Lunes, 05 de octubre de 2009
ALEJANDRO VI DEL 1492 AL 1503

Alejandro VI (Játiva, Valencia, 1 de enero de 1431 – Roma, 18 de agosto de 1503) fue Papa nº 214 de la Iglesia Católica entre 1492 y 1503. Su nombre de nacimiento era Rodrigo de Borja

La estirpe de los Borgia tiene su origen en la noble familia de los Borja quienes, provenientes de villa zaragozana de Borja, se habían instalado en el reino de Valencia tras participar en su conquista junto a Jaime I. Algunos de los miembros de la familia se establecieron en Nápoles y Roma a mediados del siglo XV y adoptaron la grafía italiana por la que fueron mundialmente conocidos.

Rodrigo de Borja y Borja fue hijo de Jofre de Borja y de Isabel de Borja, hermana del obispo de Valencia Alfonso de Borja, futuro papa Calixto III. Aunque comenzó sus estudios en Valencia, tras el ascenso de su tío al papado Rodrigo le siguió a Roma. En sus estudios en la Universidad de Bolonia consiguió el doctorado en Derecho, con lo que pasó a ser notario apostólico. Su parentesco con el papa le valió ser nombrado en 1456 cardenal diácono in pectore y legado para los estados de la Marca de Ancona, en 1457 vicecanciller de la iglesia romana y en 1458 obispo de Valencia . En 1468 recibió la diócesis de Albano.

Participó en los cónclaves de 1458, 1464 y 1471 en los que fueron elegidos respectivamente Pío II, Pablo II y Sixto IV.

En el cónclave de 1492 en que fue elegido papa no se tuvieron en cuenta sus méritos personales, sino que los criterios de elección fueron otros: se atendió más a posturas políticas que a las religiosas.

El papa Alejandro había sido con anterioridad vicecanciller de la Iglesia, general de sus ejércitos y prefecto de Roma, además de persona de confianza de los cuatro papas precedentes y sagaz diplomático desempeñando funciones de legado de la Santa Sede ante las cortes europeas. Reunía, pues, las condiciones precisas para gobernar unos estados —los pontificios— que buscaban su engrandecimiento territorial y político, ajenos a que constituían el patrimonio material de una organización eclesiástica de finalidad exclusivamente espiritual.

El nepotismo (en latín nepos, -otis = 'sobrino') exhibido por otros papas dio paso con Alejandro VI al paternalismo, pues tenía hijos en número sobrado como para desempeñar todos los rentables ministerios cuyo otorgamiento quedaba en manos del papa. De madre no precisada habían nacido primeramente Girolama, Isabel y Pedro Luis, que sería el primer duque de Gandía. Siendo Rodrigo ya cardenal, hacia 1467, tuvo por amante a Vannozza Cattanei, de cuya relación fueron fruto Lucrecia, César, Juan y Godofredo (JofréGui?o. Aún se le reconocen otros dos hijos de la tercera de las amantes «estables», Julia Farnesio. Los utilizó a todos en el desarrollo de sus planes políticos, particularmente a César, el brazo ejecutor de sus campañas militares, y a Lucrecia, cuya belleza y atracción usó como señuelo para captar por vía matrimonial a quienes la conveniencia del momento los convertía en aliados de interés.

El reino de Nápoles venía siendo campo de confrontación entre aragoneses y franceses y fuente de conflictos para el papado y para toda Italia. Los Anjou lo habían señoreado en otro tiempo, pero desde 1442 en que lo conquistara el monarca aragonés Alfonso V el Magnánimo con el beneplácito del papa Eugenio IV, había pasado a formar parte de las posesiones de la corona de Aragón. Cedido en 1458 a Fernando (o Ferrante), hijo ilegítimo de Alfonso (V de Aragón y I de Nápoles), fue regido por aquél hasta su muerte en enero de 1494. La corona habría de pasar por línea directa a su hijo Alfonso II; no obstante, el rey de Francia Carlos VIII, aprovechando el momento sucesorio, adujo unos lejanísimos derechos al trono napolitano por la fenecida vía angevina para reivindicar su ocupación. A tal efecto, despachó un embajador a Roma en solicitud de la investidura del reino de Nápoles, encontrándose con la negativa de Alejandro VI que comisionó a su sobrino, el cardenal Juan Borja, para que coronase a Alfonso II. El monarca galo vio propicia la ocasión y no dudó en movilizar sus ejércitos a la conquista de Italia como paso previo a la liberación de Constantinopla de los turcos y posterior entrada triunfante en Jerusalén.

Irrumpió aclamado en Milán, lo saludaron como salvador en Florencia abandonada por Pedro de Médicis y enardecida por el monje Savonarola, aplastó con facilidad la escasa resistencia que le opuso la ciudad de Luca y, sin apenas detenerse en su carrera hacia el sur, se encontró en Roma el último día del año 1494. Hubo gran expectación sobre lo que allí ocurriría; Carlos VIII había manifestado su intención de deponer a aquel Papa que había accedido al solio Pontificio por simoniacos procedimientos y que tan indignamente se comportaba. Alejandro VI, cautelosamente, se refugió en el castillo de Sant'Angelo aunque nunca perdió la calma. Consciente de que no podía oponerse al francés por la fuerza adoptó ante él un talante de cordialidad y hasta de aceptación. El conquistador se dejó a su vez conquistar por las corteses maneras del pontífice y acabó reconociéndole como papa legítimo y expresándole su filial obediencia. Tranquilizados los ánimos, el ejército francés prosiguió su marcha hacia Nápoles donde entró en febrero de 1495. Alfonso II había abdicado en su hijo Fernando y había huido acogiéndose a la protección de la corona aragonesa. La ocupación del reino se realizó sin enfrentamiento bélico.

Entre tanto Alejandro VI no había permanecido inactivo; tan pronto vio a Carlos VIII traspasar los muros de Roma, aprovechando los recelos que el fulgurante avance de las tropas galas estaba produciendo no sólo en Italia sino fuera de ella, coaligó en su contra a Ferrara, Venecia, Mantua y aun la misma Milán, uniéndose a ellas el imperio de Maximiliano I y las coronas hispánicas (Aragón y Castilla-León) de los Reyes Católicos, y, por descontado, los Estados Pontificios. Acorralado por todos, Carlos VIII no pudo consolidar sus conquistas y a duras penas logró retornar a Francia, maltrecho su ejército. Para el Papa se trató de una victoria política sin paliativos.

Mientras que casi toda Italia se unía contra los franceses, Florencia permaneció apartada de la liga. Fanatizados los florentinos por las soflamas visionarias de Savonarola habían arrojado a los Médicis de sus dominios y habían creado, bajo la soberanía del monje predicador, una república partidaria de Carlos VIII, el providencial salvador del mundo en las figuraciones místicas de aquél. Fue esta actitud política del nuevo regidor de Florencia y no tanto su espíritu reformista eclesiástico —el Papa había aprobado en 1493 sus propuestas de reforma de la orden dominica en Toscana— lo que alarmó a Alejandro VI y lo que no pudo tolerar. Enfrentado a Roma en ademán desafiante fue excomulgado, sentenciado a muerte, ejecutado en la horca y entregado su cadáver a las llamas en mayo de 1498. No era sino uno más de los opositores a la política estatal del Vaticano que pagó cara su osadía.

En Francia, al desaparecido Carlos VIII le había sucedido su primo, el duque de Orleans, Luis XII, quien suscribió con Fernando el Católico el tratado secreto de Granada por el que ambos se repartían el reino de Nápoles, todavía bajo el reinado de Federico I. El Papa estuvo de acuerdo, atisbando el beneficio que extraería de esta partición. En junio de 1501 depuso al monarca napolitano bajo la acusación de haber urdido un contubernio con los turcos en contra de la cristiandad y permitió que franceses y castellano-aragoneses emprendieran la incautación. Surgidas las primeras desavenencias entre los coaligados, Alejandro evitó decantarse por uno u otro bando; la duda quedó despejada cuando en 1503 Fernando de Andrade y Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, derrotaban a los franceses en Seminara y Ceriñola, inclinando la guerra del lado español; el Papa prometió su ayuda una vez fuera tomada Gaeta, pero murió antes de que llegase a ocurrir.

El 6 de agosto de 1503 Alejandro y César Borgia celebraron un banquete en la residencia campestre del cardenal Adriano da Corneto, en compañía de otros comensales. Varios días después todos ellos cayeron gravemente enfermos; la juventud de César le permitió superar la enfermedad, pero Alejandro, a sus 73 años, murió el 18 de agosto.

La causa de su muerte sigue siendo desconocida; inmediatamente después de producirse, se difundieron los rumores de que el fallecimiento había sido producido por la ingestión de un veneno que César Borgia había preparado para asesinar a los otros convidados, y que por el error de uno de los sirvientes les fue suministrado a ellos mismos; este hecho fue dado por cierto por varios historiadores contemporáneos entre los que se contaron Francesco Guicciardini y Paolo Giovio; posteriormente Juan de Mariana, Jerónimo Zurita o W. H. Prescott extenderían la misma teoría.

Otros autores ponen en duda este argumento, atribuyendo la muerte del papa a los aires malsanos del verano en la campiña italiana, donde en aquellas fechas la malaria hacía estragos entre toda la población; Voltaire y Ludwig von Pastor son algunos de los que sostienen esta línea.

Fue enterrado, junto con Calixto III, en San Pedro. Cuando el obelisco de Nerón fue trasladado al centro de la plaza, se destruyó el monumento funerario y se recogieron los restos en una urna que años después se llevó a la iglesia de Santa María de Montserrat de los Españoles.

Las profecías de San Malaquías se refieren a este papa como Bos albanus in portu ('El buey albano en el puerto'), cita que hace referencia a que fue obispo-cardenal de Albano y Porto, y a que en el escudo de armas de su familia, los Borgia, aparece un buey.

Fdo. Cristobal Aguilar.

 


Image Hosted by ImageShack.us
By cristobalaguilar at 2011-02-03
Comentarios
 
¡Recomienda esta página a tus amigos!
Powered by miarroba.com Contador de visitas y estadísitcas
In nomine Patris et fillii et Spiritus Sancti