Lunes, 26 de octubre de 2009
JUANA DE ARCO - EL PROCESO EN RUÁN Y LA CONDENA DEFINITVA (III)

El último año restante de la vida de Juana, de mayo de 1430 a mayo de 1431, se divide en dos partes, dado que ella todavía tuvo que pasar por un enfermizo periplo de una villa a otra siendo vendida hasta su llegada final a Ruán, donde el obispo de Beauvais, Pierre Cauchon, lideraría un proceso eclesiástico irregular, que ocuparía los últimos meses de la vida de Juana, y que acabaría con una sentencia de muerte en la hoguera después de haber pasado a justicia secular los días restantes de vida de «la Pucelle»; obviando de momento las tesis que hablan de su supervivencia. Así pues, este proceso sería uno de los más famosos de la historia, la cual convertiría a la joven Doncella en un mito para Francia, además de su patrona.

La primera de las dos etapas se inició con su traslado a una localidad muy cercana a Compiègne, al noreste, concretamente a Claroix, donde había una fortaleza. Allí pasó unos pocos días, desde su captura el día 23 hasta el día 27, cuando fue trasladada a Beaulieu-lès-Fontaines. En mitad del camino, cerca de la villa de Elancourt, le dieron permiso para ir a hacer unas plegarias a Santa Margarita, cuya voz dijo que había escuchado. Juana se entrevistó entre los días 27 y 28 con el propio Duque de la Borgoña, Felipe el Bueno. En aquellos momentos Juana era propiedad del Duque de Luxemburgo. Desafortunadamente de la entrevista entre Juana y el Duque borgoñón no se sabe qué se dijeron.

Antes de proseguir su periplo en cautividad hacia el nuevo punto geográfico, Beaurevoir, Juana pasó por diversas experiencias en Beaulieu. El 6 de junio llegaron a la villa de Noyon Felipe el Bueno y su esposa Isabel de Portugal. Juana fue trasladada allí, concretamente al lujoso Palacio episcopal que había que quedaba cerca de la Catedral. Allí también pudo encontrar al Conde de Luxemburgo, Jean y su esposa Jehanne de Bethune. No se sabe tampoco qué sucedió, pero se apunta a que Juana le causó cierta simpatía a la duquesa Isabel, la cual fue artífice de su traslado a una prisión más digna en Beaurevoir, a finales de junio o a principios de julio.

Pero el mismo junio (no se sabe a ciencia cierta qué día), Juana intentó escaparse por primera vez de la torre donde estaba como prisionera en Beauvais, pero fue detenida antes de salirse con la suya. Mientras, la Universidad de París, representada por Pierre Cauchón, proinglés, obispo de Beauvais y ahora en el exilio en Ruán, iba haciendo escritos al Duque de la Borgoña; el más conocido el del día 22, reclamando la deportación de Juana. Además, advirtieron que los armagnacs, que en aquel momento podrían estar negociando el retorno de la joven doncella, estaban haciendo todo lo posible para rescatarla. Se añade la posibilidad también de que el Bastardo de Orleans y La Hire, buenos amigos de «la Pucelle», protagonizaran diversas tentativas militares por su cuenta con tal de intentar rescatar a Juana, aunque solo se sabe que coincidieron en Lovaina en marzo de 1430.

Juana finalmente fue trasladada al Castillo de Beaurevoir, donde pasó el verano recibiendo la amabilidad y el buen trato de tres damas: Jehanne de Luxemburgo que era la tía de Jean de Luxemburgo, Jehanne de Bethune, la esposa de este, y Jehanne de Bar la hijastra del matrimonio. Juana que, por orden de sus voces vestía de hombre, intentó ser persuadida por estas mujeres para que retomara los hábitos femeninos. Juana pasaría esta época relativamente tranquila. De hecho esta fue la mejor época de la etapa como prisionera, sobre todo en comparación con la que tendría que vivir en el marco del proceso eclesiástico venidero.

A partir de julio su estancia con las tres damas (casualmente del mismo nombre que ella) es tranquila y no acabó trascendiendo nada durante los dos meses siguientes, agosto y septiembre. De todos modos la documentación vuelve a llegar en octubre de 1430, cuando se comenzarían a multiplicar las negociaciones para vender a Juana. De hecho, Jean de Luxemburgo aprovechó el contar con una prisionera tan valiosa para obtener el máximo rendimiento político y económico. Pero se cree que su mujer, la duquesa Jehanne, al ver que su marido hacía tratos, le habría intentado persuadir de que no la vendiera a los ingleses. Por desgracia para Juana, la duquesa de Luxemburgo moriría el 18 de septiembre, la cual dio vía libre a su marido para seguir negociando con los ingleses.

Será aproximadamente alrededor de septiembre a octubre cuando Juana hiciera su segundo y último intento de fuga, cuando intentó saltar desde una altura de unos sesenta pies de altura desde la torre donde estaba prisionera. A pesar del riesgo de muerte, sobrevivió milagrosamente sin romperse ni un hueso, sólo con algunas contusiones. Después confesaría que lo hizo aunque sus voces le rogaron que no lo hiciera, porque sabedora de la llegada de los ingleses hacia Compiègne, y de que ella podía acabar vendida a los mismos, se vio en la obligación de prestar ayuda a los ciudadanos y amigos de Compiègne antes que acabasen masacrados a causa del asedio que estaban sufriendo. Dio gracias a los ángeles por haberle salvado la vida y pidió perdón a Dios por haber pecado, el cual le perdonó según ella. De todos modos quedaría tumbada sobre el suelo a los pies de la torre, inconsciente y se cree que durante tres días no comió ni bebió, pero que finalmente se recuperó perfectamente.

Otro hecho destacable al recuperarse del choque de la caída, es que Juana advirtió que sus voces le indicaron que de todas maneras el pueblo de Compiègne recibiría los refuerzos suficientes para levantar el asedio alrededor del día de San Martín, que es el 11 de noviembre. Ciertamente el asedio sobre Compiègne sería levantado, gracias principalmente a la llegada providencial de Ponton de Xantrailles, que junto con un regimiento de hombres armados el 25 de octubre, con la ayuda del pueblo, enloquecieron en un fuerte ataque contra la bastilla inglesa de Pierrefonds. Así pues los ingleses tuvieron que huir y su bastilla fue quemada.

El 2 de noviembre se iniciaría el traslado hacia a Arras en la deportación definitiva hacia Ruán, efectiva un mes después, a consecuencia de la consolidación de su venta definitiva a los ingleses a mediados de noviembre, después de unos meses de negociación. Jean de Luxemburgo sacaría unas 10.000 libras turnesas. Paralelamente, se discutido profundamente la actitud de Carlos VII hacia esta situación. Lejos de profundizar en juicios fáciles sobre una posible traición del rey sobre Juana, como se ha acusado a Guillaume de Flavy, las circunstancias reales del rey son difíciles de conocer.

Así pues, a la pregunta de si el rey de Francia intentó rescatar a Juana comprándola a Jean de Luxemburgo, nos tenemos que atener a las dos opciones más plausibles: la primera es si intentó negociar por la compra de su libertad y por otro lado si Jean estaba dispuesto a devolverla a los armagnacs. La documentación sobre este asunto falta, con lo cual no se puede demostrar que ni siquiera se hubieran iniciado las negociaciones para intentar recuperar «la Pucelle», lo que puede hacer pensar que los armagnacs podrían haber dado la causa por perdida, hubiera hecho algún intento que no consta o la hubieran abandonado a su suerte.

Por su lado, Jean de Luxemburgo prefirió hacerse de rogar un cierto tiempo de forma hábil para intentar encarecer la venta. Otras opiniones atribuyen el atraso de tantos meses a las presiones que estuvo recibiendo Jean por parte de damas como su esposa.

Finalmente, Juana pasaría por pueblos como Arras, Saint Riquier, Drugy y Le Crotoy donde pudo contemplar por primera vez en su vida el océano, ya que esta villa está situada en el canal de la Mancha, al lado de Somme. En Le Crotoy pudo ir a parar al mismo sitio donde el Duque d’Alençon había estado prisionero por los ingleses después de la batalla de Verneuil, durante cinco años, desde el 14 de agosto de 1424. Ella supo que no tenía ya ninguna opción de salir con vida a diferencia de su amigo.

A Le Crotoy, pueblo que probablemente abandonó alrededor del 20 de diciembre de 1430, también recibió la visita de unas damas procedentes de Abbeville, que quedaron maravilladas con la recepción que la joven Doncella les ofreció. Además pudieron conocer a otro prisionero: Nicholas de Queuville, Canciller de la Catedral de Amiens, con quien le permitieron celebrar alguna misa.

El siguiente pueblo por donde Juana pasó, en un viaje que estaba siendo bastante discreto, fue el de Saint Valéry, para eso tuvieron que atravesar el río Somme en un trayecto que les estaba haciendo hacer una ruta de noreste a noroeste para bajar un poco hacia el sur bordeando la costa atlántica francesa hasta llegar a Ruán, destino final. A partir de allí se desconoce qué ruta siguió para llegar a Ruán, ciudad que vuelve a quedar una poco tierra adentro; dos opciones se perfilan como las más probables: por un lado la ruta costera: Saint Valéry-Le Trepport-Dieppe-Ruán, o la que iría directamente tierra adentro: Saint Valéry-Eu-Arques-Bosc-le-Hard-Ruán. En cualquier caso, las tropas que protegieron el traslado de Juana hacia Ruán llegaron la noche de Navidad: el 24 de diciembre.

El primer cambio que la joven Doncella, ahora ya esposada, pudo notar fue el lugar donde la aprisionaron y el trato que recibió, que fue el de prisionera de verdad. Juana fue encerrada en una celda bastante oscura de forma hexagonal dentro de una torre. Esta celda tenía una pequeña abertura que ejercía de ventana y adjunta otra celda menor que servía de letrina. Mientras una comunidad de eclesiásticos comenzaba a mover hilos para preparar los puntos básicos de la acusación de Juana, con ánimo de venganza como después quedaría impreso años después en las diversas declaraciones de algunos de los miembros. Buena parte de los miembros del proceso de Juana estarían comprados, según documentos que han sobrevivido. Estos estaban dirigidos por el obispo de Beauvais, Pierre Cauchon.

Mientras Juana era vigilada por cinco hombres: Jean Baroust, Nicholas Bertin, Julian Floquet, William Mouton y William Talbot; sabiendo que ya había intentado escaparse dos veces, y que era una verdadera prisionera de guerra muy cara. El proceso comenzaría el 9 de enero de 1431, después de ser pasada finalmente a jurisdicción de la Inquisición de la Iglesia, tal y como reclamaban la Universidad de París y Cauchon desde hacía meses con el apoyo de muchos teólogos seis días antes. Un proceso que pasaría a la posteridad y que convertiría a Juana en la heroína nacional por el modo como se desarrolló y el final de la joven y la leyenda de la que hoy en día todavía se intenta distinguir la realidad de la fantasía, como acostumbra a pasar en estos casos. Juana no estuvo presente en estas diez sesiones preliminares que hubo hasta su aparición frente sus acusadores el 21 de febrero del mismo año.

Pero antes de su entrada en escena, hay que destacar las condiciones en las que se vio sumergida la joven Doncella. La vigilancia por parte de cinco hombres no fue pasiva. Ana de Borgoña, duquesa de Bedford, tuvo que amonestar y suplantar dos de los hombres, por los intentos de violación a que sometieron a Juana, que hasta aquel momento todavía seguía siendo una Doncella, ya que la misma Anna la sometió a un examen médico el 13 de enero donde una de las testadoras, Ana Bavon corroboró su virginidad.

Juana iría vestida con ropa de hombre, la que enfadaba a sus jueces, pero se cree que esta vez lo hizo para protegerse de los intentos de violación. Teóricamente era más prudente llevar a la prisionera, como ella misma pidió, a ser recluida en un ambiente femenino para evitar las ambiciones de ciertos hombres. Esta petición no la quisieron entender los jueces que se encabezonarían en obviar las reglas excepcionales de Santo Tomás de Aquino (1225-1274) por ejemplo, en la que contemplaba ciertas excepciones en caso de necesidad a la hora de vestir. Así pues, nunca fue aceptada la petición de la joven.

Ya en materia judicial, se dice que el proceso empezó con diez sesiones preliminares el nueve de enero, que se sucedieron durante los siguientes días:

  • Enero: Los días 9, 13, 23
  • Febrero: 13, 14, 15, 16, 19 (mañana) 19 (tarde), 20.

En estas sesiones se presentaron las pruebas de la acusación. Para los jueces estaban a punto de interrogar a un personaje peligroso, de la que creían que se regía por fuerzas diabólicas u ocultas, en clara referencia a las visiones y las voces. Una especie de insumisa y hereje, lo que no deja de sorprender sabiendo de la religiosidad de «la Pucelle». Naturalmente estaban preparando meticulosamente un proceso de Inquisición. Para los teólogos se trataba de una causa en materia de disciplina y teología muy importante. Y así en las sesiones preliminares comenzaron exponiendo las causas de que se le acusaba, principalmente herejía y el asesinato, al que ella declararía que había preferido llevar el estandarte para no tener que matar a nadie. Ante esto Juana prácticamente no podía hacer nada, ni tan sólo apelando a la autoridad del Papa de Roma ni al Concilio de Basilea.

El día 20 de febrero, Juana fue advertida que finalmente al día siguiente haría ya su primera intervención en el juicio. Ella pidió que hubiera paridad en cuanto al número de representantes franceses como ingleses. Ya sabia, pues, que seguramente no tomaría parte en el proceso más imparcial y objetivo de todos. También pidió asistir a misa antes de comenzar el juicio, peticiones que fueron ignoradas.

El oficial Jean Massieu escolta el día 21 de febrero finalmente a Juana hacia la capilla real del Castillo. Al principio le hicieron jurar que diría la verdad a lo cual ella se resistió como tantas otras veces; la primera vez aludiendo que no sabía de qué se le interrogaba: «Ignoro la materia del interrogatorio». Finalmente Cauchon le hizo prestar juramento haciendo referencia a las materias relacionadas con la fe. Así se iniciaría entonces el interrogatorio de identidad.

Los jueces vieron pronto que a pesar del origen humilde de la joven doncella y su educación tradicional y típica del campo, no estaba falta de inteligencia. Ya lo demostró con la resistencia que ofreció sólo comenzar. A lo largo del proceso (decidido en sesiones privadas y públicas), Juana poco a poco manejaría con más precisión la dialéctica y el modo de expresar sus voces. La teórica desventaja de la que partía en un inicio era que estaba poco habituada al manejo de la dialéctica y de los conceptos. En cuanto al trato, los jueces estuvieron lejos de tratarla con menosprecio, tanto por su origen o formas, ya que eran conscientes de a quien tenían delante y de la importancia de aquel proceso; no se esperaban que llegara a ofrecer tanta resistencia como les podía haber parecido a priori.

Hay diferentes partes dentro del interrogatorio, es decir, diferentes temáticas dentro de las preguntas que le hicieron. Ella demostró un arraigo muy profundo en sus tesis y convicciones además de misticismo al que intentaron contradecir mediante la introducción de algunas trampas en sus formulaciones, refiriéndose a las señales, las voces, los cultos, la personalización de los tres santos que se le presentaban, el gusto por vestir como un hombre… trampas en las que ella no cayó precisamente por la firmeza de su voluntad permitiéndose incluso pedir a los jueces más credibilidad en sus acusaciones. Juana resistiría hasta el extremo sobre la certeza de que las palabras de las voces que escuchaba ocultaron una misión que llevó hasta done estaba ahora, en un juicio.

Juana también fue interrogada sobre la iglesia militante de la cual los jueces decían representarla el 15 de marzo. A esto, Juana respondió no saber qué era y los jueces, próximos a la desesperación, creyeron que estaba negando la jerarquía eclesiástica y que ella se presentaba como si fuese una mediadora entre Dios y la gente terrenal, lo cual venía a decir ella cuando afirmaba que había sido enviada por Dios. No obstante, se le explicaron las diferencias entre la Iglesia militante y la Iglesia triunfante.

El 24 de marzo es cuestionada sobre el tema de la ropa femenina, al que ella respondió que aceptaría llevar un vestido si se la devolvía a su pueblo con su madre. Además pidió permiso para asistir a misa el día siguiente, que era el 25 de marzo, domingo de ramos. Esta petición le sería denegada, pero ella respondería que si era su mayor deseo estaría de todos modos, mas que seguía los designios de Dios a la hora de vestir como un hombre.

Entre los días 27 de marzo y 28 de marzo, Thomas de Courcelles hace la lectura de los 70 artículos de la acusación de Juana, a los que habría que responder y que después serían resumidos en doce el 5 de abril. Estos 70 artículos suponían la acusación formal hacia «la Pucelle» buscando ya la condena. Tras lo que se llevaba de juicio, notarios y asesores dudaron de la culpabilidad de Juana y de la forma de llevar adelante el proceso y fue el momento en que propusieron recurrir al Papa, a la que estuvo de acuerdo Juana. Ante el peligro que suponía para los jueces que el Papa los desacreditara, rechazaron la propuesta.

El mismo 27 de marzo se le propone entrar en la Iglesia militante, y escuchar los consejos de los asesores del proceso. Al último le dio las gracias pero se remitía a los consejos de Dios, superiores. Sobre la Iglesia militante, la rechazo del siguiente modo: «…y tengo la firme creencia que no he faltado a nuestra fe cristiana. Por lo que no deseo pertenecer». Esta cuestión se le volvería a presentar unos cuantos días después, el 31 de marzo y rechazó igualmente la propuesta. Una de las frases recurrentes de Juana, cuando sobreponía Dios como motivo principal para justificar una acción cualquiera, era la expresión: «¡Dios primer servido!».

Como ya se ha comentado, los setenta artículos se resumieron en doce. Este proceso ocupó tres días, del dos al cuatro de abril de 1431, y el día 5 son transmitidos a consulta, pero no a la acusada. Los cambios que se quisieron reintroducir fueron omitidos. El escriba Guillaume Manchon declaró en el proceso de nulificación que efectivamente se habían propuesto una serie de cambios que no se aceptaron, la cual cosa pudo demostrar. El mismo día 5 Juana comienza a perder salud a causa de ingerir alimentos venenosos lo que le hace vomitar. Aquello alertó Cauchon y a los ingleses, que trajeron un médico. La querían mantener viva, sobre todo los ingleses porque la querían ejecutar públicamente. Durante la visita del médico, Jean d’Estivet acusó a Juana de haber ingerido los alimentos envenenados siendo consciente para suicidarse.

Aguanta este proceso enfermizo aproximadamente hasta el 18 de abril, cuando finalmente ella se ve en peligro de muerte y pide la confesión y la Eucaristía. Así reclama que su cuerpo sea incinerado y dejado en un camposanto. Si eso no se produce encomienda su cuerpo a Dios. De todos modos, Juana tendría que seguir la larga agonía unas semanas más todavía, y no de manera médica, porque poco a poco se fue recuperando. Se trataba de la evolución del proceso, que llegaba al último mes. Tras la enfermedad, Juana volvió a participar en una sesión el 2 de mayo.

Aquel mismo día, el 2, hubo un enfrentamiento previo. El hecho es que tenía que responder sobre los doce artículos de la acusación. Le habían pedido si quería corregir o mejorar algún aspecto sobre la deliberación de los jueces, ella respondió: «Leed vuestro libro» y seguidamente: «Yo me atengo a Dios, mi Creador, de todo; yo lo quiero de todo corazón». Después añadió: «Yo me atengo a mi juez, Él: Él es el Rey del Cielo y de la Tierra». De este modo, en presencia del obispo y de 63 testigos, el arzobispo de Évreux, J. De Chatillon, procedió a la lectura de los artículos a la espera de algún comentario de Juana. Pero después de hacer la lectura no obtuvieron ninguna respuesta más y de este modo se la llevaron otra vez a la celda.

Después del proceso que había habido y ya consciente de cuál podría ser su devenir, Juana entró en una fase bastante más cerrada, de la que fue una prueba el día 2 de mayo. Probablemente a estas alturas Juana ya había dicho todo lo que tenía que decir y sabía que la sentencia sería definitiva, por lo que no tenía ninguna opción de escapatoria. El día 9 de mayo Juana es conducida a la cámara de torturas donde se le enseñan los instrumentos como prueba de fuerza, después ella hizo la siguiente afirmación: «Verdaderamente, si vosotros me arrancaseis extremidad por extremidad y separaseis mi alma de mi cuerpo yo no os diría nada. Y si dijera alguna cosa, después declararía que me lo hicisteis decir a la fuerza».

Después encontraron poco provechoso someterla a tales máquinas de tortura. De todos modos, el sábado 12 de mayo se hizo una votación entre los jueces en la que resultó ganadora, por 11 votos a 3, la opción de no torturarla. Los tres que votaron a favor de la tortura fueron Aubert Morel, Thomas de Courcelles y Nicolas Loisileur. El caso de este último es curioso, ya que antes de comenzar el proceso a la joven Doncella, junto con un otro compañero (que era Jean d’Estivet), la intentaron estafar del siguiente modo: se hicieron pasar por gente de su tierra «natal» y Loisileur se hizo pasar por un confesor para extraer toda la información posible a Juana. Esta no cayó en la trampa y no pudieron aportar nada interesante en la maquinaria previa al proceso de Juana.

Llegados a este punto del juicio, los ingleses acabaron con la paciencia que les había hecho pasar con discreción hasta aquel momento. El Conde de Warwick dijo en Cauchon que el proceso se estaba alargando demasiado. Incluso el primer propietario de Juana, Jean de Luxembourg se presentó en la celda de Juana. Fue un momento muy tenso que podría haber acabado mal, pero seguidamente apareció Warwick para calmar los ánimos. Jean le hizo la propuesta de que pagaría para liberarla si ella prometía no atacar más a los ingleses. Ella le respondió del siguiente modo: «En nombre de Dios, vos os estáis mofando de mí, pero sé muy bien que no tenéis ni el poder ni el valor para hacer eso». Después de unas cuantas discusiones más, Juana le acabó diciendo: «Sé que estos ingleses me quieren muerta, porque creen que después de mi muerte se harán con el reino de Francia. Pero antes había 100.000 Godones [palabra en argot para denominar a los ingleses] más de los que hay ahora presentes, los cuales no podrán conseguir ahora el Reino». El Conde de Stafford, enseguida puso su daga en el cuello de la Pucelle, pero fue cuando Warwick intervino.

LOS ÚLTIMOS DÍAS DE JUANA

Las cosas se acelerarán a partir del 23 de mayo. Juana recibió la enésima amonestación de parte de Pierre Cauchon, acompañado por el vice-inquisidor y diversos miembros más, en una cámara del Castillo de Ruán donde pretendían que Juana claudicara. Además sirvió como una advertencia de la muerte cercana que le esperaba. Le pidieron que aceptara el veredicto de la Universidad de París y de los jueces por el bien de ella, pero esta se rehusó alegando que no tenía nada más que decir. «…si yo estuviera en el fuego, incluso seguiría sin decir nada más, y querría mantener todo lo que he dicho en el proceso hasta la muerte. No tengo nada más que decir».

Estas serían las jornadas en las que puede que los jueces eclesiásticos se mostraran más de acuerdo con su fe, es decir, un poco más caritativos y le advirtieron con toda sinceridad que por una vez les hiciera caso sino quería acabar entre las brasas. Esta fue la amonestación suavizada, después de leerle los escritos que habían redactado la gente de la Universidad de París, con gran violencia. Finalmente, aquel día se hizo una convocatoria que tendría lugar el día siguiente al lado del cementerio de Saint Ouen; se trataba de una sesión pública.

Un día después, el 24 de mayo, Juana fue trasladada cerca de la abadía de Saint Ouen, al cementerio que había al lado. Loisileur, uno de los que había apostado fuerte por su tortura, se mostró esta vez también bastante caritativo y cuando llegaron le hizo el siguiente comentario «Juana, créeme, si quieres tu vida se puede salvar. Toma este vestido de mujer y haz todo aquello que se te diga; de otro modo estás en peligro de muerte» después de estas súplicas, y mientras los ingleses se frotaban las manos habiendo conseguido reunir una masa de gente; todos escucharon el pequeño sermón por parte Guillaume Erard, que leyó unos pasajes de Juan, concretamente los 15:6. Seguidamente comenzó a blasfemar contra el rey de Francia, Carlos VII, dirigiéndose directamente a Juana, que después de ver cómo el hombre repetía una y otra vez las críticas con soberbia apuntándola con el dedo, no se mordió la lengua y respondió interrumpiéndolo: «No habléis de mi rey. Te reto a decir y jurar, en mi vida, que él es el más noble de todos los cristianos, quien mejor estima la fe y la Iglesia, y no es como tú dices»

En aquel momento, Juana había cortado el sermón de Erard, que quedó atónito y se puso nervioso. Juana hizo otra referencia a Dios, que era por qué lo hacía todo pasando por el Papa de Roma. Acto seguido, Pierre Cauchon se dispuso a leer la sentencia, en la que le declaraban hereje y la excomulgaban a la vez que la enviaban a la justicia secular. Un hecho que no ha de extrañar, ya que la iglesia difícilmente cometía los delitos de sangre fruto de las Inquisiciones directamente. Antes enviaban a los presos a la justicia secular, como en este caso.

Pero Massieu se levantó, y delante de la presencia de los ingleses, se acercó a Juana y le suplicó que firmara unos papeles, teóricamente la sentencia de abjuración. Ella no sabia qué era eso que le pedían, pero la urgencia corría y firmó con una cruz en un círculo, según se cree. El documento no ha quedado para la posteridad y las informaciones son controvertidas. Al principio se creyó que fue un documento de decenas de líneas, pero más tarde, Massieu diría que iba de seis a ocho líneas. En cualquier caso, Juana había salvado su vida por el momento aunque renunciando a todas sus creencias, según había firmado, y así, además, aceptaba vestirse otra vez de mujer. Una de las teorías que podrían barajarse es que en la transcripción del juicio Cauchon hubiera cambiado la sentencia de abjuración larga por la corta. De todos modos, Juana acabaría siendo llevada hacia la celda otra vez. Pero antes Cauchon tendría un enfrentamiento con los ingleses a quienes no les gustó nada aquel último gesto de los clérigos, y acusaron a Cauchon de favorecer a Juana mientras él lo negaba. Llegaron a decirle: «El rey ha malgastado el dinero en ti». Warwick le dice a Cauchon que puede llegar a ser contraproducente para los ingleses este suceso, ya que ella ahora podría escaparse. Pero rápidamente alguien le comenta: «Señor mío, no os preocupéis, la volveremos a capturar». Naturalmente nadie quedó demasiado contento con lo que había sucedido aquel día. Los ingleses no habían obtenido el golpe definitivo que buscaban y mientras la Iglesia sabia que había abierto una puerta a la clemencia. Al saber lo que había firmado, Juana tampoco quedaría nada contenta, ya que no podría soportar el peso de haber negado todo aquello en que siempre había creído y que le había movido a viajar por toda Francia.

Pero el día 28 de mayo, Juana apareció otra vez vestida con ropa de hombre, la que llevaba antes de volverse a poner la de mujer. Este hecho se cree que es debido a que fue forzada a ponérsela a causa de los ingleses, que habrían entrado en su celda; la habrían desnudado antes de mediodía según Massieu y le habrían dejado la ropa de hombre al lado, con lo cual no pudo hacer más que ponérsela. Rápidamente alguien llamó a los jueces, y estos pudieron comprobar visualmente el hecho. Remitiéndonos a lo que ella dijo, alegó que había reprendido el hábito de hombre, porque lo prefería y que lo había hecho por propia voluntad. Dijo que prefería morir antes que continuar así, mas reafirmó que lo habían dicho sus voces y su misión; Santa Catalina y Santa Margarita. Ella realmente sería condenada si negaba estas revelaciones.

Condenada por reincidencia, no hubo más que hacer; se dice que después de que Cauchon comprobara de primera mano que Juana se había sentenciado cambiándose nuevamente de ropa, al bajar de la torre, dejó caer una frase a un Warwick triunfante: «Farewell [adiós], alegraos, ya está hecho». Implicando así a Warwick en la trama que habían urdido los ingleses para provocar la sentencia definitiva. Juana había sido sorprendida con ropa corta, una capa y otras piezas masculinas. Un día después, el 29 de mayo, llegaría a la capilla del Arzobispo en Ruán, la última deliberación.

Como declaraciones más destacadas, N. De Vendères la condenó por hereje a la justicia secular; rogando que esta la tratara más dulcemente de lo que se merecía. Gilles, abad de Fécamp, la acusó de reincidente, de recaída, de hereje y también apeló por el buen trato a la justicia secular. J. Pinchon simplemente dijo que era reincidente y que el resto era cosa de los teólogos.

MUERTE DE JUANA

Place du Vieux Marché (Plaza del Viejo Mercado), Ruán, 30 de mayo de 1431. Previamente, Juana había sido escuchada en confesión por Jean Totmouille y Martin Ladvenu y le habían administrado los sacramentos de la Comunión. Juana hizo una pequeña declaración que se puede interpretar de modo que ella podía haber sido violada o como mínimo agredida físicamente el día 27, cuando la desnudaron para que no tuviera más remedio que vestirse como un hombre. Ladvenu (que después declararía que Juana había muerto injustamente a su parecer) le acababa de decir que sería ejecutada en la hoguera, ella comenzó a jalarse el cabello duramente, totalmente desesperada. Al poco rato, entró en la cámara Cauchon. Juana, desesperada, arremetió contra él con duras palabras «Yo muero a través tuyo». Pero él respondió que su muerte estaba en sus propias manos. Pero con habilidad (aún estando destrozada y terriblemente desesperada) apeló a que si la hubiera aprisionado en una prisión eclesiástica como ella reclamó, con gente competente, no habría pasado nada. Entonces apareció en la cámara el hermano Pierre Maurice al que Juana se dirigió en busca de consuelo, pidiéndole donde estaría aquella misma noche. Él le preguntó si aún creía en Dios, y entonces ella afirmó que con la buena voluntad de Dios, aquella noche ya estaría en el paraíso: «Sí, con la ayuda de Dios, estaré en el paraíso», tal como le habían prometido los ángeles el 1 de marzo. De este modo, la joven doncella de no más de 19 años perdió el miedo y se preparó para el reto definitivo.

Juana será escoltada esposada hacia una plaza llena de gente. Unas diez mil personas más mil soldados ingleses, todos expectantes, a las nueve de la mañana de aquel día. Iba vestida de blanco y llevaba algunos detalles en recuerdo de Jesús. En el centro había una hoguera montada; una plataforma con una estaca en el medio a la cual sería atada, con un montón de ramitas de madera para poder calar fuego a sus pies. Delante de esta había una mesa con una inscripción en la que se decía que Juana, la que a sí misma se hacía llamar la Pucelle, había cometido una serie de delitos y de pecados.

Mientras se acababa de preparar la plataforma, Nicholas Midi (el autor de los doce artículos de la acusación) comenzó a leer un sermón al que Juana guardó silencio. Éste acabó con la siguiente frase: «Juana, ve en paz, la Iglesia ya no te puede proteger más y te libra a las manos del brazo secular». Juana, en aquel momento arrodillada, realizó unas plegarias a Dios con contrición, penitencia y fervor de fe. Invocó además de a Dios, a la Virgen María, la Santísima Trinidad y todos los ángeles del paraíso. Asimismo, también invocó el perdón por los males que hubiera podido causar. Estuvo una media hora aproximadamente, según Jean Massieu. Algunos jueces y algunos ingleses incluso lloraron viendo que no era más que una buena chica. Finalmente, un soldado inglés acabó una pequeña cruz con dos palos que ella besó repetidamente.

Le tocó a Massieu acompañarla los últimos metros junto con el hermano Martin. Ella siguió rezando y rogando a San Miguel y a otras criaturas celestiales. En aquel momento, Cauchon dijo que Juana era enviada a la justicia secular, por enésima vez «Como miembro podrido, te hemos desestimado y lanzado de la unidad de la Iglesia y te hemos declarado a la justicia secular». Si bien en aquel momento se podía esperar una sentencia secular; esta nunca fue pronunciada si es que alguna vez fue elaborada. Juana fue puesta sobre la hoguera y antes de ser quemada, un soldado inglés interrumpió con un grito de fondo gritando «¡Sacerdote! ¿Nos dejarás acabar el trabajo antes de la hora de la cena?». Entonces un alguacil dio la orden de ejecución y el verdugo la llevó a la estaca. Llevaba un papel clavado en la parte superior con las palabras «hereje, reincidente, apóstata, idólatra».

Como último deseo, Juana reclamó que los Sacerdotes alzasen una cruz delante de sus ojos hasta que ella muriese, para que así acabara sus últimos momentos acompañada de Dios. El hermano Isambard de la Pierre fue a buscarla a Saint Sauveur, la iglesia más cerca y volvió bajo las risas de los ingleses, mientras ella invocaba Santa Catalina, Margarita y Miguel. Juana entonces gritó: «Ruán, Ruán, ¿puedes sufrir por ser el lugar de mi muerte?». Pierre subió a la plataforma y alzó la cruz, y ya entre las llamas, ella todavía le pidió que bajara para que no se llevara ningún disgusto, pero siempre con la cruz alzada, para que fuese lo último que ella viera. Así lo hizo y Juana se perdió entre las llamas. Pero todavía pudo gritar la palabra «¡Jesús!» varias veces.Se dice que antes de que muriera la Pucelle, Cauchon se acercó a ella, y Juana gritó: «Yo moriré por su culpa, si yo me hubiese entregado a la iglesia y no a mis enemigos, yo no estaría aquí». Con un fogonazo del verdugo, Juana sería rápidamente reducida a cenizas.

Al secretario del rey de Inglaterra, John Tressart, se le escuchó exclamar «Estamos todos perdidos, porque ha sido quemada una buena y santa persona». Después diría que pensó que ahora su alma quedaría en las manos de Dios. Parece ser, según diversos testimonios como Massieu, que de Juana quedó su corazón, intacto y lleno de sangre. El propio verdugo, Geoffroy Therage muy consternado fue a buscar a Ladvenu e Isambard de la Pierre a una taberna y así lo demostró diciendo que había quemado una santa. Se contó que sus restos se lanzaron al Sena. Algún soldado inglés, también afligido, afirmó haber visto el alma de la joven marchándose del cuerpo, y algún otro afirmó haber visto el reflejo de Jesús, como otros dijeron también haber visto salir una paloma.

Durante estos últimos días de Juana, un compañero de armas de ella llamado Gilles de Rais planeó un ataque con un contingente de mercenarios a Ruán para rescatar a la Doncella. Sin embargo se demoró demasiado y solo pudo llegar para contemplar sus cenizas. Este hecho dejó consternado a Gilles ante la posibilidad de haber llegado a tiempo.

Fdo. Cristobal Aguilar.


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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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In nomine Patris et fillii et Spiritus Sancti