Domingo, 11 de octubre de 2009
LA HORA SANTA - DEVOCIÓN A JESUCRISTO EN SU PASIÓN

La hora santa es una practica de origen divino. En una de sus apariciones a Santa Margarita María de Alacoque Jesús le dijo; "Todas las noches del jueves al viernes te haré participar de la mortal tristeza que quise padecer en el Huerto de los Olivos; tristeza que te reducirá a una especie de agonía más difícil de soportar que la muerte. Y para acompañarme en aquella humilde plegaria, que entonces presenté a mi Padre, te postrarás con la faz en tierra, deseosa de aplacar la cólera divina y en demanda de perdón por los pecadores".

Pío XI, al comienzo del año Santo, exhortó al ejercicio de la Hora Santa como un "obligado y amoroso recuerdo de las amargas penas que el Corazón de Jesús quiso soportar para la salvación de los hombres". Ya antes, en su carta encíclica sobre la expiación que todos deben al Sagrado Corazón de Jesús "Miserentissimus Redemptor" (8-V-1928) señaló: el Corazón de Jesús "para repararar las culpas recomendó esto, especialmente grato para El: que usasen las súplicas y preces durante una hora (que con verdad se llama Hora Santa), ejercicio de piedad no sólo aprobado, sino enriquecido con abundantes gracias espirituales". En otra ocasión explicó que "su fin principalísimo es recordar a los fieles la pasión y muerte de Jesucristo, e impulsarles a la meditación y veneración del ardiente amor por el cual instituyó la Eucaristía (memorial de su pasión), para que purifiquen y expíen sus pecados y los de todos los hombres". (21-III-1933).

Se trata por tanto de dedicar una hora a meditar los misterios cuando Cristo se sintió sólo y débil, como nosotros, y pide al Padre aparte el cáliz. Una hora para acompañarle, como el Ángel del huerto, en cuanto podemos, místicamente, junto al sagrario. Es una hora para volcar en su Sagrado Corazón todos nuestros afanes y sufrimientos, y recibir su gracia para sobrellevarlos. Una hora en definitiva, para agradecer su sacrificio y aprender de El.

PRÁCTICA DE LA HORA SANTA

Muchas personas no practican esta devoción porque envuelve un gran sacrificio. Esta devoción no es obligatoria. Pío XI facilitó el tiempo para la Hora Santa al fijarlo desde la puesta del sol hasta su salida, aunque la hora más indicada es la de once a doce en la noche del jueves a viernes. Cualquier lugar es válido aunque es preferible la Iglesia y ante el sagrario a ser posible.

En cuanto a las oraciones, no hay nada fijo establecido, pero a juzgar por las palabras de Nuestro Señor a santa Margarita, lo más propio parece ser la meditación de su amarga Pasión y Agonía, su grandísima humillación, su infinito amor no correspondido, y los ultrajes hechos a su divina Majestad.

La Hora Santa se puede llenar por tanto, con varias devociones, como por ejemplo: leer por espacio de quince minutos la agonía de Nuestro Señor y luego meditar otros tantos minutos lo leído; o hacer el devoto ejercicio del Vía Crucis o del Rosario doloroso. Sea cual sea la devoción elegida lo importante es que debe ofrecerse todo ello por la conversión de los pecadores, tal y como Jesús mismo manifestó a santa Margarita.

La práctica de la Hora Santa fue enseñada a SantaMargarita María, en el siglo XVII, en Paray-le-Monial, por Jesús mismoen estos términos:

“ Todas las noches de jueves aviernes, Yo te haré participar en esta mortal tristeza, que Yo hequerido sentir en el jardín de los Olivos; la cual te reducirá, sin quetú lo puedas comprender, en una especie de agonía más dura de soportarque la muerte. Y para acompañarme en esta humilde oración, quepresentaba a mi Padre en medio de todas mis angustias, tú te levantarasentre once de la noche y medianoche, para postrarte una hora conmigo,con la cara contra el suelo demandando Misericordia por los pecadores,para aliviar de alguna manera, la amargura que yo sentía del abandonode mis apóstoles, que me obligaba a reprocharles como ellos no habíanpodido velar una hora conmigo; y durante esta hora tú harás lo que yote enseñaré”.

Se trata en consecuencia de un ejercicio de devoción en el cual, durante una hora en oración silenciosa y por la meditación de la escritura, relatando la Pasión de Jesús, nos unimos a la tristeza que Jesús experimentó en el momento de Su agonía.Nosotros imploramos Misericordia por los pobres pecadores y consolamosal Salvador de las ingratitudes y del abandono de los suyos.

La Hora Santa no se debe confundir con la adoración del Santísimo Sacramento: su propio objeto es el misterio de Gethsemani,y no directamente la Santa Eucaristía. Aunque nosotros tengamos elbeneficio de practicarla delante del tabernáculo o delante delSantísimo Sacramento expuesto, esto no es obligatorio: Santa MargaritaMaría lo hacía en su celda, postrada en el suelo delante de suCrucifijo.

Jesús le pedía a Santa Margarita de hacer la Hora Santatodas las noches de jueves a viernes, de once de la noche a medianoche.La Iglesia para permitir que más fieles lo practiquen, autoriza quenosotros podamos realizarla por anticipado, a una hora más avanzada dela tarde, una vez por mes, coincidiendo con el primer viernes del mes.

Existen multiples formas de hacerlo, pero yo os pongo aquí una breve, de las múltiples que podemos ofrecer a Nuestro Señor. Es un escrito y meditación del Padre R.P. Mateo Crawley-Boevey SS.CC. Os lo trasncribo para vuestro uso.

Es ésta una hora tres veces santa, por la proximidad de Jesucristo a nuestras almas pobrecitas... La herida siempre abierta de su pecho, le habla de la tierra y lo fuerza dulcemente a atender, al mismo tiempo que los cánticos del cielo, las súplicas y los gemidos que suben del destierro...

Él avanza ahora hacia el abismo de nuestra nada, sediento de almas... Avancemos también nosotros hacia el abismo de su Corazón hasta sucumbir dichosamente en Él...

¡Señor Jesús, haz que comprendamos el don inefable de tu Divino Corazón!...



(Breve pausa)



(Pedidle luz de fe para conocerle, caridad abrasadora para amarle y para hacerle amar en su Sagrado Corazón).



Getsemaní, el Huerto de la agonía mortal del Maestro, no ha desaparecido...: se perpetúa en cada Sagrario de la tierra... Él está aquí, pues, en la Hostia... En ella Jesús agonizante siente los desfallecimientos de una angustia suprema y de una caridad incontenible... “Triste hasta la muerte en ese Tabernáculo. Él ansía, ¡oh, dulcísima misericordia!, encontrar una reparación, descansar en nuestros pechos y confiarnos ahí todo el tesoro de quebranto y de cariño en que desborda su adorable Corazón...

La tierra en que ahora lo adoramos es tierra santa... Aquí está realmente Jesús, el Adolescente encantador de Nazaret...; Jesús, el Maestro compasivo de Tiberíades... Aquí, está Jesús, el Amigo de Betania... Sí, aquí, a dos pasos, está el amable moribundo de Getsemaní, la Víctima adorable del Calvario... ¡Oh, noche más hermosa que alborada!... A su sombra, de inefable paz, San Juan y Margarita María parecen acercarse a este altar para compartir con nosotros el secreto que al descansar sobre su Corazón les confió el Prisionero del amor...



(Pausa)



(Declaradle en dulce intimidad que lo amáis con toda el alma, con amor de desagravio).



¡Solos con Jesús!... ¡Qué delicia!... ¡Solos con Él, compartiendo su soledad y su agonía!... Pero escuchad; allá fuera ruge una tormenta de odio contra el perseguido Jesucristo... El eco de los siglos va gritando ante las rejas de su cárcel la blasfemia horrenda del pueblo deicida: “¡Quítale!... Reo es de muerte... ¡Crucifícale!” ¿Qué mal nos ha hecho ese Dios ensangrentado?...

Almas piadosas que deséais consolarlo, vedlo llegar en esta Hora Santa agobiado bajo la pesadumbre de su Cruz... Viene herido en el alma, recorriendo una Vía Dolorosa que parece no tiene término... Viene, pero abrazado siempre a su patíbulo. ¡Nos ama tanto! Vedlo. Llega angustiado, perdida la hermosura de sus ojos en la hermosura de sus lágrimas. Viene exhausto de sangre y desbordante en misericordia su dulce Corazón... Ya está aquí... ¡Oh, misterio inefable!... Si comprendiéramos el don de este acercamiento de Jesús, la gracia incomparable de su vecindad consoladora en el Sagrario... Está ahí... a un paso... Al bendecirnos, la sombra de su mano nos alcanza...



(Breve pausa)



¿Y qué es lo que busca? Una tregua a sus dolores... Quiere el amor de sus amados... Que venga entonces. ¡Ah, sí!... Que venga a reposar en esta Hora Santa al calor de afecto de nuestras almas compasivas.

Los ángeles del Santuario escuchan abismados una armonía triste y misteriosa: es como el eco, nunca apagado, de un divino lamento: el de Getsemaní... es el gemido salvador del Gólgota, que parece repercutir al renovarse este sacrificio incruento del altar...

Desde el fondo del Sagrario, sus labios, empapados en la hiel de todas las ingratitudes, nos nombran con bendición de amor a todos los que en esta Hora Santa hemos venido a llorar con Él la desventura de su amor menospreciado. Es grande, ¡qué inmenso es el dolor que le atormenta... pero es mayor aún, es infinito, el amor que lo tortura!...

¡Cuánta dignación la de este Salvador! Quiere confiarnos sus tristezas; está ansioso de desahogar con nosotros la decepción sufrida con tantos que, colmados de favores, se llamaron sus discípulos, y después lo abandonaron... Más fieles aún que Pedro, que Santiago y que Juan en el Huerto de la agonía, escuchémoslo nosotros, pues quiere hablarnos por la herida de su amante Corazón.



(Pausa más larga)



(Solicita con fervor y humildad la gracia de escuchar la voz del Señor, que pide y que se queja).



(Lento)


Voz del Maestro. Hacía tanto tiempo, alma querida, que te aguardaba aquí en la Hostia para contarte el amor que me devora... Te bendigo, porque has tenido compasión de tu Dios encarcelado, sumido en amarga soledad... Tenía sed de ti... Por fin te he vencido... Dímelo tú mismo, sí, repíteme que mi Corazón te ha vencido...

Asegúrame en seguida que me amas..., que tú también sientes sed de mí, y sed devoradora... Lejos de mi lado, tú, que eres polvo y nada, cuántas veces has reído y has gozado... Yo sin ti, Yo, tu Dios, por recobrarte, dejé a los ángeles, dejé a los cielos, y, después de treinta y tres años de agonía, expiré en un cadalso... Rompiste un día mis cadenas..., y, libre de mis brazos por la culpa, ¡ay!, ¿cómo pudiste amar tan triste libertad?... Mira, en cambio, los grillos que en la tierra me he forjado para atarme a tu ingrato corazón... Aquí me tienes, constituido en el Prisionero dichoso de tu amor... ¿Cómo me lo has pagado? Te perdono; pero sé desde hoy, en desagravio, entera y eternamente mío...

Hijo tan amado, contémplame traicionado y solo..., solo y blasfemado..., solo y escarnecido..., solo y siempre abandonado. ¡Cómo me hiere ese olvido, sobre todo el de los buenos; cómo me lastima la cobardía e indiferencia de los que se llaman mis amigos!...

“He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres, y de los cuales es tan mal correspondido...”.

¿Habrá dolor semejante a mi dolor?... Mi alma está triste hasta la muerte... Acércate, pon los labios en la herida de mi Costado, y, en reparación de amor, dime que me amas con todo tu corazón, con toda tu alma y todas tus fuerzas. Dame de beber tu alma... Tengo sed de tu felicidad...



(Cortado y muy lento)



Llamé a tu conciencia tantas veces por mi gracia, y enmudeciste... ¿Recuerdas?... Perdono tu desdén y tu silencio...

Esperé a las puertas de tu alma semanas, meses, largos años...; te supliqué que me abrieras... y me rechazaste... ¿Te acuerdas?... Perdono esa cruel deslealtad...

Arrojado de todas partes, mendigué un consuelo y el albergue de tu corazón... Por respeto humano, por falta de abnegación o por tibieza, me lo negaste... ¿Recuerdas?... Olvido esa perfidia...

Cuando repartías cariño a todos, pedí para mí una centella de ese afecto... Todas las criaturas llegan siempre a tiempo, todas... y Yo, alma querida, ¿por qué sólo Yo llego siempre tarde?... ¿Por qué me hieres?... ¿Cuándo y en qué te he contristado?... ¡Respóndeme!



(Breve pausa)



(Cortado)



Tuve hambre de dar consuelo a los enfermos y a los tristes... Busqué un refugio en las casas del dolor humano...; entré con osadía en ellas, pues soy el Dios consolador de todas las miserias... Y aquí me tienen arrojado con ignominia de centenares de hospitales, de la cabecera de los ancianos y de las cunas de los huérfanos... ¿Qué mal os ha hecho mi compasión y mi ternura?... ¡Oh! Vosotros, hijitos míos, amadme, en reparación de tanta crueldad... Amadme mucho. Soy Jesús...

Tuve sed de un amor sin mancha: el de las flores de la infancia... Busqué el cariño de los niños, pues al bajar del Calvario de mis decepciones recordé los lirios y las brisas de mi Nazaret inolvidable, cuando Yo también fui Niño... ¡Oh, dolor! ¡De ese campo de azucenas, de la escuela, también se me ha arrojado!... Escucha, alma consoladora, cómo los que se llaman sabios en el mundo me reniegan y maldicen... ¿Qué mal he hecho a vuestros hijos?... Amadme, ¡oh!, amadme mucho. Soy Jesús...

Estuve ansioso de haceros felices, dándoos la verdadera paz, que el mundo no posee, y os rogué que me aceptarais, como uno de los vuestros, en lo íntimo de vuestro hogar... quise constituirme y ser llamado el Padre, el Esposo adorado, el Hermano inseparable... y el hogar me ha despedido... Pero no me iré... ¡Ah, no! Aquí me tenéis aguardando con dulzura que un pesar me abra, aunque tarde, su puerta, pues las de mi Corazón jamás se cierran. Yo soy Jesús, la paz y el amor de las familias... Dejad en mi frente, si queréis, la diadema de espinas, dejadla sangrienta y crudelísima, pero dadme, os lo pido por mi Madre, dadme hospedaje en vuestras casas, consentid que reine en el hogar...

Amadme en la familia...; soy su vida... Amadme mucho, porque yo soy Jesús.



(Pausa larga)



Y ahora, háblame tú, alma dichosa; háblame en íntima confianza, a este Dios, que es todo caridad... Heme aquí, benigno y manso, soy Jesús de Nazaret... ¿Qué podría negarte en esta Hora Santa, en que has venido a compartir mis abandonos y mis agonías?... Aquí tienes; te entrego el Corazón que tanto te ha amado...: no puedo contener los ardores del amor que te profeso... Llámame, y seré mil veces tuyo...; háblame, soy tu Hermano...; adórame, soy tu Dios... Consuélame, con todo el amor de tu alma... Yo soy Jesús...



(Pausa)



(Mientras tantos buenos duermen, mientras tantos desgraciados pecan, el Señor Jesús sigue agonizando místicamente en el Sagrario... Acerquémonos y hablemos, en dulce intimidad, a su Corazón que nos aguarda).



(Lento y siempre cortado)



Voz del alma. ¿Qué tengo yo, Señor Jesús, que Tú no me hayas dado?

¿Qué sé yo, que Tú no me hayas enseñado?

¿Qué valgo yo, si no estoy a tu lado?

¿Qué merezco yo, si a ti no estoy unido?

¡Perdóname los yerros que contra ti he cometido!

Pues me creaste, sin que lo mereciera,

Y me redimiste, sin que te lo pidiera...

Mucho hiciste en crearme,

Mucho en redimirme.

Y no serás menos poderoso en perdonarme.

Pues la mucha sangre que derramaste,

Y la acerba muerte que padeciste,

No fue por los ángeles que te alaban,

Sino por mí y demás pecadores que te ofenden...

Si te he negado, déjame reconocerte;

Si te he injuriado, déjame alabarte;

Si te he ofendido, déjame servirte,

Porque es más muerte que vida,

La que no está empleada en tu santo servicio.



(Breve pausa)



¡Qué bien me encuentro así..., reclinado blandamente en el cielo de tu pecho!...

Es éste, sólo éste, el lugar de mi descanso eterno...; éste, el Tabernáculo donde escucho tus palabras de vida y tus reclamos de amor y sacrificio... Deja de sufrir, Maestro y atiende el himno de mi alma, ansiosa de confundirse, en un abrazo eterno, con la tuya... Escúchame, Jesús-Hermano:



(Lento)



Corazón de Jesús, dulcísimo con los pecadores: un pecador te habla...

Corazón de Jesús, camino de los extraviados: un pródigo te busca...

Corazón de Jesús, suavidad de los que sufren: un desgraciado llama a tu santuario...

Corazón de Jesús, amigo fidelísimo del hombre, un amigo ingrato está aquí y te llora...

Corazón de Jesús, bonanza en las continuas vacilaciones de la vida; un alma combatida te llama en su socorro...

Corazón de Jesús, hoguera de santidad en el amor; mi alma ansía saciarse en ti de amor y santidad...

Corazón de Jesús agonizante, esperanza de los moribundos, memento: acuérdate de los que en esta misma hora luchan en las convulsiones de la muerte... Ten piedad de los agonizantes, sálvalos según tu gran misericordia... Envíales, Señor, el ángel de Getsemaní, y acerca a sus labios, que ya no pueden llamarte, el cáliz de tu Corazón piadoso. ¡Jesús..., sé Jesús con los moribundos más desamparados!...



(Pedid por los agonizantes).



(Pausa)



Tu tierna Madre y tu Cruz son testigos de esta tu amabilísima palabra: “He venido en busca de los enfermos, de los extraviados..., de las ovejitas perdidas de Israel”.

La Virgen María ha recogido celosa, en beneficio de los pecadores, tus lágrimas de sangre. En unión, pues, con Ella, buena, misericordiosa, refugio de pecadores y caídos, te pido por aquellos que al ofenderte no saben lo que hacen... El mundo les condena inexorable; pero Tú, que conoces la flaqueza humana y que lees tan adentro de esas almas infelices, Tú, Jesús, ten piedad, ten paciencia, ten perdón para ellas en tu amable Corazón... Te pido, te ruego, en nombre de tu Eucaristía, por los pobres pecadores... Perdónalos, Jesús, y escribe sus nombres desde luego en el libro de la vida...

Divino Salvador de las almas, cubierto de confusión me postro en tu presencia, y, dirigiendo mi vista al solitario Tabernáculo, siento oprimido el corazón al ver el olvido en que te tienen relegado tantos de los redimidos. Pero ya que con tanta condescendencia permites que en esta Hora Santa una mis lágrimas a las que vertió tu benigno Corazón, te ruego, Jesús, por aquellos que no ruegan..., te bendigo por tantos que te maldicen, y con todo el ardor de mi alma te alabo y te adoro en todos los sagrarios de la tierra... Acepta, Señor, el grito de expiación que un pesar sincero arranca de nuestras almas afligidas... Ellas te piden piedad...

Por mis pecados, por los de mis padres, hermanos y amigos.



(Todos, en voz alta)



Piedad, ¡oh Divino Corazón!



Por las infidelidades y sacrilegios.

Piedad, ¡oh Divino Corazón!



Por las blasfemias y profanaciones de los días santos.

Piedad, ¡oh Divino Corazón!



Por el libertinaje y los escándalos públicos.

Piedad, ¡oh Divino Corazón!



Por los corruptores de la niñez y de la juventud.

Piedad, ¡oh Divino Corazón!



Por la desobediencia sistemática a la santa Iglesia.

Piedad, ¡oh Divino Corazón!



Por los crímenes de los hogares, por las faltas de los padres y de los hijos.

Piedad, ¡oh Divino Corazón!



Por los atentados cometidos contra el Romano Pontífice.

Piedad, ¡oh Divino Corazón!



Por los trastornadores del orden público social cristiano.

Piedad, ¡oh Divino Corazón!



Por el abuso de sacramentos y el ultraje a tu santo Tabernáculo.

Piedad, ¡oh Divino Corazón!



Por la cobardía a los ataques de la prensa, por las maquinaciones de sectas tenebrosas.

Piedad, ¡oh Divino Corazón!



Y, por fin, Jesús, por los buenos que vacilan... por los pecadores obstinados, que resisten a tu gracia...

Piedad, ¡oh Divino Corazón!



(Pausa)



Las doce promesas



No nos basta, Señor, tu misericordia... Tus intereses son los nuestros, queremos tu Reinado... Pedimos, buen Jesús, que cumplas con nosotros las promesas que hiciste a tu confidente Margarita María en beneficio de las almas que te adoran en la hermosura indecible, en la ternura inefable, en el amor incomprensible de tu Sagrado Corazón.

Por eso te pedimos con tu santa Iglesia, te suplicamos por la Virgen Madre, te exigimos por el honor inviolable de tu nombre, que establezcas ya, que apresures el reinado de tu amante Corazón.



(Todos, en voz alta)



Venga a nos el reinado de tu amante Corazón.



1ª. Pronto, Jesús, sí, reina presto, antes que Satán y el mundo te arrebaten las conciencias y profanen en tu ausencia todos los estados de la vida...



Venga a nos el reinado de tu amante Corazón.



2ª. Adelante, Jesús, y triunfa en los hogares, reina en ellos por la paz inalterable prometida a los que te han recibido con hosannas...



Venga a nos el reinado de tu amante Corazón.



3ª. No demores, Maestro muy amado, porque muchos de éstos padecen aflicciones y amarguras que Tú solo prometiste remediar...



Venga a nos el reinado de tu amante Corazón.



4ª. Ven..., porque eres fuerte..., Tú, el Dios de las batallas de la vida... Ven, mostrándonos tu pecho herido como esperanza celestial en el trance de la muerte...



Venga a nos el reinado de tu amante Corazón.



5ª. Sé Tú el éxito prometido en nuestros trabajos, sólo Tú la inspiración y recompensa de todas las empresas.



Venga a nos el reinado de tu amante Corazón.



6ª. Y tus predilectos, quiero decir, los pecadores, no olvides que para ellos, sobre todo, revelaste las ternuras incansables de tu amor.



Venga a nos el reinado de tu amante Corazón.



7ª. ¡Ay, son tantos los tibios, Maestro, tantos los indiferentes a quienes debes inflamar con esta admirable devoción!



Venga a nos el reinado de tu amante Corazón.



8ª. “Aquí está la vida”, nos dijiste, mostrándonos tu pecho atravesado... Permite, pues, que ahí bebamos el fervor, la santidad, a que aspiramos...



Venga a nos el reinado de tu amante Corazón.



9ª. Tu imagen, a pedido tuyo, ha sido entronizada en muchas casas... En nombre de ellas te suplico sigas siendo en todas el Soberano muy amado...



Venga a nos el reinado de tu amante Corazón.



10ª. Pon palabras de fuego, persuasión irresistible, vencedora, en aquellos sacerdotes que te aman y que te predican como Juan, tu Apóstol regalado...



Venga a nos el reinado de tu amante Corazón.



11ª. Y a cuantos enseñen esta devoción sublime, a cuantos publiquen sus inefables maravillas, resérvales, Jesús, una fibra vecina a aquélla en que tienes grabado el nombre de tu Madre...



Venga a nos el reinado de tu amante Corazón.



12ª. Y, por fin, Señor Jesús, danos el cielo de tu Corazón a cuantos hemos compartido tu agonía en la Hora Santa, por esta hora de consuelo y por la Comunión de los primeros viernes; cumple con nosotros tu promesa infalible... Te pedimos que en la hora decisiva de la muerte...



Venga a nos el reinado de tu amante Corazón.



(Pedidle que cumpla sus promesas de victoria, que reine en las almas y en la sociedad).



(Pausa)



En el seno de mi hogar hay, buen Jesús, penas muy hondas y secretas... ¡Si Tú reinaras entre los míos con toda la intensidad de amor que Tú mereces, ¡ah!, no habría en mi casa tantos y tan amargos pesares!... Ven, ¡oh!, ven, Amigo de Betania, pues en mi familia hay alguien que está enfermo y Tú le amas... Cuando Tú estás, las mismas penas son suaves, y a tu lado, las espinas tienen bálsamo de paz... Ven, pues, y no tardes, amigo de Betania... Apresúrate, porque mi hogar está herido con la ausencia de seres queridos que faltan en él: padre, madre y hermanos, todos crecimos junto al pie de la Cruz... ¡Ah! Y después esa misma Cruz, por voluntad del Cielo, nos ha ido separando del nido santo del hogar... Ten piedad de esos amados ausentes, que trabajan y luchan lejos de la familia, y tal vez también lejos de tu altar... ¡Oh, sé dulce, y ven pronto a nuestro lado, Jesús, Amigo dulce de Betania!



(Nombradle los seres queridos del hogar, los pródigos por quienes os interesáis).



(Breve pausa)



Maestro, Hermano, Amigo del alma, Jesús querido, ten misericordia también de los míos que murieron, de aquellos que volaron a la eternidad en seguimiento tuyo... Duermen en paz porque te amaron, y porque Tú eres infinito en caridad... Mas, al irse..., nos dejaron sombras y tristezas en el alma..., espinas y una tumba en el camino... ¡Ah!, pero bien sé yo que en tu Corazón amabilísimo no puede haber separaciones; en Él, donde está la vida, desaparece la horrible muerte... Por eso te pido paz sobre sus tumbas, y a los que hemos quedado gimiendo en este valle de lágrimas, danos la resignación que levanta, el desapego de la tierra y el amor del sufrimiento, que nos una inseparablemente a ti...



(Nombradle a vuestros muertos tan queridos, inolvidables).



(Pausa)



No cierres todavía la preciosa herida del Costado: tengo que pedirte, en especial, por los que sufren, por aquéllos, Señor Jesús, que te buscan con ojos cansados de llorar..., por tantos a quienes la desgracia, los duelos, las decepciones, la pobreza, las enfermedades o sus propias flaquezas han herido de muerte... Nazareno amabilísimo, Tú sabes, por amarguísima experiencia, cuán punzantes son las espinas del camino... Consuela, pues, a los atribulados..., ten piedad de los que sufren...



(Pedidle fuerza de consuelo en las tribulaciones).



De mí no te he hablado, porque me he confiado sin reservas a tu Divino Corazón... Tú, que tanto me amas y que eres el único en comprenderme, no querrás seguramente olvidarme. ¡Oh, Jesús: escucha mi última plegaria, unida siempre a la agonía de tu Corazón Sacramentado!... Inclínate y atiéndeme benigno...



(Cortado y lento)



Cuando los ángeles de tu Santuario te bendigan en la Hostia Sacrosanta... y yo me encuentre en la agonía..., sus alabanzas son las mías..., acuérdate del pobre siervo de tu Divino Corazón...

Cuando las almas justas de la tierra te alaben encendidas en amor... y yo me encuentre en la agonía..., sus labores y sus lágrimas son las mías..., acuérdate del pródigo, rescatado por tu Sagrado Corazón.

Cuando tus sacerdotes, las vírgenes del templo y tus apóstoles te aclamen Soberano, te prediquen a las almas y te entronicen en los pueblos... y yo me encuentre en la agonía..., su celo y sus ardores son los míos..., acuérdate del apóstol de tu Divino Corazón.

Cuando la Iglesia ore y gima ante el altar, para redimir contigo el mundo..., y yo me encuentre en la agonía..., su sacrificio y su plegaria son los míos..., acuérdate del amigo de tu Sagrado Corazón.

Cuando, en la Hora Santa, tus almas regaladas, amando y reparando, te hagan olvidar abandonos, sacrilegios y traiciones..., y yo me encuentre en la agonía..., sus coloquios contigo y sus consuelos son los míos..., acuérdate de este altar y de esta víctima de tu Divino Corazón.

Cuando tu divina Madre te adore en la Sagrada Eucaristía y repare ahí los crímenes sin cuento de la tierra..., y yo me encuentre en la agonía..., sus adoraciones son las mías..., acuérdate del hijo de tu Sagrado Corazón.

¡Oh, sí!, acuérdate de esta criatura miserable, que Tú tanto amaste... Recuerda que le exigiste que se olvidara de sí misma por tu amor... Mas no, Señor; olvídame si quieres, con tal que me dejes olvidado para siempre en la llama hermosa de tu amante Corazón... ¡Ah!, y cuida, Jesús, del mío; despréndelo de todo afecto terreno..., vela por esta alma, encadenada deliciosamente a tu Sagrario, y alimenta en ella el fuego santo en que te abrasas... ¡Oh, abrásame, Señor Jesús..., enciéndeme en tu caridad, pues anhelo amarte hasta la pasión, hasta la insensatez, hasta el delirio, con amor más fuerte que la muerte!...



(Pausa)



(Cortado)



¿Qué tengo yo, Señor Jesús, que Tú no me hayas dado?

Despójame de todo, de tus propios dones; pero abísmame en la hoguera de tu ardiente Corazón.

¿Qué sé yo, que Tú no me hayas enseñado?...

Olvide yo la ciencia sombría de la tierra y de la vida, y en cambio, conózcate mejor a ti, ¡oh, amable Corazón!...

¿Qué valgo yo, si no estoy a tu lado?

¿Qué merezco yo, si a ti no estoy unido?...

Úneme, pues, a ti, con vínculo que sea eterno... Renuncio a todas las delicias de tu amor, con tal de poseer perfectamente este otro Paraíso, el de tu tierno Corazón... Y en Él sepulta, ¡oh, sí!, los yerros que contra ti he cometido..., y castiga, y véngate de todos ellos hiriendo con dardo de encendida caridad al que tanto te ha ofendido.

Y si te he negado... déjame reconocerte en la Eucaristía en que Tú vives...; si te he ofendido, déjame servirte en eterna esclavitud de amor eterno, porque es más muerte que vida la que no se consume en amar y en hacer amar tu olvidado, tu amoroso, tu divino Corazón. ¡Venga a nos tu reino!



(Padrenuestro y Avemaría por las intenciones particulares de los presentes.

Padrenuestro y Avemaría por los agonizantes y pecadores.

Padrenuestro y Avemaría pidiendo el reinado del Sagrado Corazón mediante la Comunión frecuente y diaria, la Hora Santa y la Cruzada de la Entronización del Rey Divino en hogares, sociedades y naciones).



(Cinco veces)



¡Corazón Divino de Jesús, venga a nos tu reino!



Acto final de consagración



Jesús, dulcísimo Redentor del género humano, míranos postrados humildemente delante de tu altar; tuyos somos y tuyos queremos ser, y a fin de estar más firmemente unidos a ti, he aquí que, hoy día, cada uno de nosotros se consagra espontáneamente a tu Sagrado Corazón.

Muchos, Señor, nunca te conocieron; muchos te desecharon al quebrantar tus mandamientos; compadécete, Jesús, de los unos y de los otros, y atráelos a todos a tu Santo Corazón. Sé Rey, ¡Señor!, no sólo de los fieles que jamás se separaron de ti, sino también de los hijos pródigos que te abandonaron; haz que vuelvan pronto a la casa paterna, no sea que perezcan de miseria y de hambre.

Sé Rey de aquéllos a quienes engañaron opiniones erróneas y desunió la discordia; tráelos al puerto de la verdad y a la unidad de la fe, para que luego no quede más que un solo rebaño y un solo pastor.

Sé Rey de los que aún siguen envueltos en las tinieblas de la idolatría o del islamismo. A todos dígnate atraerlos a la luz de tu Reino.

Mira, finalmente, con ojos de misericordia, a los hijos de aquel pueblo, que en otro tiempo fue tu predilecto; que también descienda sobre ellos, como bautismo de redención y vida, la sangre que reclamó un día contra sí. Concede, Señor, a tu Iglesia incolumidad y libertad segura, otorga a todos los pueblos la tranquilidad del orden; haz que del uno al otro polo de la tierra resuene esta sola aclamación.

“Alabado sea el Divino Corazón, por quien hemos alcanzado la salud...; a Él gloria y honor, por los siglos de los siglos”. Así sea.

Fdo. Cristobal Aguilar.




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