Jueves, 08 de octubre de 2009
URBANO VIII DEL 1623 AL 1644

Urbano VIII, (* Florencia, Abril de 1568 – † Roma, 29 de julio de 1644). Papa n.º 235 de la Iglesia católica entre 1623 y 1644.
Nacido Maffeo Barberini en el seno de una noble familia florentina al quedar huérfano de padre, fue enviado por su madre a Roma bajo la protección de su tío Francesco Barberini que ocupaba el cargo de protonotario apostólico. Educado por los jesuitas en el Colegio Romano pasó a la universidad de Pisa donde, en 1589, se doctoró en leyes.

Tras volver a Roma, comenzó a trabajar para la administración pontificia como abreviador apostólico y refrendador del Tribunal Supremo de la Signatura Apostólica. En 1592, el papa Clemente VIII le nombra gobernador de Fano y después protonotario apostólico hasta que, en 1601 es nombrado legado papal y enviado a Francia para felicitar al rey Enrique IV con ocasión del nacimiento del futuro Luis XIII.

En 1604 es nombrado arzobispo de Nazaret y enviado a París como nuncio apostólico hasta que en 1606 el papa Pablo V lo nombra cardenal presbítero y, en 1608, arzobispo de Spoleto.

Tras la muerte de Gregorio XV, el Colegio cardenalicio estaba compuesto por sesenta y seis miembros de los que sólo cincuenta y cuatro se reunieron en cónclave para designar al sucesor de San Pedro.

Dividido en dos facciones, la española y la francesa, el cónclave no conseguía decantarse por un sucesor y sólo tras varias sesiones, y ante el peligro que supuso una epidemia de malaria que se desató sobre Roma, logró que finalmente cincuenta de los cardenales reunidos eligieran al cardenal Barberini como nuevo pontífice.

Una de sus primeras medidas como pontífice fue la canonización de San Felipe Neri, San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier estableciendo además que los procesos de beatificación eran exclusivos de la Santa Sede y prohibiendo el uso en las representaciones artísticas de la aureola en personas no beatificadas o canonizadas. Posteriormente también elevó a los altares a Isabel de Portugal (1625) y Andrea Corsini (1629).

Los Estados Pontificios se vieron incrementados durante su mandato con la incorporación del condado de Urbino. Esta anexión territorial se logró sin mediar una acción militar ya que el papa persuadió al anciano duque Francesco Maria II della Rovere para que le cediera sus posesiones que pasaron a engrosar las de la iglesia. De esta forma se alcanzó la mayor extensión de que habían gozado nunca los territorios civilmente jurisdiccionales de la iglesia.

Urbano VIII nombró, a los pocos días de su nombramiento papal, cardenal a su sobrino Francesco Barberini, poniéndolo al frente de la Biblioteca Vaticana; a su también sobrino Antonio Barberini lo hizo igualmente cardenal nombrándolo camarlengo y comandante en jefe de las tropas pontificias; a un tercer sobrino, Tadeo Barberini, también alcanzó el cardenalato y nombrado prefecto de Roma y general de las tropas papales. Por último, a su hermano Antonio Marcelo tras nombrarlo cardenal lo hizo gran penitenciario.

Este comportamiento hizo sentenciar al pueblo romano: quod non fecerunt barbari, fecerunt Barberini (Lo que no hicieron los bárbaros, lo hicieron los Barberini).

Inducido por sus parientes, que querían hacerse con los ducados de Castro y Ronciglione, Urbano VIII entabló una indecorosa guerra contra el señor de estos territorios, el duque de Parma, Odoardo I Farnesio. Tras intentar la quiebra económica del Farnesio mediante la prohibición de la importación a Roma del grano procedente del ducado de Castro, en octubre de 1641, las tropas papales invadieron el territorio ducal, a la par que excomulgaba a Odoardo y le privaba nominalmente de todas sus posesiones.

El duque de Parma reaccionó formando una coalición contra el papa a la que se adhirieron Toscana, Módena y Venecia, logrando derrotar a las fuerzas pontificias y proponiendo negociaciones de paz que no fueron aceptadas por Urbano VIII. Continuó la lucha y, por fin, ante la superioridad bélica de los coaligados, el papa se vio forzado a capitular de forma humillante en marzo de 1644.

De no haber sido por el apoyo recibido de Francia, Roma hubiera sido conquistada por sus adversarios, por ello, y quizás consciente de su debilidad militar, Urbano VIII se consagró a la creación de un potente ejército y a la fortificación de sus territorios. Fundó una fábrica de armas en Tívoli, reforzó todas las estructuras defensivas de sus plazas de soberanía y levantó baluartes en torno a Sant’Angelo y Civitavecchia, empleando en todo ello enormes sumas distraídas del erario de san Pedro.

Durante su pontificado, entre el 23 de septiembre de 1632 y el 22 de junio de 1633 tuvo lugar el juicio que se siguió contra Galileo Galilei y en el que este se vio obligado a retractarse de sus tesis sobre el heliocentrismo

A Urbano VIII le tocó representar un difícil papel en el drama político de la Guerra de los Treinta Años, toda una sucesión de guerras mal llamadas «de religión».

Francia, la católica monarquía del catolicísimo Luis XIII, la nación regida por cardenales como Richelieu y Mazarino, el país cuya diplomacia estaba encomendada a un fraile capuchino (el padre José, la «eminencia gris»Gui?o, se alineó en la campaña con los protestantes alemanes y con los suecos de Gustavo II Adolfo contra los Habsburgo españoles y austriacos.

Felipe IV pidió al papa en reciprocidad con su incuestionada fidelidad la ayuda económica del Vaticano y la condena espiritual de la desleal política francesa. Protestó enérgicamente por medio de sus cardenales ante el consistorio romano denunciando que el papa obrara en connivencia con Francia, cómplice, a su vez, de los protestantes cuando luchaban contra las monarquías verdaderamente católicas.

Mas el papa no respondió. Pesaban demasiado las lecciones del pasado, de forma que Urbano VIII temía tanto el excesivo poder del eje imperial hispano-alemán del que Italia nunca se había visto libre, como que Francia se orientase hacia posiciones cismáticas como las adoptadas por Inglaterra. Quiso mantener una aparente neutralidad no comprendida por el bando católico y arriesgó que Roma se viera expuesta a la ofensiva de las tropas imperiales con la que amenazaba seriamente Albrecht von Wallestein.

Se evitó en última instancia cuando el papa, en un gesto compensatorio de su negativa a reprobar la actuación francesa, quiso complacer a Felipe IV con otra negativa: en este caso, la del reconocimiento de la independencia de Portugal, que lograba desgajarse de España en 1640, y de la legitimación de la casa de Braganza en la persona de Juan IV.

Durante su pontificado Urbano VIII patrocinó las artes y se convirtió en mecenas de varios artistas, entre los que destaca Bernini, al que le encargó el célebre baldaquino sobre el altar de la Basílica de San Pedro.

A su política de mecenazgo se debe también la construcción del Palacio Barberini en Roma, la iglesia de Santa Maria della Concezione dei Cappuccini y la villa de Castel Gandolfo, lugar de vacaciones de los papas.

Las profecías de San Malaquías se refieren a este papa como Lilium et rosa (El lirio y la rosa), cita que al parecer hace referencia a su lugar de nacimiento, Florencia, cuyo símbolo es la flor de lis (lirio) y que comparte con Francia, país que durante su pontificado tuvo graves conflictos con Inglaterra, simbolizada por una rosa.

Fdo. Cristobal Aguilar.


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By cristobalaguilar at 2011-02-03
Comentarios
Publicado por Invitado
Martes, 30 de noviembre de 2010 | 23:52

Hola felicidades por tu página. Quiero cerciorarme si San Felipe Neri fue canonizado por el papa Urbano VIII como tu dices ya que he visto que otros dicen que por Gregorio XV. ¿Lo sabes? Un saludo, Marian

 
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