Domingo, 01 de noviembre de 2009
LA DEMONOLOGIA - EN TODAS LAS CULTURAS - ¿QUE DICE LA TEÓLOGIA CRISTIANA AL RESPECTO?


Demonología
es la rama de la teología y de la mitología que se encarga del estudio de los demonios, y sus relaciones; haciendo alusión a sus origenes, naturaleza y cualidades.

La demonología es una rama de la teología que se encarga del estudio, explicación e interpretación de los seres que no son humanos ni Dios. Cuando se dice que es un estudio “sistemático” se entiende que se encarga de todo tipo de seres, tanto aquellos seres buenos que no tienen un círculo de fieles o seres malignos de cualquier tipo.






  • Demonología zoroástrica: para el zoroastrismo se habla de Angra Mainyu, el dios de la oscuridad y eterno destructor de todo lo bueno, se encuentra en lucha permanente con Spenta Mainyu, la fuerza del bien.
  • Demonología judía: el judaísmo nunca ha reconocido oficialmente alguna doctrina o estudio especializado en demonios; aunque es muy posible que algunos de los conceptos de la demonología fueran heredados por el zoroastrismo. El Talmud, por su parte, nos menciona que existen 7,405,926 demonios divididos en 72 compañías.
  • Demonología cristiana: se puede afirmar que la demonología cristiana es un estudio complejo de los demonios tomados de la demonología judía y del Antiguo Testamento; de esta manera, el cristianismo reconoce en los demonios a los ángeles caídos , y, por tanto, la demonología es una rama de la angelología, es decir, el estudio sistemático de los ángeles.
  • Demonología islámica: para el Islam, Iblis (Satanás en el cristianismo) no era en principio un ángel, sino un Jinn (un ser creado a partir del fuego) que, al igual que los humanos, fue dotado de libre albedrío; por lo tanto no se consideraba totalmente bueno o malo. Sin embargo, al rehusarse a arrodillarse ante Dios fue maldecido.
  • Demonología en el Budismo e Hinduísmo: algunas ramas del budismo aceptan la existencia de los infiernos donde los demonios, encabezados por Mara, atormentan a los pecadores y los incitan a pecar. El hinduísmo, por su parte, nos habla de algunos combates entres sus dioses y los adversarios, como es el caso del combate entre Indra y su contraparte Vritra.

En el pensamiento cristiano el Creador es, filosóficamente hablando, el primer principio, existente sobre la naturaleza pero no sobre el ser. Y asimismo existe la naturaleza creada, que incluye tanto a los ángeles como a los demonios y a todas las cosas excepto a Dios. El anónimo pensador cristiano llamado Dionisio el Aeropagita, adapta el esquema de Proclo sobre los seres incorpóreos a los diferentes ángeles de la revelación judeo-cristiana. En su Jerarquía celestial, él ubica en la tríada más alta a los Serafines (AT), los Querubines (AT), y los Tronos (NT); en la segunda, están las Dominaciones (NT), Virtudes (NT) y Poderes (NT); y en la tercera, los Principados (NT), Arcángeles (NT), y Ángeles (AT; NT). La fusión de la idea filosófica de seres que son puro intelecto con la idea religiosa de los mensajeros angélicos, es completada cuando Dionisio dice sobre los angeles que “su vida es sólo intelecto”. En Dionisio, cada rango deviene en un modo más simple, y gobierna las funciones de cualquier rango inferior a él.

Santo Tomás Aquino lleva la especulación sobre la naturaleza angélica a sus conclusiones teológicas, usando la noción aristotélica de las inteligencias que mueven a las esferas, las ideas neoplatónicas sobre los espíritus puros como grados del ser, y las narraciones escritas sobre angeles y demonios. Rechazando la antigua noción sobre la unión de los ángeles con mujeres, él afirma su incorporeidad, y, a la pregunta sobre cómo distinguir a los ángeles si no existe una base para hacerlo, numérica o de otro tipo, él responde que cada uno pertenece a una especie independiente. Tomás considera más importante, para distinguirlos de Dios, discernir su composición, en la cual su forma inmaterial se mantiene en potencia respecto de su existencia real, su propio esse. Sólo en Dios no hay diferencia entre esse y essentia, entre su acto de ser y lo que Dios es.  Así, Tomás posiciona a los ángeles dentro de Dios creador del universo.

Entre Dios y la creación hay una “discontinuidad en el modo en que el acto de ser es poseído”, aunque hay continuidad de orden en el conocimiento mutuo (llegando a ser más y más simple la llegada a Dios) y en el ser (purificándose en forma creciente) (Gilson. 1957). Aceptando la idea judía sobre la caída pre-adánica, Tomás se encarga del problema del pecado de los ángeles como en el caso del humano: los ángeles tenían libertad de elección. Unos cayeron por orgullo y envidia, al buscar la beatitud final para su propio poder. Otros, de todos los rangos (San Gregorio) o de los rangos inferiores (San Juan Damasceno) siguieron a los primeros; algunos son castigados en el infierno y otros en la atmósfera nebulosa, donde sirven a Dios tentando a los hombres (Suma Teológica, I, 63, passim.)

La idea de seres intermediarios entre lo divino y el hombre, cambió definitivamente con la definición de Dios y su relación con la naturaleza en la filosofía tomista del ser. Al rechazar la “divinidad” de la naturaleza, Tomás redefine el limite entre lo “natural” y lo “sobrenatural”, sin ubicarlo entre lo corpóreo y lo incorpóreo, sino entre la naturaleza creada y el Creador. De esta manera, la naturaleza creada, habiendo sido originada por un Dios que concede libremente la realidad existencial, aunque no la capacidad divina de auto-existencia, se asegura filosóficamente en la realidad de su ser y de su completa accesibilidad a la razón humana y a la investigación experimental.

En el pensamiento del Renacimiento cristiano es claro que lo divino no se encuentra en nada menor a Dios, cuya esencia es única, pero el renovado Neoplatonismo de Cornelio Agripa, Marselio Ficino, y Giordano Bruno, trae consigo a los antiguos dioses y demonios localizados en las estrellas, planetas, y elementos y la teurgía asociada con ellos en la tradición hermética.
Haciendo uso de la teoría emanacionista del origen del ser y la idea pitagórica de que el alma del hombre quiere llegar a lo divino, ellos intentan continuar las ideas antiguas sobre dioses y demonios de la naturaleza que son manipulados por el hombre.

En el siglo XVII la demonología se convierte para algunos en una línea errónea de defensa del cristianismo, basada en la igualdad de lo incorpóreo con lo sobrenatural. El poder y la realidad del demonio fueron defendidos en obras polémicas como Sadducismus triunphatus de Joseph Glanvill (1681), y La certeza del mundo de los espíritus, de Richard Baxter (1691), en las que se involucraba a la misma existencia de Dios. Por otro lado, para racionalistas como Descartes, la distinción tomista permanece clara, y los mismos demonios se convierten en sofisticadas figuras retóricas, como por ejemplo en la Meditación I de su Discurso del método, donde el primer paso en la duda sistemática es considerar que todas las percepciones son el trabajo esquivo de un demonio maligno. Este uso retórico es imitado en la figura decimonónica de J. C. Maxwell sobre un demonio que juega un rol lógico en su experimento sobre la estadística termodinámica.

En el siglo XIX, la demonología renacentista junto con sus raíces filosóficas neoplatónicas, sobreviven en el uso de dioses y demonios de naturaleza antigua, en las adiciones judeo- cristianas, y también en las fuentes del sentimiento de la literatura romántica y simbolista. A su vez, la historia de la demonología es usada por algunos historiadores de la religión para sostener su teoría de que el dualismo moral es algo inherente a todas las religiones históricas.

Fdo. Cristobal Aguilar.


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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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