Viernes, 04 de septiembre de 2009
LOS TEMPLARIOS - LA ANTIGÜA MILICIA DE CRISTO

La Orden de los Pobres Caballeros de Cristo (latín: Pauperes commilitones Christi Templique Solomonici), comúnmente conocida como los Caballeros Templarios o la Orden del Temple (francés: Ordre du Temple o Templiers) fue una de las más famosas órdenes militares cristianas. Esta organización se mantuvo activa durante poco menos de dos siglos. Fue fundada en 1118 por nueve caballeros franceses liderados por Hugo de Payens tras la Primera Cruzada. Su propósito original era proteger las vidas de los cristianos que peregrinaron a Jerusalén tras su conquista.

Aprobada de manera oficial por la Iglesia Católica en 1129, la Orden del Templo creció rápidamente en tamaño y poder. Los Caballeros Templarios empleaban como distintivo un manto blanco con una cruzroja dibujada. Los miembros de la Orden del Templo se encontraban entrelas unidades militares mejor entrenadas que participaron en las Cruzadas. Los miembros no combatientes de la orden gestionaron una complejaestructura económica a lo largo del mundo cristiano, creando nuevastécnicas financieras que constituyen una forma primitiva del moderno banco, y edificando una serie de fortificaciones por todo el Mediterráneo y Tierra Santa.

El éxito de los templarios se encuentra estrechamente vinculado alas Cruzadas; la pérdida de Tierra Santa derivó en la desaparición delos apoyos de la Orden. Además, los rumores generados en torno a lasecreta ceremonia de iniciación de los templarios creó una grandesconfianza. Felipe IV de Francia, considerablemente endeudado con la Orden, comenzó a presionar al Papa Clemente V con el objeto de que éste tomara medidas contra sus integrantes. En 1307, un gran número de templarios fueron arrestados, inducidos a confesar bajo tortura y posteriormente quemados en la hoguera. En 1312,Clemente V cedió a las presiones de Felipe y disolvió la Orden. Labrusca desaparición de su estructura social dio lugar a numerosasespeculaciones y leyendas, que han mantenido vivo el nombre de losCaballeros Templarios hasta nuestros días.

A finales del siglo X, controladas las invasiones musulmanas y vikingas,bien por vía militar o mediante asentamiento, comenzó en la Europaoccidental una etapa expansiva. Se produjo un aumento de la producciónagraria, íntimamente relacionado con el crecimiento de la población, yel comercio experimentó un nuevo renacer, al igual que las ciudades.

La autoridad religiosa, matriz común en la Europa occidental y únicavisible en los siglos anteriores, había logrado introducir en elbelicoso mundo medieval ideas como ”La paz de Dios” o la “Tregua deDios”, dirigiendo el ideal de caballería hacia la defensa de losdébiles. No obstante, no rechazaba el uso de la fuerza para la defensade la Iglesia. “Ya el pontífice Juan VIII,a finales del siglo IX, había declarado que aquellos que murieran en elcampo de batalla luchando contra el infiel, verían sus pecadosperdonados, es más: se equipararían a los mártires por la fe”.

Existía, pues, un arraigado y exacerbado sentimiento religioso quese manifestaba en las peregrinaciones a lugares santos, habituales enla época. Las tradicionales peregrinaciones a Roma fueron sustituidaspaulatinamente a principios del siglo XI por Santiago de Compostela y Jerusalén.Estos nuevos destinos no estaban exentos de peligros, como salteadoresde caminos o fuertes tributos de los señores locales, pero elsentimiento religioso, unido a la espera de encontrar aventuras yfabulosas riquezas orientales, arrastraron a muchos peregrinos, que alvolver a Europa relataban sus penalidades.

El pontífice Urbano II, tras asegurar su posición al frente de la Iglesia, continuó con las reformas de su predecesor Gregorio VII. La petición de ayuda realizada por los bizantinos, junto con la caída de Jerusalén en manos turcas, propició que en el Concilio de Clermont (noviembre de 1095)Urbano II expusiera, ante una gran audiencia, los peligros queamenazaban a los cristianos occidentales y las vejaciones a las que seveían sometidos los peregrinos que acudían a Jerusalén. La expediciónmilitar predicada por Urbano II pretendía también rescatar Jerusalén de manos musulmanas.

Las recompensas espirituales prometidas, junto con el ansia deriquezas, hicieron que príncipes y señores respondiesen pronto alllamamiento del pontífice. La Europa cristiana se movió con un ideariocomún bajo el grito de “Dios lo quiere” (Deus vult, frase que encabeza el discurso del concilio de Clermont en que Urbano II convocó la I cruzada).

La primera cruzada culminó con la conquista de Jerusalén en 1099y con la constitución de principados latinos en la zona: los Condadosde Edesa y Trípoli, el Principado de Antioquía y el Reino de Jerusalén,en donde Balduino I no tuvo inconveniente en asumir, ya en 1100, el título de rey.

FUNDACIÓN DE LOS TEMPLARIOS

Apenas creado el reino de Jerusalén y elegido Balduino I como su segundo rey, tras la muerte de su hermano Godofredo de Bouillon,algunos de los caballeros que participaron en la Cruzada decidieronquedarse a defender los Santos Lugares y a los peregrinos cristianosque iban a ellos. Balduino Inecesitaba organizar el reino y no podía dedicar muchos recursos a laprotección de los caminos, porque no contaba con efectivos suficientespara hacerlo. Esto, y el hecho de que Hugo de Payens fuese pariente delConde de Champaña (y probablemente pariente lejano del mismo Balduino),llevó al rey a conceder a esos caballeros un lugar donde reposar ymantener sus equipos, otorgándoles derechos y privilegios, entre losque se contaba un alojamiento en su propio palacio, que no era sino la Mezquita de Al-Aqsa, que se encontraba a la sazón incluida en lo que en su día había sido el recinto del Templo de Salomón.Y cuando Balduino abandonó la mezquita y sus aledaños como palacio parafijar el trono en la Torre de David, todas las instalaciones pasaron,de hecho, a los Templarios, que de esta manera adquirieron no sólo sucuartel general, sino su nombre.

Además de ello, el Rey Balduinose ocupó de escribir cartas a los reyes y príncipes más importantes deEuropa a fin de que prestaran su ayuda a la recién nacida orden, quehabía sido bien recibida no sólo por el poder temporal, sino tambiénpor el eclesiástico, ya que fue el Patriarca de Jerusalén la primeraautoridad de la Iglesia que la aprobó canónicamente. Nueve años despuésde la creación de la misma en Jerusalén, en 1128 se reunió el llamado Concilio de Troyes que se encargaría de redactar la regla para la recién nacida Orden de los Pobres Caballeros de Cristo.

El concilio fue encabezado por el legado pontificio D'Albano y al mismo acudieron los obispos de Chartres, Reims, París, Sens, Soissons, Troyes, Orleans, Auxerre y demás casas eclesiásticas de Francia. Hubo también varios abades, como Etiene Harding, mentor de San Bernardo, el propio San Bernardo de Claraval, y laicos, como el Conde de Champaña y el Conde de Nevers. Hugo de Payensexpuso ante la asamblea las necesidades de la orden, y se decidieronartículo por artículo hasta los más mínimos detalles de ésta, comopodían ser desde los ayunos hasta la manera de llevar el peinado,pasando por rezos, oraciones e incluso armamento.

Por lo tanto, la regla más antigua de la que se tiene noticia es laredactada en ese concilio. Escrita casi seguramente en latín, estababasada hasta cierto punto en los hábitos y usos previos al concilio;las modificaciones principales vinieron del hecho de que, hasta esemomento, los templarios estaban viviendo bajo la Regla de San Agustín y el concilio les cambió a la Regla Cisterciense (que no era más que la de San Benito modificada) y que era la que profesaba S. Bernardo.

La regla Primitiva constaba de un acta oficial del Concilio y unreglamento de 75 artículos, entre los que se encontraban algunos como:

Artículo X: Delcomer carne en la semana. En la semana, si no es en el día de Pascua deNatividad, o Resurrección, o festividad de nuestra Señora, o de Todoslos Santos, que caigan, basta comerla en tres veces, o días, porque lacostumbre de comerla, se entiende es corrupción de los cuerpos. Si elMartes fuere de ayuno, el Miercoles se os dé con abundancia. En elDomingo, así a los Caballeros, como a los Capellanes, se les dé sinduda dos manjares, en honra de la santa Resurrección; los demássirvientes se contenten con uno, y den gracias a Dios.

Una vez redactada fue entregada al Patriarca Latino de Jerusalén, Esteban de la Ferté, también llamado Esteban de Chartres, si bien algunos autores estiman que el redactor pudo ser más bien su predecesor, Garmond de Picquigny,que la modificó eliminando doce artículos e introduciendo veinticuatronuevos, entre los cuales se encontraba la referencia a vestir sólo elmanto blanco entre los caballeros y un manto negro para los sargentos.

Después de recibir la regla básica, cinco de los nueve integrantes de la Orden viajaron —encabezados por Hugo de Payens—por Francia primero y por el resto de Europa después, recogiendodonaciones y alistando caballeros en sus filas. Se dirigieronprimeramente a los lugares de los que provenían, con la seguridad de suaceptación y asegurándose cuantiosas donaciones. En este periploconsiguieron reclutar en poco tiempo una cifra cercana a lostrescientos caballeros, sin contar escuderos, hombres de armas o pajes.

Importante fue para la Orden la ayuda que en Europa les concedió el abad San Bernardo de Claravalque, debido a los parentescos y las cercanías con varios de los nueveprimeros caballeros, se esforzó sobremanera en dar a conocer a la Ordengracias a sus altas influencias en Europa, sobre todo en la CortePapal. San Bernardo era sobrino de André de Montbard,quinto Gran Maestre de la Orden, y primo por parte de madre de Hugo dePayens. Era también un creyente convencido y hombre de gran carácter,cuya sapiencia e independencia eran admiradas en muchas partes deFrancia y en la propia Santa Sede. Reformador de la Regla Benedictina,sus discusiones con Pedro Abelardo, brillante maestro de la época, fueron muy conocidas.

Así pues, era de esperar que San Bernardo aconsejara a la Orden unaregla rígida y que les hiciera aplicarse a ella en cuerpo y alma.Participó en su redacción en 1128 en el Concilio de Troyesintroduciendo numerosas enmiendas en el texto básico que redactó elpatriarca de Jerusalén, Etienne de la Ferté. Y ayudó posteriormente denuevo a Hugo de Payens redactando una serie de cartas en las quedefendía a la Orden del Templo como el verdadero ideal de la caballeríae invitaba a las masas a unirse a ella.

Los privilegios de la Orden fueron confirmados por las bulas Omne datum optimum (1139), Milites Templi (1144) y Militia Dei (1145). En ellas, de manera resumida, se daba a los Caballeros Templarios una autonomía formal y real respecto a los Obispos,dejándolos sujetos tan sólo a la autoridad papal; se les excluía de lajurisdicción civil y eclesiástica; se les permitía tener sus propioscapellanes y sacerdotes, pertenecientes a la Orden; se les permitíarecaudar bienes y dinero de variadas formas (por ejemplo, teníanderecho de óbolo —esto es, las limosnas que se entregaban en todas lasIglesias— una vez al año). Además, estas bulas papales les dabanderecho sobre las conquistas en Tierra Santa, y les concedíaatribuciones para construir fortalezas e iglesias propias, lo que lesdio gran independencia y poder.

En 1167, o según ciertos estudiosos, en 1187, se redactaron los Estatutos Jerárquicos, especie de reglamentoque desarrollaba artículos de la Regla y que regulaba aspectosnecesarios que no habían sido tenidos en cuenta por la Regla Primitiva(como la jerarquía de la Orden, detallada relación de la vestimenta,vida conventual, militar y religiosa, o deberes y privilegios de loshermanos templarios, por ejemplo). Consta de más de seiscientosartículos, divididos en secciones.

Durante su estancia inicial en Jerusalén se dedicaron únicamente a escoltar a los peregrinosque acudían a los santos lugares, y, ya que su escaso número (nueve) nopermitía que realizaran actuaciones de mayor magnitud, se instalaron enel desfiladero de Athlit protegiendo los pasos cerca de Cesarea.Hay que tener en cuenta, de todas maneras, que sabemos que eran nuevecaballeros, pero, siguiendo las costumbres de la época, no se conoceexactamente cuántas personas componían en verdad la Orden en principio,ya que los caballeros tenían todos ellos un séquito, menor o mayor. Se ha venido en considerar que, por cada caballero,habría que contar tres o cuatro personas, por lo que estaríamoshablando de unas treinta o cincuenta personas, entre caballeros,peones, escuderos, servidores, etc.

Sin embargo, su número aumentó de manera significativa al ser aprobada su regla y ese fue el inicio de la gran expansión de los pauvres chevaliers du temple (en francés: pobres caballeros del templo). Hacia 1170,unos cincuenta años después de su fundación, los Caballeros de la Ordendel Templo se extendían ya por tierras de lo que hoy es Francia, Alemania, el Reino Unido, España y Portugal.Esta expansión territorial contribuyó al enorme incremento de suriqueza, que pronto no tuvo igual en todos los reinos de Europa.

 

EL PRINCIPIO DEL FIN DE LA ORDEN

Pero las derrotas ante Saladino les hicieron retroceder en Tierra Santa: así, en la batalla de los Cuernos de Hattin que tuvo lugar el 4 de julio de 1187 en Tierra Santa, al Oeste del Mar de Galilea, en el desfiladero conocido como Cuernos de Hattin (Qurun-hattun), el ejército cruzado, formado principalmente por contingentes templarios y hospitalarios a las órdenes de Guido de Lusignan, rey de Jerusalén, y Reinaldo de Chatillon, se enfrentó a las tropas del sultán de Egipto,Saladino. Este les infligió una tremenda derrota, en la que murieron elGran Maestre de los templarios y muchos de sus caballeros, aparte delas bajas hospitalarias, Saladino tomó posesión de Jerusalén y terminóde un manotazo con el Reino que había fundado Balduino. Sin embargo, lapresión de la Tercera Cruzada y, sobre todo, el buen hacer de Ricardo I de Inglaterra (llamado Corazón de León) lograron de Saladino un acuerdo para convertir a Jerusalén en una especie de "ciudad libre" para el peregrinaje.

Después del desastre de Hattin, las cosas fueron de mal en peor, y en 1244 cayó definitivamente Jerusalén, y los templarios se vieron obligados a mudar sus cuarteles generales a San Juan de Acre, junto con las otras dos grandes órdenes monástico-militares: los Hospitalarios y los Caballeros Teutónicos.

Las posteriores cruzadas (esto es, la Cuarta, la Quinta y la Sexta),a las que evidentemente se alistaron los templarios, o no tuvieron unreflejo práctico en Tierra Santa o fueron episodios demenciales (comola toma de Bizancio en la Cuarta Cruzada).

En 1248, Luis IX de Francia (después conocido como San Luis) decide convocar la Séptima Cruzada, y la lidera, pero no conduciéndola a Tierra Santa, sino a Egipto. El error táctico del Rey y las pestes que sufrieron los ejércitos cruzados les llevaron a la derrota de Mansuray al desastre posterior, en el que el propio Luis IX cayó prisionero. Yfueron los templarios, tenidos en alta estima por sus enemigos, los quenegociaron la paz y los que prestarían a Luis la fabulosa suma quecomponía el rescate que debía pagar por su persona.

En 1291 tuvo lugar la Caída de Acre, con los últimos templarios luchando junto a su Maestre, Guillaume de Beaujeu, lo que constituyó el fin de la presencia cruzada en Tierra Santa, pero no el fin de la Orden, que mudó su Cuartel General a Chipre tras comprar la isla.

Los templarios intentarían reconquistar cabezas de puente para su nueva penetración en el Oriente Medio desde Chipre, siendo la única de las tres grandes órdenes de caballería que lo hizo, pues tanto los Hospitalarios como los Caballeros Teutónicos dirigieron sus intereses a diferentes lugares.

Este esfuerzo se revelaría a la postre inútil, no tanto por la faltade medios o de voluntad, como por el hecho de que la mentalidad habíacambiado y a ningún poder de Europale interesaba ya la conquista de los Santos Lugares, con lo que lostemplarios se hallaron solos. De hecho, una de las razones por las queal parecer Jacques de Molay se encontraba en Francia cuando locapturaron era la intención de convencer al rey francés de emprenderuna nueva Cruzada.

Fdo. Cristobal Aguilar.


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By cristobalaguilar at 2011-02-03
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