S?bado, 26 de septiembre de 2009
LA FAMILIA MONFORNIANA - MISIONEROS

Es el fundador de los padres Monfortianos y de las Hermanas de la  Sabiduría. Nació en Monfort, Francia, en 1673. Era el mayor de una familia de ocho hijosDesde muy joven fue un gran devoto de la Santísima Virgen. A los 12 años ya la gente lo veía pasar largos ratos arrodillado ante la estatua de la Madre de Dios. Antes de ir al colegio por la mañana y al salir de clase por la tarde, iba a arrodillarse ante la imagen de Nuestra Señora y allí se quedaba como extasiado. Cuando salía del templo después de haber estado rezando a la Reina Celestial, sus ojos le brillaban con un fulgor especial.

Luis no se contentaba con rezar. Su caridad era muy práctica. Un día al ver que uno de sus compañeros asistía a clase con unos harapos muy humillantes, hizo una colecta entre sus compañeros para conseguirle un vestido y se fue donde el sastre y le dijo: "Mire, señor: los alumnos hemos reunido un dinero para comprarle un vestido de paño a nuestro compañero, pero no nos alcanza para el costo total. ¿Quiere usted completar lo que falta?". El sastre aceptó y le hizo un hermoso traje al joven pobre.

El papá de Luis María era sumamente colérico, un hombre muy violento. Los psicólogos dicen que si Monfort no hubiera sido tan extraordinariamente devoto de la Virgen María, habría sido un hombre colérico, déspota y arrogante porque era el temperamento que había heredado de su propio padre. Pero nada suaviza tanto la aspereza masculina como la bondad y la amabilidad de una mujer santa. Y esto fue lo que salvó el temperamento de Luis. Cuando su padre estallaba en arrebatos de mal humor, el joven se refugiaba en sitios solitarios y allí rezaba a la Virgen amable, a la Madre del Señor. Y esto lo hará durante toda su vida. En sus 43 años de vida, cuando sea incomprendido, perseguido, insultado con el mayor desprecio, encontrará siempre la paz orando a la Reina Celestial, confiando en su auxilio poderoso y desahogando en su corazón de Madre, las penas que invaden su corazón de hijo.

Con grandes sacrificios logró conseguir con qué ir a estudiar al más famoso seminario de Francia, el seminario de San Suplicio en París. Allí sobresalió como un seminarista totalmente mariano. Sentía enorme gozo en mantener siempre adornado de flores el altar de la Santísima Virgen.

Luis Grignon de Monfort será un gran peregrino durante su vida de sacerdote. Pero cuando él era seminarista concedían un viaje especial a un Santuario de la Virgen a los que sobresalieran en piedad y estudio. Y Luis se ganó ese premio. Se fue en peregrinación al Santuario de la Virgen en Chartres. Y al llegar allí permaneció ocho horas seguidas rezando de rodillas, sin moverse. ¿Cómo podía pasar tanto tiempo rezando así de inmóvil? Es que él no iba como algunos de nosotros a rezar como un mendigo que pide que se le atienda rapidito para poder alejarse. El iba a charlas con sus dos grandes amigos, Jesús y María. Y con ellos las horas parecen minutos.

Su primera Misa quiso celebrarla en un altar de la Virgen, y durante muchos años la Catedral de Nuestra Señora de París fue su templo preferido y su refugio.

San Luis Maria de MonfortMonfort dedicó todas sus grandes cualidades de predicador y de conductor de multitudes a predicar misiones para convertir pecadores. Grandes multitudes lo seguían de un pueblo a otro, después de cada misión, rezando y cantando. Se daba cuenta de que el canto echa fuera muchos malos humores y enciende el fervor. Decía que una misión sin canto era como un cuerpo sin alma. El mismo componía la letra de muchas canciones a Nuestro Señor y a la Virgen María y hacía cantar a las multitudes. Llegaba a los sitios más impensados y preguntaba a las gentes: "¿Aman a Nuestro Señor? ¿Y por qué no lo aman más? ¿Ofenden al buen Dios? ¿Y porqué ofenderlo si es tan santo?".

Era todo fuego para predicar. Donde Montfort llegaba, el pecado tenía que salir corriendo. Pero no era él quien conseguía las conversiones. Era la Virgen María a quien invocaba constantemente. Ella rogaba a Jesús y Jesús cambiaba los corazones. Después de unos Retiros dejó escrito: "Ha nacido en mí una confianza sin límites en Nuestro Señor y en su Madre Santísima". No tenía miedo ni a las cantinas, ni a los sitios de juego, ni a los lugares de perdición. Allí se iba resuelto a tratar de quitarse almas al diablo. Y viajaba confiado porque no iba nunca solo. Consigo llevaba el crucifijo y la imagen de la Virgen, y Jesús y María se comportaban con él como formidables defensores.

A pie y de limosna se fue hasta Roma, pidiendo a Dios la eficacia de la palabra, y la obtuvo de tal manera que al oír sus sermones se convertían hasta los más endurecidos pecadores. El Papa Clemente XI lo recibió muy amablemente y le concedió el título de "Misionero Apostólico", con permiso de predicar por todas partes.

En cada pueblo o vereda donde predicaba procuraba dejar una cruz, construida en sitio que fuera visible para los caminantes y dejaba en todos un gran amor por los sacramentos y por el rezo del Santo Rosario. Esto no se lo perdonaban los herejes jansenistas que decían que no había que recibir casi nunca los sacramentos porque no somos dignos de recibirlos. Y con esta teoría tan dañosa enfriaban mucho la fe y la devoción. Y como Luis Monfort decía todo lo contrario y se esforzaba por propagar la frecuente confesión y comunión y una gran devoción a Nuestra Señora, lo perseguían por todas partes. Pero él recordaba muy bien aquellas frases de Jesús: "El discípulo no es más que su maestro. Si a Mí me han perseguido y me han inventado tantas cosas, así os tratarán a vosotros". Y nuestro santo se alegraba porque con las persecuciones se hacía más semejante al Divino Maestro.

Antes de ir a regiones peligrosas o a sitios donde mucho se pecaba, rezaba con fervor a la Sma. Virgen, y adelante que "donde la Madre de Dios llega, no hay diablo que se resista". Las personas que habían sido víctimas de la perdición se quedaban admiradas de la manera tan franca como les hablaba este hombre de Dios. Y la Virgen María se encargaba de conseguir la eficacia para sus predicaciones.

San Luis de Monfort fundó unas Comunidades religiosas que han hecho inmenso bien en las almas. Los Padres Monfortianos (a cuya comunidad le puso por nombre "Compañía de María") y las Hermanas de la Sabiduría.

Murió San Luis el 28 de abril de 1716, a la edad de 43 años, agotado de tanto trabajar y predicar.

"Dadas las necesidades de la Iglesia, no puedo menos de pedir insistentemente a Dios, con gemidos, una pequeña y pobre compañía de buenos sacerdotes..."

En una carta de fines de 1700, escribe así el joven sacerdote Luis María de Montfort a su director espiritual, manifestándole su angustia y celo por las almas. Por eso ora largamente al Señor y acude en peregrinación a los santuarios marianos. Te pido sacerdotes libres con tu libertad.... hombres dedicados totalmente a tu servicio.... hombres según tu corazón.... hombres siempre disponibles a tu voluntad... (SA 17).
Dolorosamente a su muerte acaecida el 28 de abril de 1716, no había en torno a él sino un número contadísimo de personas: René Mulot y Adriano Vatel, que todavía no tenían el valor de acompañarlo totalmente en tan exigente aventura.

Sólo más tarde, en 1718, los padres reemprenderán seriamente las misiones populares y en 1722 se establecieron en San Lorenzo del Sévre, cerca de la tumba del santo Fundador.

Pero por largos años todavía no saldrán del territorio francés, siguiendo las vicisitudes muchas veces dolorosas de la nación.

Aquel humilde grupo no dejó nunca de ser fermento de vida cristiana en el mundo y, cuando las persecuciones en Francia le obligaron a salir del Cenáculo, se lanzó a la conquista del mundo tras las huellas de los apóstoles: primero en Europa y luego en las Américas, Africa, Asia y Oceanía.

El espíritu misionero de Montfort invadió
entonces a sus discípulos que en corto tiempo se convierten en un batallón. El pequeño grupo de un centenar de misioneros a comienzos de 1900, se transforma en poco tiempo (1960 y los siguientes años) en un ejército de más de 1.000 misioneros, esparcidos por todo el mundo, que evangelizan como los apóstoles, prefiriendo los campos a las ciudades y los pobres a los ricos.

Hoy, los misioneros monfortianos, tras haber superado la crisis de crecimiento, sienten más apremiante la llamada de la Iglesia que les ha confiado una misión entusiasmadora, un espacio de anuncio específico: Jesús sigue siendo el Hijo de Dios, la Sabiduría eterna del Padre, encarnada en el seno de la Virgen María, Jesús es el Salvador que a través de su cuerpo se ha expresado con gestos más concretos corrientes; con las palabras y las más sencillas ha manifestado la ternura dulzura de Dios. Por eso, los pobres, los pecadores lo seguían como a uno
de estableciéndose la solidaridad y la solo entre hombre y hombre, sino también entre Dios y los hombres.

Sostenidos por la palabra y el e Juan Pablo II, que presentó a Montfort como maestro y guía para los hombres de nuestros días (RM 48), los monfortíanos anuncian mensaje en 35 naciones, seguidos por una hilera siempre más numerosa de sacerdotes, laicos, hombres y mujeres seguros como por la Santísima Virgen IV. Jesucristo al mundo, también por medio de ella debe reinar en el mundo (VD l).

Fdo. Cristobal Aguilar.

 

 

 


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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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