Lunes, 12 de octubre de 2009
SOR MARÍA DE AGREDA - LA DAMA AZUL

Sor María de Jesús nació en Ágreda (Soria) en 1602, y murió allí mismo en 1665.

Célebre religiosa, confidente y consejera de Felipe IV, fundadora y escritora. Se llamaba en el mundo María Coronel y Arana y en religión María de Jesús, pero fue conocida por el nombre de su ciudad natal. Perteneció a una familia hidalga y de extremada religiosidad, hasta tal punto que, cuando María tenía dieciséis años, padres e hijos abandonan el mundo y abrazan la vida religiosa; su propia casa quedó convertida en convento y en ella continúa con su madre y su hermana. Fue adquiriendo fama de santidad y de ser favorecida con revelaciones sobrenaturales y, antes de cumplir los veinticinco años, era elegida abadesa, dispensándole el Papa la falta de edad. Con recursos de la caridad fundó en las afueras de la villa el monasterio de la Inmaculada Concepción, al que se traslada la comunidad en 1633. La fama de sus virtudes y sabiduría movieron a Felipe IV a visitarla cuando en 1643 pasaba hacia Aragón con motivo de la guerra de Cataluña.

La situación de España era crítica y el rey debió encontrar consuelo en la conversación de la abadesa, solicitando una amistad epistolar que con gran sigilo y puntualidad había de durar hasta la muerte de la monja. En esta correspondencia, de la que hizo copia por mandato de su confesor, no sólo levanta el espíritu apocado del rey y le da consuelos de perfección espiritual, sino que trata de los asuntos más arduos de la gobernación del reino. Trabaja en pro y en contra de validos, aconseja campañas y provoca medidas públicas. Abarca resueltamente la cuestión del gobierno del Conde-Duque de Olivares, al que censura con energía como perturbador de la paz del Estado, y recuerda al rey la obligación que tenía de hacerlo todo por sí mismo sin privados ni favoritos. Cuando durante la guerra de Cataluña estuvo el monarca a punto de indisponerse con Aragón, por la jurisdicción del Tribunal de la Fe, le aconseja con buen criterio que aplazase a toda costa el negocio de la Inquisición «por ser de mucho peso y preciso resolverle con tiento y tomando medios y arbitrios para ajustarse a todos». En política exterior es partidaria de la paz. Durante las negociaciones en Münster y Osnabruck, que habían de culminar en la paz de Westfalia, trató de inclinar a Felipe IV a terminar la guerra con Francia, para ocuparse con todas sus fuerzas en el problema de Portugal, y hasta escribió al Papa Alejandro VII solicitando su mediación en favor de la concordia entre los príncipes cristianos.

A pesar de que el rey, según sus propias palabras, sigue siempre que puede los consejos de Sor María, no conviene suponer demasiado grande el alcance efectivo de su influencia, ya que sus consejos, cuando no brotan del buen sentido popular, son lugares comunes políticos, teológicos y morales que el rey hubiera podido recibir de otra persona cualquiera capaz de captar el ambiente.

En el orden místico sus ideas fueron elevadas y dentro de la más firme ortodoxia, pero se vio envuelta por la Inquisición en un proceso, del que salió absuelta con las más favorables censuras, en 1650, y la Sorbona de París llegó a condenar varias proposiciones de sus libros. El más notable de sus escritos religiosos es La Mística Ciudad de Dios, una historia de la Virgen en la que están resumidas las más importantes de sus tesis teológicas, el dogma de la Inmaculada y la infalibilidad pontificia. Acerca de esta obra se entabló apasionada controversia que duró más de un siglo.

Desde el punto de vista histórico, es de sumo interés su correspondencia con el rey, publicada por Francisco Silvela, precedida de un bosquejo histórico, en el que va encajando la actuación de Sor María (Cartas de la Venerable Madre Sor María de Ágreda y del rey don Felipe IV, Madrid, 1885). «En ellas no sólo se alcanzan pormenores de la mayor importancia sobre personajes y sucesos de aquel tiempo, sino que se descubre también en sus más íntimos repliegues el carácter moral del monarca, completándose con nuevas perspectivas el cuadro de la corte y de la sociedad española en el siglo XVII» (Sánchez Toca, Felipe IV y Sor María de Ágreda, Madrid, 1887, pág. 201).

SU VIDA MAS ÍNTIMA

María Coronel y Arana -éste era su nombre original- nació en la histórica ciudad soriana de Ágreda, en el seno de una familia de rancio abolengo político y no menos cristiano. Sus padres, Francisco y Catalina, eran profundamente cristianos, de honda religiosidad franciscana. Tuvieron dos hijos y dos hijas. Y los seis miembros de la familia abandonaron el mundo y sus comodidades y abrazaron la vida religiosa en la familia franciscana.

Francisco, el padre, con sus dos hijos, Francisco y José, profesaron en el convento de San Antonio de Nalda (La Rioja), en la provincia franciscana de Burgos. La madre, Catalina, con sus dos hijas -María tenía sólo dieciséis años- abrazaron la vida monástica en el monasterio que construyeron en su propia casa-palacio, bajo la regla de la Orden de Concepcionistas Franciscanas, en 1620. Este gesto de las mujeres de la familia Coronel y Arana evoca el origen de la misma orden: Santa Beatriz de Silva, cuando abandonó el monasterio de Santo Domingo de Toledo, donde hacía vida retirada con las dominicas, en 1484, y fundó el primer monasterio concepcionista en los palacios de Galiana, que le había cedido la reina Isabel la Católica.

A los seis años de iniciar la vida monástica, María Coronel y Arana -sor María de Jesús de Ágreda- fue elegida abadesa. Excepto el trienio 1652-1655, desde 1627 hasta su muerte, María de Jesús fue la abadesa del monasterio, lo que indica que el Señor le concedió dotes de gobierno. Simultaneaba la dirección de la comunidad con la redacción de libros, que tanta importancia, y tantos problemas, darían a la abadesa de Ágreda.

La fama de la docta abadesa sor María de Jesús llegó al rey de España, Felipe IV (1606-1665), un monarca mecenas de grandes artistas, pero de escasa voluntad y débil temperamento, que dejó las máximas responsabilidades del gobierno en manos del ambicioso Gaspar de Guzmán, conde-duque de Olivares. En uno de sus momentos de incertidumbre y abatimiento no sólo político, sino también religioso, el rey acudió al monasterio de Ágreda, el 10 de julio de 1627, a solicitar los consejos de sor María de Jesús. Y, a partir de entonces, hubo una interesante correspondencia epistolar, que en 1885-1886 se publicaría en Madrid, con el título de Cartas de la Venerable Madre Sor María de Jesús de Ágreda y del Señor Rey Don Felipe IV (2 volúmenes).

El temario de las cartas abarca todo el espectro político al que había de hacer frente el rey, ya con la ayuda de quien lo tuvo dominado hasta caer en desgracia en 1643 (Gaspar de Guzmán), ya con la del sucesor del conde-duque, Luis de Haro. Al pobre monarca, que había iniciado su reinado a los dieciséis años, no le faltaron problemas de toda índole: desde su propia debilidad moral hasta su falta de dotes de gobierno, que -con el aislado triunfo en la rendición de Breda que inmortalizara Velázquez en su famoso cuadro de las lanzas- fueron sumándole desastre tras desastre y pérdidas progresivas de territorios, en la península y en Europa. Los consejos de sor María de Jesús, que desde su celda seguía los avatares de su época, no fueron suficientes para orientar ni la vida ni los matrimonios del rey, que cayó en una gran impopularidad, ni sus funciones de gobierno, que terminaron en el más lamentable fracaso histórico.

No tuvo mayor fortuna sor María de Jesús con sus obras, algunas de ellas inéditas (Meditaciones sobre la pasión de Nuestro Señor y ejercicios quotidianos y doctrina para hacer las obras con mayor perfección, Las Sabatinas, Pláticas del cumplimiento de la voluntad de Dios...), y la más famosa, póstuma y condenada: Mística Ciudad de Dios, milagro de su omnipotencia y abismo de la gracia. Historia divina y vida de la Virgen Madre de Dios, editada en Madrid en 1670, en cuatro volúmenes. Esta obra, traducida a los principales idiomas modernos, e incluso al griego, al árabe, al croata y otros, hizo que la abadesa de Ágreda fuera pronto conocida fuera de España. Pero el carácter sobrenatural que daba a su escrito hizo que los guardianes de la ortodoxia se pusieran en guardia y analizaran con lupa sus afirmaciones. Primero, la Inquisición Española (1672), luego la condenación por parte del Santo Oficio (1681) y hasta de la Universidad de París (1696), para terminar incluida en el índice de libros prohibidos en 1713.

Pero afortunadamente de todo este calvario la libró el Señor. Sor María de Jesús moría santamente en su monasterio de Ágreda el 24 de mayo de 1665.

La gran obra mariana de sor María de Jesús, así como las de índole ascética y mística, reflejan la personalidad espiritual de una monja que tomó muy en serio su vida de consagración a Dios, su deber de orientar la espiritualidad de la comunidad que el Señor le confió, y su discernimiento de las cosas del mundo desde la perspectiva del Evangelio. Para los que la conocieron y para las gentes de su tiempo, María de Jesús era una santa, un ejemplo de vida cristiana llevada a sus últimas consecuencias. Por eso, el 28 de enero de 1673, el papa Clemente X introducía la causa de canonización. Pasó un siglo, en el que la obra de sor María de Jesús fue objeto de las máximas condenas, lo cual no fue obstáculo para que en 1774 Benedicto XIV aprobara el proceso canónico de las virtudes en general de la Sierva de Dios, y el 31 de marzo de 1756 las virtudes en especial, que declaraban Venerable a sor María de Jesús de Ágreda. Pero el proceso no siguió su curso. Ahí queda el testimonio de una vida ejemplar y los buenos consejos y consideraciones de una escritora espiritual, para quien la Virgen Inmaculada era el centro de su vida, consagrada plenamente a su esposo, Jesucristo.

Fdo. Cristobal Aguilar.



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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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