Domingo, 01 de noviembre de 2009
EVANGELIO APÓCRIFO DE BARTOLOMÉ - OTRAS VISIONES DEL INFIERNO

El Evangelio de Bartolomé toca una serie de puntos muy dispares: la encarnación, la bajada de Jesús a los infiernos, la creación de los ángeles y la caída de Lucifer y otros. Parece proceder de Egipto y ser del siglo iv. El evangelio de Bartolomé es un evangelio apócrifo que narra la pasión y resurrección de Cristo. Este evangelio relata el descenso a los infiernos de Jesucristo y tiene un estilo de influencia egipcia, es decir, copta.

 Este evangelio lo mencionan Jerónimo en el prólogo a su Comentario sobre Mateo y el Decretum Gelasianum. Seguramente se identifica con las Cuestiones de Bartolomé, que sabemos fueron escritas originalmente en griego. Además de dos manuscritos griegos, uno en Viena y otro en Jerusalén, se conservan fragmentos de las Cuestiones de Bartolomé en eslavo, copto y latín. En forma de respuestas a las preguntas de Bartolomé contiene revelaciones del Señor después de la resurrección y un relato de la anunciación hecho por María. Incluso Satanás entra en escena para responder a las preguntas de Bartolomé sobre el pecado y la caída de los ángeles. Se describe con todo detalle el Descensus ad inferos.

 

 

 

(Parte segunda: Descensus Christi ad inferos, según la redacción griega)

El descendimiento a los infiernos:

Dijo entonces José: «¿Y por qué os admiráis de que Jesús haya resucitado? Lo admirable no es esto: lo admirable es que no ha resucitado él solo, sino que ha devuelto a la vida a gran número de muertos, los cuales se han dejado ver de muchos en Jerusalén. Y si no conocéis a los otros, sí que conocéis por lo menos a Simeón, aquel que tomó a Jesús en sus brazos, así como también a sus dos hijos, que han sido igualmente resucitados. Pues a éstos les dimos nosotros sepultura hace poco, y ahora se pueden con-templar sus sepulcros abiertos y vacíos, mientras ellos están vivos y habitan en Arimatea». Enviaron, pues, a unos cuantos y comprobaron que los sepulcros estaban abiertos y vacíos. Dijo entonces José: «Vayamos a Arimatea a ver si les encontramos».

Y levantándose los pontífices, Anás, Caifás, José, Nicodemo, Gamaliel y otros en su compañía, marcharon a Arimatea, donde encontraron a aquellos a quienes se refería José. Hicieron, pues, oración y se abrazaron mutuamente. Después regresaron a Jerusalén en compañía de ellos y los llevaron a la sinagoga. Y, puestos allí, se aseguraron las puertas, se colocó el Antiguo Testamento de los judíos en el centro y les dijeron los pontífices: «Queremos que juréis por el Dios de Israel y por Adonai, para que así digáis la verdad, de cómo habéis resucitado y quién es el que os ha sacado de entre los muertos».

Cuando esto oyeron los resucitados, hicieron sobre sus rostros la señal de la cruz y dijeron a los pontífices: «Dadnos papel, tinta y pluma». Trajéronselo, pues, y, sentándose, escribieron de esta manera.

«¡Oh Señor Jesucristo, resurrección y vida del mundo!, da-nos gracia para hacer el relato de tu resurrección y de las mara-villas que obraste en el infierno. Estábamos, pues, nosotros en el infierno en compañía de todos los que habían muerto desde el principio. Y a la hora de medianoche amaneció en aquellas oscuridades algo así como la luz del sol, y con su brillo fuimos todos iluminados y pudimos vernos unos a otros. Y al instante nuestro padre Abrahán, los patriarcas y profetas y todos a una se llenaron de regocijo y dijeron entre sí: Esta luz proviene de un gran resplandor. Entonces el profeta Isaías, presente allí, dijo: Esta luz procede del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; sobre ella profeticé yo, cuando aún estaba en la tierra, de esta manera: Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, el pueblo que es-taba sumido en las tinieblas vio una gran luz.

Después salió al medio un asceta del desierto, y le pregunta-ron los patriarcas: ¿Quién eres? Él respondió: Yo soy Juan, el último de los profetas, el que enderecé los caminos del Hijo de Dios y prediqué penitencia al pueblo para remisión de los peca-dos. El Hijo de Dios vino a mi encuentro y, al verle desde lejos, dije al pueblo: He aquí el cordero de Dios, el que borra el peca-do del mundo. Y con mi propia mano le bauticé en el río Jordán y vi al Espíritu Santo en forma de paloma que descendía sobre Él. Y oí asimismo la voz de Dios Padre, que decía así: Éste es mi Hijo, el amado, en quien me he complacido. Y por esto mismo me envió también a vosotros, para anunciaros la llegada del Hijo de Dios unigénito a este lugar, a fin de que quien crea en Él, sea salvo, y quien no crea, sea condenado. Por esto os recomiendo a todos que, en cuanto le veáis, le adoréis a una, porque ésta es la única oportunidad de que disponéis para hacer penitencia por el culto que rendisteis a los ídolos mientras vivíais en el mundo vano de antes y por los pecados que cometisteis: esto no podrá hacerse ya en otra ocasión.

Al oír el primero de los creados y padre de todos, Adán, la instrucción que estaba dando Juan a los que se encontraban en el infierno, dijo a su hijo Set: Hijo mío, quiero que digas a los progenitores del género humano y a los profetas a dónde te envié yo cuando caí en trance de muerte. Set dijo: Profetas y patriarcas, escuchad: Mi padre Adán, el primero de los creados, cayó una vez en peligro de muerte y me envió a hacer oración a Dios muy cerca de la puerta del paraíso, para que se dignara hacerme llegar por medio de un ángel hasta el árbol de la misericordia, de donde había de tomar óleo para ungir con él a mi padre y así pudiera éste reponerse de su enfermedad. Así lo hice. Y, después de hacer mi oración, vino un ángel del Señor y me dijo: ¿Qué es lo que pides, Set? ¿Buscas el óleo que cura a los enfermos o bien el árbol que lo destila, para la enfermedad de tu padre? Esto no se puede encontrar ahora. Vete, pues, y di a tu padre que después de cinco mil quinientos años, a partir de la creación del mundo, ha de bajar el Hijo de Dios humanado; El se encargará de ungirle con este óleo, y tu padre se levantará; y además le purificará, tanto a él como a sus descendientes, con agua y con el Espíritu Santo; entonces sí que se verá curado de toda enfermedad, pero por ahora esto es imposible.

Los patriarcas y profetas que oyeron esto se alegraron gran-demente.

(1-3; BAC 1413, 442-446)

La entrada de Adán y del buen ladrón en el paraíso, según la redacción griega:

Iba, pues, camino del paraíso teniendo asido de la mano al primer padre, a Adán. (Y al llegar) hizo entrega de él, así como también de los demás justos, al arcángel Miguel. Y cuando entra-ron por la puerta del paraíso, les salieron al paso dos ancianos, a los que los santos padres preguntaron: ¿Quiénes sois vosotros, que no habéis visto la muerte ni habéis bajado al infierno, sino que vivís en cuerpo y alma en el paraíso? Uno de ellos respondió y dijo: Yo soy Henoc, el que agradó al Señor y a quien Él trasladó aquí; éste es Elías el Tesbita; ambos vamos a seguir viviendo hasta la consumación de los siglos; entonces seremos enviados por Dios para hacer frente al anticristo, y ser muertos por él, y resucitar a los tres días, y ser arrebatados en las nubes al encuentro del Señor.

Mientras éstos se expresaban así, vino otro hombre de apariencia humilde, que llevaba además sobre sus hombros una cruz. Dijéronle los santos padres: ¿Quién eres tú, que tienes aspecto de ladrón, y qué es esa cruz que llevas sobre tus hombros? Él respondió: Yo, según decís, era ladrón y salteador en el mundo, y por eso me detuvieron los judíos y me entregaron a !a muerte de cruz juntamente con Nuestro Señor Jesucristo. Y mientras estaba Él pendiente de la cruz, al ver los prodigios que se realizaban, creí en Él, y le rogué, diciendo: Señor, cuando reinares no te olvides de mí. Y Él me dijo en seguida: De verdad, de verdad te digo hoy estarás conmigo en el paraíso. He venido, pues, con mi cruz a cuestas hasta el paraíso y, encontrando al árcangel Miguel, le he dicho: Nuestro Señor Jesús. el que fue crucificado, me ha enviado aquí; llévame, pues, a la puerta del Edén. Y cuando la espada de fuego vio la señal de la cruz, me abrió y entré. Después me dijo el arcángel: Espera un momento, pues viene también el primer padre de la raza humana, Adán, en compañía de los justos, para que entren también ellos dentro. Y ahora, al veros a vosotros, he salido a vuestro encuentro.

Cuando esto oyeron los santos, clamaron con gran voz de esta manera: Grande es el Señor nuestro y grande es su poder.

La entrada de Adán y de los santos en el paraíso, según la versión latina:

Entonces Nuestro Señor Jesucristo, Salvador de todos, piadosísimo y suavísimo, saludando de nuevo a Adán, le decía benigna-mente: La paz sea contigo, Adán, en compañía de tus hijos por los siglos sempiternos. Amén. Y el padre Adán se echó entonces a los pies del Señor y, levantándose de nuevo, besó sus manos y derramó abundantes lágrimas diciendo: Ved las manos que me hicieron, dando testimonio a todos. Luego se dirigió al Señor, diciendo: Viniste, ¡oh Rey de la gloria!, para librar a los hombres y agregar-los a tu reino eterno. Y nuestra madre Eva cayó de manera semejante a los pies del Señor, y, levantándose de nuevo, besó sus manos y derramó abundantes lágrimas, mientras decía: Ved las manos que me formaron, dando testimonio a todos.

Entonces todos los santos le adoraron y clamaron diciendo: Bendito el que viene en el nombre del Señor; el Señor Dios nos ha iluminado. Así sea por todos los siglos. Aleluya por todos los siglos; alabanza, honor, virtud, gloria, porque viniste de lo alto para visitarnos. Y, cantando aleluya y regocijándose mutuamente de su gloria, acudían bajo las manos del Señor. Entonces el Salvador examinó todo detenidamente y dio un mordisco al infierno: pues, con la misma rapidez con que había arrojado una parte al tártaro, subió consigo la otra a los cielos.

Entonces todos los santos de Dios rogaron al Señor que dejase en los infiernos el signo de la santa cruz, señal de victoria, para que sus perversos ministros no consiguieran retener a ningún inculpado a quien hubiere absuelto el Señor. Y así se hizo; y puso el Señor su cruz en medio del infierno, que es señal de victoria y permanecerá por toda la eternidad.

Después salimos todos de allí en compañía del Señor, dejan-do a Satanás y al infierno en el tártaro. Y se nos mandó a nosotros y a otros muchos que resucitáramos con nuestro cuerpo para dar testimonio en el mundo de la resurrección de Nuestro Señor Jesucristo y de lo que tuvo lugar en los infiernos.

Esto es, hermanos carísimos, lo que hemos visto y de lo que damos testimonio, después de ser conjurados por vosotros, y lo que atestigua Aquel que murió y resucitó por nosotros: porque las cosas tuvieron lugar en todos sus detalles según queda descrito.

Fdo. Cristobal Aguilar.

 


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By cristobalaguilar at 2011-02-03
Comentarios
Publicado por PEPITO_SAN54
Miércoles, 10 de febrero de 2010 | 0:19
EN VERDAD,ESTOY MUY IMPRESIONADO POR ESTA REVELACION DE bARTOLOME,SOBRE EL INFIERNO Y EL PARAISO,ES UN TESTIMONIO UNICO Y POR FE EN EL CRISTO JESUS CREO.PAZ Y AMOR Y MUCHAS BENDICIONES PARA TODOS.
 
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