Mi?rcoles, 04 de noviembre de 2009
TRATADO DE ALQUíMIA DE SANTO TOMÁS DE AQUINO

Vencido de tus continuos ruegos, hermano queridísimo, te propongo describir en ocho capítulos, de las partes que contiene, un breve tratado de nuestro arte, con ciertas reglas, leves operaciones eficaces y tinturas muy verdaderas contenidas en él, y quiérote rogar tres cosas: 
Lo primero, que no cuides mucho de las palabras de los modernos filósofos y de los antiguos que hablan en esta ciencia, porque el arte de la alquimia tiene su asiento y fundamento en la capacidad del entendimiento y en la demostración de la experiencia. Los filósofos, pues, queriendo encubrir la verdad de la ciencia, hablaron casi todas las cosas en lenguaje figurado. 
Lo segundo: que no quieras apreciar multitud de cosas, ni las composiciones de diversas especies, porque la naturaleza nunca produce sino su semejante: porque así como del caballo y la pollina se engendra el mulo con producción imperfecta, es como algunos imitadores de la ciencia producen de muchas cosas cierta multiplicidad. 
Lo tercero, que no seas hablador, ni bachiller, más antes bien, pon guarda en tu boca, y así como hijo de los sabios, no arrojarás las piedras preciosas a los puercos. Teniendo paz con Dios y teniendo tu fin ordenado en tu obra, siempre la llevaras fijada en tu mente. 
Cree por cierto, que si tuvieras delante de los ojos las dichas reglas, que me dio Alberto Magno, no tendrías necesidad de buscar el favor de los Reyes y de los Grandes, sino antes bien, los reyes y los señores te darían toda honra. Porque todo aquél que es reconocido en este arte sirviendo a los reyes y a los Prelados, no sólo puede ayudar a los antedichos, sino tambien con buen orden a lodos los necesitados, y lo que recibió de la gracia, jamás debe darlo a alguno con interés. 
Estén pues signadas y selladas seguramente en el secreto de tu corazón las reglas antedichas. porque en el libro y tratado que escribí antes de éste, hablé filosóficamente para los del vulgo, mas a tí, hijo de gran secreto, escribo más claramente, confiado en tu especial cuidado en el hablar.

 
DE LA OPERACION 


Porque según Avicena en una epístola al Rey Assa dice: Nosotros buscamos una substancia verdadera y hacerla fija, compuesta de muchas, y que puesta sobre el fuego lo soporte sin quemarse. Que será penetrante, generativa, que teñirá el mercurio y otros cuerpos con una tintura verdaderisima y con el peso debido. La nobleza de esta tintura excede al universo dichoso del mundo. Porque una cosa nuestra hace ser tres cosas. Las tres, dos; las dos, finalmente, son una. 
Finalmente, así como conviene que sea una substanciacomo dice Avicena, así también conviene tener paciencia, espera e instrumentos. 
Paciencia, porque según Pedro, la presura y el arrebatamiento vienen del Diablo. Por eso quien no tiene paciencia aparte su mano de la operaclon. 
La espera tambien es necesaria para toda acción natural, que sigue nuestro arte, ya que tiene su modo y tiempo determinado. 
Los instrumentos, pues, también son necesarios, empero no muchos como parecerá en lo siguiente, porque nuestra obra se perfecciona en una cosa, con un vaso, en una operación según Hermes y por un camino. 
Esta medicina, ciertamente, aunque es agregada de muchas cosas, con todo eso, es una sola materia que no necesita de alguna otra hazaña, si no es del fermento blanco o rubio, por lo cual es pura, natural, nunca puesta en alguna otra obra, y de la cual, en el régimen de la obra, aparecerán diversos colores según los tiempos. 
También conviene en los primeros días levantarse de mañana y ver si la viña floreció. En los siguientes días se verá el corvino transmutado en la soledad del ciego, y multiplicados colores, en todos los cuales se ha de esperar el color blanco, llegado el cual esperemos sin error alguno a Nuestro Rey, elixir o polvo simple sin tacto, piedra que tiene tantos nombres cuantas son las cosas en el mundo. Mas para explicarme en breve nuestra materia o magnesia es nuestro argento único mineral, la orina de los muchachos de doce años debidamente preparada, que viene luego de la vena y nunca fue en ninguna obra grande que escribí para los vulgares; nuestra tierra de España, o antimonio. 
Con todo eso, no notes aquí el argento vivo común, del que usan algunos multiplicadores y sofistas, del cual si algo se hace se llama solamente multiplicación, y con todo eso tiñe un poco respecto del Magisterio. Aunque causara largos gastos y si agradare trabajar con él, en él hallarás la verdad, mas requiere larga digestión. 
Sigue pues al Santo Alberto Magno, mi Maestro, y trabaja con argento vivo mineral y el mismo es de nuestra obra perfectivo por la combustión, salvificativo y efecto por la fusión, porque cuando se fija es tintura de blancura o de rubio, de una compostura abundantísima, de un esplendor resplandeciente y no se aparta de lo mezclado, porque es amigable a los metales y un medio de juntar las tinturas, porque se mezcla con ellos entrando en lo profundo y penetrando naturalmente, porque se junta conellos. 


DE LA COMPOSICION DEL MERCURIO Y DE SU PREPARACION

Aunque nuestra obra se perfecciona de nuestro solo mercurio, a pesar de eso necesita de fermento rojo o blanco, pues se mezcla más fácilmente con el sol y con la luna, y se hace una sola cosa con él, siendo así que estos dos cuerpos participan más de su naturaleza, luego son más perfectos que los demás. 
La razón es porque los cuerpos son de tanta mayor perfección cuanto más contienen de Mercurio. El sol, pues, y la luna, teniendo más de él, se conmezclan para la rubio y para lo blanco, se fijan estando en el fuego, porque el mismo mercurio solo es el que perfecciona la obra y en él hallamos todas las cosas de que necesitamos para la Obra, al cual no se debe juntar cosa extraña. 
El Sol y la Luna no son extraños a él, porque los mismos se vuelven en su primera naturaleza al principio de la obra, esto es el mercurio, porque de él tomaron su origen. 
Algunos, pues, porfían haciendo la obra con el solo Mercurio o con la magnesia simple, lavándola en vinagre fuerte, cociéndolo en aceite, sublimando, asando, calcinando, destilando la quintaesencia, sacando, con los elementos y otras infinitas martirizaciones, atormentando al mismo Mercurio, y creyendo con sus operaciones que de ellas han de hallar alguna cosa grande. Finalmente muy poco logro hallan. 
Mas créeme, hijo, que todo nuestro Magisterio está y consiste en sólo el régimen del fuego con la capacidad de la industria. Porque nosotros nada obramos, mas la virtud del fuego bien regido con poco trabajo hace nuestra piedra, y con pocos gastos. 
Juzga que cuando nuestra piedra fuese una vez suelta en su primera naturaleza, es a saber, en la primera agua, o leche de virgen, o cola del dragón, entonces la misma piedra ella se calcina, sublima, destila, reduce, lava, congela, y por la virtud del fuego proporcionado, a sí misma se perfecciona en un solo vaso, sin operación manual de otro. 
Conoce pues hijo, cómo los Filósofos hablaron figuradamente de las operaciones manuales, pues para que estés seguro de la purgación de nuestro Mercurio, te enseñaré que con una verdadera operación nuestro mercurio común es preparado levísimamente. 
Recibe pues, Mercurio mineral o tierra hispánica, antimonium nostrum, o tierra negra oculosa, todas las cuales cosas son una misma, no inferiores de su género, el cual no se haya puesto antes en obra alguna, cinco libras y veinte a lo más, y haz que pase por un paño de lino espeso tres veces. Después haz que pase por el cuero de liebre. Ultimamente haz que pase por un paño de lino espeso, y ésta es la verdadera lavadura. Y atiende: si alguna cosa queda en el cuerpo de su grosura, o algún espesor de porquería. o hediondez. entonces ese mismo mercurio no vale para nuestra obra. Pero si nada aparece, bueno te es. Advierte que con este mercurio, sin añadirle ninguna cosa, pueden hacerse la una y la otra obra. 


DE LA FORMA DE AMALGAMAR


Puesto que nuestra obra puede completarse a partir de sólo el Mercurio sin añadir ningún producto extraño, se deduce que se describa muy brevemente el modo de componer la amalgama. Pero en cambio, algunos entienden mal a los filósofos porque creen que a partir del solo mercurio, sin ninguna hermana como semejante, se puede terminar la obra. Yo sin embargo, te digo con seguridad, que cuando trabajes con el mercurio, no añadas nada extraño a él, y sepas que el oro, y la plata, no son extraños al mercurio; más aún, participan de su naturaleza de una manera más cercana que cualquier otro cuerpo. Por lo cual, reducidos a su primera naturaleza, se llaman hermanos semejantes al mercurio por su composición y por su fijación simultánea. Si esto lo entiendes con claridad, emanará leche de la virgen, y si trabajas con el mercurio no añadiéndole ninguna cosa extraña, conseguirás lo que deseas. 
 

DE LA COMPOSICION DEL SOL Y DEL MERCURIO
 

Recibe del sol común depurado, esto es, en el fuego calentado, porque es fermento de la rubicundez, dos onzas, y quiébralas en pedazos pequeños con la tenaza, añadelo a catorce onzas de mercurio, y haz humear al mercurio en la teja y desata mi sol y muévelo con una vara de palo, hasta que el sol se desate bien y se mezcle; entonces échalo todo en agua clara y en una escudilla de vidrio, o de piedra, y lava muchas veces, limpiando y mudando por tanto tiempo, hasta que la negrura toda se aparte del agua. Entonces si quieres advertir, la voz de la tortolilla se oye en nuestra tierra, la cual limpia, haz que la amalgama o composición pase por el cuero, bien ligado por arriba, exprimiendo toda la amalgama, sin dos onzas, y quedarán en el cuero catorce, y aquellas catorce onzas son las cosas aptas para nuestra operación. 
Atiende que deben ser ni más ni menos que dos onzas de toda la materia que queden en el cuero. Si fuesen más, disminúyela. Y estas dos onzas exprimidas, que se llaman leche de la virgen, guárdalas para la segunda operación. 
Póngase pues la materia desde el cuero en el vidrio, y los vidrios en el hornillo arriba descripto, y encendida debajo una lámpara, de manera que esté contínuamenteardiendo de noche y de día, que nunca se apague, y la llama derechamente dé en lo una vez encerrado, con todo eso no toque la olla, y se extienda semejantemente a todas las partes del hornillo, bien negras. 
Mas si después de un mes o dos quisieses mirar, verás flores vivas y colores principales, como negro, blanco, citrino y rubio, entonces, sin alguna operación de tus manos, con el régimen del fuego sólo, lo manifiesto será abscondido y lo abscondido se hará manifiesto. 
Por lo cual nuestra materia a sí misma se lleva al perfecto elixir volviéndose en polvo sutilísimo, que se llama tierra muerta, o hombre muerto en el sepulcro, o magnesia árida, porque el espíritu en él esta ocultado en el sepulcro, y del ánima casi se apartó. Permítela pues estar entonces, desde el principio hasta veintiséis semanas, y entonces lo grueso está hecho grácil, lo leve ponderoso, lo áspero suave, y lo dulce amargo, por la conversión de las naturalezas, cumplidas ocultamente por virtud del fuego. 
Cuando vieres pues tus polvos enjugados: et si proban, et expensas desideras tingent. Después enseñaré una, o dos partes, porque una parte de nuestra obra solamente teñirá siete de mercurio bien purgado. 


DE LA AMALGAMACION DE LO BLANCO


Del mismo modo se procede para lo blanco, esto es, luna, esto es, fermento de la blancura; cuando mezclares con siete partes de Mercurio purgado, en el mismo procederás como hiciste el rubio. Porque en toda obra blanca nada entra sino blanco, y en toda obra rubia, nada sino rubio debe entrar: porque de la misma agua nuestra se hace lo rubio y lo blanco, empero añadiendo distinto fermento, y pasado el tiempo antedicho puede teñir blanco sobre mercurio, como para rubio hiciste. 
Empero nota que el argento foliado en esta materia, es más útil que el argento en masa, porque tiene en sí mixtura de algunas heces de mercurio y se debe amalgamar con mercurio frío y no caliente. De otra suerte gravísimamente yerran algunos obrando esto, disolviendo la amalgama en agua fuerte para purgarla, y si quieren mirar la naturaleza de la composición del agua fuerte, la misma por esto se destruye más. 
Algunos tambien quieren obrar con sol o luna mineral, según las reglas de este libro, y yerran diciendo que el sol no tienen humedad y es cálido de manifiesto, y por eso muy bueno. Antes bien, se saca la quintaesencia con el ingenio sutil del fuego en el vaso de circulación que se llama pelícano. Mas el sol mineral y la luna tienen en sí mezclada tanta suciedad de hez, que la purificación de ellos, potente al nuestro, no sería obra de mujeres y juego de niños, mas antes bien trabajos muy fuertes de varón anciano, desatando, calcinando, insistiendo a otras operaciones del arte grande. 
 

DE LAS OPERACIONES SEGUNDA Y TERCERA 


Acabada esta primera obra, procedamos a la segunda práctica. Luego que se hizo el cuerpo de nuestra primera obra con la cola del Dragón, esto es, la leche de la virgen, añadidas siete partes de mercurio nuevo sobre la materia que queda, según el peso de los polvos, Mercurio digo purificado y limpiado, haz pasar por el cuero y retén siete partes del todo; lava y ponlo en el vidrio y en el hornillo, como hiciste en la primera obra, controlando por todo el tiempo, o estando cerca hasta que hayas visto hechos los polvos otra vez, los cuales por segunda vez toma o saca, y si quieres tiñe, y estos polvos son mucho mas sutiles quelos primeros, porque están más digeridos, porque una parte tiñe cuarenta y nueve en elixir. 
Entonces, procede a la tercera práctica, como hiciste en la primera y segunda operación, y pon sobre el peso de los polvos de la segunda obra, siete partes de mercurio purgado, y pon en el cuerpo, de manera que las siete partes queden en el todo como antes. Y por segunda vez cuece, y haz polvos, los cuales de verdad son polvos sutilísimos, de los cuales una onza tiñe siete veces cuarenta y nueve, que son trescientos cuarenta y tres y esto sobre mercurio. La razón es porque cuanto más se digiere nuestra medicina, tanto más sutil se hace y cuanto más sutil fuere, tanto más penetrable, y cuanto más penetrable tanto más profundo tiñe. 
Por fin, de esto se entienda, que si no tienes argento vivo mineral, seguramente podrás trabajar con mercurio común, porque aunque no valga tanto como éste, con todo eso da largas expensas. 
 

DE LA FORMA DE OBRAR EN LA MATERIA O MERCURIO


Más cuando quieras teñir mercurio, toma la teja de plateros de oro, y úntala un poco por dentro con sebo, y pónlo en ella, según la proporción de la medicina, sobre fuego lentísimo y cuando el Mercurio comenzare a humear, echa dentro de tu medicina encerrada en cera limpia, o en papel, y ten carbón encendido fuerte y preparado para esto, y pon sobre la boca de la teja. Y da fuerte fuego, y cuando todo se hubiera liquidado, échalo según las reglas, untada con sebo, y tendrás sol o luna finísima, según la adición del fermento. 
Mas si quieres multiplicar tu medicina en el estiércol del caballo. haz esto como boca a boca te enseñé, como sabes, lo cual no te escribo porque sería pecado revelar este secreto a hombres seglares que buscan esta ciencia mas por vanidad que por el debido fin y honra de Dios, al cual sea la honra y gloria en los siglos de los siglos. Amén. 
Mas aquella obra que escribí para los vulgares con estilo bastante físico, vi trabajarla una vez para siempre al Santo Alberto, de Antimonio y de tierra española a tí conocida. Mas porque es de más logro y tiempo, y para no caer en la indebida expensión, ojalá te procure el obrar más ligero, aquella breve obra que escribí, en la cual ningún error hay, con las expensas moderadas, levedad de la obra, brevedad de tiempo, y el fin verdaderamente deseado. De lo cual tú y todos los tuyos percibiréis sin falsedad. 
No quieras pues, queridísimo, ocuparte con mayor obra, porque por la salud y oficio de la predicación de Cristo, y logrando el tiempo, desees más atender a las riquezas espirituales que ansiar por los logros temporales. 

Se dice que la materia de todas las piedras preciosas es el cristal que es un agua que posee muy poca terresteidad, y coagulada bajo la acción de un frío extremo. Se pulveriza el cristal sobre un mármol; se le empapa con aguas fuertes y disolventes, hasta que la mezcla forme un cuerpo bien homogéneo; se le pone entonces en el estiércol caliente donde se convierte al cabo de un cierto tiempo en agua; se destila ésta, se clarifica y se volatiliza en parte. Se toma seguidamente otro líquido rojo, hecho con vitriolo rojo calcinado y con orina de niños. Se mezclan y se destilan de igual manera muchas veces estos licores, según el peso y las proporciones necesarias; se los coloca en el estiércol con el fin de que se mezclan más íntimamente y después se los coagula químicamente (in Kymia) por medio de un fuego lento, que forma así una piedra parecida en todo al Jacinto. Cuando se quiere hacer un zafiro, el segundo licor se forma de orina y de azur en lugar de vitriolo rojo, y así otros según la diversidad de colores; el agua empleada deberá ser naturalmente de la misma naturaleza que la piedra que queramos producir. El principio activo es pues el calor o el frío, y sea que el color sea suave o el frío sea muy intenso, son ellos los que extraen de la materia la forma de la piedra que no existía más que en potencia y como enterrada (sepultam) en el fondo del agua. Podemos distinguir en las piedras como en todas las cosas tres atributos, a saber: la substancia, la virtud y la acción. Podemos juzgar sus virtudes por las acciones ocultas y muy eficaces que producen, tal como juzgamos las acciones de las naturaleza y de los cuerpos supracelestes.

No es por tanto dudoso que posean algunas propiedades y virtudes ocultas de los cuerpos supracelestes, y que participen de su substancia ; lo que no quiere decir que estén compuestos de la misma substancia que las estrellas o cuerpos supracelestes, como ya he estudiado someramente en el tratado de los cuerpos. Habiendo aislado de algunos cuerpos los cuatro elementos, los purifiqué y así purificados los combiné; obtuve de esta manera una piedra de una eficacia y de una naturaleza tan admirables que los cuatro elementos groseros e inferiores de nuestra esfera no tenían ninguna acción sobre ella.

Al hablar de esta operación fue cuando Hermógenes (el Padre, como le llamaba Aristóteles, que fue tres veces grande en filosofía, y que conocía todas las ciencias tan bien en su esencia como en sus aplicaciones), fue al hablar, digo, de esta operación, cuando escribe: Fue para mí la mayor felicidad posible al ver la quintaesencia desprovista de las cualidades inferiores de los elementos.

Parece pues, evidentemente, que algunas piedras participan un poco de la quintaesencia, lo cual es cierto y manifiesto por las operaciones de nuestro arte.


Capítulo Tercero

De la Constitución y de la Esencia de los Metales


Los metales son formados por la naturaleza, siguiendo cada uno la constitución del Planeta que le corresponde y es de este modo como el artista ha de actuar. Existen pues siete metales que participan cada uno de un planeta, a saber: el Oro que viene del Sol y que lleva su nombre; la Plata de la Luna; el Hierro de Marte; el Mercurio de Mercurio; el Estaño de Júpiter; el Plomo de Saturno; el Cobre y el Bronce de Venus. Por otra parte estos metales toman el nombre de su planeta.

De la Materia esencial de los Metales

La primera materia de todos los metales es el Mercurio. En unos se encuentra congelado débilmente, y en otros fuertemente. De esta manera se puede establecer una clasificación de los metales basada en el grado de acción de su planeta correspondiente, en la perfección de su azufre, en el grado de congelación de su mercurio y de terresteidad que poseen, esto les da un lugar por referencia a los demás metales.

Así el plomo no es más que mercurio terrestre, es decir que participa en la tierra, débilmente congelado y mezclado con un azufre sutil y poco abundante; y como la acción de su planeta es débil y alejada al se encuentra con inferioridad con respecto al estaño, al cobre, el hierro, la plata y el oro.

El estaño es plata viva sutil, poco coagulada mezclada con un acero grosero e impuro; por ello está bajo el dominio del cobre, del hierro de la plata y del oro.

El Hierro está formado por un Mercurio por un Mercurio grosero y terrestiforme y por un azufre terrestre y muy impuro, pero la acción de su planeta lo coagula fuertemente, por ello es por lo que debajo de él sólo encontramos el cobre, la plata y el oro. El cobre está formado por un azufre poderoso y por un mercurio bastante grosero.

La plata está formada por un azufre blanco, claro, sutil que no quema y por un mercurio sutilmente coagulado, limpio y claro, bajo la acción del planeta Luna; por ello está solamente bajo el dominio del oro.

El Oro verdaderamente el más perfecto de todos los metales, está compuesto por un azufre rojo, claro sutil que no quema, y por un mercurio sutil y claro, puesto fuertemente en acción por Sol. Por est motivo no puede ser quemado por el azufre, lo que es posible para todos los demás metales.

Es pues evidente que podemos hacer oro de todos los metales, y que de todos, exceptuando de oro, podemos hacer plata. Podemos convencernos por ejemplo de las minas de oro y de plata de las cuales se extraen otros metales mezclados con marcasitas de oro y de plata. Y no hay ninguna duda de que estos metales se hubieran transformados ellos mismos en oro y en plata si hubieran quedado en la mina el tiempo necesario para que la acción de la naturaleza hubiera podido manifestarse.

En cuanto a saber si se puede hacer artificialmente el oro con los otros metales destruyendo las formas de su substancia y de cómo actúa, hablaremos en el tratado de Esse et essentia rerum sensibiliun. Pero aquí lo admitimos como verdad demostrada.

Capítulo Cuarto

De la Transmutación de los Metales y en Primer lugar de Aquella que Sucede por Artificio


La transmutación de los metales puede darse artificialmente por el cambio de la esencia de un metal en la esencia de otro ya que, lo que existe en potencia puede, evidentemente, reducirse en acto como dice Aristóteles o Avicena: los alquimistas saben que las especies no pueden nunca ser transmutadas verdaderamente, sino, sólo cuando se ha efectuado la reducción a la materia prima. Ahora bien, esta materia prima de todos los metales se acerca mucho, según la opinión de todos, a la naturaleza del mercurio. Pero como sea que esta reducción es en gran parte de la obra de la naturaleza, no es inútil el ayudarla por medio del arte; ahora, esto es difícil, y en esta operación en la que se cometen un gran número de faltas y en la mayor parte disipan en vano su juventud y sus fuerzas y seducen a reyes y grandes con vanas promesas que no pueden cumplir, no sabiendo discernir los libros erróneos, las impertinencias, ni las operaciones falsas escritas por los ignorantes, y finalmente no obtienen sino un resultado completamente nulo. Habiendo pues observado que los reyes no habían podido llegar a la perfección después de minuciosas operaciones, creí que esta ciencia era falsa. Releí los libros de Aristóteles o de Avicena, De Secretis Secretorum donde encontré la verdad tan sumamente velada bajo enigmas , que parecía vacía de sentido; leí los libros de sus contradictores y encontré en ellos locuras parecidas. Finalmente consideré los principios de la NATURALEZA, y vi que en ellos la vía de la verdad.

Observé en efecto que el mercurio penetraba y atravesaba todos los metales, ya que si se tiñe cobre con mercurio mezclado con la misma cantidad de sangre y arcilla, este cobre será penetrado interior y exteriormente y se volverá blanco, aunque este color no sea duradero. Sabemos ya que la plata viva se funde con los cuerpos y los penetra. Consideré pues que si este mercurio era retenido no podría escaparse y que si encontraba una manera de fijar la disposición de sus moléculas con los cuerpos resultaría que el cobre y los otros cuerpos mezclados con él no serían quemados más por aquellos que, quemándolos ordinariamente, no tienen ninguna acción sobre el mercurio. Porque este cobre sería entonces parecido al mercurio y poseería sus mismas cualidades.

Sublimé pues una cantidad de mercurio bastante grande para que la fijación de sus disposiciones internas no fuera alterada, es decir para que no se sutilice al fuego; así sublimado, lo hice disolver en el agua a fin de perpetuar la reducción a materia prima, con esta agua empapé ampliamente cales de plata y arsénico sublimado y fijado; después hice disolver el resultante en estiércol de caballo caliente; congelé la disolución y obtuve una piedra clara como el cristal que tenía la propiedad de romper la partículas de los cuerpos, de penetrarlos y de fijarse fuertemente de tal manera que un poco de esta substancia proyectada sobre una gran cantidad de cobre la transformaba inmediatamente en una plata tan pura, que era imposible encontrar otra mejor. Quise comprobar si igualmente podía convertir en otro nuestro azufre rojo; lo hice hervir a fuego lento; este agua se volvió roja la destilé al alambique y obtuve como resultado en el fondo de la cucúrbita azufre rojo puro que congelé con la mencionada piedra blanca a fin de convertirla igualmente roja. Proyecté una parte sobre una cantidad de cobre y obtuve oro muy puro.

En cuanto al procedimiento oculto que empleo, lo indico únicamente en líneas generales y lo pongo aquí a fin de que nadie empiece a actuar a menos que conozca perfectamente las formas de sublimación, destilación y de congelación, y de que sea un experto en la forma de los vasos y de los hornos y en la cantidad y cualidad del fuego.

He operado también con el arsénico y he operado con el arsénico y he obtenido una plata muy buena, pero no de la más perfecta pureza; he obtenido el mismo resultado con el Oropimente sublimado, pero este método es llamado transmutación de un metal en otro.

Capítulo Quinto

De la Naturaleza y la Producción de un Nuevo Sol y de una Nueva Luna por Virtud del Azufre Extraído de la Piedra Mineral


Existe, sin embargo un método más perfecto de transmutación que consiste en el cambio del mercurio en oro o en plata, por medio del azufre rojo o blanco, claro, simple, que no quema, como lo enseña Aristóteles, In Secretis Secretorum según un método muy vago y muy confuso, ya que éste es el Secreto de los Sabios (Absconditum sapientibus); dice él a Alejandro: la Divina Providencia te aconseja ocultar tus intenciones y cumplir el misterio que te expondré oscuramente, mencionando algunas de las cosas de las cuales se puede extraer este principio verdaderamente poderoso y noble.

Estos libros no están publicados para el vulgo sino únicamente para los iniciados (propterprofectos).

Si alguien, presumiendo de sus fuerzas, empieza la obra, yo le exhorto a no hacerlo bajo ningún concepto, a menos de que sea muy experto y hábil en el conocimiento de los principios naturales, y que sepa emplear con discernimiento las formas de destilación, de disolución, de congelación y sobre todo las diversas clases y grados de fuego.

Por otra parte, el hombre que quiera realizar la obra por avaricia, no lo logrará, sino únicamente aquél que trabaja con sabiduría y discernimiento.

La piedra mineral que se utiliza para producir este efectos precisamente el azufre blanco o rojo claro, que no arde y que se obtiene por la separación y la conjunción de los cuatro elementos.

Enumeración de las Obras Minerales


Toma pues, en nombre de Dios, una libra de este azufre; tritúralo fuertemente sobre mármol y empápalo con una libra y media de aceite de oliva muy puro del que utilizan los filósofos; redúcelo, todo a una pasta que pondrás en un oculto vaso físico (sartagine physica) y que harás disolver así mediante el fuego. Cuando veas subir una espuma roja, retirarás la materia del fuego y dejarás bajar la espuma sin cesar de remover con una espátula de hierro, después la pondrás nuevamente sobre el fuego y repetirás esta operación hasta que obtengas la consistencia de la miel. Vuelve a poner seguidamente la materia sobre el mármol donde se congelará al instante como la carne o como el hígado cocido; la cortarás después en varios trozos del tamaño y forma de una uña, y con un peso igual de quintaesencia de aceite de tártaro, y la pondrás al fuego durante aproximadamente dos horas.

Encierra después la obra en una ánfora de cristal bien sellada con el betún de sabiduría que dejarás a fuego lento durante tres días y tres noches. Pondrás después el ánfora y la medicina en agua fría durante otros tres días; después cortarás de nuevo la obra en pedazos del tamaño de tu uña y la pondrás en una cucúrbita de cristal encima del alambique. Destilarás de esta manera un agua blanca parecida a la leche, que es la verdadera leche de la virgen; cuando este agua esté destilada, aumentarás el fuego y la trasvasarás a otra ánfora. Toma ahora aire que se parezca al aire más puro y perfecto, porque es éste el que contiene el fuego. Calcina en el horno de calcinación esta tierra negra que queda en el fondo de la cucúrbita, hasta que se vuelva blanca como la nieve; ponla otra vez en agua destilada siete veces, a fin de que una lámina de cobre al rojo, apagada por tres veces, se vuelva perfectamente blanca. Hágase de igual forma con el agua que con el aire; a la tercera destilación encontrarás el aceite y toda la tintura parecida al fuego en el fondo de la cucúrbita. Volverás a empezar de nuevo una segunda y una tercera vez, y recogerás el aceite; después tomarás el fuego que está en el fondo de la cucúrbita y que es parecido a sangre negra y blanca; la guardarás para destilar y probarla con la lámina de cobre, como hiciste con el agua; y he aquí que ahora posees la manera de separar los cuatro elementos. Pero la forma de unirlos (modum conjungendi) es ignorada por todos.

Toma pues la tierra y tritúrala sobre una piedra de vidrio o de mármol muy limpia; empápala con igual peso de agua hasta que forme una pasta; colócala en un alambique y destílala con un fuego; empapa de nuevo lo que quede en el fondo de la cucúrbita con el agua que hayas destilado hasta que sea absorbida completamente.

Después empápala con igual cantidad de aire utilizando éste como lo has hecho con el agua hasta que forme una pasta; colócala en un alambique y destílala con su fuego; empapa de nuevo lo que quede en el fondo de la cucúrbita con el agua que hayas destilado hasta que sea absorbida completamente.

Después empápala con igual cantidad de aire utilizando éste como lo has hecho con el agua, y obtendrás una piedra cristalizada, que proyectada en pequeña cantidad sobre gran cantidad de mercurio, lo convierte en auténtica plata, y ésta es la virtud del azufre blanco que no arde, formado por tres elementos: la tierra, el agua y el aire. Si ahora tomas una diecisieteava parte de fuego y la mezclas con los tres elementos mencionados, destilándolos y empapándolos como hemos dicho, obtendrás una piedra roja, clara, simple, que no se quema, de la que una pequeña parte proyectada sobre gran cantidad de mercurio se convertirá en oro refinado y muy puro. Este es el método para perfeccionar la piedra mineral.


Capítulo Sexto

De la Piedra Natural Animal y Vegetal


Existe otra piedra, que, según Aristóteles, es una piedra y no es una piedra. Es a la vez mineral y animal; se encuentra en todas partes en todos los hombres y es la que debes podrir en el estiércol y colocar después de esta putrefacción en una cucúrbita sobre el alambique; extraerás de ella de la manera dicha anteriormente, efectuarás su conjunción y obtendrás una piedra que no tendrá menos eficacia y virtud. Y no te extrañe que haya dicho que hay que podrirla en el estiércol caliente de caballo como debe hacerlo el artista, ya que, si el pan de trigo se coloca allí , después de nueve días será transformado en carne verdadera mezclada con sangre. Es por esta razón creo yo, por la que Dios ha querido escoger el pan de trigo con preferencia a cualquier otra materia, porque es más especialmente la alimentación del cuerpo que ninguna otra substancia y porque de él se pueden extraer los cuatro elementos y hacer una excelente obra.

De todo lo que hemos dicho, se concluye que todo cuerpo compuesto puede ser reducido a mineral y esto, no solamente por medio de la naturaleza sino por medio del arte. Bendito sea Dios que dio a los hombres tal poder, ya que imitador de la naturaleza, puede transmutar las especies naturales, cosa que la naturaleza indolente tarda en realizar un tiempo inmenso. He aquí otros métodos de transmutación de los metales que podemos encontrar en los libros de Rosas, de Arquelao, en el Séptimo Libro de los Preceptos, y en tantos otros tratados de alquimia.


Capítulo Séptimo

De la Forma de Obrar con el Espíritu


Existe una forma de actuar con el espíritu y es a propósito saber que existen cuatro clases de espíritus, llamados así porque se volatilizan al fuego, y porque participan de la naturaleza de los cuatro elementos, a saber: el Azufre, que posee la naturaleza del Fuego, la Sal amoníaca, el Mercurio que posee las propiedades del Agua y que es llamado también servidor fugitivo (servus fugitivus) y el Oropimente o Asénoco que posee el espíritu de la Tierra. Algunos han trabajado utilizando uno de estos espíritus, sublimándolo y convirtiéndolo en agua, destilándolo y congelándolo; después habiéndolo proyectado sobre el cobre han efectuado la transmutación. Otro ha utilizado dos de estos espíritus; otro tres, otro finalmente, los cuatro; he aquí su método: después de haber sublimado cada uno de estos elementos por separado, repetidas veces hasta que sean fijados, y haberlos destilado y después disuelto en agua fuerte y haberlos empapado de disolventes enérgicos, se reúnen todas estas aguas; se las destila y se las congela de nuevo todas juntas y se obtiene unas piedra blanca como el cristal, que proyectada en pequeña cantidad sobre un metal cualquiera lo cambia en verdadera Luna. Se dice generalmente que esta piedra está compuesta por los cuatro elementos a muy alto grado de depuración. Otros creen que se la compone con un espíritu unido con los cuerpos; pero yo no creo que este método sea verdadero y creo que es ignorado por todos, aunque Avicena mencione algunas palabras sobre él en su Epístola.

Lo probaré cuando tenga el tiempo y el lugar necesarios.

Capítulo Octavo

De la Preparación de los fermentos de Saturno y Otros Metales


Toma pues dos partes de Saturno (plomo) si quieres llevar a término la Obra del sol, o bien dos partes de Júpiter (estaño) para la Obra de la Luna. Añade una tercera parte de mercurio a fin de formar un amalgama que será una especie de piedra muy frágil que triturarás con cuidado sobre el mármol empapándolo con vinagre muy agrio y con agua que contenga una disolución de sal común lo mejor preparada posible, empapándola y secándola poco a poco hasta que la substancia haya absorbido el máximo del agua; entonces empapa este lingote con agua de alumbre a fin de obtener una pasta blanda que disolverás en agua. Destilarás después esta solución tres o cuatro veces, la congelarás y obtendrás una piedra que convierte Júpiter en Luna.



Capítulo Noveno

Del Procedimiento de Reducción de Júpiter También Llamado de la Obra del Sol


Para la Obra del Sol, toma vitriolo bien depurado, rojo y bien calcinado, y disuélvelo en orina de niños. Destilas esta solución y repites tantas veces como sea necesario para obtener un agua muy roja. Entonces mezclarás este agua con el agua susodicha antes de la congelación; colocarás estos dos cuerpos en estiércol durante algunos días con el fin de que se incorporen mejor los destilarás y congelarás juntos. Obtendrás entonces una piedra roja parecida al Jacinto una parte de la cual proyectada sobre siete partes de Mercurio o de Saturno bien depurado se transformará en oro refinado.

Encontramos en estos libros cantidad de operaciones confusas y en número infinito, que no hacen más que inducir a los hombres al error y de las que es superfluo hablar. No es por avaricia por lo que ha tratado de la ciencia, sino con el fin de constatar los efectos admirables de la naturaleza y buscar sus causas, no tan sólo, las generales sino las especiales e inmediatas, no tan sólo accidentales sino esenciales; de ello he tratado extensamente al igual que de la separación de los elementos de los cuerpos.

Esta obra es verdaderamente cierta y perfecta, pero exige tanto trabajo y sufro tanto la imperfección de mi cuerpo, que no lo intentaré en absoluto, a menos de necesidad imperante. Lo que he dicho aquí sobre los minerales basta ampliamente.


Fdo. Cristobal Aguilar.
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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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