias de cada día, aunque sean adversas y
desagradables.
Pero, teniendo la seguridad de que Él lleva el timón
de la barca de nuestra vida y que con Él
estamos a salvo. Con Él no perdemos. Con Él todo
es ganancia, apostamos a vencedor, pues sabemos que el camino
que Dios quiere para nosotros es el mejor. Y Dios
todo lo va a permitir para nuestro bien (Rom. 8,28),
aun cuando no veamos el final del túnel.
Ser santo, pues,
significa estar dispuestos en cualquier momento, a hacer la voluntad
de Dios. Es estar siempre “listos”, estar dispuestos a lo
impredecible de Dios, que nos puede llamar a cualquier hora
y en cualquier lugar sin consulta previa. ¿Estás preparado? ¿Alguna
vez le has dicho con sinceridad: “Me entrego a ti
totalmente y para siempre”? Recuerda que Dios tiene buena memoria
y lo toma en serio. ¿O tú ya te has
olvidado? ¿O lo dijiste por decir, sin ningún compromiso? Job
decía: “Dios me lo dio, Dios me lo quitó, ¡Bendito
sea el nombre de Dios!” (1,21). “Aunque Él me matara,
seguiría confiando en Él” (13,15). Y Jesús le decía a
su Padre: “Que no se haga mi voluntad sino la
tuya” (Lc 22,42).
Hay que seguir confiando, aunque nos lleve
por caminos de espinas, aunque todo parezca oscuro y sin
solución, aunque parezca que todo el mundo se nos viene
encima o que todos están contra nosotros. Pase lo que
pase, sigamos confiando en Él. Podemos decir con el salmista:
“Aunque pase por un valle de tinieblas, no temeré mal
alguno, porque Tú, Señor, estás conmigo” (Sal 23,4). Y escuchar
a Jesús que nos dice en esos momentos difíciles: “No
tengas miedo, solamente confía en Mí” (Mc 5,36).
“Señor, yo me
entrego a Ti, me pongo en tus manos con una
confianza sin límites, porque tú eres mi Dios. Haz de
mí lo que tú quieras, puedes tomar o quitar lo
que desees. Todo lo acepto como venido de tus manos,
porque te amo y sé que todo lo que tú
decidas es lo mejor para mí, porque creo en tu
amor. Señor, yo te amo y yo confío en Ti,
ahora y para siempre, sin condiciones ni limitaciones. Llévame donde
tu quieras, escóndeme en tu divino Corazón y hazme santo.
Amén”.
Veamos ahora algunos ejemplos:
a) Nguyen Van ThuanÉl era un cardenal
vietnamita, que vivía en el Vaticano y murió el año
2002. Cuando era un joven obispo, fue encarcelado por los
comunistas de su país y estuvo 13 años en la
cárcel, nueve de los cuales estuvo solo en una celda.
Él nos dice en su libro Testigos de esperanza: “Durante
mi larga tribulación de nueve años de aislamiento en una
celda sin ventanas, a veces bajo la luz eléctrica durante
muchos días, a veces en la oscuridad, me parecía que
me ahogaba por el calor y la humedad, al límite
de la locura... Una noche, desde lo profundo del corazón,
una voz me dijo: ¿Por qué te atormentas? Tienes que
distinguir entre Dios y las obras de Dios. Todo lo
que has hecho y deseas seguir haciendo: Visitas pastorales, formación
de seminaristas, construcción de escuelas, de hogares para estudiantes, misiones
de evangelización, etc., son obras de Dios, pero no son
Dios. Si Dios quiere que abandones todo eso, hazlo en
seguida y TEN CONFIANZA EN ÉL. Dios hará las cosas
infinitamente mejor que tú. Él confiará esas obras a otros
que son mucho más capaces que tú. Tú has elegido
a Dios y no sus obras. CONFIA EN ÉL. Esa
luz me dio una paz nueva y cambió totalmente mi
modo de pensar. Lo importante era elegir a Dios y
no las obras de Dios, y confiar en Él”.
Y así
lo hizo. Y cada día celebraba la misa para tomar
fuerzas. Y pudo ver el poder de Dios en acción.
Dice así: “Nunca podré expresar mi gran alegría al celebrar
diariamente la misa con tres gotas de vino y una
gota de agua en la palma de mi mano... Cada
día, al recitar las palabras de la consagración, confirmaba con
todo el corazón y con toda el alma un nuevo
pacto, un pacto eterno entre Jesús y yo, mediante su
sangre mezclada con la mía. Han sido las misas más
hermosas de mi vida... Por la noche los prisioneros católicos
se alternaban en turnos de adoración. Jesús Eucaristía nos
ayudaba con su presencia silenciosa y muchos cristianos volvían al
fervor de su fe. Budistas y otros no cristianos se
convertían, porque la fuerza del amor de Jesús era irresistible.
La prisión se convirtió en escuela de catecismo y los
católicos bautizaban a sus compañeros y eran sus padrinos... Jesús
se convirtió así, como decía Santa Teresa de Jesús, en
el verdadero compañero nuestro en el Santísimo sacramento”.
Confiar en Dios
es apostar por Él, con la seguridad de que siempre
saldremos vencedores.
b) Madre Teresa de CalcutaTodos conocemos a esta
santa religiosa que dedicó su vida al cuidado de los
más pobres de entre los pobres. Pues bien, cuando era
una joven religiosa de 36 años de la Congregación de
Loreto, y estaba tranquila, dando clases en un colegio de
la India, Dios le pidió que dejara todo y se
dedicara a atender personalmente a los más pobres, dejando su
Congregación. Veamos lo que ella misma nos dice:
“Fue el 10
de Setiembre de 1946, en el tren que me llevaba
a Darjeeling. Allí, mientras oraba a Nuestro Señor en la
intimidad y silencio, percibí con claridad que me urgía a
renunciar a todo para seguirle a Él, en las chabolas.
El mensaje estaba muy claro: tenía que dejar el convento
de Loreto para entregarme al servicio de los pobres, viviendo
en medio de ellos. Era un mandato... Abandonar Loreto constituyó
para mí el mayor sacrificio. Algo mucho más difícil que
abandonar mi familia y mi patria por primera vez para
entrar en el convento. Loreto significaba todo para mí... Después
de dos años de la llamada (con los permisos correspondientes)
abandoné Loreto el 16 de Agosto de 1948. Me encontré
en la calle, carente por completo de techo, de compañía,
de ayuda, de dinero, de un empleo, de garantía material
alguna. De mis labios brotó entonces esta oración: Tú, Dios
mío. Nadie más que Tú. Tengo fe en tu llamada
y en tu inspiración. Estoy segura de que no me
abandonarás jamás. Ayúdame a serte fiel. Yo confío en
Ti...
El mismo día que abandoné Loreto, en mi primer recorrido
por las calles de Calcuta, se me acercó un sacerdote
y me pidió un donativo para una colecta a favor
de la prensa católica. Yo había abandonado Loreto con cinco
rupias, de las cuales había dado ya cuatro a los
pobres. Le di a aquel sacerdote la única rupia que
me quedaba.
Aquella misma tarde, ese sacerdote me vino a
ver y traía un sobre. Me dijo que un hombre
le había hecho entrega de él por haber oído hablar
de mis proyectos, que quería favorecer. En el sobre había
50 rupias. En aquel momento, experimenté la sensación de que
Dios había comenzado a bendecir la obra y de que
ya no me abandonaría jamás”.
Actualmente, las hermanas de la Madre
Teresa están extendidas por todo el mundo y cuidan a
miles de enfermos, especialmente a los más pobres y abandonados.
c) Madre
AngélicaLa Madre Angélica es una religiosa norteamericana. Cuando era joven
religiosa, tuvo un grave accidente, que la dejó casi tullida
para toda la vida, perdiendo una vértebra. Ahora camina con
dificultad con hierros en las piernas. Pero ella no se
amilanó y pudo superar sus limitaciones con una fe inmensa
en Jesús y en su presencia real en el Santísimo
Sacramento. Actualmente, tiene seis doctorados y muchos premios nacionales e
internacionales. Fundó el convento donde reside con la finalidad de
adoración perpetua al Santísimo Sacramento, en Birmingham, Alabama (USA). Con
su fe y oración, y la de sus religiosas, ha
conseguido lo que hubiera parecido humanamente imposible: una editorial católica
con su imprenta, la mayor emisora de radio privada de
onda corta, un Instituto misionero y un canal de televisión
católico por cable, que emite vía satélite las 24 horas
en distintas lenguas y llega a 170 países.
Para ella, todo
es un milagro de Dios por su confianza total. Ella
habla de que “fue cuestión de lanzarse al vacío, confiando
solamente en Dios. Fue cosa de fiarse de Dios y
dejarse llevar. Y todo llegó poco a poco... A mí
todo el mundo me decía que mi proyecto de televisión
era irrealizable, me hablaban de gastos, de equipos necesarios... Pero
la obra se realizó. Por eso, debemos ser locos de
amor por Jesús y tener la audacia de creer en