TEOLOGÍA ECUMÉNICA
I. Una situación ambiguaEn una situación en la que el
término globalización caracteriza nuestra condición en toda su ambigüedad, el
ecumenismo se convierte en una respuesta a los signos de
los tiempos. Gracias a los nuevos medios de comunicación y
de transporte, las personas están más cerca unas de otras;
las naciones y los pueblos están relacionados entre sí de
forma mucho más estrecha y como se suele decir están,
lo quieran o no, en el mismo barco. El ecumenismo
es una de las prioridades de la acción pastoral de
la Iglesia católica y especialmente del Papa actual (1).
A lo
largo de las últimas décadas se ha avanzado mucho en
este sentido. Los cristianos separados ya no se consideran extranjeros
los unos con respecto a los otros, ni están en
competición entre sí, ni son enemigos. Se consideran hermanos y
hermanas; han suplido la antigua falta de comprensión; han eliminado
en gran medida las incomprensiones, los prejuicios y la indiferencia;
rezan juntos, dan juntos testimonio de su fe común; trabajan
juntos y con mutua confianza en muchos ámbitos. Los cristianos
han experimentado que «lo que les une es mucho más
grande de lo que les divide» (2). Hace tan sólo
medio siglo un cambio de este tipo era difícil de
concebir; el hecho de desear un regreso a aquella épocademostraría
que no hemos entendido nada del espíritu de los tiempos
ni del Espíritu Santo (3). Fue el Espíritu Santo quien
nos recordó que Jesús quiso una sola Iglesia y que
en la víspera de su muerte rezó para que todos
sean uno (Jn 17,21).
Aun así, tras la fase del movimiento
ecuménico sucesiva al Concilio Vaticano II y caracterizada por cierta
euforia, a lo largo de la última década hemos experimentado
signos de cansancio, decepción y estancamiento. Hay quienes incluso hablan
de una crisis, o de un nuevo invierno ecuménico.
Esta situación
es en cierta medida indicio y prueba del éxito del
movimiento ecuménico. A medida que los cristianos de diversas Iglesias
y Comunidades eclesiales se acercan más los unos a los
otros, más van percibiendo las diferencias que todavía existen y
las dificultades transitorias a las que se enfrentan para superarlas,
y más sufren por no poder participar todavía del único
Banquete del Señor. Por ello la frustración también puede entenderse
en sentido positivo.
Pero tenemos que preguntarnos: ¿por qué razón ahora
el movimiento ecuménico avanza más despacio? Las respuestas pueden ser
múltiples. Me limitaré a nombrar una de las razones, que
nos sitúa en el centro mismo de la cuestión: los
interrogantes actuales acerca de la identidad. Incluso en un mundo
caracterizado por la globalización muchos se preguntan: ¿Quiénes somos? ¿Quién
soy yo? Nadie quiere acabar absorbido por un conjunto anónimo
y sin rostro. La cuestión de la identidad se plantea
en los individuos así como en las culturas, en los
grupos étnicos y en las religiones; se plantea finalmente dentro
de las Iglesias cristianas, donde una comprensión equivocada del ecumenismo
ha conducido en ocasiones al relativismo y al indiferentismo.
Dicho
malentendido y el ecumenismo salvaje que del mismo ha surgido,
ha creado lógicos titubeos con respecto al diálogo ecuménico y
en ocasiones ha conducido incluso a actitudes fundamentalistas. Sin embargo,
entendida de forma correcta, la cuestión de la identidad resulta
fundamental y constitutiva para la persona humana, para la Iglesia
y también para el diálogo ecuménico. Sólo unas partner con
una identidad definida pueden emprender un diálogo sin miedo a
perder en ello su identidad. Por lo tanto, a lo
largo de los últimos años han vuelto a surgir cuestiones
relacionadas con los fundamentos teológicos y eclesiales de un sano
diálogo y de un sano ecumenismo. Por esta razón, antes
de pasar a analizar la situación ecuménica concreta, quisiera apuntar
algunos aspectos del debate actual acerca del fundamento teológico y
eclesiológico del ecumenismo.
II. El fundamento eclesiológicoLa Declaración de la
Congregación para la Doctrina de la Fe, Dominus Iesus (4)
analiza la cuestión de la identidad y recuerda algunos de
los fundamentales principios católicos del ecumenismo. Interpretado de forma correcta,
el contenido de la Declaración se sitúa en su esencia
en la línea del Concilio Vaticano II. Sin embargo el
estilo del documento, altamente abstracto y conciso, ha dato lugar
a dudas acerca del compromiso ecuménico de la Iglesia católica.
Muchos han quedado decepcionados, heridos y ofendidos por el tono
y el estilo del texto. Lo que mayor ofensa ha
causado ha sido la siguiente frase del documento: «Las comunidades
eclesiales que no han conservado el Episcopado válido y la
genuina e íntegra sustancia del misterio eucarístico no son Iglesia
en sentido propio». Sin duda hubiera sido posible formular esta
afirmación de forma menos hiriente; por otra parte, toda persona
bien informada sabe que las Comunidades protestantes no quieren ser
«Iglesia» en el sentido en que la Iglesia católica se
entiende a si misma.
La irritación que Dominus Iesus puede
haber provocado no justifica sin embargo una actitud de resignación.
Las referencias a las innegables diversidades que todavía existen no
significan el final del diálogo, sino que representan por el
contrario un desafío a profundizar en el mismo. Tampoco se
puede afirmar que el documento entre en contradicción con el
espíritu ecuménico, puesto que elecumenismo sólo puede comprenderse en espíritu
de amor y verdad. La honradez es el primero de
los presupuestos del diálogo. Por lo tanto el documento no
representa un cambio radical en la actitud de la Iglesia
católica ni en sucompromiso irreversible con el movimiento ecuménico.
La
afirmación según la cual la Iglesia de Jesucristo subsiste plenamente
y únicamente en la Iglesia católica (5), no excluye que
incluso fuera de las estructuras visibles de esta última existan
no sólo algunos cristianos concretos, sino también elementos eclesiales que,
como dones propios de la Iglesia de Cristo, inducen hacia
la unidad católica (6). En otras palabras, como afirma la
Encíclica Ut unum sint, «fuera de la comunidad católica no
existe el vacío eclesial» (7). Tanto el Concilio Vaticano II
como la Encíclica reconocen explícitamente que el Espíritu Santo obra
en las demás Iglesias y Comunidades eclesiales (8). En concreto,
se reconoce a las Iglesias orientales como Iglesias particulares e
Iglesias hermanas (9). Por consiguiente, no existe la idea de
una arrogante reivindicación de un monopolio de la salvación.
Además, el Concilio es consciente de los pecados de los
miembros de su propia Iglesia y de las estructuras de
pecado que existen en el interior de la misma Iglesia
(10), así como de la necesidad de reformar el rostro
de esta última. La Iglesia es una Iglesia peregrinante, una
Ecclesia semper purificanda, que debe orientarse constantemente hacia la penitencia
y la renovación (11). También la Iglesia católica está herida
por las divisiones de la cristiandad. Sus heridas residen también
en la imposibilidad de realizar de forma concreta y plena
su propia catolicidad en el ámbito de una situación de
división (12). Varios de los aspectos constitutivos del ser Iglesia
se realizan mejor en las demás Iglesias. Por lo tanto,
el ecumenismo no es un camino de sentido único, sino
un proceso de aprendizaje mutuo, es decir –según afirma la
Encíclica Ut unum sint – un intercambio de dones (13).
La forma de llevarlo a cabo no consiste pues en
una simple vuelta de los demás al redil de la
Iglesia católica.
En el ámbito del movimiento ecuménico la cuestión no
es sólo la conversión de los demás, sino la conversión
de todos a Jesucristo. La conversión siempre empieza desde nosotros
mismos. También nosotros los católicos tenemos que estar dispuestos a
hacer un examen de conciencia así como a la autocrítica
y al arrepentimiento. Cuando nos acercamos más a Jesucristo, en
él nos acercamos más los unos a los otros. No
se trata pues de debates sobre política eclesial ni de
acuerdos, tampoco se trata de una especie de unión, sino
de un camino que, partiendo de una comunión que ya
existe pero que todavía es imperfecta, va hacia la comunión
plena; de un crecimiento espiritual en la fe y en
el amor; de un mutuo intercambio espiritual y de un
mutuo enriquecimiento. La oikoumene es un proceso espiritual en el
que no se persigue una vuelta, sino un camino haciaadelante
(14). Dicha unidad es en definitiva un don del Espíritu
de Dios y de su guía. Por consiguiente la oikumene
no es una cuestión meramente académica osimplemente diplomática; tiene su
alma y su corazón en el ecumenismo espiritual (15).
Es
precisamente este aspecto del ecumenismo espiritual lo que nuestro Pontificio
Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos
quiere resaltar en adelante. En efecto, sin esta alma, el
ecumenismo se convierte en un activismo sin alma o en
una cuestión académica de la que la mayoría de los
fieles queda excluida; incapaces de comprender la trascendencia del diálogo
ecuménico, estos se alejan del mismo, se vuelven indiferentes o
lo rechazan, así que no se produce en el cuerpo
de la Iglesia una verdadera recepción de los resultados. Al
mismo tiempo, tenemos que ampliar el diálogo ecuménico y profundizar
en él. En otras palabras, podemos ampliar el diálogo ecuménico
sólo profundizando en el mismo. Podemos superar la presente crisis
sólo a nivel espiritual.
III.El ecumenismo con las Iglesias OrientalesTras
estas breves consideraciones acerca de los fundamentos y del eje
de la teología ecuménica, quisiera fijar la atención en la
situación ecuménica concreta. En este sentido no podemos limitarnos a
las relaciones católicas – protestantes. En la oikumene tenemos que
superar una unilateral «teología ecuménica orientada hacia Occidente» y extenderla
a las Iglesias orientales.
Además de las Iglesias ortodoxas, las Iglesias
orientales también incluyen a las Antiguas Iglesias de Oriente que
se separaron de la que fue la Iglesia imperial desde
hace los siglos IV y V (Coptos, Sirios, Armenios, Etíopes,
Malankares). Nosotros los occidentales tenemos la sensación de que estas
Iglesias sean arcaicas; se trata sin embargo de Iglesias vivas,
profundamente arraigadas en la vida de sus respectivos pueblos y
culturas. Asociándose al movimiento ecuménico, han podido superar su continuo
aislamiento y ser así reintegradas en el conjunto de la
cristiandad.
Las razones que subyacen a su separación, además de
los motivos políticos, se sitúan en el marco del debate
acerca de la formulación cristológica. Mientras que el Concilio de
Calcedonia (451) declaró que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero
hombre en unidad de persona, es decir una persona en
dos naturalezas, dichas Iglesias se adhirieron a la formula de
Cirilo de Alejandría, según la cual la única naturaleza divina
se encarnó. Tras una intensa actividad preparatoria, que supuso una
investigación histórica acerca de los dogmas (16), y unos debates
conducidos por medio de la Fundación «Pro Oriente» de Viena
(17), dichacontroversia ha sido solucionada recientemente con las declaraciones bilaterales
del Papa y de los Patriarcas respectivos (18). Se ha
reconocido que al hablar de una persona y dos naturalezas,
el punto de partida era una diferente concepciónfilosófica de la
persona y de la naturaleza, pero con un mismo significado
en lo que se refería al contenido mismo. Esta manera
de entender ha permitido mantener la fe común en Jesucristo
sin imponer al otro la propia fórmula respectiva. El resultado
final ha sido la unidad en la diversidad de las
formas de expresión.
Entretanto, también hemos empezado una segunda fase
de diálogo contodas las Antiguas Iglesias de Oriente juntas. Hemos
pasado de los problemas cristológicos al tema de la Iglesia
como comunión.
Esperamos que puedan darse otros pasos concretos y
que en un futuro sea posible llegar a la plena
comunión.Con las Iglesias ortodoxas de tradición bizantina y eslava todavía
no se ha alcanzado un acuerdo análogo al anterior. De
todos modos, las excomuniones de 1054 – fecha que se
ha convertido en el símbolo de la separación entre Oriente
y Occidente – han sido borradas «de la conciencia de
la Iglesia» (19) en el último día del Concilio Vaticano
II (7 de diciembre de 1965). El año 1054 es
sin duda una fecha simbólica. El Oriente y el Occidente
habían acogido de forma diferenciada el mensaje del Evangelio y
habían desarrollado diferentes tradiciones (20), diferentes formas de cultura y
de mentalidad. A pesar de dichas diferencias, todos vivían dentro
de una única Iglesia. Pero ya a lo largo del
primer milenio, Oriente y Occidente habían tenido una evolución diferente,
con el resultado de que seentendían cada vez menos. Dicho
extrañamiento fue la verdadera causa de laseparación que se produjo
en el segundo milenio (21).
Hoy en día también, en cada
encuentro con las Iglesias ortodoxas, podemos comprobar que somos muy
cercanos los unos a los otros en la fe y
en la vida sacramental, pero tenemos dificultades para entendernos a
nivel de cultura y de mentalidad. En Oriente, nos encontramos
frente a una cultura altamente desarrollada - que sin embargo
no ha experimentado ni la separación que se ha producido
en Occidente entre Iglesia y Estado, ni la moderna Ilustración
- una cultura marcada sobre todo por un periodo de
entre cincuenta y setenta años de opresión comunista. Tras los
cambios que se han producido a finales del siglo pasado,
estas Iglesias son por primera vez libres – libres de
los emperadores bizantinos, libres de los Otomanos, libres de los
zares, y libres del sistema totalitario comunista; pero se enfrentan
a un mundo completamente transformado, en el que en primer
lugar tienen que encontrar su camino. Todo esto necesitatiempo y
requiere paciencia.
Los tres documentos elaborados entre 1980 y 1993
por la «Comisión Mixta Internacional para el Diálogo Teológico entre
la Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa en su conjunto»
muestran una profunda comunión en la forma de entender la
fe, la Iglesia y los sacramentos, sobre todo la eucaristía
(22). En esta línea, se han vuelto a establecer con
las Iglesias hermanas, tanto las Iglesias ortodoxas como las Antiguas
Iglesias de Oriente, importantes elementos de la antigua comunión eclesial,
como por ejemplo: el intercambio de visitas y un regular
intercambio de mensajes entre el Papa y los Patriarcas, contactos
frecuentes entre las Iglesias locales y a nivel de monasterios.
Este último aspecto resulta muy importante para las Iglesias orientales,
caracterizadas por una fuerte connotación monástica.
La única cuestión teológica
seriamente debatida entre nosotros y la Iglesia ortodoxa –a parte
de la introducción del Filioque en el Credo (introducción que
a nuestro modo de ver refleja una posición más complementaria
quecontradictoria) (23)– es la cuestión del primado romano. Según han
afirmado amenudo el Papa Pablo VI y el Papa Juan
Pablo II, dicha cuestión representa el mayor obstáculo para los
cristianos no católicos (24).
Desde esta perspectiva, el Papa Juan
Pablo II en su Encíclica Ut unum sint(1995) ha invitado
a iniciar un diálogo fraterno acerca del futuro ejercicio del
primado (25). ¡Se trata de un gesto bastante revolucionario para
un Papa! Eso ha tenido una amplia resonancia. El Pontificio
Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos
ha recogido las reacciones a la exhortación del Santo Padre
y ha enviado una síntesis de las mismas a todas
las Iglesias y las Comunidades eclesiales interesadas (26). Como era
lógico esperar, esta primera fase no haresultado en un consenso;
parecen sin embargo haberse instaurado una nueva atmósfera, un nuevo
interés y una nueva apertura. Esperamos ahora emprender una segunda
fase de diálogo. En el mes de mayo de 2003,
el Pontificio Consejo convocó un simposio teológico sobre el ministerio
petrino en el que participaron teólogos de las principales Iglesias
ortodoxas; evidentemente el simposio no ha delineado una solución, pero
se han registrado prometedoras aperturas, por una y otra parte.
Por consiguiente, se ha expresado el acuerdo para continuar este
tipo de diálogo a nivel académico.
Desafortunadamente, tras los cambios políticos
que se han producido en la Europa Central y Oriental
en los años 1989-1990, las relaciones con las Iglesias ortodoxas
se han vuelto más difíciles. En Ucrania y en Rumania,
las Iglesias orientales unidas a Roma, que habían sido violentamente
oprimidas y perseguidas por los regímenes comunistas, han salido de
las catacumbas y han vuelto a la vida pública. Algunas
antiguas hostilidades acerca del proselitismo y el llamado «uniatismo» han
vuelto a surgir, haciendo el diálogo más difícil y en
ocasiones polémico. En la última sesión plenaria de la Comisión
Mixta Internacional para el Diálogo Teológico que tuvo lugar en
Baltimore, en el año 2000, por desgracia no fue posible
avanzar en lo que se refiere al espinoso problema del
uniatismo. Además, después de dicho encuentro, no ha sido posible
convocar una ulterior reunión de la Comisión. Han surgido problemas
y dificultades sobre todo con la Iglesia ortodoxa mayoritaria, la
Iglesia ortodoxa rusa, tras la transformación en diócesis de las
cuatro administraciones apostólicas presentes en la Federación Rusa.
Esto no
significa sin embargo que el diálogo haya entretanto llegado a
un punto muerto. Mediante visitas personales y contactos fraternos, es
decir mediante el llamado «diálogo de la caridad», hemos logrado
mejorar las relaciones bilaterales con las Iglesias ortodoxas de Rumania,
Serbia y Bulgaria. Se ha realizado unintercambio de delegaciones de
alto nivel. En concreto, tras la histórica visita del Papa
Juan Pablo II a Atenas en el año 2001, las
relaciones con la Iglesia ortodoxa de Grecia, que habían sido
hasta ese momento bastante frías, se volvieron más cordiales y
se desarrollaron hasta el punto de realizar una colaboración másintensa.
Un paso más en ese sentido se dio con la
visita a Atenas de unaDelegación de la Santa Sede y
una visita a Roma de una Delegación del Santo Sínodo
de la Iglesia ortodoxa de Grecia, un intercambio que hubiera
sido del todo inimaginable hace tan sólo dos años. Nuestras
relaciones con Moscú muestran claros signos de distensión y de
mejora. Tengo la sensación de que mientras tanto hemos logrado
volver a empezar olvidando el pasado.
El principal problema teológico al
que nos enfrentamos actualmente hace referencia a nuestra común y
diferente comprensión de la communio (koinonia). En este tema tocamos
el eje mismo de nuestra diferencia: por una parte, el
ministerio petrino y una concepción universalista de la Iglesia y
por otra, la concepción de la autocefalia de las Iglesias
nacionales. Para superar esta divergencia es necesario por parte nuestra
llegar a una re-interpretación y a una re-recepción del Concilio
Vaticano I, que salvaguarde el don del ministerio petrino para
la unidad y la libertad de la Iglesia, manteniendo al
mismo tiempo la tradición oriental de las Iglesias sui iuris
con su propia tradición teológica, espiritual y canónica sin caer
en la trampa de Iglesias nacionales autocéfalas, a las que
incluso los mismos teólogos ortodoxos consideran como una debilitación de
la Ortodoxia actual. El antiguo problema de la unidad y
de la legítima diversidad requiere una nueva solución. Aunque en
el futuro nos enfrentemos a dificultades y problemas, tengo la
impresión de que nosencontramos al principio de una nueva y
prometedora etapa.
IV. El Ecumenismo con las Iglesias de tradición de
la ReformaEstoy convencido de que la mejora de nuestras relaciones
ecuménicas con las Iglesias orientales es fundamental para la superación
de las divisiones dentro de la cristiandad occidental. De hecho,
desde su separación de Oriente, la cristiandad latina se ha
desarrollado de forma unilateral; o por así decirlo ha respirado
con un solo pulmón y se ha empobrecido. Dicho empobrecimiento
ha sido, entre otras, una de las causas, de la
grave crisis atravesada por la Iglesia en la tarda Edad
Media, que condujo a la trágica división del siglo XVI.
Las consideraciones expuestas a continuación se limitan al diálogo con
los Luteranos, que –al igual que el diálogo con la
Comunión Anglicana– es el más desarrollado. A lo largo de
las últimas décadas se han realizado muchos avances con la
Federación Luterana Mundial a nivel internacional, regional y local (27).
Tras una considerable investigación preparatoria (28), en 1999 se firmó
solemnemente la Declaración conjunta sobre la Doctrina de la Justificación
(29). Según afirmó con acierto el Papa, se trató de
una piedra miliar, de un importante paso adelante, que sin
embargo todavía no nos ha conducido al final del camino.
Siguen en efecto existiendo ulteriores cuestiones sin resolver. No obstante,
las Iglesias no tienen que alcanzar, punto por punto, un
acuerdo sobre todas las cuestiones teológicascontrovertidas. Si existe un acuerdo
sustancial, no todos los tipos de diferencias son necesariamente «divisivas»;
algunas de ellas pueden ser entendidas como complementarias más que
contradictorias. En este sentido es suficiente un acuerdo diferenciado, una
diversidad reconciliada, o como se quiera llamar (30).
Algunos teólogos,
especialmente protestantes, han manifestado su decepción frente a la Declaración
conjunta. Ellos no han tenido en cuenta susconsecuencias eclesiales concretas.
A mi juicio, además de que en la Declaración conjunta
se afirma muy claramente que la misma no pretende solucionar
las cuestiones eclesiológicas, dicha crítica es injustificada. La Declaración conjunta
ha suscitado una nueva y más profunda dimensión e intensidad
en las relaciones con nuestros hermanos luteranos, una dimensión que
no tenemos con las demás denominaciones protestantes. En definitiva, todo
esto nos permite dar al mundo un testimonio común sobre
la esencia del Evangelio: Jesucristo y su significadosalvífico, y esto
no es poca cosa para nuestro mundo secularizado.
El «núcleo
interior» que permanece actualmente está constituido por la cuestión de
la Iglesia y por la cuestión del ministerio relacionada con
la cuestión de la Iglesia. Dicho tema está incluido en
el programa del diálogo. En el sentido de la Reforma,
la Iglesia es «creatura verbi» (31); se comprende principalmente a
través de la proclamación de la Palabra y de la
respuesta en la fe; es una asamblea de creyentes en
la que el Evangelio se predica en su pureza y
los sacramentos se suministran según el Evangelio (32). Por lo
tanto el centro de gravedad ya no reside en la
Iglesia, sino en la comunidad que constituye «el punto central
de referencia de las intuiciones básicas y de las estructuras
mentales reformistas» (33). Por esta razón la estructura de las
Iglesias de la tradición de la Reforma no es episcopal,
sino comunitaria–sinodal y presbiteral; teológicamente, el episcopado es unejercicio pastoral
con la función de guía eclesial (34), un modo de
entender que es incluso más marcado en las Iglesias reformadas
con respecto a las Iglesiasluteranas (35).
En cualquier caso, a
lo largo de las dos últimas décadas se ha producido
cierto cambio. El Documento de Lima sobre «Bautismo, Eucaristía y
Ministerio»(1982) en el que la sucesión apostólica en el episcopado
se considera «un signo, aunque no una garantía, de la
continuidad y de la unidad de la Iglesia» (36), ha
supuesto un avance. Contemporáneamente, en el marco de su diálogo
con las Iglesias anglicanas, que representan a nivel ecuménico una
importante posición intermedia (37), las Iglesias luteranas escandinavas y de
Estados Unidos hanestudiado la cuestión del episcopado histórico (38). Las
Iglesias luteranas de la Europa continental de la Comunidad de
Leuenberg tienen una actitud diferente; para ambas, el orden episcopal
y sinodal-presbiteral son legítimos dentro de unapluralidad de organizaciones y
estructuras eclesiales (39).
Nos encontramos por lo tanto frente a
dos enfoques diferentes: por una parte, un enfoque episcopal orientado
universalmente y mayormente inspirado en la antigua tradición eclesial de
los anglicanos y de algunas Iglesias luteranas y, por otra,
un enfoque presbiteral mayormente centrado en la comunidad local. En
el trasfondo de estas dos aproximaciones es posible identificar diferentesinterpretaciones
de la real intención de la Reforma. Los Reformadores ¿pretendían
renovar la Iglesia universal de su época manteniendo una continuidad
con suestructura fundamental, tal y como sugiere la Confesión de
Augsburgo (1530) (40), o el desarrollo de un nuevo tipo
y paradigma de Iglesia era una consecuencia de su intención
primaria? ¿Se trataba de un consenso fundamental o –según muchos
afirman hoy en día– de una fundamental diferencia ? (41).
Recibimos en la actualidad diversas señales por parte de nuestros
hermanos y no nos resulta fácil distinguir, en términos eclesiológicos,
la dirección hacia la cual estas se orientan. Sigue siendo
necesaria una aclaración de las cuestioneseclesiológicas, especialmente acerca del ministerio
ordenado, tanto a nivelecuménico como dentro del mismo mundo protestante.
Dicha cuestión está siendo examinada por la Comisión mixta internacional
con los luteranos. También laComisión Fe y Constitución ha iniciado
un proceso de consulta acerca de la Naturaleza y la
Finalidad de la Iglesia (42) y esperamos que el estudio
puedaprogresar ulteriormente sobre la base del Documento de Lima sobre
Bautismo, Eucaristía e Ministerio (1982).
Por desgracia, mientras que
nos estamos comprometiendo para superarestas y otras diferencias tradicionales, se
dan actualmente nuevos problemas en el campo ético, ámbito en
el que se registraba anteriormente un consenso general. No se
trata sólo de la ordenación de las mujeres, que Lutero
rechazabacategóricamente. Hoy en día, el mundo protestante y anglicano estáprofundamente
dividido sobre la cuestión de problemas éticos que se debaten
en nuestra cultura occidental: el aborto, la homosexualidad, la eutanasia
y otros. Todo esto genera un nueva divergencia que hace
más difícil y en ocasiones incluso imposible ofrecer aquel testimonio
común que el mundo tanto necesita.
Con respecto a la
cuestión del ministerio eclesial y a la ética, existe una
preocupación común a toda la teología reformada: la libertad religiosa.
El famoso tratado de Lutero de 1502, una de sus
principales publicaciones, «Sobre la libertad cristiana», adquiere una importancia nueva.
Lutero ha sido a menudo entendido, pero aún más a
menudo malentendido, como liberador del yugo del papado y de
todas las constricciones institucionales, y por lo tanto como pionero
de la libertad según su moderno significado liberal. Por esta
razón, en lo que se refiere al diálogo con las
Iglesias de tradición reformada, tras la aclaración sobre la Doctrina
de la justificación, las cuestiones que siguen abiertas son principalmente
aquellasrelacionadas con la eclesiología. Pero la solución de las cuestiones
eclesiológicas tiene que situarse en el más amplio contexto de
cómo estas se relacionan connuestra cultura moderna y postmoderna, y
de cómo hay que entender la libertad cristiana comparada con
la libertad liberal de Occidente.
V. La pneumatología como problema
fundamentalSe objeta a menudo lo siguiente: ¿es posible que sólo
a causa de la cuestión del ministerio eclesial –sacerdocio, episcopado,
ministerio petrino– tengamos que vivir en Iglesias separadas y no
podamos participar juntos en el Banquete del Señor? ¡Y sin
embargo es precisamente así! Algunos teólogos de las Iglesias ortodoxas
y de la tradición de la Reforma hacen hincapié en
el hecho de que con respecto a la cuestión del
ministerio está surgiendo una diferencia más marcada. Podremos progresar en
el diálogo ecuménico sólo si logramos definir dichadiferencia de forma
más precisa y no con la intención de consolidar la
diversidad, sino para ser capaces de superarla mejor.
Para algunos
filósofos ortodoxos la diferencia fundamental hace referencia al tema del
Filioque, es decir la añadidura latina al Credo niceno-costantinopolitano de
la Iglesia antigua. A primera vista, una tesis de este
tipo parece extravagante. Pero según estos teólogos el Filioque tiene
consecuencias concretas en el modo de entender la Iglesia. Ellos
consideran que el Filioque vincula por completo la eficacia del
Espíritu Santo a la persona y a la obra de
Jesucristo, y no deja espacio para la libertad del Espíritu;
el Filioque, por así decirlo, vincularía completamente el Espíritu Santo
a las instituciones establecidas por Cristo. De acuerdo con dichainterpretación,
eso constituiría la raíz de la sumisión católica del carisma
a la institución, de la libertad del individuo a la
autoridad de la Iglesia, de lo profético a lo jurídico,
del misticismo a la escolástica, del ministerio común al ministerio
jerárquico, y finalmente la sumisión de la colegialidad episcopal al
primado romano (43). Un enfoque similar de cristomonismo unilateral no
está justificado siconsideramos la tradición católica en su conjunto, pero
hay en él un significativo núcleo de verdad si consideramos
la eclesiología de la postreforma, la cual, en efecto, a
menudo era más bien una “jerarcología” (44).
En ámbito protestante
encontramos los mismos argumentos basados enpremisas diferentes. Las Iglesias de
la Reforma pertenecen indudablemente a la tradición latina y por
lo general aceptan el Filioque; en contra de los entusiastas,
éstas afirman enérgicamente que el Espíritu es el Espíritu de
Jesucristo y que está vinculado a la Palabra y al
Sacramento (45). Pero para ellas también es una cuestión de
soberanía de la Palabra de Dios en la Iglesia y
por encima de la Iglesia, entendida como rechazo de un
modo jurídico-institucional de considerarla. Por lo tanto ellas proclaman la
libertad cristiana como libertad frente a la mediación de la
Iglesia mediante las indulgencias y el sistema sacerdotal-sacramental en suconjunto.
Esta libertad cristiana, que es un tema tan querido por
los Reformadores, corresponde a la libertad de Dios y de
su Espíritu.
El desarrollo en el ámbito de la Reforma
de los movimientos revivalistas y pietistas y de las «Free
churches» con su énfasis en la libertad del Espíritu –que
constituye en parte una reacción a las Iglesias protestantes muy
precozmente institucionalizadas y establecidas–, tiene en cierta medida una propia
lógicahistórica interna en las fundamentales decisiones de los Reformadores. Tras
los varios movimientos de revival y las Iglesias libres clásicas
(Metodistas, Baptistas, Mennonitas, Adventistas, Discípulos de Cristo, etc.), asistimos hoy
en día a la aparición de fuertes movimientos carismáticos y
pentecostales, que se estánrápidamente difundiendo a escala mundial, mientras que
las Iglesias protestantes clásicas disminuyen en el mundo entero. Por
lo tanto la escena ecuménica estácambiando de forma dramática (46).
Los
Pentecostales no siempre son fáciles compañeros de diálogo. Algunos de
ellos son muy agresivos y proselitistas; estos provocan graves problemas
a la Iglesia católica, especialmente en América Latina. Con otros
hemos conseguido desarrollar un diálogo positivo y fundado en la
confianza (47). Ellos profesan confirmeza su fe trinitaria y cristológica
y sus convicciones éticas. En una palabra, son cristianos serios,
pero les falta una eclesiología desarrollada, especialmente una eclesiología universal,
que trascienda las respectivas comunidades locales. Eldiálogo con estas comunidades
y las cuestiones que ellas planteen tendrán gran importancia para
el futuro del diálogo ecuménico (48).
También el Concilio Vaticano II
ha generado un nuevo florecimiento de la dimensión carismática de
la Iglesia (49). El Concilio no habla sólo del efecto
del Espíritu por medio de los Obispos (50), sino también
y sobre todo del sensus fideliumde todos los creyentes (51),
del Espíritu que conduce a la verdad sólo mediante el
trámite de toda la vida de la Iglesia (52). No
se trata por lo tanto de una relación de sentido
único, de arriba abajo, de los obispos a los sacerdotes
(53), es decir de una relación fieles-sacerdotes- obispos (54), sino
más bien de una relaciónmutua, edificada sobre la hermandad y
la amistad.
Una consecuencia práctica de todo esto ha
sido el movimiento carismático, mediante el cual el movimiento pentecostal
se ha abierto camino dentro de la Iglesia católica. En
cierto modo se puede incluso hablar de una«pentecostalización» de la
Iglesia católica en muchas parroquias y congregaciones, reconocible por la
forma en la que se celebra la liturgia. De todos
modos, en contraposición con el movimiento pentecostal fuera del catolicismo,
el movimiento carismático católico permanece dentro de la estructura sacramental
e institucional de la Iglesia; por lo tanto este puede
ejercer un efecto regenerador sobre la misma.
Un enfoque pneumatológico
de este tipo puede ser integrado con facilidad en una
renovada eclesiología de comunión, que a lo largo de las
últimas décadas se ha convertido cada vez más en el
término clave de los documentos ecuménicos de diálogo (55). Su
idea central y fundamental es la participación de todos los
creyentes, por medio del Espíritu Santo, en la vida del
Dios trinitario (1 Jn 1,3). El Espíritu Santo derrama sus
dones con gran variedad (1 Cor 12). Esto implica muchas
cuestiones de eclesiología, incluida la relación del sacerdocio común de
todos los bautizados con el sacerdocio jerárquico, como también la
relación del primado con las estructuras sinodales o conciliares dentro
de la Iglesia; las relaciones entre obispos, sacerdotes y diáconos,
entre los pastores y el conjunto del pueblo de Dios.
Pero un enfoque de este tipo también abre muchas posibilidades
de solución para estos problemas de manera menos estática y
más dinámica.
La participación común en la vida del Dios trinitario
indica que la Iglesia está edificada a imagen de la
Santa Trinidad (56). La doctrina de la Trinidad en su
esencia es el corolario de la afirmación contenida en la
primera Carta de Juan: «Dios es amor» (1 Jn 4,
8.16). Dios es, en sí, pura relación de amor; sobre
todo el Espíritu Santo es el amor hecho persona. De
todo esto deriva una ontología relacional, que es fundamental para
una renovada eclesiología de communio. Esta puedecomprender el ser sólo
como ser en términos de relación, como el hecho de
concederse mutuamente un espacio, y como el hecho de
habilitarse para las relaciones mutuas. De ello se origina una
espiritualidad de communio sin la cual cualquier debate acerca de
las estructuras de comunión sería vacío y sin alma (57).
Por
lo tanto la libertad donada por el Espíritu Santo no
es una libertad individualista, sino una libertad en común, para
los demás y con los demás; la libertad cristiana está
esencialmente vinculada a la responsabilidad, y encuentra su cumplimiento en
un amor desinteresado y en el servicio al otro. El
Apóstol Pablo en su Carta exhorta así a los Gálatas:
«Vosotros, hermanos, habéis sido llamados a la libertad. Pero no
toméis de esa libertad pretexto para vivir según la carne;
antes al contrario, servios unos a otros por amor» (Gal
5, 13).
En su tratado “Sobre la Libertad Cristiana”, Lutero
hace justamente suya esta idea, pero fue el famoso teólogo
de Tübingen, Johann Adam Möhler, quien recogió espléndidamente el sentido
eclesiológico de la cuestión en las siguientes palabras: «Ahora bien,
dos extremos son posibles en la vida eclesiástica y los
dos llevan por nombre egoísmo: que cada uno quiera serlo
todo (alles), o que quiera serlo uno solo. En este
último caso, el lazo de la unidad es tan estrecho
y la caridad tan ardiente, que no es posible evitar
el sofoco; en el primer caso, todo se disgrega tanto
y se hace tan frío, que es inevitable helarse. Un
egoísmo engendra al otro; pero lo cierto es que ni
uno solo ni cada uno deben pretender serlo todo. Sólo
todos pueden serlo todo y sólo la unidad de todos
puede ser un todo (ein Ganzes). Tal es la idea
de la Iglesia católica» (58).
Todo esto nos orienta hacia
una Iglesia en la que las diferentes instancias y carismas
colaboran interactuando abiertamente, en la que el magisterio, por ejemplo,
tiene un papel inalienable e insustituible, pero de la que
no quedanexcluidos el sentido y el consenso de los fieles,
el proceso de recepción, la función del magisterio de los
teólogos y sobre todo el testimonio de la liturgia. En
el marco de una interacción de este tipo, la libertad
del Espíritu no opera por fuera, sino desde dentro y
mediante la comunión eclesial que es, al mismo tiempo, institución
y acontecimiento carismático siempre nuevo (59).
Una visión de este
tipo mantendría todas las posiciones católicas esenciales acerca del ministerio
y del magisterio; al mismo tiempo contestaría a las críticas
formuladas por nuestros hermanos separados. En definitiva, esta visión nosreconduce
al ecumenismo espiritual, puesto que nosotros no podemos «hacer» u
«organizar» este tipo de comunión. La oración Veni Creator Spiritus
es la respuesta última sobre cómo hay que recoger la
exhortación del único Espíritu a superar el escándalo de la
división. Sólo en el Espíritu podemos operar para que se
actualice la oración del Señor en la víspera de su
muerte: que todos sean uno (Jn. 17, 21).
Autor: Cardenal Walter
Kasper.
(1) CONCILIO VATICANO II, Decreto sobre
el Ecumenismo Unitatis redintegratio [= UR], 1;JUAN PABLO II,Carta Encíclica
sobre el compromiso ecuménico Ut unum sint [= UUS], 99.
(2) UUS 3; sobre los frutos del diálogo: UUS 41-49.
(3)
Se trata de una traducción libre de la expresión idiomática
alemana: «Von allen guten Geistern verlassen».
(4) Cf. DECLARACIÓN Dominus
Ieusus – La unicidad y la universalidad salvífica de Jesucristo
y de la Iglesia, 6 de agosto de 2000.
(5)
Lumen gentium (LG) 8.
(6) LG 8;UR 3.
(7) UUS 13.
(8) LG
15;UR 3;UUS 48; Dominus Iesus 17.
(9) UR, 14.
(10) UUS
34.
(11) LG 8;UR 4; 6-8;UUS 15-17.
(12) UR 14; «Dominus Iesus»
17.
(13) UUS 28.
(14) J. Ratzinger, Gott und die Welt. Glauben
und Leben in unserer Zeit. Stuttgart-Munich 2000, 388 s.
(15)
UR 7S;UUS 21.
(16) Importantes contribuciones de A. Grillmeier, A. de
Halleux, L. Abramowski, etc.
(17) Cf. Wort und Wahrheit, Ed./vol. 1/5,
1974/1989; Chalzedon und die Folgen (FS Bischof Mesrob Kikorian (Pro
Oriente, vol. 14), Innsbruck/Viena 1992. D. Wendebourg, Die eine Christenheit
auf Erden. Tübingen 2000, 116-146.
(18) Dokumente wachsender Übereinstimmung, publicado
por H. Meyeer, H.J. Urban, L. Visher. Vol. 1. Paderborn-Frankfurt
a.M. 1983. 529-531 s; 541 s (con los Coptos): vol.
2 (1992) 571 s (con los Sirios); 575 (con los
Coptos); 578 s (con la Malankara Orthodox Syrian Church); Growth
in Agreement. Ed. J. Gros, H. Meyer, W. Rush. Vol.
2, Ginebra 2000, 707-708 (con la Iglesia Apostólica Armenia); 711-712
(con la Iglesia Asiria de Oriente).
(19) Tomos Agapis. Vatican
– Phanar (1958 – 1970, Rome – Istanbul 1971. Cf.
J. Ratzinger, Rom und die Kirchen des Ostens nach der
Aufhebung der Exkommunikationen von 1054, en: TheologischePrinzipienlehre, München 1982, 214-239.
(20) UR 14; 16.
(21) Cf. Y. Congar, Neuf cent ans
après. Notes sur le schisme oriental. Paris 1954.
(22) Con referencia
al diálogo internacional: Documents on increasing agreement, vol. 2, 531-541;
542-553; 556(567; el Documento llamado de Balamand en : Growth
in Agreement, a.a.O. 680-685. Diálogo bilateral: Orthodoxy in Dialogue. Ed.
da Bremer-J. Oeldemann-D. Stoltmann. Trier 19999. Para el importante diálogo
en Estados Unidos: The Quest for Unity, Ed. J. Borelli
y J.H. Erickson, Crestwood-Washington, 1996. Mientras tanto el diálogo en
estados Unidos ha podido finalizar un documento sobre la introducción
del Filioque.
(23) Cf. Catecismo de la Iglesia católica, n.
246; Aclaración del Pontificio Consejo para la Promoción de la
Unidad de los Cristianos: Le tradizioni greca e latina a
riguardo della processione dello Spirito Santo, Città del Vaticano 1996;
Vom Heiligen Geist. Der gemeinsame trinitarische Glaube und das Problem
des Filioque, Innsbruck-Wien 1998.
(24) PABLO VI, Discurso al Consejo Ecuménico
de las Iglesias de Ginebra (12 de junio de 1984)
en: Insegnamenti VII, 1 (1984); JUAN PABLO II, Discurso a
la Plenaria del Pontificio Consejo para la Promoción de la
Unidad de los Cristianos, en: Information Service, N. 98 (1998)
118 ss; UUS 88.
(25) UUS 95.
(26) Information Service 2002/I-II, 29-42
(con una amplia bibliografía).
(27) Nos limitamos a nombrar los
documentos internacionales: con los Luteranos: Il Vangelo e la Chiesa(Malta
Report) (1972); L’Eucaristia (1978); Vie verso la Comunione (1980); All
Under One Christ(1980); Il Ministero nella Chiesa (1981); Martin Lutero
– Testimone di Gesù Cristo (1983); Facing Unity(1984); Chiesa e
Giustificazione (1994). Con los Reformados: La Presenza di Cristo nella
Chiesa e nel Mondo (1977); Diálogos multilaterales : Battesimo, Eucaristia
e Ministero , Declaraciones de acuerdo de la Comisión Fe
y Constitución del Consejo Mundial de Iglesias (1982); Confessare insieme
l’unica fede. Una interpretazione ecumenica del Credo Apostolico come esso
è conosciuto nella Professione di Fede di Nicea-Costantinopoli (381).
(28)
Especialmente: Justification by Faith. Lutherans and Catholics in Dialogue VII,
Minneapolis 1985; Lehrverurteilungen – Kirchentrennend ? Ed. por K. Lehmann
y W. Pannenberg, Freiburg i. Br.-Göttingen, 1986.
(29) Joint Declaration
on the Doctrine of Justification. Official Statement and Appendix. Frankfurt
a. M. –Paderborn 1999.
(30) Cf. H. Meyer, Einheit in
versöhnter Verschiedenheit, in ibid: Versöhnte Verschiedenheit. Aufsätze zur ökumenische Theologie,
vol. 1, Frankfurt a.M.-Paderborn 1998, 101-119; K. Lehmann, Was für
ein Konsens wurde erreicht ? En: StdZ 124 (1999) 740-745;
Einheit – aber wie ? Zur Tragfähigkeit der ökumenischen Formel
von differenzierten Konsens, ed. H. Wagner (Quaestiones disputatae, vol. 184).
Freiburg i.Br. 2000.
(31) M. Luther, De captivitate Babylonica ecclesiae
praeludium (1520), en: WA 6, 561.
(32) CAArt. 7 e 8
(BSELK 61 s); Schmalkaldische Artikel III, 10: Von den Kirchen
(BSELK 459 s); GrosserKatechismus Art. 3 (BSELK 653-658); Heidelberger Katechismus,
54. Question (Confessional texts andChurch orders, ed. W. Niesel, 43
s); Barmener Erklärung, Art. 3 (ibid. 335 s).
(33) G.
Gloege, Art. Gemeinde, en: RGGvol. 2,3. Edición 1958, 1329.
(34)
FundamentalCA 28 (BSELK 120-134).
(35) Cf. John Calvin, ibid. 714-724,
en el que Calvino excluye al episcopado de su doctrina
sobre los ministerios.
(36) Battesimo, Eucaristia e Ministero , 38.
Frankfurt-Paderborn 1982, 44.
(37) Sobre todo el último documento del
ARCIC: El don de la Autoridad – la Autoridad en
la Iglesia III, London-Toronto-New York 1999.
(38) The Poorvo Common
Statement (1992); Called to Common Mission. An Agreement of Full
Communion between the Episcopal Church of the USAand the Evangelical
Lutheran Church in America (1999);Called to Full Communion. The Waterloo
Declaration by the Anglican Church in Canada and the Evangelical
Lutheran Church in Canada (1999).
(39) Die Kirche Jesu Christi. Der
reformatorische Beitrag zum ökumenischen Dialog über die kirchliche Einheit (Leuenberg
Texts, 1), Frankfurt a.M. 1995, 34; 56-59. Dos Documentos alemanes
más recientes siguen esta línea de Leuenberg: „Kirchengemeinschaft nach evangelischem
Verständnis“ (2001) y„Ökumene nach lutherischem Verständnis“ (2004).
(40) Así hoy en
día por ejemplo, W. Pannenberg, Reformation und Einheit der Kirche,
en: Kirche und Ökumene, Göttingen 2000, 173-185; The Catholicity of
the Reformation. Ed. C.E. Braaten y R.W. Jenson, Grand Rapids/Mich.
1996; The Ecumenical Future. Background for, en: One Body through
the Cross: The Princeton Proposal for Christian Unity. Ed. C.E.
Braaten and R.W. Jenson, GrandRapids/Mich. 2003.
(41) Grundkonsens – Grunddifferenz,
Ed. A. Birmelé y H. Meyer, Frankfurt a.M.-Paderborn 1992; H.
Meyer, Ökumenische Zielvorstellungen, Göttingen 1996, 159-162.
(42) The Nature and
the Purpose of the Church. A Stage on the Way
to a Common Statement. Faith and Order Paper 181 (1998).
(43) Esta es la posición de V. Lossky, Théologie mystique
de l’Église d’Orient, Paris 1944. Dicha posición ha sido criticada
por G. Florovsky, Christ and the Church, Suggestions and Comments,
en: L’Église et les Églises, tom. 2, Chevetogne 1955.
(44) Y.
Congar, Pneumatologie et «christomonism» dans la tradition latine, en: Ecclesia
a Spiritu sancto edocta, Gembloux 1970, 41-64; Je crois en
l’Esprit Saint, vol. 1: L’expérience de l’Esprit, Paris 1979, 95-130;
207-217.
(45) Y. Congar, Je crois en l’Esprit Saint, 191-198;
R. Frieling, Amt, Laie – Pfarre – Priester – Bischof
–Papst, Göttingen 2002, 213 s.
(46) W.J. Hollenweger, Pentecostalism, Hendickson
1997; C.M. Robeck, Pentecostals and Ecumenism in a Pluralistic World,
en: The Globalisation of Pentecostalism, Oxford 1999.
(47) Para el
diálogo católico-pentecostal : R. del Colle, The Holy Spirit and
Christian Unity. A Case Studyfrom Catholic/Pentecostal Dialogue, en: P. Walter
u.a., a.a.O. 290-305; C.M. Robeck, The Challange Pentecostalism Poses to
the Quest for Ecclesial Unity, en: ibid 306-
(48) Y Congar,
Je crois en l’Esprit Saint, vol. 2, Paris 1980, 193-270.
(49) LG 4; 7; 12; 49;AA 3;AG 4; 29. Cf.
Y. Congar, Je crois en l’Esprit Saint, vol. 1, Paris
1979, 227-235.
(50) LG 21; 24S; 27.
(51) LG 12; 35.
(52)
DV 8.
(53) LG 28;PO 7;CD 16; 28.
(54) LG 37;PO 9;AA
25.
(55) En el ámbito de una amplia bibliografía pueden incluirse
las siguientes contribuciones. De fundamental relevancia, L. Hertling, Communio und
Primat. Kirche und Papsttum in der Antike(Miscelanea Historiae Pontificiae, vol.
7) Roma 1943. por parte luterana, W. Elert, Abendmahl und
Kirchengemeinschaft in der alten Kirche hauptsächlich des Ostens, Berlín 1954.
Para una comparación bíblica: H. Seemann, J. Heinz, P.C. Bori,
K. Kertelge et al. Para el periodo del Concilio: H.
de Lubach, Y. Congar, J. Hamer, M.J. Le Guillou et
al. Existe una vasta bibliografía tras el Concilio: A. Grillmeier,
H. U. von Balthasar, O. Saier, J. Ratzinger, W. Kasper,
J.M.R. Tillard, M. Kehl, G. Greshake, B. Forte, J. Hilberath
et al. Importante, el volumen de mélanges ofrecido al Obispo
P.W. Scheele, Communio Sanctorum (1998), y el volumen para el
Arzobispo O. Saier, Gemeinsam Kirche sein. Theorie und Praxis der
Communio (1992).
(56) LG 4;UR 3.
(57) Juan Pablo II, Carta
Apostólica Novo Millennio ineunte (2001), 43.
(58) J.A. Möhler, Unity
in the Church, § 70.
(59) He demostrado en otra ocasión
que una visión de este tipo se corresponde a aquella
de la primera Escuela de Tübingen como en J.S. Drey
y J.A. Möhler.
Transcristo por: Cristobal Aguilar.